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Planeta Criança



Poesia & Contos Infantis

 

 

 


Sin Familia / Hector Malot
Sin Familia / Hector Malot

 

 

Biblioteca Virtual do Poeta Sem Limites

 

 

Sin Familia

 

EN EL PUEBLO

Soy un niño encontrado.

Pero hasta los ocho años creí que, como los demás niños, tenía madre, pues cuando lloraba había una mujer que me estrechaba con tanta dulzura entre sus brazos, acunándome, que mis lágrimas dejaban de correr.

Jamás me acostaba en mi cama sin que una mujer viniera a besarme y, cuando el viento de diciembre pegaba la nieve a los cristales blanqueados, tomaba mis pies entre sus manos y me los calentaba mientras cantaba una canción cuya melodía y algunas de cuyas palabras puedo encontrar todavía en mi memoria.

Cuando llevaba nuestra vaca por los caminos herbosos o los breñales y me sorprendía una lluvia tormentosa, ella corría a mi encuentro y me obligaba a abrigarme bajo sus faldas de lana que levantaba para cubrir con ellas mi cabeza y mis hombros.

En fin, cuando yo tenía una querella con alguno de mis compañeros, me hacía contarle mis penas y, casi siempre, hallaba unas palabras para consolarme o darme la razón.

Por todo ello y por muchas otras cosas, por el modo que tenía de hablarme, por su modo de mirarme, por sus caricias, por la dulzura que ponía en su modo de reñirme, creí que era mi verdadera madre.

He aquí cómo supe que sólo era mi nodriza.

Mi pueblo, o, hablando con más precisión, el pueblo en que crecí, pues yo jamás tuve pueblo, lugar de nacimiento, como no tuve padre ni madre, el pueblo, en fin, donde pasé mi infancia se llama Chavanon; es uno de los más pobres del centro de Francia.

Esta pobreza la debe no a la apatía o a la pereza de sus habitantes, sino a su situación en una región poco fértil. El suelo carece de profundidad y, para producir buenas cosechas, necesitaría abonos o enriquecedores que faltan en el país. Así pueden verse sólo (o al menos podían verse en la época de que hablo) muy pocos campos cultivados, mientras que se ven por todas partes extensos breñales en los que no crecen más que brezos y retamas. Y donde cesan los breñales comienzan las landas; y en aquellas elevadas landas los ásperos vientos achaparran los magros bosquecillos de árboles que levantan, aquí y allá, sus ramas torcidas y atormentadas.

Para encontrar árboles hermosos hay que abandonar las alturas y


descender a los repliegues del terreno, a orillas de los riachuelos, donde crecen grandes castaños y vigorosas encinas en estrechas praderas.

En uno de esos repliegues del terreno, a orillas de un riachuelo que vierte sus rápidas aguas en uno de los afluentes del Loire, se levanta la casa que albergó mis primeros años.

Hasta los ocho años jamás vi a un hombre en aquella casa; sin embargo, mi madre no era viuda, pero su marido, tallador de piedra como muchos otros obreros de la región, trabajaba en París, y no había regresado al país desde que yo tenía edad para ver y comprender lo que me rodeaba. Sólo de vez en cuando enviaba noticias por medio de uno de sus compañeros que regresaba al pueblo.

–Mamá Barberin, su hombre está bien; me ha encargado que le diga que el trabajo marcha y que le dé este dinero; ¿quiere contarlo?

Y eso era todo. Mamá Barberin se contentaba con estas noticias: su hombre estaba bien de salud; el trabajo rendía; se ganaba la vida.

No hay que deducir, de la larga estancia de Barberin en París, que estuviera en malas relaciones con su mujer. El desacuerdo no influía para nada en aquella ausencia. El se quedaba en París porque el trabajo le retenía allí. Cuando fuera viejo regresaría para vivir junto a su anciana mujer, y con el dinero que hubiese amasado se encontrarían al abrigo de la miseria para cuando la edad les hubiera arrebatado sus fuerzas.

Un día de noviembre, al caer la tarde, un hombre al que no conocía se detuvo ante nuestra cerca. Yo estaba en el umbral de la casa ocupándome en cortar astillas. Sin empujar la puerta, pero asomando por encima y mirándome, el hombre preguntó si allí vivía mamá Barberin.

Le dije que entrara.

Empujó la puerta, que chirrió en sus goznes, y avanzó con pasos lentos hacia la casa.

Jamás había visto yo un hombre más sucio; placas de barro, unas húmedas todavía, las otras secas ya, le cubrían de los pies a la cabeza, y mirándole se comprendía que hacía mucho tiempo que andaba por malos caminos.

Al oír nuestras voces, mamá Barberin acudió y se encontró frente al hombre justo cuando él iba a cruzar el umbral.

–Traigo noticias de París– dijo.

Eran unas sencillas palabras que habían llegado más de una vez a nuestros oídos, pero el tono en que fueron pronunciadas no se parecía en nada al que acompañó antaño esas palabras: 'Su marido va bien, el trabajo avanza'.

– ¡Ay, Dios mío! –gritó mamá Barberin uniendo sus manos–, a Jérôme le ha sucedido una desgracia.

–Pues bien, sí; pero no hay que enfermar de miedo; su hombre se ha herido, ésa es la verdad; pero no ha muerto. Sin embargo, tal vez quede tullido. Por el momento está en el hospital. Yo fui su vecino de


cama y, como regresaba al país, me pidió que se lo contara al pasar. No puedo detenerme porque me quedan todavía tres leguas y la noche cae de prisa.

Mamá Barberin, que quería saber más cosas, rogó al hombre que se quedara a cenar; los caminos eran malos; se hablaba de lobos que habían sido vistos en los bosques; se marcharía a la mañana siguiente.

Se sentó junto a la chimenea y, mientras comía, nos contó cómo había sucedido aquella desgracia; Barberin había sido aplastado a medias por los andamios que se habían derrumbado y, como se había probado que, al ser herido, no se encontraba en su lugar, el empresario se negaba a pagarle ninguna indemnización.

–No tuvo suerte, el pobre Barberin –dijo–, no tuvo suerte; hay bribones que hubieran aprovechado la cosa para conseguir alguna renta, pero su hombre no tendrá nada.

Mientras secaba las perneras de sus pantalones, que se hacían rígidas bajo la capa de barro endurecido, repetía la frase: 'No tuvo suerte', con sincera pesadumbre que mostraba que, por su parte, se hubiera dejado tullir de buena gana con la esperanza de ganar así buenas rentas.

–Sin embargo –añadió concluyendo su relato–, le he aconsejado que inicie un proceso contra el empresario.

–Un proceso cuesta mucho dinero.

–Sí, pero cuando se gana.

Tía Barberin hubiera querido ir a París, pero un viaje tan largo y tan costoso no era cosa fácil.

A la mañana siguiente fuimos al pueblo para consultar con el cura. Este no quiso dejarla marchar sin saber antes si podría ser útil a su marido. Escribió al consiliario del hospital en donde se hallaba Barberin y, algunos días más tarde, recibió una respuesta diciendo que la señora Barberin no debía ponerse en camino, pero que debía enviar cierta suma de dinero a su marido, porque éste quería entablar un proceso contra el empresario en cuya casa había sido herido.

Los días, las semanas transcurrieron y, de vez en cuando, llegaban cartas que solicitaban nuevos envíos de dinero; la última, más impaciente que las demás, decía que si no había más dinero era preciso vender la vaca para procurárselo.

Sólo quienes han vivido en el campo y con los campesinos saben lo que hay de angustia y dolor en estas tres palabras: ‘vender la vaca’.

Para el naturalista, la vaca es un animal rumiante; para el paseante, es un animal que adorna el paisaje cuando levanta por encima de la hierba su hocico negro húmedo de rocío; para el niño de ciudad, es la fuente del café con leche y del queso a la crema; para el campesino, es mucho más y mucho mejor. Por pobre que sea y por numerosa que sea su familia, está seguro de no sufrir hambre en tanto haya una vaca en su establo. Con una correa o con una simple cuerda ligada a los cuernos, un niño pasea la vaca por los caminos herbosos, allí donde el pas–

to no pertenece a nadie, y por la noche toda la familia tiene mantequilla en su sopa y leche para humedecer sus patatas: el padre, la madre, los hijos, los mayores y los pequeños, todo el mundo vive de la vaca.

Nosotros, mamá Barberin y yo, vivíamos tan bien de la nuestra, que hasta aquel momento yo no había comido casi nunca carne. Pero no era sólo nuestra nodriza, era también nuestra compañera, nuestra amiga, pues no debe pensarse que la vaca es una bestia estúpida, es, por el contrario, un animal lleno de inteligencia y de cualidades morales tanto más desarrolladas cuanto se las haya cultivado por la educación. Nosotros acariciábamos a la nuestra, le hablábamos, ella nos comprendía y, por su parte, con sus ojos grandes, redondos y llenos de dulzura, nos hacía comprender a la perfección lo que quería o sentía.

En fin, la amábamos y nos amaba, eso lo dice todo.

Sin embargo, era preciso separarse de ella, pues sólo con 'la venta de la vaca' podíamos satisfacer a Barberin.

Vino a casa un tratante y, tras haber examinado a Roussette, tras haberla palpado largamente sacudiendo su cabeza con aire descontento, tras haber repetido cien veces que no le convenía en absoluto, que era una vaca de pobres, que no podría revenderla, que no tenía leche, que hacía mala mantequilla, y terminó diciendo que la tomaría, pero sólo por compasión y para hacerle un favor a mamá Barberin, que era una buena mujer.

La pobre Roussette, como si comprendiera lo que estaba ocurriendo, se había negado a salir del establo y había comenzado a mugir.

–Pasa detrás y sácala –me había dicho el tratante dándome el látigo que llevaba alrededor del cuello.

–Así no –dijo mamá Barberin.

Tomando la vaca por el ronzal, le habló con dulzura.

–Vamos, bonita, ven, ven.

Y Roussette no había resistido ya; llegada al camino, el tratante la había atado detrás de su coche y tuvo que seguir el caballo.

Volvimos a entrar en la casa. Pero escuchamos todavía durante mucho rato sus mugidos.

Sin leche, sin mantequilla. Por la mañana un pedazo de pan; por la tarde patatas y sal.

El martes lardero llegó, precisamente, poco después de la venta de Roussette; el año anterior, el martes lardero, la tía Barberin me había obsequiado con crêpes y buñuelos; y tantos, tantos había comido yo, que ella se había sentido muy feliz.

Pero entonces teníamos a Roussette, que nos había dado leche para diluir la pasta y mantequilla para poner en la sartén.

Sin Roussette, ni leche, ni mantequilla, ni martes lardero; eso me dije tristemente.

Sin embargo, mamá Barberin me había preparado una sorpresa; aunque no le gustara pedir prestado, había pedido una tasa de leche a una


de nuestras vecinas, un pedazo de mantequilla a otra y cuando regresé, a mediodía, la encontré echando harina en un gran perol de barro.

–¡Toma!, harina –dije acercándome.

–Sí –respondió sonriendo–, es harina, mi pequeño Remi, hermosa harina de trigo; ven, mira qué bien huele.

Si me hubiera atrevido, le hubiese preguntado para qué iba a servir aquella harina; pero, precisamente porque sentía grandes deseos de saberlo, no me atrevía a hablar de ello. Y además, por otro lado, yo no quería decir que sabía que estábamos en martes lardero para no entristecer a mamá Barberin.

–¿Qué se hace con la harina? –preguntó mirándome.

–Pan.

–¿Y qué más?

–Puré.

–¿Y qué más?

–¡Caramba!... No lo sé.

–Sí, lo sabes; sólo que, como eres un muchachito bueno, no te atreves a decirlo. Sabes que hoy es martes lardero, el día de las crêpes y los buñuelos. Pero como sabes también que no tenemos mantequilla, ni leche, no te atreves a hablar. ¿No es verdad?

–¡Oh, mamá Barberin!

–Como lo había adivinado de antemano, me he arreglado para que el martes lardero no te sea demasiado desagradable. Mira en la artesa.

Cuando levanté la tapa, y lo hice muy de prisa, vi la leche, la mantequilla, huevos y tres manzanas.

–Dame los huevos –me dijo–, y mientras los casco, pela tú las manzanas.

Mientras yo cortaba las manzanas a rebanadas, ella cascó los huevos, los echó en la harina y comenzó a batirlos, vertiendo por encima, de vez en cuando, una cucharada de leche.

Cuando la masa estuvo diluida, mamá Barberin puso la vasija sobre las cenizas calientes y sólo quedó ya esperar la noche, pues debíamos comer las crêpes y los buñuelos a la hora de cenar.

Debo confesar, para ser franco, que el día me pareció largo y me fui más de una vez a levantar la tela que cubría la vasija.

–Harás que la masa se enfríe –decía mamá Barberin–, y no subirá bien.

Pero subía bien y, aquí y allá, se veían hinchazones, especie de burbujas que iban a reventar en la superficie. De la masa en fermentación brotaba un aroma de huevos y leche.

–Haz astillas –me dijo–; necesitaremos un buen fuego, claro y sin humo.

No precisó decirme dos veces la frase que yo estaba esperando con tanta impaciencia. Pronto una gran llama se levantó en la chimenea y su vacilante resplandor llenó la cocina.


Entonces, mamá Barberin descolgó de la pared la sartén para freír y la puso sobre la llama.

–Dame la mantequilla.

Con la punta de su cuchillo tomó un pedazo del tamaño de una nuez pequeña y lo puso en la sartén donde pronto se fundió crepitando.

¡Ah!, verdaderamente era un aroma que cosquilleaba nuestro paladar con tanto mayor agrado cuando hacía mucho tiempo que no habíamos podido respirarla.

Era también una alegre música la que producían los crepiteos y silbidos de la mantequilla.

Sin embargo, por atento que estuviera a aquella música, me pareció escuchar un ruido de pasos en el patio.

¿Quién podía venir a molestar a esta hora? Sin duda una vecina que nos pediría fuego.

No me detuve en esa idea, pues mamá Barberin, que había hundido la cuchara en el perol, acababa de depositar en la sartén una capa de blanca masa, y no era momento de distraerse.

Un bastón golpeó el umbral, luego, inmediatamente, la puerta se abrió con brusquedad.

–¿Quién está ahí? –preguntó mamá Barberin sin darse la vuelta.

Había entrado un hombre, y la llama, iluminándolo de lleno, me había mostrado que iba vestido con una blusa blanca y que llevaba en la mano un grueso bastón.

–¿Estáis celebrando algo? No os molestéis –dijo en tono rudo.

–¡Ay, Dios mío! –gritó mamá Barberin poniendo rápidamente la sartén en el suelo–, ¿eres tú, Jérôme?

Luego, tomándome del brazo, me empujó hacia el hombre que se había detenido en el umbral.

–Es tu padre.


 

UN PADRE NUTRICIO

Me acerqué para besarle a mi vez, pero me detuvo con la punta de su bastón:

–¿Quién es éste?

–Es Remi.

–Me habías dicho que...

–Bueno, sí, pero... No era cierto, porque...

–¡Ah!, no era cierto, no era cierto.

Dio algunos pasos hacia mí con su bastón levantado e, instintivamente, retrocedí.

¿Qué había hecho yo? ¿De qué era culpable? ¿Por qué me recibía así cuando yo iba a besarle?

No tuve tiempo de examinar las preguntas que se acumulaba en mi turbado espíritu.

–Ya veo que estáis celebrando el martes lardero –dijo–, eso está bien, pues tengo mucho apetito. ¿Qué tienes para cenar?

–Estaba haciendo crêpes.

–Ya lo veo; pero no vas a darle crêpes a un hombre que lleva diez leguas en las piernas.

–Es que no tengo nada, no te esperábamos.   

–¿Cómo nada?, ¿nada para cenar?       Miró a su alrededor.

–Aquí hay mantequilla.

Levantó los ojos al techo, al lugar donde antaño se colgaba el tocino; pero hacía ya tiempo que el gancho estaba vacío; y de las vigas sólo colgaban ahora algunos manojos de ajos y cebollas.

–Aquí hay cebollas –dijo, haciendo caer un manojo con su bastón–; cuatro o cinco cebollas, un pedazo de mantequilla y tendremos una buena sopa. Retira tu crêpe y sofríenos las cebollas en la sartén.

¡Retirar la crêpe de la sartén! Mamá Barberin no replicó. Por el contrario se apresuró a hacer lo que su hombre pedía mientras éste se sentaba en el banco que estaba en el rincón de la chimenea.

Yo no me había atrevido a abandonar el lugar a donde me había llevado el bastón; apoyado en la mesa, miraba.

Era un hombre de una cincuentena de años, de rostro rudo, aspecto duro; tenía la cabeza inclinada sobre el hombro derecho a consecuen–


cia de la herida recibida, y esta deformidad contribuía a que su aspecto fuera poco tranquilizador.

Mamá Barberin colocó de nuevo la sartén en el fuego.

–¿Vas a hacernos la sopa con este pequeño pedazo de mantequilla? –dijo.

Y entonces, tomando el plato en donde estaba la mantequilla, hizo caer todo el pedazo en la sartén.

Se acabó la mantequilla y, por lo tanto, se acabaron los crêpes.

Cierto es que, en cualquier otro momento, aquella catástrofe me hubiera fastidiado mucho, pero yo no pensaba ya en las crêpes ni en los buñuelos, y la idea que ocupaba mi espíritu era que aquel hombre que tan duro parecía era mi padre.

'¡Mi padre, mi padre!', maquinalmente repetía estas palabras.

Jamás me había preguntado de modo preciso qué era un padre y, vaga, instintivamente, creí que era una madre de voz gruesa, pero mirando al que me caía del cielo, me sentí presa de un doloroso terror.

Había querido besarle y me había rechazado con la punta de su bastón, ¿por qué? Mamá Barberin jamás me rechazaba cuando yo iba a besarla, por el contrario, me tomaba en sus brazos y me estrechaba contra sí.

–En vez de estar inmóvil, como si te hubieras helado –me dijo–, pon los cubiertos en la mesa.

Me apresuré a obedecer. La sopa estaba hecha. Mamá Barberin la sirvió en los platos.

Entonces, abandonando el rincón de la chimenea, vino a sentarse a la mesa y comenzó a comer, deteniéndose sólo, de vez en cuando, para mirarme.

Yo estaba tan turbado, tan inquieto, que no podía comer, y le miraba también, disimuladamente, bajando los ojos cuando encontraba los suyos.

–¿Sólo come eso de ordinario? –dijo de pronto tendiendo hacia mí su cuchara.

–¡Ah, sí! Come bien.

–Peor, entonces. Si al menos no comiera.

Naturalmente, yo no sentía deseos de hablar y mamá Barberin no estaba más dispuesta que yo a la conversación: iba y venía, alrededor de la mesa, atenta a servir a su marido.

–Entonces, ¿no tienes hambre? –me dijo.

–No.

–Bueno, ve a acostarte e intenta dormir en seguida; si no me enfadaré.

Mamá Barberin me lanzó una mirada que me ordenaba obedecer sin replicar. Pero su recomendación era inútil, yo ni siquiera había pensado en rebelarme.

Como ocurre en gran número de casas de campo, nuestra cocina era


al mismo tiempo nuestra habitación. Junto a la chimenea había cuanto servía para comer: la mesa, la artesa, la alacena; en el otro extremo, los muebles para dormir; en un ángulo la cama de mamá Barberin, en el rincón opuesto, la mía estaba en una especie de armario rodeado de un lambrequín de tela roja.

Me desnudé apresuradamente y me acosté. Pero dormir era otra cosa.

No se duerme porque nos lo mandan; se duerme porque se tiene sueño y se está tranquilo.

Yo no tenía sueño y no estaba tranquilo.

Por el contrario, me sentía terriblemente atormentado y, además, desgraciado.

¡Así que este hombre era mi padre! ¿Por qué me trataba, entonces, con tanta dureza?

Con la nariz pegada a la pared, me esforzaba por alejar aquellas ideas y dormirme como me lo había ordenado; pero era imposible; el sueño no llegaba; jamás me había sentido tan bien despierto.

Al cabo de cierto tiempo, no podría decir cuanto, oí a alguien que se acercaba a mi cama.

Por los pasos lentos, pesados y que arrastraban los pies, supe en seguida que era mamá Barberin.

Un aliento cálido rozó mis cabellos.

–¿Duermes? –preguntó una voz ahogada.

Me guardé bien de responder, pues las terribles palabras: 'me enfadaré', resonaban todavía en mis oídos.

–Duerme –dijo mamá Barberin–; en cuanto se acuesta se duerme, es su costumbre; puedes hablar sin miedo a que te escuche.

Sin duda hubiera debido decir que no dormía, pero no me atreví; me habían ordenado que durmiera y no dormía, estaba en falta.

–¿Cómo marcha tu proceso? –preguntó mamá Barberin.

–¡Perdido! Los jueces decidieron que era culpa mía por estar en el andamio y que el empresario no me debía nada.

Y dio un puñetazo en la mesa mientras blasfemaba sin decir una sola palabra sensata.

–El proceso perdido –continuó luego–; nuestro dinero perdido, yo tullido, ¡es la miseria! Y por si no fuera bastante, regreso y encuentro a un niño. ¿Quieres explicarme por qué no hiciste lo que te dije?

–Porque no pude.

–¿No pudiste llevarle a la inclusa?

–No se abandona así, sin más, a un niño al que se ha alimentado con la propia leche y al que se ama.

–No era tu hijo.

–En fin, quise hacer lo que me pedías, pero precisamente entonces cayó enfermo.

–¿Enfermo?


–Sí, enfermo; no era el momento de llevarle al hospicio para matarle, ¿no es cierto?

–¿Cuándo se curó?

–Es que no se curó en seguida. Después de aquella enfermedad tuvo otra: tosía, pobre pequeño, que rompía el corazón. Así murió nuestro pequeño Nicolás; me pareció que si le llevaba a la ciudad, éste moriría también.

–¿Y luego?

–El tiempo había transcurrido. Y puesto que había esperado hasta entonces, bien podía esperar más.

–¿Qué edad tiene ahora?

–Ocho años.

–¡Muy bien! Ira a los ocho años al lugar a donde hubiera debido ir antes, y no le será más agradable: eso es lo que habrá conseguido.

¡Ah!, Jérôme, tú no harás eso.

¡Que no lo haré! ¿Quién me lo impedirá? ¿Crees que podemos quedárnoslo siempre?

            Hubo unos instantes de silencio y pude respirar; la emoción me oprimía la garganta hasta ahogarme. Pronto mamá Barberin prosiguió:

–¡Ay, cómo te ha cambiado París!, antes de ir a París no hubieras hablado así.

–Tal vez. Pero lo seguro es que si París me ha cambiado también me ha tullido. ¿Cómo ganarnos ahora la vida, la tuya, la mía?, no tenemos dinero. Hemos vendido la vaca. Y, sin tener nada para comer, ¿debemos alimentar todavía a un niño que no es nuestro?

–Es mío.

–No es más tuyo que mío. No es hijo de campesinos. Le he mirado bien mientras cenaba: es delicado, delgado, no tiene buenos brazos ni buenas piernas.

–Es el niño más hermoso de la región.

–No digo que no sea hermoso. ¡Pero lo que es robusto...! ¿Le dará de comer la hermosura? ¿Puede trabajar con unos hombros como los suyos? Es un niño de ciudad y aquí no necesitamos niños de ciudad.

–Te digo que es un chico valiente, es inteligente como un gato y tiene muy buen corazón. Trabajará para nosotros.

–Y mientras será necesario que nosotros trabajemos para él, y yo no puedo trabajar.

–¿Qué vas a decir si sus padres le reclaman?

–¡Sus padres! ¿Pero tiene padres? Si tuviera le habrían buscado y encontrado hace ocho años, seguro. ¡Ah!, cometí una buena estupidez creyendo que tenía padres que lo reclamarían algún día y nos pagarían el trabajo que nos habíamos tomado para criarlo. Fui un estúpido, un imbécil. Aunque estuviera envuelto en hermosos pañales con


encaje, aquello no quería decir que sus padres le buscarían. Además, tal vez han muerto.

–¿Y si no han muerto? ¿Y si un día vienen a reclamarlo? Tengo la impresión de que van a venir.

–¡Qué tozudas sois las mujeres!

–Muy bien, pero ¿y si vienen?

–Bueno, los enviaremos al hospicio. Pero basta de charla. Esto me aburre. Mañana le llevaré al alcalde. Esta noche voy a saludar a François. Volveré dentro de una hora.

La puerta se abrió y volvió a cerrarse.

El se había marchado.

Me incorporé, entonces, rápidamente y comencé a llamar a mamá Barberin.

–¡Ah!,mamá.

Ella vino corriendo junto a mi cama.

–¿Me dejarás ir al hospicio?

–No, mi pequeño Remi, no.

Me besó tiernamente estrechándome entre sus brazos.

La caricia me devolvió el valor y mis lágrimas dejaron de correr.

–¿Entonces no dormías? –me preguntó con dulzura.

–No es culpa mía.

–No te estoy riñendo; ¿has escuchado, entonces, todo lo que Jérôme ha dicho?

–Sí, tú no eres mi madre, pero él no es mi padre.

No pronuncié estas palabras en el mismo tono, pues si me sentía desolado al saber que ella no era mi madre, me sentía feliz, orgulloso, de que él no fuera mi padre. Y la contradicción de mis sentimientos se reflejaba en mi voz.

Mamá Barberin no dio muestras de haberlo advertido.

–Tal vez –dijo– hubiera debido explicarte la verdad; pero eras tan hijo mío que no podía decirte, sin razón, que yo no era tu verdadera madre. A tu madre, pequeño mío, ya lo has oído, no la conocemos. ¿Está viva?, ¿no lo está? No se sabe. Una mañana, en París, cuando Jérôme iba a trabajar y paseaba por una calle que se llama avenida Breteuil, ancha y bordeada de árboles, escuchó los gritos de un niño. Parecían venir del quicio de la puerta de un jardín. Era una madrugada del mes de febrero. Se acercó a la puerta y vio a un niño acostado en el umbral. Cuando miraba a su alrededor para llamar a alguien, vio a un hombre que salía de detrás de un gran árbol y emprendía la huida. Sin duda aquel hombre se había ocultado para ver si encontraban al niño que él mismo había depositado en el quicio de la puerta. Jérôme se vio en un compromiso, pues el niño gritaba con todas sus fuerzas como si hubiera comprendido que le había llegado socorro y que era preciso no dejarle escapar. Mientras Jérôme pensaba en qué debía hacer, se le unieron otros obreros y decidieron que era preciso llevar al niño al co–


misario de policía. No dejaba de gritar. Sin duda tenía frío. Pero como en el despacho del comisario hacía calor y sus gritos continuaban, pensaron que tenía hambre y fueron a buscar a una vecina que quisiera darle el pecho. Se arrojó sobre él. Estaba verdaderamente hambriento. Le desnudaron luego ante el fuego. Era un hermoso muchacho de cinco o seis meses, rosado, grande, robusto, soberbio; los pañales y mantillas en que iba envuelto decían que pertenecía a unos padres ricos. Era, pues, un niño que había sido robado y abandonado luego. Eso fue, al menos, lo que dijo el comisario. ¿Qué iban a hacer con él? Tras haber escrito todo lo que Jérôme sabía, la descripción del niño y de sus pañales que no tenían marca, el comisario dijo que iba a enviarle a la inclusa si nadie de los presentes querían hacerse cargo de él: era un hermoso niño, sano, sólido, que no sería difícil de criar; sin duda sus padres le estarían buscando y recompensarían generosamente a quienes le hubieran cuidado. Al oírlo, Jérôme se adelantó y dijo que con mucho gusto se encargaría del niño; se lo entregaron. Yo tenía, precisamente, un niño de la misma edad; pero no era para mí un problema alimentarlos a los dos. Así me convertí en tu madre.

–¡Oh, mamá!

–Al cabo de tres meses, perdí a mi hijo y, entonces, me encariñé más contigo. Olvidé que no eras verdaderamente nuestro hijo. Por desgracia, Jérôme no lo olvidó y, viendo al cabo de tres meses que tus padres no te habían buscado o, al menos, que no te habían encontrado, quiso llevarte al hospicio. Ya has oído por qué no le obedecí.

–¡Oh!, al hospicio no –exclamé aforrándome a ella–; mamá Barberin, al hospicio no, te lo suplico.

–No, hijo mío, no irás al hospicio. Yo lo arreglaré. Jérôme no es un mal hombre, ya verás; es la pesadumbre y el miedo a la miseria que le han ofuscado. Trabajaremos; tú trabajarás también.

–Sí, lo que quieras. Pero al hospicio, no.

–No irás al hospicio; pero con una condición: que te vayas a dormir en seguida. Cuando vuelva no debe encontrarte despierto.

Tras haberme dado un beso, hizo que me volviera de cara a la pared.

Hubiera querido dormirme en seguida; pero me hallaba demasiado trastornado, demasiado conmovido para poder tranquilizarme y dormir a voluntad.

Así que mamá Barberin, tan buena y dulce conmigo, no era mi verdadera madre. Pero, entonces, ¿qué era una verdadera madre? ¿Algo mejor y más dulce todavía? ¡Oh, no! Era imposible.

Pero yo comprendía, sentía que un padre hubiera sido menos duro que Barberin y no me hubiese mirado con aquellos ojos fríos y el bastón levantado.

Quería mandarme al hospicio; ¿podría impedirlo mamá Barberin?

Había en el pueblo dos niños a los que llamaban 'los niños del hospicio'; llevaban al cuello una placa de plomo con un número; iban mal


vestidos; se burlaban de ellos; les pegaban; los niños les perseguían a menudo como se persigue un perro vagabundo, para divertirse y también porque el perro vagabundo no tiene a nadie que le defienda.

¡Ah!, yo no quería ser como aquellos niños; yo no quería llevar un número al cuello, no quería que corrieran tras de mí gritando: '¡Al hospicio, al hospicio!'.

Aquel solo pensamiento me daba escalofríos y hacía castañetear mis dientes.

Yno me dormía.

YBarberin iba a volver.

Afortunadamente, no regresó tan pronto como había dicho, y el sueño llegó para mí antes que el.


 

LA COMPAÑÍA DEL SIGNOR VITALIS

Dormí, sin duda, toda la noche bajo la impresión de la pesadumbre y el temor, pues a la mañana siguiente, al despertar, mi primer movimiento fue palpar mi cama y mirar a mi alrededor para asegurarme de que no se me habían llevado.

Durante toda la mañana, Barberin no me dijo nada, y yo comenzaba a creer que el proyecto de enviarme al hospicio había sido abandonado. Sin duda mamá Barberin había hablado y había decidido conservarme.

Pero cuando daban las doce del mediodía, Barberin me dijo que me pusiera la gorra y le siguiera.

Aterrorizado, volví los ojos a mamá Barberin para implorar su socorro; disimuladamente me hizo una seña indicándome que debía obedecer y, al mismo tiempo, me tranquilizó con un movimiento de su mano: no había nada que temer.

Entonces, sin replicar, me puse en camino detrás de Barberin.

La distancia de nuestra casa al pueblo es larga: hay más de una hora de camino. Y aquella hora transcurrió sin que me dirigiera la palabra una sola vez. Andaba delante, lentamente, renqueando, sin que su cabeza hiciera un solo movimiento y, de vez en cuando, se daba rígidamente la vuelta para comprobar que le seguía.

¿Adonde me llevaba?

Aquella pregunta me inquietaba pese a la señal tranquilizadora que mamá Barberin me había hecho y, para sustraerme a un peligro que imaginaba sin conocerlo, pensé en huir.

Con este fin, intenté retrasarme; cuando estaría lo bastante alejado, me arrojaría a la cuneta y no podría alcanzarme.

Primero se contentó con ordenarme que le siguiera los pasos; pero pronto, adivinando sin duda mis intenciones, me tomó por la muñeca.

Ya no me quedaba otra solución que seguirle.

Así entramos en el pueblo y, a nuestro paso, todo el mundo se volvía para vernos pasar, pues yo parecía un perro furioso a quien se lleva atado.

Cuando pasamos ante el café, un hombre que estaba en el umbral llamó a Barberin y le invitó a entrar.

Este, cogiéndome por la oreja, me hizo pasar ante él y, cuando hubimos entrado, cerró la puerta.


Me sentí tranquilizado; el café no parecía un lugar peligroso y, además, por otra parte, era el café y yo tenía ganas de franquear sus puertas desde hacía mucho tiempo.

¡El café, el café del albergue de Nuestra Señora! ¿Cómo debía ser?

¡Cuántas veces me lo había preguntado!

Había visto a la gente salir del café con el rostro iluminado y las piernas vacilantes; pasando ante su puerta había oído, a menudo, gritos y canciones que hacían temblar los cristales.

¿Qué se hacía allí dentro? ¿Qué sucedía tras sus rojas cortinas?

Por fin iba a saberlo.

Mientras Barberin se sentaba a una mesa con el propietario del café que le había invitado a entrar, fui a sentarme junto a la chimenea y miré a mi alrededor.

En el extremo opuesto al que yo ocupaba, había un gran anciano de barba blanca que llevaba un extraño vestido como yo jamás había visto otro.

Sobre sus cabellos, que caían en largas mechas hasta los hombros, llevaba un sombrero de copa gris adornado con plumas rojas y verdes. Se cubría con una piel de oveja, cuya lana estaba vuelta hacia el interior, y que llevaba ceñida a la cintura. Esa piel no tenía mangas y por dos agujeros abiertos a la altura de los hombros salían los brazos vestidos con una tela de terciopelo que antaño debió ser azul. Grandes polainas de lana trepaban hasta sus rodillas y se ceñían con cintas rojas que se entrecruzaban varias veces alrededor de las piernas.

Estaba casi tendido en su silla, con el mentón apoyado en su mano derecha; su codo reposaba en su rodilla doblada.

Jamás había visto yo un ser vivo en tal actitud de calma; se parecía a uno de los asientos de madera de nuestra iglesia.

Junto a él, tres perros amontonados bajo su silla se calentaban sin moverse: un caniche blanco, un perro de aguas negro y una perrita gris de expresión astuta y dulce; el caniche llevaba una vieja gorra de policía que era sujetada por una banda de cuero que le pasaba bajo el mentón.

Mientras yo miraba al anciano con sorprendida curiosidad, Barberin y el dueño del café charlaban a media voz y advertí que trataban de mí.

Barberin contaba que había venido al pueblo para llevarme al alcalde y que éste solicitará al hospicio que le pagase una pensión para mantenerme.

Eso era, pues, lo que mamá Barberin había podido obtener de su marido y yo comprendí en seguida que si Barberin sacaba algún provecho teniéndome a su lado, ya no tenía nada que temer.

El anciano, sin demostrarlo, escuchaba también lo que estaban diciendo; de pronto, tendiendo su mano hacia mí y dirigiéndose a Barberin, dijo con acento extranjero:

– ¿Es ese muchacho el que le molesta?


–El mismo.

–¿Y cree usted que la administración de los hospicios de su departamento va a pagarle los meses de manutención?

–¡Maldición! Puesto que no tiene padres y está a mi cargo, alguien tendrá que pagar; me parece que es justo.

–No le digo que no, pero ¿cree usted que todo lo justo se consigue?

–Eso sí que no.

–Pues bien, no creo que obtenga usted jamás la pensión que solicita.

–En ese caso, irá al hospicio; no hay ley que le fuerce a permanecer en mi casa si yo no quiero.

–Usted aceptó antaño hacerse cargo de él, eso era comprometerse a tenerle con usted.

–¡Muy bien! Ahora ya no le quiero; y me libraré de él aunque deba dejarlo en la calle.

–Tal vez exista un medio de librarse de él inmediatamente –dijo el anciano tras unos momentos de reflexión–, y tal vez incluso de ganar algún dinero.

–Si me proporciona usted ese medio de buena gana le pagaré una botella.

–Pida la botella y su asunto estará solucionado.

–¿Seguro?

–Seguro.

El anciano, dejando su silla, fue a sentarse frente a Barberin. Cosa extraña, cuando se levantó, la piel de oveja fue sacudida por un movimiento que no pude explicarme: era como si tuviera un perro en su brazo izquierdo.

Yo le había seguido con la mirada, presa de una emoción cruel.

–Lo que usted quiere, si no me equivoco –dijo–, es que el niño no se coma más su pan; o que si continua comiéndolo, alguien lo pague.

–Eso es; porque si...

–¡Oh!, el motivo no me importa, no se preocupe, no necesito saberlo; me basta con que no quiera seguir teniendo al niño; si así es, démelo, yo me encargaré de él.

–¿Dárselo?

–¡Maldición! ¿No quiere usted librarse de él?

–¡Darle un niño como éste, un niño tan hermoso! Mírelo bien, es un niño muy hermoso.

–Ya le he mirado.

–Remi, ¡ven aquí!

Me acerqué temblando a la mesa.

–Vamos, no tengas miedo, pequeño –dijo el anciano.

–Mírelo –continuó Barberin.

–No digo que sea feo. Si fuera feo no lo querríamos monstruos no son cosa mía.


–¡Ah! si al menos fuera un monstruo de dos cabezas o un enano...

–No hablaría usted de enviarle al hospicio. Usted sabe que un monstruo tiene valor y que puede sacarse provecho de él, bien alquilándolo o bien explotándolo por sí mismo. Pero éste no es un monstruo ni un enano; está hecho como todo el mundo y no sirve para nada.

–Sirve para trabajar.

–Es muy débil.

–¡Débil!; vamos, es fuerte como un hombre, y sólido, y sano; mire, fíjese en sus piernas, ¿ha visto usted otras más derechas?

Barberin levantó mi pantalón.

–Demasiado delgado –dijo el anciano.

–¿Y sus brazos? –continuó Barberin.

–Sus brazos son como sus piernas; puede pasar, pero no resistirá la fatiga ni la miseria.

–¿Que no resistirá? Pero pálpele, vea, pálpele usted mismo.

El anciano pasó su descarnada mano por mis piernas, palpándolas, sacudiendo la cabeza y poniendo mala cara.

Yo había ya asistido a una escena parecida cuando el tratante había venido a comprar nuestra vaca. También él había tocado y palpado. También él había sacudido la cabeza y puesto mala cara: no era una buena vaca, le sería imposible revenderla y, sin embargo, la había comprado y se la había llevado.

El anciano iba a comprarme y a llevarme con él; ¡ah!, ¡mamá Barberin, mamá Barberin!

Por desgracia, ella no se hallaba allí para defenderme.

Si me hubiera atrevido, habría dicho que la anciana Barberin me reprochaba, precisamente, ser demasiado delicado y no tener buenas piernas ni buenos brazos; pero comprendí que semejante interrupción no serviría más que para recibir una tarascada y me callé.

–Es un niño como otros –dijo el anciano–, ésa es la verdad, pero un niño de ciudad; por lo tanto es muy cierto que jamás servirá para trabajar la tierra; póngale usted ante el arado, para azuzar a los bueyes, y verá cuánto le dura.

–Diez años.

–Ni siquiera un mes.

–Pero mírele.

–Mírele usted.

Yo estaba en un extremo de la mesa, entre Barberin y el anciano, empujado por uno, vuelto a empujar por el otro.

–En fin –dijo el anciano–, le tomo tal como es. Sólo que, naturalmente, no se lo compro, se lo alquilo. Le doy veinte francos por mes.

–¡Veinte francos!

–Es un buen precio y lo pago por adelantado: usted cobra cuatro hermosas monedas de cien sueldos y se desembaraza del niño.


–Pero si me lo quedo, el hospicio me pagará más de diez francos por mes.       

–Siete u ocho, conozco los precios, y tendrá usted que alimentarle. –Trabajará.

–Si usted creyera que es capaz de trabajar no se lo quitaría de encima. No es por el dinero de la pensión que se toman los niños del hospicio, es por su trabajo; se les convierte en criados que pagan y no son pagados. Lo repito una vez más, si éste pudiera serle de utilidad usted se lo quedaría.

–En cualquier caso, siempre tendré los diez francos 

–Y si el hospicio, en vez de dejárselo a usted, se lo da a otro, no tendrá nada; en cambio, conmigo, no hay peligro: sólo tiene usted que alargar la mano.

Buscó en sus bolsillos y sacó una bolsa de cuero de la que tomó cuatro monedas de plata que alineó sobre la mesa haciéndolas tintinear,

–Piense –exclamó Barberin– que este niño tendrá padres un día u otro.

–¡Qué importa!

–Quienes lo hayan criado sacarán un beneficio; si no hubiera contado con ello jamás me habría encargado de él.

Aquellas palabras de Barberin: 'Si no hubiera contado con sus padres jamás me hubiera encargado de él', hicieron que le detestara aún un poco más. ¡Qué malvado!

–Y como no cuenta ya con sus padres –dijo el anciano– le pone usted en la puerta. En fin, ¿a quién se dirigirán esos padres si aparecen algún día? A usted, ¿no es cierto?; a usted y no a mí, puesto que no me conocen.

–Y si los encuentra usted.

–Convengamos que si los padres aparecen algún día, nos repartiremos la ganancia y le pagaré treinta francos.

–Que sean cuarenta.

–No, con los servicios que va a prestarme no es posible.

–¿Qué servicios quiere usted que le preste? Tiene buenas piernas, tiene buenos brazos, mantengo lo que he dicho pero, en fin, ¿para qué le parece a usted que sirve?

El viejo miró a Barberin con aire socarrón y vaciando su vaso a sorbitos:

–Para hacerme compañía –dijo–; me hago viejo y por las noches, a veces, tras un día fatigoso, cuando hace mal tiempo, pienso cosas tristes; me distraerá.

–Para eso seguro que tendrá las piernas bastante sólidas.

–Pero no demasiado, tendrá que bailar y saltar y andar y, tras haber andado, volver a saltar; en fin, pertenecerá a la compañía del signor Vitalis.

–¿Y dónde está esa compañía? 


–Yo soy el signor Vitalis, como sin duda supone usted; voy a presentarle a la compañía, puesto que desea conocerla.

Tras decir eso, abrió su piel de oveja y tomó en su mano un extraño animal que mantenía bajo su brazo izquierdo, apretado contra su pecho.

Era el animal que había levantado varias veces la piel de oveja; pero no era un perrito como yo había supuesto.

¿Era, al menos, una bestia?

No encontraba nombre que dar a aquella extraña criatura que veía por primera vez y a la que yo miraba estupefacto.

Iba vestida con una blusa roja adornada con un galón dorado, pero sus brazos y piernas estaban desnudos, pues eran, efectivamente, brazos y piernas lo que tenía y no patas: pero esos brazos y esas piernas estaban cubiertos de una piel negra y no blanca o rosada.

Negra era también su cabeza del tamaño de mi puño cerrado; el rostro era ancho y corto, la nariz aplastada con los orificios muy separados y los labios amarillos; pero lo que más me impresionó fueron sus dos ojos que estaban muy juntos, eran de una movilidad extrema y brillaban como espejos.

–¡Ah!, ¡qué mono más feo! –exclamó Barberin.

Aquellas palabras me sacaron de mi estupefacción, pues si no había visto jamás monos, al menos había oído hablar de ellos; no era, pues, un niño negro lo que yo tenía ante los ojos, era un mono.

–Este es el primer componente de mi compañía –dijo Vitalis–, es el señor Corazón-Hermoso. Corazón-Hermoso, amigo mío, salude a esos señores.

Corazón-Hermoso se llevó a los labios su mano cerrada y nos envió un beso.

–Ahora –continuó Vitalis, extendiendo la mano hacia el caniche blanco– le toca a otro: el signor Capi tendrá el honor de presentar sus amigos a la distinguida concurrencia aquí presente.

Al oírlo, el caniche, que hasta entonces no había hecho el menor movimiento, se levantó prestamente y poniéndose sobre sus patas traseras cruzó las delanteras ante el pecho, saludó a su dueño de tal modo que la gorra de policía llegó a tocar el suelo.

Cumplido ese deber de cortesía, se volvió a sus camaradas y con una pata, mientras seguía manteniendo la otra sobre su pecho, les indicó que se acercaran.

Los dos perros, que habían mantenido los ojos fijos en su compañero, dándose la pata delantera como se da, en sociedad, la mano, dieron gravemente seis pasos adelante, luego tres atrás, y saludaron a la concurrencia.

–El que se llama Capi –continuó Vitalis–, es decir, Capitano en italiano, es el jefe de los perros, es el más inteligente y el encargado de transmitir mis órdenes. Ese joven de elegante pelo negro es el signor


Zerbino, que significa galán, nombre que merece desde todos los puntos de vista. Y por lo que se refiere a esa joven personita de aire modesto, es la signora Dolce, una encantadora inglesa que no ha robado el nombre de dulce. Es con tan notables personas de distintos títulos que tengo el placer de recorrer el mundo ganándome peor o mejor la vida, dependiendo del azar o de la buena y mala fortuna. ¡Capi!

El caniche cruzó las patas.

–Capi, venga aquí, amigo mío y sea amable, se lo ruego (son personas bien educadas a las que hablo siempre con educación), tenga la amabilidad de decir a ese joven que le mira con ojos como platos qué hora es.

Capi descruzó sus patas, se acercó a su dueño, apartó la piel de oveja, buscó en el bolsillo y sacó de él un gran reloj de plata, miró la esfera y ladró claramente dos veces; luego, tras los dos ladridos muy fuertes, con voz clara y neta, ladró tres veces más débilmente.

Eran, en efecto, las dos y tres cuartos.

–Muy bien –dijo Vitalis–, se lo agradezco, signor Capi; y, ahora, le ruego que invite a la signora Dolce a hacernos el favor de saltar un poco a la comba.

Capi buscó en seguida en el bolsillo de la chaqueta de su dueño y sacó una cuerda. Hizo una señal a Zerbino y éste se colocó prontamente frente a él. Entonces Capi le arrojó un extremo de la cuerda y ambos comenzaron gravemente a hacerla girar.

Cuando el movimiento fue regular, Dolce se lanzó al círculo y saltó ágilmente manteniendo sus hermosos y tiernos ojos en los de su dueño.

–Ya ven –dijo éste– que mis alumnos son inteligentes; pero la inteligencia sólo se aprecia en todo su valor si se compara. Por eso integro a ese jovencito en mi compañía; representará el papel de una bestia y así se apreciará mejor el genio de mis alumnos.

–¡Oh!, para hacer de bestia –interrumpió Barberin.

–Hay que tener genio –continuó Vitalis–, y creo que a este muchacho no va a faltarle cuando le haya dado algunas lecciones. Por lo demás, ya veremos. Y, para empezar, vamos a probarlo en seguida. Si es inteligente se dará cuenta de que con el signor Vitalis tiene la oportunidad de pasear, de recorrer Francia y diez países más, de llevar una vida libre en vez de permanecer tras los bueyes, andando de la mañana a la noche por el mismo campo. Mientras que si no es inteligente gritará, llorará y, como el signor Vitalis no le gustan los niños malos, no se lo llevará con él. Entonces el niño malo irá al hospicio en donde se trabaja duro y se come poco.

Yo era lo bastante inteligente como para comprender aquellas palabras, pero de la comprensión a la ejecución había que franquear una terrible distancia.

Seguramente los alumnos del signor Vitalis eran muy graciosos, muy divertidos, y debía ser también muy divertido pasear siempre; pe–


ro para seguirles y pasear con ellos era necesario dejar a mamá Barberin.

   Cierto es que, si me negaba, tal vez no me quedaría con mamá Barberin y me enviarían al hospicio.

Como estaba confuso, con lágrimas en los ojos, Vitalis me dio un suave golpecito en la mejilla con la punta de su dedo.

–Vamos –dijo–, el muchacho ha comprendido puesto que no grita, la razón entrará en esta cabecita y mañana...

–¡Oh!, señor –grité–; déjeme usted a mamá Barberin, se lo ruego.

Pero antes de haber podido decir nada más, fui interrumpido por un formidable ladrido de Capi.

Al mismo tiempo el perro se arrojó hacia la mesa sobre la que estaba sentado Corazón-Hermoso.

Este, aprovechando un momento en que todo el mundo vuelto hacia mí, había tomado suavemente el vaso de su dueño, que estaba lleno de vino, y estaba vaciándolo. Pero Capi, que vigilaba bien, había visto la bribonada del mono y, como un buen servidor, había querido evitarla.

–Señor Corazón-Hermoso –dijo Vitalis con voz severa–, es usted un goloso y un bribón; vaya usted allí, al rincón, de cara a la pared y usted, Zerbino, monte la guardia a su lado; si se mueve, le da un buen bofetón. En cuanto a usted, señor Capi, es un buen perro; déme la pata para que yo se la estreche.

Mientras el mono obedecía lanzando grititos ahogados, el perro, feliz, orgulloso, tendía la pata a su dueño.

–Ahora –continuó Vitalis– volvamos a lo nuestro. Le doy entonces treinta francos.

–No, cuarenta.

Iniciaron una discusión; pero pronto la interrumpió Vitalis:

–Este niño debe aburrirse aquí – dijo–; que se vaya a pasear por el patio del albergue y a divertirse.

Al mismo tiempo, hizo un signo a Barberin.

–Sí, eso es –dijo éste–, vete al patio, pero no te muevas antes de que te llame o me enfadaré.

Sólo podía obedecer.

Fui, pues, al patio, pero mi corazón no estaba para diversiones. Me senté en una piedra y me puse a pensar.

En aquel momento se estaba decidiendo mi suerte. ¿Cuál sería? El frío y la angustia me hacían temblar.

La discusión entre Vitalis y Barberin duró mucho tiempo, pues transcurrió más de una hora antes de que éste saliera al patio.

Por fin le vi aparecer: estaba solo. ¿Venía a buscarme para ponerme en manos de Vitalis?

–Ven –me dijo–, vámonos a casa.

¿A casa? ¿Entonces no me separaba de mamá Barberin?


Hubiera querido preguntarle, pero no me atrevía, pues parecía de muy mal humor.

El camino se hizo en silencio.

Pero unos diez minutos antes de llegar, Barberin que iba delante se detuvo:

–Ya sabes –me dijo, tirándome con fuerza de la oreja– que si cuentas una sola palabra de lo que hoy has oído, lo pagarás caro, cuidado, pues.


 

LA CASA MATERNA

–Bueno –dijo mamá Barberin cuando estuvimos de regreso–, ¿qué ha dicho el alcalde?

–No le hemos visto.

–¡Cómo! ¿No le habéis visto?

–No; he encontrado a unos amigos en el café de Nuestra Señora y cuando hemos salido era ya demasiado tarde; volveremos mañana.

Así que Barberin había renunciado efectivamente a su negocio con el hombre de los perros.

En el camino me había preguntado más de una vez si no habría alguna artimaña en aquel regreso a casa; aquellas palabras alejaron las dudas que se agitaban confusamente en mi turbado espíritu. Puesto que a la mañana siguiente debíamos regresar al pueblo para ver al alcalde, era seguro que no había aceptado las proposiciones de Vitalis.

Sin embargo, pese a sus amenazas, yo habría comunicado mis dudas a mamá Barberin, si hubiera podido quedarme a solas con ella; pero durante toda la tarde, Barberin se quedó en casa y me acosté sin que se presentara la ocasión que esperaba.

Me dormí diciéndome que lo haría a la mañana siguiente.

Pero por la mañana, cuando me levanté, no vi a mamá Barberin.

Como que la buscaba dando vueltas alrededor de la casa, Barberin me preguntó qué me pasaba.

–Mamá.

–Está en el pueblo, regresará por la tarde.

Sin saber por qué, esa ausencia me inquietó. La víspera ella no había dicho que iría al pueblo. ¿Cómo no había esperado para acompañarnos cuando fuéramos nosotros, por la tarde? ¿Habría llegado ya cuando nos fuéramos?

Un vago temor oprimió mi corazón; sin darme cuenta del peligro que me amenazaba, tuve sin embargo el presentimiento de un peligro.

Barberin me miró de un modo tranquilizador; para escapar de aquella mirada, me fui al jardín.

Aquel jardín, que no era grande, tenía para nosotros un valor considerable, pues nos nutría proporcionándonos, a excepción del trigo, todo cuanto comíamos: patatas, habas, coles, zanahorias, nabos. No había en él ni el menor pedazo de tierra desperdiciado. Sin embargo, mamá Barberin me había dado un rincón en el que yo había reunido


una infinidad de plantas, de hierbas, de musgos arrancados por la mañana en los linderos o a lo largo de las cercas mientras guardaba nuestra vaca, y vueltos a plantar por la tarde, entremezclados, al azar, unos junto a otros.

Con seguridad no era un jardín hermoso, con avenidas bien arenadas y parterres trazados al cordel, llenos de flores raras; quienes pasaban por el camino no se detenían para mirar por encima de la cerca de espino podada a la tijera, pero tal como era, tenía el mérito y el encanto de pertenecerme; era cosa mía, mi bien, mi obra; lo arreglaba como quería, siguiendo mi fantasía del momento, y cuando hablaba de él, lo que hacía veinte veces por día, decía 'mi jardín'.

Durante el verano precedente yo había recolectado mi colección y en primavera debía, pues, brotar de la tierra, las especies precoces sin aguardar siquiera el fin del invierno, las otras sucesivamente.

Ese era el motivo de mi curiosidad, tan excitada en aquellos momentos.

Los junquillos mostraban ya sus brotes, cuyas puntas amarilleaban, las lilas de tierra erguían sus pequeños tallos punteados de violeta, y del centro de las arrugadas hojas de las prímulas surgían brotes que parecían dispuestos a abrirse.

¿Cómo florecería todo aquello?

Todos los días iba a verlo con curiosidad.

Pero existía otra parte de mi jardín que yo estudiaba con un sentimiento más vivo que la curiosidad, es decir con una especie de ansiedad.

Allí había plantado yo una legumbre que me habían dado y que era casi desconocida en nuestro pueblo, aguaturmas. Me habían dicho que producía tubérculos mejores que las patatas porque tenían el sabor de la alcachofa, el nabo y muchas otras legumbres. Aquellas hermosas promesas me habían inspirado la idea de dar una sorpresa a mamá Barberin. Nada le había dicho de aquel regalo y había plantado los tubérculos en mi jardín; cuando comenzarían a brotar los tallos le haría creer que eran flores y luego, un buen día, cuando estuvieran maduros, aprovechando una ausencia de mamá Barberin, arrancaría mis aguaturmas, las cocería yo mismo, ¿cómo?, no lo sabía exactamente, pero mi imaginación no se inquietaba por un solo detallito, y cuando mamá Barberin volviera para cenar, yo le serviría mi plato.

Tendríamos un nuevo manjar para reemplazar las sempiternas patatas y mamá Barberin no tendría que lamentar tanto la venta de la pobre Roussette.

Y yo era el inventor de aquel nuevo manjar, yo, Remi; sería, pues, útil en casa.

Con semejante proyecto en la cabeza debía prestar atención al crecimiento de mis aguaturmas; todos los días iba a mirar el rincón en


donde las había plantado y, en mi impaciencia, me parecía que nunca crecerían.

Estaba de rodillas, apoyado en mis manos, con la nariz entre mis aguaturmas, cuando oí gritar mi nombre por una voz impaciente. Era Barberin que me llamaba.

Me apresuré a entrar en casa.

Cuál no fue mi sorpresa cuando descubrí, junto a la chimenea, a Vitalis y sus perros.

Comprendí al instante lo que Barberin quería de mí: Vitalis venía a buscarme y para que mamá Barberin no pudiera defenderme, él la había enviado al pueblo por la mañana.

Dándome cuenta de que no podía esperar ni ayuda ni piedad de Barberin, corrí hacia Vitalis:

–¡Oh!, ¡señor! –grité–, se lo ruego, no se me lleve usted.

Y comencé a sollozar.

–Vamos, muchacho –me dijo con bastante dulzura–, no serás desgraciado conmigo, no pego a los niños y tendrás la compañía de mis alumnos que son muy divertidos. ¿Qué va a faltarte?

–¡Mamá Barberin!

–En cualquier caso, no vas a quedarte aquí –dijo Barberin tirándome rudamente de la oreja–; el señor o el hospicio, elige.

¡No! ¡Mamá Barberin!

¡Ah!, me aburres –gritó Barberin terriblemente encolerizado–; si tengo que sacarte a bastonazos, lo haré.

–Este niño añora a mamá Barberin –dijo Vitalis–; no hay que pegarle por ello; tiene corazón, es buena señal.

–Si le compadece usted, aullará con más fuerza.

–Vayamos ahora a los negocios.

Tras estas palabras, Vitalis puso sobre la mesa ocho monedas de cinco francos que Barberin, de un manotazo, hizo desaparecer en su bolsillo.

–¿Dónde está el paquete? –preguntó Vitalis.

–Aquí –respondió Barberin, señalando una pañoleta de algodón azul atada por las cuatro puntas.

Vitalis deshizo los nudos y miró lo que la pañoleta contenía; había dos de mis camisas y un pantalón de tela.

–No fue eso lo que convenimos –dijo Vitalis–, dijo usted que me daría sus vestidos y aquí sólo veo harapos.

–No tiene otros.

–Si se lo preguntara al niño, estoy seguro de que diría que eso no es cierto. Pero no quiero discutir por eso. No tengo tiempo. Hay que ponerse en camino. Vamos, pequeño. ¿Cómo se llama?

–Remi.

–Vamos, Remi; toma tu paquete y pasa delante de Capi. De frente, ¡marchen!


Tendí hacia él mis manos, luego hacia Barberin, pero ambos volvieron la cabeza, y sentí que Vitalis me cogía de la muñeca.

Fue preciso andar.

¡Ah!, pobre casa, me pareció, cuando crucé su umbral, que dejaba en él jirones de mi piel.

Miré a mi alrededor, mis ojos nublados por las lágrimas no vieron a nadie a quién pedir auxilio: nadie en la carretera, nadie en los prados vecinos.

Comencé a gritar:

–¡Mamá! ¡MamáBarberin!

Nadie respondió a mi voz que se extinguió en un sollozo.

Fue preciso seguir a Vitalis que no había soltado mi muñeca.

–¡Buen viaje! –gritó Barberin.

Y         entró en la casa.

¡Ay!, todo había terminado.

–Vamos, Remi; andemos, hijo mío –dijo Vitalis.

Y         su mano tiró de mi brazo.

Comencé entonces a caminar junto a él. Afortunadamente, no apresuraba el paso e, incluso, me pareció que lo ajustaba al mío.

El camino que seguíamos subía serpenteando por la ladera de la montaña, a cada recodo yo descubría la casa de mamá Barberin que se empequeñecía, se empequeñecía. A menudo había yo recorrido aquel camino y sabía que al llegar al último recodo vería una vez más la casa y, luego, tras algunos pasos por la altiplanicie, todo habría terminado; ante mí lo desconocido; tras de mí, la casa en la que había vivido feliz hasta entonces y que, sin duda, no volvería a ver.

Afortunadamente, la subida era larga; sin embargo, a fuerza de andar, llegamos a lo alto.

Vitalis no había soltado mi muñeca.

–¿Quiere dejarme descansar un poco? –le dije.

–Claro, hijo mío.

Por primera vez me soltó la mano.

Pero, al mismo tiempo, vi que su mirada se dirigía a Capi haciéndole un signo que fue comprendido.

En seguida, como un perro de pastor, Capi abandonó la cabeza de la compañía y se situó detrás de mí.

Aquella maniobra terminó de hacerme comprender lo que el signo me había indicado: Capi era mi guardián; si yo hacía algún movimiento para huir, él debía arrojarse a mis piernas.

Fui a sentarme en el parapeto herboso y Capi me siguió de cerca.

Sentado en el parapeto, busqué con mis ojos nublados por las lágrimas la casa de mamá Barberin.

A nuestros pies descendía el valle por el que acabábamos de subir, entrecortado por prados y bosques, luego en la parte más baja se levantaba, aislada, la casa materna, en la que yo había crecido.


Era tanto más fácil de localizar entre los árboles cuanto, en aquel momento, una columnita de humo salía de su chimenea y, subiendo n línea recta por el aire tranquilo, se elevaba hasta nosotros.

Fuera ilusión del recuerdo, fuese realidad, aquel humo me traía el olor de las hojas de encima que se había secado en torno a las ramas de los haces con los que habíamos encendido el fuego durante todo el invierno: me pareció que me hallaba todavía junto al hogar, en mi pequeño banco, con los pies en las cenizas cuando el viento, soplando en la chimenea, nos arrojaba el humo al rostro.

Pese a la distancia y la altura a la que nos hallábamos, las cosas habían conservado la nitidez y claridad de sus formas, sólo disminuidas, achicadas.

En el estercolero, nuestra gallina, la última que nos quedaba, iba de un lado a otro, pero no era de su tamaño habitual y si no la hubiese conocido la habría tomado por un pichón. A un extremo de la casa veía el peral de tronco ganchudo que durante tanto tiempo había yo transformado en caballo. Luego, junto al riachuelo que trazaba una línea blanca en la verde hierba, adivinaba el canal de derivación que tanto me había costado cavar para que pusiera en movimiento la rueda de un molino que mis manos habían fabricado; aquella rueda, ¡ay!,jamás había podido girar pese al trabajo que me había costado.

Todo estaba en su sitio habitual, mi carretilla, mi arado hecho de una rama torcida, la caseta en la que yo criaba conejos cuando teníamos conejos y mi jardín, mi querido jardín.

¿Quién vería florecer mis pobres flores? ¿Quién cuidaría de mis aguaturmas? Sin duda Barberin, el malvado Barberin.

Un paso más en el camino y todo desaparecería para siempre.

De pronto, en el camino que subía del pueblo a la casa, divisé a lo lejos una cofia blanca. Desapareció tras un grupo de árboles; luego reapareció.

La distancia era tal que sólo distinguía la blancura de la cofia que, como una mariposa primaveral de pálidos colores, revoloteaba entre las ramas.

Pero hay instantes en los que el corazón ve más y más lejos que los ojos más penetrantes: reconocí a mamá Barberin; era ella; estaba seguro, sentía que era ella.

–Bueno –preguntó Vitalis–, ¿nos ponemos en marcha?

–¡Oh, señor!, por favor.

–Es falso, pues, lo que decían, no tienes piernas; te has cansado con muy poca cosa; eso no nos augura buenas jornadas.

No le respondí, miraba.

Era mamá Barberin; era su cofia, era su falda azul, era ella.

Andaba a grandes pasos, como si tuviera prisa por regresar a casa.

Llegada ante la barrera, la empujó y entró en el patio cruzándolo con rapidez.


Me puse en seguida de pie sobre el parapeto sin pensar en Capi, que saltó hacia mí.

Mamá Barberin no permaneció mucho tiempo en la casa. Salió de nuevo y se puso a correr de un lado a otro del patio, con los brazos extendidos.

Me buscaba.

Me incliné hacia adelante y, con todas mis fuerzas, me puse a gritar:

–¡Mamá, mamá!

Pero mi voz no podía alcanzarla, ni dominar el murmullo del riachuelo, se perdió en el aire.

–¿Qué te pasa? –preguntó Vitalis–; ¿te has vuelto loco?

Sin responderle, permanecí con los ojos fijos en mamá Barberin; pero ella no sabía que yo me hallara tan cerca ni pensó en levantar la cabeza.

Había cruzado el patio y, de nuevo en el camino, miraba a todos lados.

Grité con más fuerza, pero como la primera vez inútilmente.

Entonces, Vitalis, sospechando la verdad, subió también sobre el parapeto.

No necesitó mucho tiempo para distinguir la cofia blanca.

–Pobre pequeño –dijo a media voz.

–¡Oh!, por favor –grité animado por aquellas palabras compasivas–, déjeme volver.

Pero me tomó de la muñeca y me hizo bajar al camino.

–Puesto que ya has descansado –dijo–, en marcha, muchacho. Quise soltarme; me sujetaba con firmeza.

–¡Capi! –dijo–. ¡Zerbino!

Los dos perros me rodearon, Capi detrás, Zerbino delante.

Al cabo de algunos pasos, volví la cabeza.

Habíamos sobrepasado la cresta de la montaña y ya no vi nuestro valle ni nuestra casa; sólo a lo lejos, las colinas azuladas parecían escalar el cielo: mis ojos se perdieron en espacios sin límites.


 

EN CAMINO

No por comprar niños a cuarenta francos se es, necesariamente, un ogro que hace provisión de carne fresca para devorarla.

Vitalis no quería devorarme y, por una excepción rara entre los compradores de niños, no era un mal hombre.

Pronto pude comprobarlo.

Me había vuelto a coger la muñeca en la misma cresta de la montaña que separa la cuenca del Loira de la del Dordoña, y, casi en seguida, comenzamos a descender por la ladera que miraba al sur.

Tras haber caminado aproximadamente un cuarto de hora, me soltó el brazo.

–Ahora –dijo– camina despacio junto a mí; pero no lo olvides, si quisieras huir Capi y Zerbino te alcanzarían muy pronto; y tienen los colmillos puntiagudos.

Sentía que, ahora, huir era imposible y que, más tarde, sería inútil intentarlo.

Suspiré.

–Estás muy entristecido –continuó Vitalis–, lo comprendo y no te lo reprocho. Puedes llorar libremente si lo deseas. Pero intenta comprender que no te llevo conmigo para tu desgracia. ¿Qué habría sido de ti? Probablemente habrías ido al hospicio. La gente que te crió no son tu padre y tu madre. Tu mamá, como la llamas, ha sido buena contigo y tú la quieres, alejarte de ella te entristece, eso está bien; pero piensa que ella no habría podido tenerte a su lado contra la voluntad de su marido. Ese marido, por su parte, tal vez no sea tan duro como crees. No tiene de qué vivir; está tullido; ya no puede trabajar y piensa que no puede morirse de hambre por alimentarte. Comprende ahora, hijo mío, que la vida es con demasiada frecuencia una batalla en la que no puede hacerse lo que se quiere.

Sin duda aquéllas eran palabras, de sabiduría o, al menos, de experiencia. Pero existía un hecho que, en aquellos momentos, gritaba con mucha más fuerza: la separación.

No volvería a ver a la que me había criado, a la que me había acariciado, a la que yo amaba: a mi madre.

Y aquel pensamiento me hacía un nudo en la garganta, me ahogaba.

Sin embargo, andaba junto a Vitalis, intentando repetirme lo que acababa de decirme.


Sin duda era cierto; Barberin no era mi padre y ninguna razón le obligaba a soportar la miseria por mi causa; él había deseado recogerme y criarme; si ahora me despedía era porque no podía ya conservarme a su lado. No debía recordar la presente jornada cuando pensara en él, sino de los años pasados en su casa.

–Piensa en lo que te he dicho, pequeño –repetía Vitalis de vez en –cuando–, conmigo no serás muy desgraciado.

Tras haber descendido una pendiente bastante empinada, llegamos a una vasta landa que se extendía, plana y monótona, hasta donde alcanzaba la vista. Ni casas, ni árboles. Una llanura cubierta de brazales rojizos, salpicada de achaparradas retamas que onduleaban bajo el soplo del viento.

–Ves –me dijo Vitalis, extendiendo su mano hacia la landa–, sería inútil que intentaras escapar, Capi y Zerbino te alcanzarían en seguida.

¡Escapar! Ya no pensaba en ello. ¿Adonde habría ido? ¿A casa de quién?

Al fin y al cabo, aquel gran anciano de blanca barba no era, tal vez, tan terrible como yo había creído; y, si era mi dueño, tal vez no fuera un dueño despiadado.

Anduvimos mucho tiempo por entre tristes soledades, sin dejar las landas más que para encontrar breñales, y sin ver a nuestro alrededor, por lejos que alcanzara la vista, más que algunas colinas redondeadas de estériles cimas.

Me había forjado una idea muy distinta de los viajes y cuando, a veces, en mis ensoñaciones infantiles, había abandonado mi pueblo, lo había cambiado por hermosos lugares que nada semejaban a lo que la realidad me mostraba.

Era la primera vez que llevaba a cabo semejante caminata de un tirón y sin descansar.

Mi dueño avanzaba a pasos grandes y regulares, llevando a Corazón-Hermoso en el hombro o en su bolsa y, a su alrededor, los perros trotaban sin alejarse.

De vez en cuando, Vitalis les decía una palabra amistosa, tanto en francés como en una lengua que yo desconocía.

Ni uno ni otros parecían pensar en la fatiga. Pero conmigo era distinto. Yo estaba agotado.

El cansancio físico, añadiéndose al trastorno moral, había terminado con mis fuerzas.

Arrastraba las piernas y apenas si podía seguir a mi dueño. Sin embargo, no me atrevía pedirle que nos detuviéramos.

–Son los zuecos que te cansan –me dijo–; en Ussel te compraré unos zapatos.

Esas palabras me devolvieron el valor.

En efecto, unos zapatos habían sido siempre mi más ardiente deseo. El hijo del alcalde y también el hijo del posadero tenían zapatos, de


modo que el domingo, cuando iban a misa, se deslizaban sobre las sonoras losas en tanto que nosotros, los campesinos, hacíamos con nuestros zuecos un ruido ensordecedor.

–¿Está lejos todavía, Ussel?

–Eso sí que te ha salido del corazón –dijo riendo Vitalis–; ¿tienes muchos deseos de tener unos zapatos, hijo mío? ¡Muy bien!, los tendrás, te lo prometo, y con clavos en la suela. Y te prometo también unos calzones de terciopelo, una chaqueta y un sombrero. Eso secará tus lágrimas, eso espero, y te dará piernas suficientes como para hacer las seis leguas que no faltan.

¡Zapatos con clavos en las suelas! Aquello me deslumbró. Era prodigioso ya, para mí, lo de los zapatos, pero cuando escuché lo de los clavos olvidé mi pesadumbre.

¡Zapatos! Zapatos claveteados! ¡Unos calzones de terciopelo! ¡Un sombrero!

¡Ah!, qué contenta estaría mamá Barberin si pudiera verme, ¡qué orgullosa se sentiría de mí!

Pese a los zapatos y los calzones de terciopelo que me esperaban seis leguas más lejos, creí que no podría caminar tan lejos.

El cielo, que había sido azul desde nuestra marcha, se fue poco a poco cubriendo de nubes grises y comenzó a caer una fina lluvia que ya no cesó.

Con su piel de oveja, Vitalis iba bastante bien protegido y podía abrigar a Corazón-Hermoso que, a la primera gota de lluvia, se había metido rápidamente en su escondite. Pero los perros y yo, sin nada para cubrirnos, no tardamos en estar calados hasta los huesos; los perros al menos podían, de vez en cuando, sacudirse, pero aquel medio natural no estaba hecho para mí, yo debía caminar bajo un peso que me helaba y aplastaba.

–¿Te resfrías con facilidad? –me preguntó mi dueño.

–No lo sé; no recuerdo haberme resfriado nunca.

–Eso está bien, muy bien; ciertamente hay en ti cosas buenas. Pero no quiero exponerte inútilmente, por hoy no iremos más lejos. Allá hay un pueblo, nos quedaremos a dormir.

No había albergue en aquel pueblo y nadie quiso hospedar a una especie de mendigo que arrastraba a un niño y tres perros a cual más mugriento.

–No alquilamos habitaciones –nos decían.

Y nos cerraban la puerta en las narices. Íbamos de una casa a otra sin que ninguna se abriera.

¿Sería preciso, pues, caminar sin descanso las cuatro leguas que nos separaban de Ussel? La noche caía, la lluvia nos helaba y, por mi parte, yo sentía mis piernas rígidas como pedazos de madera.

¡Ah!, ¡la casa de mamá Barberin!

Por fin, un campesino, más caritativo que sus vecinos, accedió a


abrirnos la puerta de un granero. Pero antes de dejarnos entrar nos impuso la condición de no tener luz.

–Déme sus cerillas –le dijo a Vitalis–, mañana se las devolveré cuando se marchen.

Por lo menos teníamos un techo para abrigarnos y la lluvia no caía sobre nosotros.

Vitalis era un hombre precavido que no se ponía en camino sin provisiones. En el macuto que llevaba al hombro había una gran hogaza de pan que partió en cuatro pedazos.

Vi entonces, por primera vez, cómo mantenía la obediencia y la disciplina en su compañía.

Mientras errábamos de puerta en puerta, buscando nuestra yacija, Zerbino había entrado en una casa de la que salió rápidamente llevando en la boca una corteza. Vitalis sólo había dicho:

–Hasta esta noche, Zerbino.

Yo no recordaba ya aquel robo cuando vi que Zerbino, cuando nuestro dueño cortaba la hogaza, tomaba un aspecto apenado.

Estábamos sentados, Vitalis y yo, sobre unos haces de helechos, uno junto a otro y Corazón-Hermoso entre ambos; los tres perros se alineaban ante nosotros, Capi y Dolce con los ojos fijos en su dueño, Zerbino con el hocico en tierra y las orejas gachas.

–Que el ladrón salga de la fila –dijo Vitalis con voz de mando– y se vaya a un rincón; se irá a la cama sin cenar.

Zerbino dejó en seguida su lugar y, avanzando a rastras, fue a ocultarse en el rincón que su dueño le había indicado; se metió en un montón de helechos y no le vimos más, pero le escuchábamos respirar quejosamente con breves grititos ahogados.

Cumplida aquella ejecución, Vitalis me tendió mi pan y, mientras comía el suyo, repartió en pequeños bocados a Corazón-Hermoso, Capi y Dolce los pedazos que les estaban destinados.

Durante los últimos meses vividos junto a mamá Barberin, yo no había sido, ciertamente, mimado; sin embargo, el cambio me pareció rudo.

¡Ah!, ¡qué buena me hubiera parecido la sopa caliente que todas las noches nos hacía mamá Barberin, aun sin mantequilla!

¡Qué agradable me hubiera resultado el rincón del hogar; con qué alegría me hubiera deslizado entre las sábanas tirando de las mantas hasta cubrirme la nariz!

Pero ¡ay!, allí no había sábanas ni mantas, y podíamos considerarnos felices de tener una cama de helechos.

Roto de fatiga, con los pies lastimados por los zuecos, temblaba de frío en mis ropas mojadas.

La noche había caído por completo, pero yo no pensaba en dormir.

–Te castañetean los dientes –dijo Vitalis–; ¿tienes frío?

–Un poco.


Le oí abrir su bolsa.

–No tengo un guardarropa bien provisto –dijo–, pero aquí tienes una camisa seca y un chaleco en los que envolverte cuando te hayas quitado tu ropa mojada; te hundes luego en los helechos y no tardarás en calentarte y dormirte.

Sin embargo, no me calenté tan pronto como Vitalis creía; di vueltas y más vueltas, durante largo tiempo, en mi cama de helechos, demasiado dolorido, en exceso desgraciado como para poder dormirme.

¿Todos los días sería así? ¿Andar sin descanso bajo la lluvia, dormir en un granero, temblar de frío, cenar sólo con un pedazo de pan, sin nadie que me compadeciera, nadie que me amara, sin mamá Barberin?

Cuando estaba sumido en mis tristes pensamientos, con el corazón apenado y los ojos llenos de lágrimas, sentí un aliento cálido en mi rostro.

Tendí la mano hacia adelante y encontré el pelo lanoso de Capi.

Se había acercado suavemente a mí, avanzando con precaución sobre los helechos, y me estaba oliendo; respiraba con suavidad; su aliento me corría por el rostro y los cabellos.

¿Qué quería?

Pronto se tendió en los helechos, muy cerca de mí, y, delicadamente, comenzó a lamer mi mano.

Conmovido por aquella caricia, me levanté a medias y le di un beso en el frío hocico.

Exhaló un gritito ahogado y, luego, vivamente, puso su pata en mi mano y ya no se movió.

Olvidé fatiga y pesadumbre; el nudo de mi garganta se deshizo; respiré; ya no estaba solo; tenía un amigo.


 

MIS COMIENZOS

A la mañana siguiente nos pusimos temprano en camino.

Ya no llovía; un cielo azul y, gracias al viento seco que había soplado durante la noche, poco barro. Los pájaros cantaban alegremente en los matorrales del camino y los perros correteaban a nuestro alrededor. De vez en cuando, Capi se levantaba sobre sus patas traseras y me lanzaba al rostro dos o tres ladridos cuyo significado comprendía yo muy bien.

– ¡Valor, valor! –me decían.

Pues era un perro inteligente que sabía comprenderlo todo y hacerse comprender siempre. Muy a menudo oí decir que sólo le faltaba hablar. Pero jamás pensé así. Sólo en su cola había más genio y elocuencia que en la lengua o en los ojos de mucha gente. En cualquier caso, la palabra nunca sirvió para nada entre él y yo: nos comprendimos en seguida, desde el primer día.

Al no haber salido nunca de mi pueblo, sentía curiosidad por conocer una ciudad.

Debo confesar que Ussel no me deslumbró. Sus viejas casas con torreones, que sin duda son la felicidad de los arqueólogos, me dejaron por completo indiferente.

Cierto es que en aquellas casas yo no buscaba en absoluto lo pintoresco.

Una sola idea llenaba mi cabeza y nublaba mis ojos, o al menos no les permitía ver más que una cosa: una zapatería.

Había llegado el momento de calzarme mis zapatos, los zapatos prometidos por Vitalis.

¿Dónde estaba la bienaventurada tienda que iba a proporcionármelos?

Esa era la tienda que yo buscaba; lo demás, torreones, ojivas, columnas, no tenía para mí el menor interés.

Por esta razón, el único recuerdo que me quedó de Ussel es el de una tienda, sombría y ahumada, situada cerca del mercado. En su parte delantera tenía un escaparate en el que había viejos fusiles, un uniforme con galones en las costuras y charreteras de plata, muchas lámparas y, en cestos, chatarra, sobre todo viejos candados y llaves aherrumbradas.

Había que bajar tres escalones para entrar y, entonces, uno se halla–


ba en una gran sala en la que, con toda seguridad, jamás había penetrado la luz del sol desde que la casa había sido provista de techumbre. ¿Cómo podía venderse en tan horrendo lugar algo tan hermoso como un par de zapatos?

Sin embargo, Vitalis sabía lo que estaba haciendo al entrar en aquella tienda, y pronto tuve la felicidad de calzar mis pies en unos zapatos claveteados que pesaban diez veces más que mis zuecos.

La generosidad de mi dueño no se detuvo ahí; además de los zapatos me compró una chaqueta de terciopelo azul, un pantalón de lana y un sombrero de fieltro; en fin, todo lo que me había prometido.

Terciopelo para mí, que jamás había llevado otra cosa que tela; zapatos, un sombrero cuando siempre había tenido sólo mis cabellos para cubrirme; decididamente era el mejor hombre del mundo, el más generoso y el más rico.

Cierto es que el terciopelo estaba ajado, cierto que la lana estaba raída; cierto es, también, que era difícil averiguar cuál había sido el primitivo color del sombrero, tantas lluvias y polvos había recibido, pero, deslumbrado por tales esplendores, yo era insensible a las imperfecciones que se ocultaban bajo su brillo.

Sentía prisa por vestir tan hermosas ropas, pero antes de dármelas, Vitalis les hizo sufrir una transformación que me arrojó en un doloroso asombro.

De regreso a la posada, tomó las tijeras de su bolsa y cortó las dos perneras de mi pantalón a la altura de las rodillas.

Como yo le mirara con ojos embobados, me dijo:

–Eso lo hago con el único fin de que no te parezcas a todo el mundo. Estamos en Francia, te visto como un italiano; si fuéramos a Italia, lo que es posible, te vestiría como un francés.

Como aquella explicación no parecía calmar mi asombro, continuó:

–¿Qué somos? Artistas, ¿no es cierto? Cómicos que por su sólo aspecto deben provocar la curiosidad. ¿Crees que si fuéramos dentro de un rato a la plaza vestidos como burgueses o como campesinos, obligaríamos a la gente a mirarnos y rodearnos? No, ¿no es cierto? Comienza, pues, a aprender que en la vida la apariencia es, a veces, indispensable; es molesto, pero no podemos evitarlo.

Así pues, por la mañana yo era un francés y por la tarde me convertía en italiano.

Como mi pantalón me llegaba a las rodillas, Vitalis sujetó mis medias con unos cordones rojos que se cruzaban a lo largo de la pierna; cruzó también algunas cintas en mi sombrero y lo adornó con un ramillete de flores hechas de lana.

No sé lo que otros habrían pensado de mí pero, para ser sincero, debo confesar que me encontraba soberbio; y así debía ser, pues, Capi, tras haberme contemplado largamente, me tendió la pata con aire satisfecho.


La aprobación de Capi a mi transformación me fue tanto más agradable cuanto, mientras me vestía mis nuevas ropas, Corazón-Hermoso se había plantado frente a mí y había imitado mis movimientos exagerándolos. Terminado mí atavío, había puesto sus manos en las caderas y echando la cabeza atrás había lanzado unos grititos burlones.

He oído decir que saber si los monos reían era una cuestión que interesaba a los científicos. Pienso que los que se plantearon esa cuestión son sabios de alcoba, que jamás se tomaron la molestia de estudiar a los monos. Yo, que durante largo tiempo he vivido en intimidad con Corazón-Hermoso, puedo afirmar que reía e incluso a veces de un modo que me mortificaba. Ciertamente, su risa no era exactamente parecida a la de los hombres. Pero cuando un sentimiento cualquiera provocaba su alegría, se veía cómo las comisuras de sus labios se estiraban hacia atrás, sus párpados se plegaban, sus mandíbulas se movían con rapidez y sus negros ojos parecían flamear como carboncillos sobre los que se hubiera soplado.

Por lo demás, pronto advertí aquellos signos característicos de su risa en circunstancias bastante penosas para mi amor propio.

–Ahora que tu atavío está ya terminado –me dijo Vitalis cuando me hube puesto el sombrero–, vamos a ponernos a trabajar para dar mañana, día de mercado, una gran representación en la que tú vas a debutar.

Le pregunté qué significaba debutar y Vitalis me explicó que significaba aparecer por primera vez ante el público representando una comedia.

–Mañana daremos nuestra primera representación –dijo– y tú actuarás. Es preciso, pues, que ensayemos el papel que te he destinado.

Mis asombrados ojos le dijeron que yo no comprendía nada.

–Papel quiere decir lo que tú tendrás que hacer en la representación. Si te he llevado conmigo no ha sido, precisamente, para procurarte el placer del paseo. No soy lo bastante rico para ello. Ha sido para que trabajes. Y tu trabajo consistirá en representar comedias con mis perros y Corazón-Hermoso.

– ¡Pero yo no sé representar comedias! –grité.

–Precisamente por ello debo enseñarte. Ya imaginas que Capi no camina naturalmente con tanta gracia sobre sus patas traseras, y tampoco Dolce salta a la comba por placer. Capi aprendió a mantenerse erguido sobre sus patas y Dolce a saltar a la comba; tuvieron que trabajar mucho durante mucho tiempo para adquirir esas habilidades, así como las que les convierten en hábiles comediantes. ¡Pues bien!, también tú debes trabajar para aprender los distintos papeles que representarás con ellos. Pongamos manos a la obra.

En aquella época yo tenía ideas muy primitivas sobre el trabajo. Creía que para trabajar era preciso cavar la tierra, o cortar un árbol, o tallar la piedra, y no imaginaba otra cosa.


–La obra que vamos a representar –continuó Vitalis– se llama El criado del señor Corazón-Hermoso o El más bestia de los dos no es el lo parece. Se trata de lo siguiente: el señor Corazón-Hermoso ha tenido hasta ahora un criado del que está muy contento, es Capi. Pero Capi se hace viejo y, por otra parte, el señor Corazón-Hermoso quiere un nuevo criado. Capi se encarga de procurárselo. Pero no será un perro su sucesor, será un joven campesino llamado Remi.

–¿Como yo?

–No como tú; tú mismo. Tú acabas de llegar del pueblo para entrar al servicio de Corazón-Hermoso.

–Los monos no tienen criados.

–En las comedias los tienen. Llegas, pues, y el señor Corazón-Hermoso encuentra que tienes aspecto de imbécil.

–No es divertido.

–¿Y a ti qué te importa si todo es mentira? Además, imagina que vas realmente a casa de un señor para ser su criado y que te ordenan, por ejemplo, que pongas la mesa. Precisamente esto es algo que debe servir para nuestra representación. Adelántate y dispón la mesa.

En aquella mesa había algunos platos, un vaso, un cuchillo, un tenedor y unos manteles blancos.

¿Cómo se disponía todo aquello?

Cuando me lo estaba preguntando y permanecía con los brazos tendidos, inclinando hacia adelante, con la boca abierta, sin saber por dónde empezar, mi dueño dio unas palmadas riendo a carcajadas.

–¡Bravo! –dijo–, ¡bravo!; es perfecto. Tu juego fisonómico es excelente. El muchacho que tenía antes que tú, tomaba una expresión astuta y su aspecto decía claramente: 'Ya veréis qué bien hago de bestia', tú no dices nada, tú eres, tu ingenuidad es admirable.

–No sé qué debo hacer.

–Y precisamente por ello eres excelente. Mañana, dentro de unos días, sabrás perfectamente lo que debes hacer. Entonces será necesario recordar la turbación que ahora experimentas fingir lo que ya no sentirás. Si puedes hallar de nuevo ese juego de tu fisonomía y esa actitud, te auguro el más hermoso de los éxitos. ¿Qué significa tu personaje en mi comedia?, representa al joven campesino que no ha visto nada y no sabe nada; llega a casa de un mono y se encuentra más ignorante y torpe que ese mono; eso justifica el título: 'el más bestia de los dos no es el que lo parece'; más bestia que Corazón-Hermoso, ése es tu papel; para representarlo perfectamente no tienes más que seguir siendo lo que eres en este momento, pero como eso es imposible, deberás recordar lo que has sido y convertirte por medio del arte en lo que ya no serás por naturaleza.

El criado del señor Corazón-Hermoso no era una gran comedia y su representación no duraba más de veinte minutos.

Pero nuestro ensayo duró casi tres horas; Vitalis nos hacía repetir


dos veces, cuatro veces, diez veces lo mismo; tanto a mí como a los perros.

Estos, en efecto, habían olvidado algunas partes de su papel y fuepreciso enseñárselas de nuevo.

Entonces me sorprendió mucho la paciencia y la ternura de nuestro dueño. En mi pueblo no trataban así a las bestias, los juramentos y los golpes eran los únicos procedimientos educativos que se empleaban con ellas.

Pero él, por mucho que se prolongara el ensayo, no se enfadó ni una sola vez; ni una sola vez blasfemó.

–Vamos, comencemos de nuevo –decía severamente cuando no conseguíamos hacer lo que había pedido–; mal, Capi; no presta usted atención, Corazón-Hermoso, voy a reñirle.

Y eso era todo; pero, sin embargo, era suficiente.

–¡Bien! –me dijo cuando terminamos el ensayo–, ¿crees que te acostumbrarás a representar comedias?

–No lo sé.

–¿Te aburre?

–No, me divierte.

–Entonces todo irá bien; tienes inteligencia y, lo que tal vez es más precioso todavía, atención; con atención y docilidad se llega a todas partes. Mira a mis perros y compáralos a Corazón-Hermoso. Corazón-Hermoso tiene, quizá, más vivacidad e inteligencia, pero no es dócil. Aprende con facilidad lo que se le enseña, pero lo olvida en seguida. Por otra parte, nunca hace de buena gana lo que se le manda; se rebelaría gustosamente y siempre lleva la contraria. Se debe a su naturaleza y por ello no me enfado con él: el mono no tiene como el perro conciencia del deber, y por ello es muy inferior. ¿Lo comprendes?

–Me parece que sí.

–Presta, pues, atención, hijo mío; sé dócil; haz lo que debas hacer del mejor modo posible. En la vida todo depende de eso.

Hablando de este modo, me atreví a decirle que lo que más me había asombrado del ensayo era la inalterable paciencia de que había dado pruebas, tanto con Corazón-Hermoso y los perros como conmigo mismo.

Entonces sonrió con dulzura.

–Ya se ve –me dijo– que hasta ahora sólo has vivido con campesinos duros para con las bestias y que creen que se las debe tratar siempre con el bastón levantado. Es un molesto error: pocas cosas se obtienen con la brutalidad mientras que, con la dulzura se obtienen muchas, por no decir todas. En lo que a mí respecta, he logrado hacer de mis bestias lo que son ahora porque nunca me he enfadado con ellas. Si las hubiera pegado, serían temerosas, y el temor paraliza la inteligencia. Por lo demás, si me dejara dominar por la cólera, yo mismo no sería lo que soy, y no hubiera adquirido esa paciencia a toda prueba que me


granjeado tu confianza. Quien instruye a los demás se instruye a sí mismo. Mis perros me han dado tantas lecciones como lecciones han recibido de mí. Yo desarrollo su inteligencia, ellos me han formado el carácter.

Lo que había oído me pareció tan extraño que me puse a reír.

–Te parece raro, ¿no es cierto?, que un perro pueda dar lecciones a un hombre. Y, sin embargo, nada es más cierto. Piensa un poco. ¿Admites que un perro sufre la influencia de su dueño?

– ¡Oh!, claro.

–Entonces comprenderás que el dueño está obligado a vigilarse a sí mismo cuando comienza la educación del perro. Supón por un momento que, al educar a Capi, yo me hubiera dejado llevar por la cólera. ¿Qué habría hecho Capi? Habría tomado el hábito de dejarse llevar por la cólera. Es decir, que, tomándome como modelo, sehubiera corrompido. El perro es casi siempre el espejo de su dueño; y quien ve al uno, ve al otro. Enséñame tu perro y te diré quién eres. El bandolero tiene un perro bribón; el ladrón, uno ladrón; el campesino sin inteligencia, un perro grosero; el hombre educado y afable, un perro amable.

Mis compañeros, el mono y los perros, tenían sobre mí la gran ventaja de estar acostumbrados a aparecer en público, de modo que vieron sin temor la llegada del día siguiente. Para ellos se trataba de hacer lo que habían hecho ya cien veces, tal vez mil.

Pero en cuanto a mí, yo no tenía su tranquila seguridad. ¿Qué diría Vitalis si representaba mal mi papel? ¿Qué dirían los espectadores?

Aquella preocupación turbó mi sueño y, cuando me dormí, vi en sueños gente que se sujetaba la barriga de tanto reír burlándose de mí.

Así, cuando a la mañana siguiente abandonamos el albergue para dirigirnos a la plaza donde tendría lugar la representación, mi emoción era muy viva.

Vitalis abría la marcha con la cabeza alta, el pecho hinchado, y marcaba el paso con sus brazos y sus pies mientras tocaba un vals en un pífano metálico.

Detrás iba Capi, sobre cuyo lomo se arrellanaba Corazón-Hermoso, vestido de general inglés, casaca y pantalón rojos, con galones de oro, y un bicornio con una larga pluma.

Luego, a respetable distancia, Zerbino y Dolce avanzaban uno junto a otro.

Por fin, yo formaba la cola del cortejo que, gracias al espaciado indicado por nuestro dueño, ocupaba cierto lugar en la calle.

Pero lo que llamaba la atención, más que la pompa de nuestro desfile, eran los penetrantes sonidos del pífano que llegaban hasta el fondo de las casas despertando la curiosidad de los vecinos de Ussel que acudían a sus puertas para vernos pasar mientras las cortinas de todas las ventanas se levantaban rápidamente.

Algunos niños habían comenzado a seguirnos, asombrados campe–


sinos se les habían unido y, cuando llegamos a la plaza, llevamos tras de nosotros y a nuestro alrededor un verdadero cortejo.

Nuestra sala de espectáculos se levantó en seguida; consistía en una cuerda atada a cuatro árboles para formar un amplio cuadrado en cuyo centro nos colocamos.

La primera parte de la representación consistió en varios trucos ejecutados por los perros; pero no sabría decir en qué consistieron esos trucos, tan ocupado estaba en repetir mi papel y tanto me turbaba la inquietud.

Sólo recuerdo que Vitalis había cambiado su pífano por un violín, con el que acompañaba los ejercicios de los perros, unas veces con música de danza, otras con una melodía dulce y tierna.

La multitud se había amontonado contra nuestras cuerdas y, cuando yo miraba a mi alrededor, maquinalmente más que con una intención determinada, veía una infinidad de pupilas que, fijas en nosotros, parecían despedir rayos.

Terminada la primera pieza, Capi tomó entre sus dientes una escudilla de madera y, andando sobre sus patas traseras, comenzó a dar la vuelta por el 'respetable público'. Cuando las monedas no caían en la escudilla, se detenía, depositaba el platillo en el centro del círculo lejos del alcance de las manos, ponía sus patas delanteras sobre el pecho del espectador recalcitrante, soltaba dos o tres ladridos y daba algunos golpecitos en el bolsillo que quería abrir.

Entonces el público prorrumpía en gritos, burlas y palabras alegres.

–Es listo el caniche, sabe quién tiene el bolsillo lleno.

– ¡Vamos, mete la mano en el bolsillo!

–Le dará algo.

–No le dará nada.

–Ya lo recuperará con la herencia de su tío.

Y por fin la moneda era extraída de las profundidades en las que se ocultaba.

Mientras, Vitalis, sin decir una palabra, pero sin quitar los ojos de la escudilla, tocaba alegres melodías en su violín que bajaba y subía siguiendo el ritmo.

Pronto Capi regresó junto a su dueño llevando con orgullo la repleta escudilla.

Nos tocaba entrar en escena a Corazón-Hermoso y a mí.

–Señoras y señores –dijo Vitalis, gesticulando con el arco en una mano y el violín en la otra–, vamos a continuar el espectáculo con una deliciosa comedia que lleva por título: El criado del señor Corazón-Hermoso o El más bestia de los dos no es el que lo parece. Un hombre como yo no se rebaja a elogiar por adelantado sus obras y sus actores; les digo, pues, sólo una cosa: abran bien los ojos y las orejas, preparen sus manos para aplaudir.

Lo que él llamaba una 'deliciosa comedia' era en realidad una pan–


mima es decir, una pieza representada con gestos y no con palabras. Y ello era así por la sencilla razón que sus principales actores, Corazón-Hermoso y Capi, no sabían hablar, y el tercero (que era yo mismo) habría sido perfectamente incapaz de decir dos palabras.

Sin embargo, para hacer más comprensible la representación de los cómicos, Vitalis la acompañaba de algunas frases que preparaban las situaciones de la obra y las explicaban.

Así fue como, tocando en sordina una melodía guerrera, anunció la entrada del señor Corazón-Hermoso, general inglés que había ganado su rango y su fortuna en las guerras de las Indias. Hasta entonces, el señor Corazón-Hermoso había tenido un solo criado, Capi, pero de ahora en adelante quería hacerse servir por un hombre, sus medios le permitían ese lujo: las bestias habían sido esclavas de los hombres demasiado tiempo ya, era hora de que las cosas cambiaran.

A la espera de que el criado llegara, el general Corazón-Hermoso se paseaba a lo largo y a lo ancho fumando su cigarro. ¡Había que ver cómo lanzaba el humo a las narices del público!

Se impacientaba el general, y sus ojos comenzaban a girar en las órbitas como si estuviera encolerizándose; se mordía el labio y daba patadas en el suelo.

A la tercera patada debía entrar yo en escena, conducido por Capi.

Si hubiera olvidado mi papel, el perro me lo hubiese recordado. Cuando llegó el momento, me tendió la pata y me llevó junto al general.

Este, al verme, levantó ambos brazos con aire desolado. ¡Qué! ¿Ese era el criado que le enviaban? Luego vino a mirarme a un palmo de mi nariz y dio vueltas a mi alrededor encogiéndose de hombros.

Su aspecto era tan divertido que todo el mundo rompió a reír: habían comprendido que me tomaba por un perfecto imbécil y ellos lo creían también.

La obra, claro, estaba concebida para mostrar esa imbecilidad en todas sus facetas; en cada escena yo debía llevar a cabo una nueva tontería, mientras que Corazón-Hermoso, por el contrario, hallaba la ocasión para exponer su inteligencia y su habilidad.

Tras haberme estudiado ampliamente, el general, compadecido, hacía que me sirvieran algo de comer.

–El general cree que cuando ese mozo haya comido será menos bestia –decía Vitalis–, y vamos a verlo.

Me sentaba frente a una mesilla en la que se había dispuesto el cubierto, con una servilleta sobre el plato.

¿Qué hacer con aquella servilleta?

Capi me indicaba que debía utilizarla.

Tras haber buscado bien, me sonaba con ella.

Entonces el general se moría de risa y Capi caía de cuatro patas con el aspecto de estar asombrado de mi estupidez.


Al ver que me equivocaba, yo miraba de nuevo la servilleta preguntándome cómo emplearla.

Por fin tenía una idea; enrollaba la servilleta y la utilizaba como corbata.

Nueva risa del general, nueva caída de Capi.

Y así una y otra vez hasta que el general, exasperado, me arrancaba de mi silla, se sentaba en mi lugar y se comía el almuerzo que me estaba destinado.

¡Ah!, sabía utilizar la servilleta aquel general. Con qué gracia la pasó por un ojal de su uniforme y la extendía sobre sus rodillas. Con qué elegancia partía su pan y vaciaba su vaso.

Pero sus elegantes modos produjeron un efecto irresistible cuando, terminada la comida, pedía un mondadientes y lo pasaba con rapidez por entre sus dientes.

Los aplausos estallaron de todas partes y la representación terminó triunfalmente.

¡Qué inteligente era el mono! ¡Qué estúpido el criado!

De regreso a la posada, Vitalis me alabó y yo era ya tan comediante que me sentí muy orgulloso de su elogio.


 

APRENDO A LEER

Ciertamente, los componentes de la compañía del signor Vitalis eran comediantes de talento –hablo de los perros y del mono–, pero ese talento no era muy variado.

Cuando habían dado tres o cuatro representaciones, se conocía ya todo el repertorio; ya sólo podían repetirse.

De ahí la necesidad de no pasar mucho tiempo en el mismo pueblo.

Tres días después de nuestra llegada a Ussel fue preciso, pues, ponerse de nuevo en camino.

¿Adonde íbamos?

Yo me había envalentonado ya con mi dueño lo bastante como para permitirme esa pregunta.

–        ¿Conoces la región? –me respondió mirándome.

–        No.

–Entonces, ¿por qué preguntas adonde vamos?

–Para saberlo.

–¿Saber qué?

Quedé desconcertado mirando, sin encontrar las palabras, el camino blanco que se estiraba ante nosotros por un vallecillo boscoso.

–Si te digo –prosiguió– que vamos a Aurillac para dirigirnos luego a Burdeos y de Burdeos a los Pirineos, ¿qué va a decirte eso?

–Pero entonces, ¿usted conoce la región?

–Es la primera vez que vengo.

–Y, sin embargo, sabe adonde vamos.

Me miró de nuevo largamente, como si buscara alguna cosa en mí.

–No sabes leer, ¿no es cierto? –me dijo.

–No.

–          ¿Sabes lo que es un libro?

–Sí, los libros se llevan a misa para rezar las oraciones cuando no se reza el rosario; he visto algunos libros, y muy bonitos, con imágenes por dentro y cuero por fuera.

–Bueno, en ese caso comprendes que se pueden poner oraciones dentro de un libro.

–Sí.

–También pueden ponerse en él otras cosas. Cuando rezas tu rosario, recitas las palabras que tu madre te ha puesto en los oídos y que de tus oídos han ido a acumularse en tu espíritu para regresar a tu len–


gua cuando tú les llamas. Bien, los que rezan sus plegarias con los libros no extraen de su memoria las palabras que componen esas oraciones; por el contrario, las toman con los ojos de los libros en que han sido depositadas, es decir, leen.

–Quiero leer –dije en el tono glorioso de una persona que no es estúpida en absoluto, y que sabe perfectamente de qué se le está hablando.

–Lo que se hace con las plegarias, se hace con todo. En un libro que te enseñaré cuando descansemos, hallaremos los nombres y la historia de las regiones que atravesaremos. Hombres que han habitado o recorrido esa región han puesto en mi libro lo que habían visto o aprendido; tanto es así que con sólo abrir ese libro y leerlo me basta para conocer estas regiones, las veo como si las contemplara con mis propios ojos; aprendo su historia como si me la estuvieran contando.

Yo había sido educado como un auténtico salvaje que no tiene la más remota idea de la vida civilizada.

Aquellas palabras fueron para mí una especie de revelación, confusa al comienzo, pero que iba esclareciéndose poco a poco.

Es cierto, sin embargo, que me habían mandado a la escuela. Pero sólo durante un mes. Y en ese mes jamás me habían puesto un libro entre las manos, no me habían hablado de lectura ni de escritura, no me habían dado lección alguna.

No debe juzgarse que, de acuerdo con lo que hoy ocurre en las escuelas, lo que yo digo es imposible. En la época de la que hablo había un gran número de comunas francesas que no tenían escuela, y por entre las escuelas que existían, las había que estaban dirigidas por maestros que, por una razón u otra, porque no sabían nada o porque tenían que hacer otras cosas, no daban ninguna enseñanza a los niños que les estaba confiados.

Este era el caso del maestro de la escuela de nuestro pueblo. ¿Sabía algo?, es posible; y no quiero lanzar contra él una acusación de ignorancia. Pero lo cierto es que, durante el tiempo que permanecí en su casa, no nos dio ni la menor lección a mis camaradas y a mí; tenía otras cosas que hacer, puesto que tu auténtico oficio era el de galochero. Trabajaba en sus zuecos y, de la mañana a la noche, podían verse volar a su alrededor las virutas de nogal y de haya. Nunca nos dirigía la palabra si no era para hablarnos de nuestros padres, o del frío, o de la lluvia; pero jamás una palabra de cálculo o lectura. Para eso confiaba en su hija, que se había encargado de reemplazarle y de darnos clase. Pero como ella era costurera de verdadero oficio, hacía como su padre y, mientras él manejaba su garlopa y su cuchara, ella le daba con vivacidad a la aguja.

Había que vivir, y como éramos doce alumnos pagando cada uno cincuenta céntimos, no eran esos seis francos mensuales los que po–


dían alimentar a dos personas durante treinta días: los zuecos y la costura completaban lo que la escuela no podía proporcionar.

No había, pues, aprendido nada en la escuela, ni siquiera las letras.

–¿Es difícil leer? –pregunté a Vitalis tras haber caminado mucho mientras pensaba.

–Es difícil para los que tienen la cabeza dura, y más difícil aún para los que tienen mala voluntad. ¿Tienes la cabeza dura?

–No lo sé; pero me parece que si usted quiere enseñarme a leer no tendré mala voluntad.

–Muy bien, ya veremos; tenemos mucho tiempo.

¡Mucho tiempo! ¿Por qué no comenzar en seguida? Yo no sabía qué difícil es aprender a leer e imaginaba que podría abrir en seguida un libro y saber lo que había dentro.

A la mañana siguiente, mientras andábamos, vi que mi dueño se agachaba y recogía del camino un pedazo de tabla medio cubierta de polvo.

–Este es el libro en el que aprenderás a leer –me dijo.

¡Un libro aquella tabla! Le miré para comprobar si se estaba burlando de mí. Luego, como me pareció que no bromeaba, miré con atención lo que había encontrado.

Era, efectivamente, una tabla, nada más que una tabla de madera de haya, larga como un brazo y ancha como dos manos, muy bien pulida; no había en ella ninguna inscripción, ningún dibujo.

¿Cómo leer en aquella plancha y qué leer?

–¿Tu cerebro trabaja? –me dijo Vitalis, riendo.

–¿Quiere usted burlarse de mí?

–Nunca, hijo mío; la burla puede servir para reformar un carácter vicioso, pero dirigida a la ignorancia es una prueba de la imbecilidad de quien la emplea. Espera a que lleguemos a aquel bosquecillo que se ve allí; descansaremos y verás como puedo enseñarte a leer con ese pedazo de madera.

Pronto llegamos al bosquecillo y, poniendo nuestras bolsas en el suelo, nos sentamos en el césped que comenzaba a verdear y en él ya se veían, aquí y allá, algunas margaritas. Corazón-Hermoso, liberado de su cadena, se lanzó a uno de los árboles sacudiendo una tras otra sus ramas como para hacer caer las nueces, mientras que los perros, más tranquilos y, sobre todo, más cansados, se tendían a nuestro alrededor.

Entonces, Vitalis, sacando su navaja del bolsillo, intentó desprender de la tabla una laminilla de madera tan delgada como le fuera posible. Cuando lo hubo conseguido, pulió la laminilla por sus dos caras, en toda su longitud, y hecho eso, la cortó en pequeños cuadrados, de modo que consiguió una docena de pedazos iguales.

Yo no le sacaba los ojos de encima, pero confieso que pese a mis esfuerzos no comprendía en absoluto cómo, con los pedacitos de madera, quería hacer un libro; porque, en fin, por ignorante que fuese, yo


sabía que un libro se componía de cierto número de hojas de papel sobre las que se habían trazado unos signos negros. ¿Dónde estaban las hojas de papel? ¿Dónde los signos negros?

–En cada uno de esos pedazos de madera –me dijo–, grabaré mañana, con la punta de mi cuchillo, una letra del alfabeto. Así aprenderás la forma de las letras y cuando las sepas bien, sin equivocarte, cuando las reconozcas rápidamente a primera vista, las unirás unas con otras para formar palabras. Cuando puedas formar así las palabras que yo te diga, estarás en condiciones de leer un libro.

Pronto tuve los bolsillos llenos de una colección de pedacitos de madera, y no tardé en conocer las letras del alfabeto, pero saber leer era un asunto distinto, las cosas no fueron tan de prisa e incluso llegó un momento en el que sentí haber querido aprender a leer.

Debo decir, sin embargo, para ser justo conmigo mismo, que no fue la pereza la que me inspiró ese sentimiento, fue el amor propio.

Al aprender las letras del alfabeto, Vitalis pensó que podría enseñárselas también a Capi; puesto que el perro había sabido meterse las cifras de las horas en la cabeza, ¿por qué no podía meterse las letras?

Y         habíamos tomado lecciones en común; me convertí en el compañero de clase de Capi, o el perro se convirtió en el mío, como se quiera.

Naturalmente, Capi no debía nombrar las letras que veía, puesto que no sabía hablar, pero cuando nuestros pedazos de madera estaban alineados en la hierba, debía señalar con la pata las letras que mi dueño nombraba.

Primero yo hice progresos más rápidos que los suyos; pero si yo tenía una inteligencia más rápida, él, en cambio, tenía una memoria más segura: una cosa bien aprendida era, para él, una cosa sabida para siempre: ya no la olvidaba; y como no tenía distracciones, ni dudaba ni se equivocaba jamás.

Entonces, cuando yo cometía una falta, nuestro dueño no dejaba de decir:

–Capi sabrá leer antes que Remi.

Y         el perro, que sin duda lo comprendía, movía la cola con aire triunfal.

–Más bestia que una bestia, eso es bueno en la comedia –decía Vitalis–, pero en la realidad es vergonzoso.

Eso me molestó tanto que me apliqué de todo corazón y, mientras el pobre perro se quedaba escribiendo su nombre, eligiendo las cuatro letras que lo componen de entre todas las letras del alfabeto, yo llegué por fin a leer un libro.

–Ahora que sabes leer las letras –me dijo Vitalis–, ¿quieres aprender a leer la música?

–¿Cuando sepa leer música podré cantar como usted?

–¿Quisieras, pues, cantar como yo?

– ¡Oh!, no como usted, ya sé que eso no es posible..., pero cantar.


–¿Te complace oírme cantar?

–Es el mayor de mis placeres; el ruiseñor canta bien, pero me parece que usted canta mucho mejor todavía; y, además, no es lo mismo; cuando usted canta podría hacer de mí lo que quisiera, siento ganas de reír o de llorar; voy a decirle algo que va a parecerle tonto: cuando canta usted una melodía dulce o triste, eso me transporta junto a mamá Barberin, pienso en ella y la veo en nuestra casa; y, sin embargo, no comprendo las palabras que usted pronuncia, puesto que son italianas.

Le hablé mirándole y me pareció ver que sus ojos se humedecían; entonces me detuve y le pregunté si le apenaba diciéndole aquello.

–No, hijo mío –me dijo con voz conmovida–, no me apena, al contrario, me recuerdas mi juventud, mis buenos tiempos; quédate tranquilo, te enseñaré a cantar y, como tienes corazón, también tú harás llorar y serás aplaudido, ya verás...

Se calló de pronto y comprendí que no quería seguir hablando de aquello. Pero no adivinaba las razones que podía tener para ello. Sólo más tarde las conocí, mucho más tarde, y en circunstancias dolorosas, terribles para mí, que contaré cuando se presenten en el curso de mi relato.

A la mañana siguiente, mi dueño comenzó a hacer para la música lo mismo que había hecho ya para la lectura, es decir, talló de nuevo cuadradlos de madera para grabarlos con la punta del cuchillo.

Pero esta vez el trabajo fue mucho más considerable, pues los diversos signos necesarios para la notación de la música ofrecen combinaciones más complicadas que las del alfabeto.

Para aligerar mis bolsillos, utilizó las dos caras de los cuadrados de madera, y tras haberlos rayado todos con cinco líneas que representaban el pentagrama, inscribió en una cara la clave de sol y en la otra la de fa.

Luego, cuando todo estuvo preparado, comenzaron las lecciones y confieso que no fueron menos duras de lo que habían sido las de lectura.

Más de una vez Vitalis, tan paciente con los perros, se exasperó conmigo.

–Con una bestia debo contenerme –decía–, porque ya se sabe lo que es una bestia, pero tú vas a matarme.

Y, entonces, levantando sus manos al cielo en un gesto teatral, las dejaba caer de pronto sobre sus muslos haciéndolas restallar con fuerza.

Corazón-Hermoso, que gozaba repitiendo todo lo que le parecía divertido, había copiado ese gesto y, puesto que asistía a casi todas mis lecciones, cuando yo dudaba debía soportar el despecho de verle levantar los brazos al cielo y dejarlos caer sobre los muslos haciendo restallar sus manos.

–Hasta Corazón-Hermoso se ríe de ti –gritaba Vitalis.


De haberme atrevido, le hubiera contestado que se burlaba tanto del maestro como del alumno, pero el respeto y un cierto e indeterminado temor detuvieron siempre, afortunadamente, mi respuesta; me contentaba con decírmelo en voz baja cuando Corazón-Hermoso hacía restallar sus manos con una fea mueca, y eso hacía menos penosa mi mortificación.

Por fin franqueé los primeros pasos y tuve la satisfacción de solfear una melodía que Vitalis había escrito en una hoja de papel.

Aquel día él no hizo restallar sus manos, sino que me dio dos palmadas amistosas en las mejillas declarando que, si seguía así, pronto me convertiría en un gran cantor.

Naturalmente, esos estudios no se hicieron en un día y, durante semanas, durante meses, mis bolsillos estuvieron constantemente llenos de los pedacitos de madera.

Por otra parte, mi trabajo no era regular como el de un niño que sigue las clases de una escuela, y sólo en los instantes perdidos mi dueño podía darme lecciones.

Cada día era preciso hacer nuestro recorrido, que era más o menos largo según los pueblos se hallaran más o menos alejados unos de otros; era preciso dar nuestras representaciones en los lugares donde podíamos, afortunadamente, conseguir una buena colecta; era preciso hacer ensayar a los perros y al señor Corazón-Hermoso; era preciso que preparásemos nosotros mismos nuestra comida o nuestra cena; sólo tras todo ello se trataba de lectura o de música, a menudo durante un alto en el camino, al pie de un árbol o sobre un montón de guijarros, sirviéndome la carretera o el césped de mesa en la que alinear mis pedazos de madera.

Aquella educación no se parecía demasiado a la que reciben tantos otros niños, que sólo tienen que estudiar y que, sin embargo, se quejan siempre de no tener tiempo para hacer los deberes que les dan.

Pero hay que decir que existe algo más importante todavía que el tiempo que se emplea trabajando, la aplicación que se pone en ello; no es la hora que pasamos con nuestra lección la que nos graba la lección en la memoria, es la voluntad de aprenderla.

Felizmente, yo era capaz de esforzar mi voluntad sin dejarme arrastrar con excesiva frecuencia por las distracciones que nos rodeaban. ¿Qué habría aprendido yo si no hubiese podido trabajar más que en una habitación, con los oídos tapados con mis dos manos, los ojos fijos en el libro, como algunos escolares? Nada, pues no teníamos habitación para encerrarnos y, al caminar por los caminos reales, debía mirar continuamente la punta de mis pies a riesgo de tropezar y encontrarme muchas veces de narices en el suelo.

En fin, algo aprendí y, al mismo tiempo, supe también llevar a cabo largas caminatas que no me fueron menos útiles que las lecciones de Vitalis: yo era un niño bastante enclenque cuando vivía con mamá


Barberin, y el modo como habían hablado de mí lo prueba bien a las claras; 'un niño de ciudad', había dicho Barberin, 'con las piernas y los brazos demasiado delgados', dijo Vitalis; junto a mi dueño y viviendo su vida al aire libre, duramente, mis brazos y piernas se habían fortificado, mis pulmones se desarrollaron, mi piel se acorazó y me hice capaz de soportar, sin sufrirlos, el frío y el calor, el sol y la lluvia, las penas, las privaciones, las fatigas.

Y fue verdaderamente una fortuna que ese aprendizaje me preparara incluso para soportar los golpes que más de una vez iban a abatirse sobre mí, duros y aplastantes, durante mi juventud.


 

POR MONTES Y VALLES

Habíamos recorrido una parte del Mediodía de Francia: Auvernia, el Velay, Vivarais, Quercy, Rouergue, las Cevennes y el Languedoc.

Nuestro modo de viajar era de lo más simple, íbamos siempre recto, al azar, y cuando a lo lejos divisábamos un pueblo que no nos parecía demasiado miserable, nos preparábamos para hacer una entrada triunfal. Yo arreglaba los perros, peinaba a Dolce, vestía a Zerbino, ponía un emplasto en el ojo de Capi para que pudiera representar el papel de viejo gruñón y, por fin, obligaba a Corazón-Hermoso a endosarse su uniforme de general. Esa era la parte más difícil de mi tarea, pues el mono, que sabía muy bien que esas operaciones eran el preludio de un trabajo, se defendía tanto como podía e inventaba los trucos más divertidos para impedirme vestirlo. Entonces, yo llamaba a Capi para que me ayudase y, con su vigilancia, con su instinto e ingenio, podía deshacer casi siempre las maliciosas jugarretas del mono.

Cuando la compañía estaba ya vestida de gala, Vitalis tomaba su pífano y, poniéndonos en orden, desfilábamos por el pueblo.

Si el número de curiosos que arrastrábamos tras de nosotros era suficiente, dábamos una representación; si, por el contrario, era demasiado escaso para poder esperar una buena colecta, continuábamos nuestra marcha.

Sólo nos quedábamos varios días en las ciudades y, entonces, yo gozaba por la mañana de la libertad de ir a pasear por donde quisiera. Tomaba conmigo a Capi (al Capi perro, naturalmente, sin su disfraz de teatro) y vagábamos por las calles.

Vitalis, que por lo común me mantenía constantemente a su lado, me dejaba de buena gana las riendas sueltas para eso...

–Puesto que el azar –decía– te obliga a recorrer Francia a una edad en la que los niños se hallan por lo general en la escuela o el colegio, abre los ojos, mira y aprende. Cuando te sientas desorientado, cuando veas algo que no comprendas, si tienes algunas preguntas que hacerme, házmelas sin miedo. Tal vez no siempre pueda contestarte, pues no pretendo saberlo todo, pero quizá también me sea posible satisfacer alguna vez tu curiosidad. No siempre he sido director de una compañía de animales sabios, y aprendí algo más que eso que utilizo ahora para 'presentar a Capi, o al señor Corazón-Hermoso al distinguido público'.


–¿Qué?

–De eso hablaremos más tarde. Por el momento conténtate con saber que un domador de perros puede haber ocupado cierta posición en el gran mundo. Y comprende, al mismo tiempo, que si ahora te hallas en el escalón más bajo de la escalera de la vida, puedes, si así lo quieres, llegar poco a poco a uno más alto. Depende un poco de las circunstancias y un mucho de ti mismo. Escucha mis lecciones, escucha mis consejos, hijo mío, y más tarde, cuando seas mayor, pensarás, así lo espero con emoción, con agradecimiento en el pobre músico que tanto miedo te dio cuando te arrebató a tu madre nutricia; me da la impresión que nuestro encuentro te será beneficioso.

¿Cuál podía ser esa posición de la que mi dueño hablaba a menudo con una discreción que él mismo se imponía? Esta pregunta excitaba mi curiosidad y hacía trabajar mi cerebro. Si, como decía, había estado en un escalón elevado de la vida, ¿por qué se hallaba ahora en un escalón bajo? Pretendía que yo podía, si quería, elevarme, yo que no era nada, que nada sabía, que no tenía familia, que no tenía a nadie para ayudarme. ¿Por qué, pues, había descendido él?

Tras haber abandonado Auvernia, bajamos a los causses del Quercy. Se conocen por ese nombre unas grandes llanuras desigualmente onduladas en las que no puede hallarse más que terrenos sin cultivar y escuálidos sotos. No hay región más triste, más pobre. Y algo acentúa todavía esa impresión del viajero que la atraviesa: no se ve agua casi en parte alguna. Ni ríos, ni arroyos, ni estanques. De vez en cuando el lecho pedregoso de un torrente, pero seco. Las aguas cayeron en los precipicios y han desaparecido bajo tierra para reaparecer más allá, formando ríos o fuentes.

En el centro de esa llanura, abrasada por la sequía cuando la atravesamos, hay un pueblo que se llama Bastide-Murat; pasamos allí la noche en el granero de una posada.

–Aquí –me dijo Vitalis hablando antes de acostarnos–, en este pueblo y, probablemente, en esta posada, nació un hombre que hizo matar miles de soldados y que, siendo al comienzo de su vida mozo de cuadra, se convirtió en príncipe y rey: se llamaba Murat; le han convertido en héroe y han dado su nombre a este pueblo. Le conocí y hablé a menudo con él.

A mi pesar no pude evitar interrumpirle:

–¿Cuando era mozo de cuadra?

–No –respondió Vitalis, riendo–, cuando era rey. Es la primera vez que vengo a Bastide; le conocí en Nápoles, en su corte.

–¡Conoció usted a un rey!

Al parecer el tono de mi exclamación fue divertido, pues la risa de mi dueño estalló de nuevo y duró mucho tiempo.

Estábamos sentados en un banco, ante la cuadra, con la espalda apoyada en la pared que conservaba la calidez del día. En un gran si–


cómoro que nos abrigaba con su follaje, las cigarras cantaban su monótona canción. Frente a nosotros, sobre los tejados de las casas, la luna llena que acababa de aparecer se elevaba despacio por el cielo. Aquella noche era para nosotros tanto más dulce cuanto el día había sido ardiente.

¿Quieres dormir? –me preguntó Vitalis–; ¿o prefieres que te cuente la historia del rey Murat?

¡Oh! Cuénteme la historia, por favor.

Me contó entonces largo rato aquella historia y permanecimos en el banco durante muchas horas; él, hablando; yo con los ojos fijos en su rostro, que la luna iluminaba con su pálida claridad.

¡Cómo! ¡Todo aquello era posible; y no sólo posible sino incluso cierto!

Hasta entonces no tenía la más remota idea de lo que era la historia. ¿Quién hubiera podido hablarme de ella? Ciertamente mamá Barberin, no. Ella había nacido en Chavanon y moriría allí. Su espíritu jamás había llegado más lejos que sus ojos. Y para sus ojos el universo cabía en la región que encerraba el horizonte que se divisaba desde la cima del monte Audouze.

Mi dueño había visto un rey; el rey le había hablado.

¿Pero qué era mi dueño en su juventud?

¿Y cómo había llegado a ser en su vejez eso que yo veía?

Había motivos bastantes como para que trabajara una imaginación infantil, despierta, alerta, curiosa de maravillas.


 

ENCUENTRO UN GIGANTE CALZADO CON BOTAS DE SIETE LEGUAS

Al abandonar el reseco suelo de los causses y las garrigues me encuentro, con el recuerdo, en un valle siempre fresco y verde, el del Dordoña, que bajamos a pequeñas etapas, pues la riqueza del país hace la de sus habitantes y nuestras representaciones son numerosas, las monedas caen con bastante facilidad en la escudilla de Capi.

Un puente colgante, ligero, como si estuviera sostenido en la niebla por hilos de la Virgen, se levanta sobre un ancho río cuyas perezosas aguas corren suavemente; es el puente de Cubzac y el río es el Dordoña.

Una ciudad en ruinas, con fosos, grutas, torres y, en el centro de las derruidas murallas, un claustro, cigarras que cantan en los arbustos que se agarran aquí y allá; es Saint-Emilion.

Pero todo se mezcla confusamente en mi memoria mientras que pronto se presenta un espectáculo que la impresiona con fuerza bastante como para que conserve la huella que entonces recibió y la rememore hoy con todo su relieve.

Habíamos dormido en un villorrio bastante miserable y habíamos partido de madrugada. Habíamos andado mucho tiempo por un camino polvoriento cuando, de pronto, nuestras miradas, encerradas hasta entonces por las viñas que bordeaban el camino, se extendieron libremente por un espacio inmenso, como si un telón se hubiera levantado de improviso ante nosotros.

Un amplio río se redondeaba dulcemente en torno a la colina sobre la que acabábamos de llegar; y más allá del río, los techos y campanarios de una gran ciudad se extendían hasta la curva indecisa del horizonte. ¡Cuántas casas! ¡Cuántas chimeneas! Algunas altas y estrechas, espigadas como columnas, vomitaban torbellinos de humo negro que, volando a capricho de la brisa, formaba sobre la ciudad una nube de sombrío vapor. Sobre el río, a la mitad de su curso y a lo largo de una línea de muelles, se acumulaban numerosos navíos que, como los árboles de un bosque, entremezclaban sus mástiles, sus cordajes, sus velas y sus multicolores banderas que flotaban al viento. Se escuchaban sordos ronquidos, ruido de chatarra y calderería, martillazos y, por encuna de todo, el estruendo de numerosos carruajes que corrían de un lado a otro por los muelles.

–Es Burdeos –me dijo Vitalis.


Para un niño educado, como yo, sin haber visto hasta entonces más que los pobres villorrios de la Creuse o los pueblecitos encontrados al azar en nuestro camino, era algo maravilloso.

Sin reflexionar, mis pies se detuvieron y permanecí inmóvil, mirando a lo lejos, al frente, a mi alrededor.

Pero pronto mis ojos se detuvieron en un punto: el río y los navíos que lo cubrían.

Se producía allí, en efecto, un confuso movimiento que me interesaba tanto más cuanto no comprendía nada de él.

Algunos navíos, con sus velas desplegadas, descendían por el río ligeramente inclinados hacia un lado, otros lo remontaban; había algunos que permanecían inmóviles como islas y otros que giraban sobre sí mismos sin que pudiera verse qué les hacía girar; había otros, por fin, que sin mástil y sin velamen pero con una chimenea que lanzaba al cielo torbellinos de humo, se movían con rapidez, iban de un lado a otro y dejaban tras de sí, sobre el agua amarillenta, surcos de espuma blanca.

–Es la hora de la marea –me dijo Vitalis, contestando, sin que yo se lo hubiera preguntado, con gran asombro de mi parte–; hay barcos que llegan de alta mar, tras largos viajes; son los que tienen sucia su pintura y parecen aherrumbrados; otros dejan el puerto; los que ves en el centro del río, dando vueltas, están aproando sobre sus áncoras para presentar la proa a la marea que sube. Los que corren envueltos en nubes de humo son remolcadores.

¡Cuántas palabras desconocidas para mí! ¡Cuántas ideas nuevas!

Cuando llegamos al puente que comunica la Bastide con Burdeos, Vitalis no había tenido tiempo de responder a la centésima parte de las preguntas que yo quería hacerle.

Hasta entonces nunca habíamos permanecido mucho tiempo en los pueblos que encontrábamos a nuestro paso, pues las necesidades de nuestro espectáculo nos obligaban a cambiar cada día el lugar de nuestras representaciones, para tener nuevo público. Con comediantes como los que componían 'la compañía del ilustre signor Vitalis', el repertorio, en efecto, no podía ser muy variado, y cuando habíamos representado ya el Criado del señor Corazón-Hermoso, la Muerte del General, el Triunfo del justo, el Enfermo purgado y tres o cuatro obras más, habíamos terminado, nuestros actores habían dado cuanto podían; era preciso recomenzar en otra parte con el Enfermo purgado o el Triunfo del justo ante espectadores que no hubieran visto aquellas obras.

Pero Burdeos es una gran ciudad, en la que el público se renueva fácilmente y, cambiando de barrio, podíamos dar tres o cuatro representaciones diarias sin que nos gritaran, como había ocurrido en Cahors:

–¿Pero siempre es lo mismo?

De Burdeos teníamos que ir a Pau. Nuestro itinerario nos hizo atra–


vesar ese gran desierto que, de las puertas de Burdeos, se extiende hasta los Pirineos, y que se llama las Landes.

Aunque yo no fuera ya el joven ratoncillo de que habla la fábula y que halla en cuanto ve motivo de asombro, de admiración o de espanto caí desde el comienzo de aquel viaje en un error que divirtió mucho a mi dueño y me valió sus burlas hasta nuestra llegada a Pau.

Habíamos dejado Burdeos hacía siete u ocho días y, tras haber seguido al comienzo la orilla del Carona, habíamos dejado el río en Langon para tomar la carretera de Mont-de-Marsan que se adentra en las tierras. Nada ya de viñas, de praderas y jardines, bosques de pinos y brezos. Pronto las casas se hicieron más raras y míseras. Luego nos encontramos en una inmensa llanura que se extendía ante nuestros ojos hasta perderse de vista, ligeramente ondulada. Ni cultivos ni bosques, sólo, a lo lejos, la tierra gris y, a nuestro alrededor, junto al camino cubierto de un musgo aterciopelado, brezales secos y enclenques retamas.

–Ya estamos en las Landes –dijo Vitalis–; tenemos que caminar veinte o veinticinco leguas por este desierto. Pon buen ánimo en tus piernas.

Pero no sólo eran las piernas las que necesitaban valor, también el corazón y la cabeza; a medida que se andaba por aquel camino que parecía no terminar nunca, uno se sentía invadido por una vaga tristeza, una especie de desesperación.

Desde entonces he efectuado varios viajes por mar y siempre, cuando me he hallado en mitad del océano sin vela alguna a la vista, he vuelto a encontrar en mí ese sentimiento de indefinible melancolía que me poseyó en aquellas soledades.

Como en el océano, nuestros ojos se perdían en el horizonte ahogado por los vapores del otoño, sin percibir otra cosa que la tierra gris que se extendía, llana y monótona, ante nosotros.

Caminábamos. Y cuando, maquinalmente, mirábamos a nuestro alrededor, parecía que hubiéramos pataleado sin movernos de sitio, pues el espectáculo era siempre el mismo: siempre los brezos, siempre las retamas, siempre los musgos; luego algunos helechos, cuyas hojas móviles y dúctiles ondulaban a impulsos del viento, ahuecándose, irguiéndose, moviéndose como las olas.

Sólo muy de vez en cuando cruzábamos bosques de pequeña extensión, pero esos bosques no alegraban el paisaje como ocurre de ordinario. En ellos crecían unos pinos cuyas ramas estaban cortadas hasta la copa. A lo largo de su tronco se habían practicado profundas incisiones y por las rojas cicatrices corría la resina en lágrimas blancas y cristalizadas. Cuando el viento soplaba a ráfagas entre sus ramas producía un sonido tan plañidero que podía creerse que se estaba escuchando la propia voz de aquellos árboles mutilados quejándose de sus heridas.


Vitalis me había dicho que, por la noche, llegaríamos a una aldea en la que podríamos dormir.

Pero la noche se acercaba y no veíamos nada que señalara la vecindad de la aldea: ni campos cultivados, ni animales pastando en la landa, ni, a lo lejos, una columna de humo que nos anunciara una casa.

Estaba cansado del largo camino recorrido desde la mañana y abatido por una especie de general lasitud: ¿acaso no iba aparecer nunca, al extremo del interminable camino, aquella bienaventurada aldea?

 

Por más que abría los ojos y miraba a lo lejos, sólo veía la landa, siempre la landa, cuyos matorrales se entremezclaban cada vez más en la oscuridad que iba espesándose.

La esperanza de llegar pronto nos hizo apresurar el paso e incluso mi dueño, pese a estar acostumbrado a tan largas marchas, se sentía cansado. Quiso detenerse para descansar unos momentos al borde del camino.

Pero en vez de sentarme a su lado quise subir un pequeño montículo sembrado de retama que se hallaba a corta distancia del camino, para ver si podía percibir, desde allí, alguna luz en la llanura.

Llamé a Capi para que viniese conmigo; pero también Capi estaba cansado e hizo oídos sordos, como era habitual cuando no quería obedecerme.

–¿Tienes miedo? –me preguntó Vitalis.

Aquellas palabras me decidieron a no insistir y partí solo de exploración: no quería exponerme a las mofas de mi dueño, puesto que no sentía el menor espanto.

Sin embargo, había caído la noche, sin luna pero con relucientes estrellas que iluminaban el cielo y derraban su luz en el aire cargado de ligeros vapores que la mirada atravesaba.

Caminando y echando ojeadas a derecha e izquierda, advertí que aquel vaporoso crepúsculo daba a las cosas formas extrañas; era preciso reflexionar para reconocer los matorrales, las matas de retama y, sobre todo, algunos arbustos que levantaban, aquí y allá, sus retorcidos troncos y sus sinuosas ramas; de lejos aquellos matorrales semejaban seres vivos pertenecientes a un mundo fantástico.

Aquello era extraño, y parecía que con las sombras la landa se hubiera transfigurado como si se hubiese poblado de misteriosas apariciones.

Sin saber cómo concebí la idea de que otro, en mi lugar, tal vez se asustaría de aquellas apariciones; después de todo, era posible, puesto que Vitalis me había preguntado si tenía miedo; sin embargo, observándome, no hallé en mí el menor miedo.

A medida que subía la ladera del montículo, la retama se hacía


más fuerte, los brezos y helechos más altos, sus ramas sobrepasaban a menudo mi cabeza y, a veces me veía obligado a pasar por debajo.

Sin embargo, no tardé en llegar a la cumbre del otero. Pero por más que abrí los ojos no vi la menor luz. Mis miradas se perdían en la oscuridad: sólo formas indecisas, extrañas sombras, retamas que parecían tender hacia mí sus ramas, como largos brazos flexibles, matorrales que danzaban.

Sin ver nada que me anunciara la vecindad de una casa, escuché para intentar percibir un ruido cualquiera, el mugido de una vaca, el ladrido de un perro.

Tras haber permanecido unos instantes con el oído atento, sin casi respirar para oír mejor, un estremecimiento me sobresaltó, el silencio de la landa me había asustado; tenía miedo. ¿De qué? No lo sabía. Sin duda del silencio, de la soledad y de la noche. En cualquier caso, me sentía en las zarpas del peligro.

En aquel mismo instante, mirando con angustia a mi alrededor, distinguí a lo lejos una gran sombra que se movía con rapidez por encima de las retamas y, al mismo tiempo, escuché algo semejante al rumor de unas ramas que se rozaran.

Intenté decirme que el miedo me engañaba y que eso que yo tomaba por una sombra era, sin duda, un arbusto que no pude ver al principio.

No soplaba la más ligera brisa, las ramas, por ligeras que sean, no se mueven solas, es preciso que el viento las agite o que alguien las mueva.

¿Alguien?

No, ese gran cuerpo negro que avanzaba sobre mí no podía ser un hombre; tal vez era un animal que yo no conocía, un inmenso pájaro nocturno o una gigantesca araña cuyos macilentos miembros se recortaban sobre matorrales y helechos, contra la palidez del cielo.

Lo cierto era que aquella bestia, encaramada sobre sus patas desmesuradamente largas, avanzaba hacia mí con precipitados saltos.

Aquel pensamiento hizo que recordara mis piernas y, dando la vuelta, me precipité hacia abajo para reunirme con Vitalis.

Pero, cosa extraña, iba cuesta abajo más despacio de lo que había ido cuesta arriba; tropezaba con las matas de retama y de brezo que, golpeándome, reteniéndome, me detenían a cada paso.

Soltándome de una rama, lancé una mirada hacia atrás: la bestia se había acercado; casi la tenía encima.

Afortunadamente, la landa no estaba ya cubierta de matorrales, pude correr con rapidez a través de la hierba.

Sin embargo, por de prisa que fuera, la bestia iba todavía más de prisa que yo; ni siquiera necesitaba ya mirar atrás, la sentía a mi espalda.

Ahogado por la angustia y la enloquecida carrera, ni siquiera podía respirar; hice entonces un último esfuerzo y fui a caer a los pies de mi


dueño, mientras los tres perros, que se habían levantado bruscamente, ladraban con todas sus fuerzas.

Sólo pude decir dos palabras, que remetía maquinalmente:

–          ¡La bestia, la bestia!

Por entre el tumulto de los perros escuché, de pronto, una gran carcajada. Al mismo tiempo, colocándome su mano en el hombro, me obligó a darme la vuelta.

–Tú sí que eres bestia –decía riendo–, mira si te atreves.

Su risa, más que sus palabras, me había devuelto la razón; me atreví a abrir los ojos y seguir la dirección de su brazo.

La aparición que me había enloquecido se había detenido y se mantenía inmóvil en el camino.

Sentí todavía, lo confieso, por un instante, repulsión y miedo, pero ya no me hallaba en medio de la landa, Vitalis estaba allí, los perros me rodeaban, ya no sufría la turbadora influencia de la soledad y el silencio.

Envalentonado fijé sobre ella unos ojos más firmes.

¿Era una bestia?

¿Era un hombre?

Tenía del hombre la cabeza, el cuerpo y los brazos.

De la bestia una piel velluda que le cubría por entero y dos largas y delgadas patas sobre las que se mantenía.

Aunque la noche se había hecho más espesa, distinguí esos detalles, pues aquella gran sombra se dibujaba en negro, como una silueta, contra el cielo en donde numerosas estrellas derramaban una pálida luz.

Probablemente hubiera permanecido indeciso mucho tiempo, dándole vueltas a la pregunta, si mi dueño no hubiese dirigido la palabra a mi aparición.

–          ¿Podría usted decirnos si estamos muy lejos de una aldea? –preguntó.

¿Era un hombre, puesto que le hablaban?

Pero, por toda respuesta, sólo escuché una risa seca parecida al grito de un pájaro.

¿Era, pues, un animal?

Sin embargo, mi dueño siguió haciéndole preguntas, lo que me pareció muy irrazonable, pues si bien los animales comprenden a veces lo que les decimos, no pueden responder.

Cuál no sería mi sorpresa cuando aquel animal dijo que no había casas por los alrededores, sino sólo un redil al que se ofreció a conducirnos.

Y si hablaba, ¿por qué tenía patas?

Si me hubiese atrevido me hubiera acercado a él para ver cómo estaban hechas aquellas patas, pero pese a que no me pareció malvado, no tuve valor y, tras haber recogido mi bolsa, seguí a mi dueño sin decir nada.


–¿Ves ahora lo que tanto miedo te ha dado? –me preguntó mientras caminábamos.

–Sí, pero no sé qué es; ¿hay gigantes en este país?

–Sí, pero sólo cuando están subidos en sus zancos.

Y me explicó que los habitantes de las Landas, para cruzar las tierras pantanosas o arenosas y no hundirse en ellas hasta la cadera, se servían de dos largos palos provistos de un estribo, a los que ataban sus pies.

–Así se convierten en gigantes con botas de siete leguas para los niños miedosos.


 

ANTE LA JUSTICIA

Conservo de Pau un recuerdo agradable: en aquella ciudad casi nunca sopla el viento.

Y como permanecimos en ella durante el invierno, pasando los días en la calle, en las plazas públicas y en los paseos, se comprenderá que yo fuese muy sensible a una ventaja de este tipo.

No fue, sin embargo, esta razón la que, contrariando nuestras costumbres, determinó tan larga estancia en el mismo lugar, sino otra muy distinta y todopoderosa para mi dueño; me refiero a la abundancia de nuestras recaudaciones.

En efecto, durante todo el invierno tuvimos un público de niños que no se cansó de nuestro repertorio y jamás nos gritó: '¡Pero siempre es lo mismo!'.

Eran, en su mayor parte, niños ingleses: muchachotes de rosadas carnes y hermosas chiquillas de ojos grandes y dulces, casi tan bellos como los de Dolce. Entonces aprendí a distinguir los Albert, los Huntley y otras pastas secas de las que se llenaban los bolsillos antes de salir, para distribuirlas luego, generosamente, entre Corazón-Hermoso, los perros y yo.

Cuando las cálidas jornadas anunciaron la primavera, nuestro público fue haciéndose menos numeroso y, tras la representación, más de una vez algunos niños vinieron a estrechar la pata de Corazón-Hermoso y Capi. Se estaban despidiendo; a la mañana siguiente ya no les veríamos.

Pronto estuvimos solos en las plazas públicas y fue preciso pensar en abandonar, nosotros también, los paseos de la Basse-Plante y del Pare.

Una mañana nos pusimos en camino y no tardamos en perder de vista las torres de Gastón Phoebus y de Montauset.

Habíamos vuelto a nuestra vida errante, a la ventura, por los caminos reales.

Durante mucho tiempo, no sé cuántos días, cuántas semanas, andamos siempre adelante, cruzando valles, escalando colinas, dejando siempre a nuestra derecha las azuladas cumbres de los Pirineos que parecían amontonamientos de nubes.

Luego, una noche, llegamos a una gran ciudad, a orillas de un río, en una fértil llanura: sus casas, muy feas en su mayoría, estaban cons–


truidas en ladrillo rojo; las calles estaban pavimentadas con pequeños guijarros puntiagudos, duros para los pies de unos viajeros que habían andado una decena de leguas en su jornada.

Mi dueño me dijo que estábamos en Toulouse y que permaneceríamos mucho tiempo allí.

Como de costumbre, nuestra primera preocupación fue buscar lugares propicios para nuestras representaciones.

Encontramos muchos, pues en Toulouse no faltan los paseos, sobre todo en la parte de la ciudad cercana al Jardín des Plantes; hay allí un hermoso césped sombreado por grandes árboles, en el que desembocan varios bulevares a los que llaman avenidas. Nos instalamos en una de aquellas avenidas, y tuvimos mucho público desde nuestras primeras representaciones.

Por desgracia, el agente de policía que custodiaba la avenida, vio con malos ojos nuestra instalación y, bien porque no le gustaran los perros, bien porque fuéramos una molestia para su servicio o bien por otra razón cualquiera, quiso que abandonáramos el lugar.

Tal vez, en nuestra situación, hubiera sido prudente aceptar aquella molestia, pues la lucha entre pobres saltimbanquis como nosotros y agentes de policía no está igualada, pero mi dueño no lo creyó así.

Pese a ser sólo un domador de perros sabios, pobre y viejo –al menos por aquel entonces y en apariencia–, tenía orgullo; tenía además lo que llamaba el sentimiento de sus derechos, es decir, como él mismo me explicó, la convicción de que estaría protegido en tanto no hiciera nada contrario a las leyes o reglamentos de policía.

Se negó, pues, a obedecer al agente cuando éste quiso expulsarnos de nuestra avenida.

Cuando mi dueño no quería dejarse llevar por la cólera o cuando sentía deseos de burlarse de la gente –lo que ocurría a menudo–, tenía la costumbre de exagerar su cortesía italiana: entonces, al escuchar su modo de expresarse, podía creerse que se dirigía a personajes de consideración.

–¿El ilustrísimo representante de la autoridad –dijo, respondiendo mientras se sacaba el sombrero al agente de policía– puede mostrarme un reglamento emanado de la antedicha autoridad que prohíba a ínfimos trotamundos como nosotros ejercer su miserable industria en esta plaza pública?

El agente respondió que no era cuestión de discutir sino de obedecer.

–Sin duda –replicó Vitalis– así lo entiendo yo también; por lo tanto le prometo obedecer sus órdenes en cuanto me haya hecho saber en virtud de qué reglamentos me las da usted.

Aquel día el agente de policía nos volvió la espalda mientras mi dueño, con el sombrero en el brazo doblado e inclinándose, le acompañaba riendo silenciosamente.

Pero regresó a la mañana siguiente y, franqueando las cuerdas que


formaban el recinto de nuestro teatro, se arrojó en medio de nuestra representación.

–Póngales bozal a sus perros –dijo con dureza a Vitalis.

–          ¡Ponerles bozal a mis perros!

–Existe un reglamento de policía; usted debiera conocerlo.

Estábamos representando el Enfermo purgado y, puesto que era la primera representación de esta comedia en Toulouse, nuestro público prestaba mucha atención.

La intervención del agente provocó murmullos y protestas.

–          ¡No importa!

–Deje que termine la representación.

Pero, con un gesto, Vitalis reclamó y obtuvo silencio.

Entonces, sacándose el sombrero cuyas plumas barrieron la arena, tan humilde fue su saludo, se acercó al agente haciendo tres profundas reverencias,

–¿El ilustrísimo representante de la autoridad ha dicho que yo debería ponerles bozal a mis perros? –preguntó.

–Sí, póngaselo inmediatamente.

–          ¡Ponerles bozal a Capi, Zerbino y Dolce! –gritó Vitalis dirigiéndose más al público que al agente–, ¡pero su señoría no puede hablar en serio! ¿Cómo podría, el sabio médico Capi, conocido en todo el mundo, recetar sus medicinas purgantes para expulsar la bilis del infortunado señor Corazón-Hermoso, si el antedicho Capi lleva en la punta del hocico un bozal? Si al menos fuera otro instrumento más adecuado a su profesión de médico y que no se pusiera en la nariz de la gente.

Una gran carcajada subrayó estas palabras y se oyeron las voces cristalinas de los niños mezclándose a las guturales de sus padres.

Vitalis, animado por aquellos aplausos, continuó:

–¿Y cómo podría la encantadora Dolce, nuestra enfermera, utilizar su elocuencia y sus encantos para decidir a nuestro enfermo a dejar que le barrieran y limpiaran las entrañas si, en la punta de la nariz, lleva lo que quiere imponerle el ilustre representante de la autoridad? Solicito al respetable público y le ruego respetuosamente que se pronuncie.

El respetable público, llamado así a pronunciarse, no respondió directamente, pero las risas hablaron por él: aprobaban a Vitalis, se burlaban del agente y, sobre todo, se divertían con las muecas de Corazón-Hermoso que, colocado tras 'el ilustrísimo representante de la autoridad', hacía muecas a su espalda, cruzando como él los brazos, colocando el puño en su cadera y echando la cabeza atrás con gestos y contorsiones divertidísimas.

Enojado por el discurso de Vitalis, exasperado por las risas del público, el agente de policía, que no tenía aspecto de hombre paciente, giró bruscamente sobre sus talones.

Entonces descubrió al mono que se mantenía con el puño en la ca–


dera, en la actitud de un matasiete; durante algunos segundos el hombre y la bestia permanecieron uno frente a otra, mirándose como si se tratara de averiguar quién de los dos bajaría antes los ojos.

Irresistibles, ruidosas, estallaron las carcajadas que pusieron fin a esta escena.

–Si sus perros no llevan mañana bozal –gritó el agente amenazándonos con el puño–, les procesaré; sólo les digo eso.

–Hasta mañana, signor –dijo Vitalis–, hasta mañana.

Y, mientras el agente se alejaba a grandes pasos, Vitalis permaneció inclinado en actitud respetuosa; luego la representación prosiguió.

Creí que mi dueño iba a comprar bozales para nuestros perros; pero no lo hizo y la tarde transcurrió sin que ni siquiera hablara de su disputa con el agente de policía.

Entonces me atreví a hablar de ello:

–Si no quiere usted que Capi rompa mañana su bozal durante la representación –le dije–, me parece que convendría ponérselo con un poco de anticipación. Si lo vigilamos tal vez logremos que se acostumbre.

–¿Acaso crees que voy a ponerles esa carcasa?

–Caramba, me parece que el agente está dispuesto a crearle problemas.

–Eres sólo un campesino, y como todos los campesinos pierdes la cabeza con los policías y gendarmes. Pero tranquilízate, yo me las compondré mañana para que el agente no pueda procesarme y, también, para que mis alumnos no sean demasiado desgraciados. Por otro lado, me las compondré también para que nuestro público se divierta un poco. Es necesario que este agente nos procure más de una buena colecta y desempeñe un papel cómico en la obra que le preparo, eso dará variedad a nuestro repertorio y nos hará reír un poco. Para ello tú irás solo mañana a nuestra plaza con Corazón-Hermoso; tenderás las cuerdas, tocarás un poco el arpa y cuando tengas a tu alrededor el público suficiente y el agente haya llegado, haré mi entrada con los perros. Entonces comenzará la comedia.

No me hacía mucha gracia irme solo a preparar nuestra representación, pero comenzaba a conocer a mi dueño y a saber cuándo podía contradecirle; era evidente que en aquellas circunstancias no tenía posibilidad alguna de hacerle abandonar la parte de placer que esperaba obtener; me decidí, pues, a obedecer.

Al día siguiente me dirigí a nuestra plaza de costumbre y tendí las cuerdas. Apenas había tocado algunos acordes cuando la gente acudió de todas partes y se agrupó en el recinto que acababa de trazar.

En los últimos tiempos, sobre todo durante nuestra estancia en Pau, mi dueño me había hecho estudiar el arpa y yo comenzaba a tocar con cierta gracia algunos fragmentos que me había enseñado. Entre ellos


había una canzonetta napolitana que cantaba acompañado del arpa y que me valía siempre muchos aplausos.

Yo era ya artista por más de un lado y, en consecuencia, estaba dispuesto a creer que cuando nuestra compañía tenía éxito, éste se debía a mi talento; sin embargo, aquel día tuve el sentido común de comprender que la gente no se apretujaba a mi alrededor para escuchar mi canzonetta.

Quienes, la víspera, habían asistido a la escena del agente de policía, habían vuelto trayendo consigo algunos amigos. En Toulouse, como en casi todas partes, se tiene poca simpatía por los agentes de policía, y sentían curiosidad por ver cómo el viejo italiano iba a salir del lío engañando a su enemigo. Pese a que Vitalis no pronunció más palabras que: 'Hasta mañana, signor', todo el mundo había comprendido que esta cita, dada y aceptada, era el anuncio de una gran representación en la que hallarían motivo de reír y divertirse a expensas de la policía.

De este modo, al verme solo con Corazón-Hermoso, más de un espectador inquieto me interrumpía para preguntarme si el 'italiano' no iba a venir.

–Llegará pronto.

Y continuaba con mi canzonetta.

Pero no fue mi dueño quien llegó sino el agente de policía. Corazón-Hermoso fue el primero en verle e, inmediatamente, colocando su mano en la cadera y echando atrás su cabeza, comenzó a pasear a mi alrededor, de un lado a otro, rígido, erguido, con una prestancia ridícula.

El público estalló en una carcajada y aplaudió numerosas veces.

El agente quedó desconcertado y me miró con ojos furiosos.

Naturalmente, eso redobló la hilaridad del público.

También yo tenía ganas de reír, pero por otro lado no me sentía muy tranquilo. ¿Cómo terminaría todo aquello? Cuando Vitalis estaba allí, todo iba bien, él contestaba al agente. Pero yo estaba solo y, lo confieso, no sabía qué responder si el agente me interpelaba.

La cara del agente no estaba hecha para inspirar confianza; estaba verdaderamente furioso, exasperado por la cólera.

Iba de un lado a otro, frente a mis cuerdas, y cuando pasaba cerca de mí me miraba por encima del hombro de un modo que me hacía temer que aquello terminara mal.

Corazón-Hermoso, que no comprendía la gravedad de la situación, se divertía con la actitud del agente. Se paseaba también a lo largo de la cuerda, pero por la parte de dentro, mientras el agente lo hacía por fuera y cuando pasaba por delante de mí, me miraba por encima del hombro de un modo tan divertido que las risas del público iban en aumento.

No queriendo llevar al extremo la exasperación del agente, llamé a Corazón-Hermoso, pero éste no se hallaba dispuesto a obedecer, el jue–


go le divertía y se negó a obedecerme, continuó corriendo su paseo, escapando cuando yo quería cogerle.

No sé cómo ocurrió, pero el agente, cegado sin duda por la cólera, imaginó que yo excitaba al mono y, rápidamente, pasó por encima de la cuerda.

En dos pasos estuvo junto a mí y me sentí casi derribado de un bofetón.

Cuando estuve de nuevo sobre mis piernas y volví a abrir los ojos, Vitalis, surgido de no sé dónde, se había colocado entre el agente y yo, sujetando por la muñeca al policía.

–Le prohíbo que pegue a este niño –dijo–; lo que usted ha hecho es una cobardía.

El agente quiso liberar su mano, pero Vitalis apretó más fuerte.

Y, durante unos segundos, los dos hombres se miraron frente a frente, fijamente a los ojos.

El agente estaba enloquecido por la cólera.

Mi dueño aparecía magnífico de nobleza: mantenía erguida su hermosa cabeza rodeada de blancos cabellos y su rostro expresaba indignación y autoridad.

Me pareció que, ante esta actitud, la tierra iba a tragarse al agente, pero no fue así; de un vigoroso movimiento, liberó su muñeca, tomó a mi dueño por las solapas y le empujó con brutalidad.

Vitalis estuvo a punto de caer, tan fuerte había sido el empujón; pero se recuperó y, levantando el brazo derecho, golpeó con fuerza la muñeca del agente.

Mi dueño era un anciano vigoroso, es cierto, pero un anciano al fin; el agente, hombre joven aún y lleno de fuerza, la lucha no hubiera durado mucho tiempo.

Pero no hubo lucha.

–¿Qué quiere usted? –preguntó Vitalis.

–Le detengo; sígame al puesto de guardia.

– ¡Porqué ha golpeado usted al niño!

–¡Silencio! ¡Sígame!

Vitalis no contestó, pero dirigiéndose a mi me dijo:

–Regresa a la posada y quédate con los perros, ya procuraré que te lleguen noticias mías.

No pudo decir nada más, el agente se lo llevó.

Así terminó aquella representación que mi dueño pretendió hacer divertida y que tan tristemente acabó.

El primer movimiento de los perros había sido el de seguir a su maestro, pero les ordené que permanecieran a mi lado y, acostumbrados a obedecer, regresaron. Me di cuenta entonces de que llevaban bozal, pero en vez de tener el hocico rodeado por una carcasa de alambre o por una red, llevaban simplemente una estrecha cinta de seda anudada con un lazo alrededor de su hocico; Capi, que tenía el pelo blanco,


llevaba una cinta roja; Zerbino, que era negro, blanca; Dolce, que era gris, azul. Eran bozales de teatro y Vitalis se los había puesto a los perros sin duda para la farsa que quería representarle al agente.

El público se había dispersado con rapidez: sólo algunas personas habían permanecido en sus lugares, discutiendo sobre lo que acababa de suceder.

–El viejo tenía razón.

–No, ha hecho mal.

– ¿Por qué ha pegado el agente al niño que no le había hecho nada?

–Mal asunto; el viejo no se librará de la cárcel si el agente le acusa de resistencia.

Regresé a la posada muy afligido e inquieto.

Hacía tiempo que Vitalis no me inspiraba ya miedo. A decir verdad sólo me lo había inspirado unas pocas horas. Rápidamente había sentido por él un sincero afecto y este afecto había ido creciendo día tras día. Vivíamos la misma vida, siempre juntos, de la mañana a la noche, y a menudo de la noche a la mañana cuando, para dormir, compartíamos el mismo haz de paja. Ningún padre tiene con su hijo más atenciones de las que él tenía conmigo. Me había enseñado a leer, a escribir, a contar. En nuestras largas caminatas siempre había destinado algún tiempo a darme lecciones sobre una cosa u otra, según las circunstancias o el azar que le sugerían esas lecciones. En los días de mucho frío había compartido conmigo sus mantas; cuando hacía mucho calor me había siempre ayudado a llevar parte de los bultos y objetos que yo cargaba. En la mesa o, más precisamente, durante las comidas, pues no comíamos muy a menudo en una mesa, jamás me daba los peores pedazos reservándose los mejores; al contrario, compartíamos a partes iguales los buenos y los malos. Algunas veces, es cierto, me tiraba de las orejas y me soltaba un sopapo con una mano algo más ruda de lo que hubiera sido una mano paterna; pero esos pequeños castigos no podían hacerme olvidar sus atenciones, sus buenas palabras y las pruebas de ternura que me había prodigado desde que estábamos juntos. Me quería y le quería.

Aquella separación me afectó, pues, dolorosamente.

¿Cuándo volveríamos a vernos?

Habían hablado de cárcel. ¿Cuánto tiempo podía durar su encarcelamiento? ¿Qué iba a hacer durante este tiempo? ¿Cómo vivir? ¿De qué vivir?

Mi dueño tenía la costumbre de llevar su fortuna consigo y, cuando el agente de policía le arrastró, no tuvo tiempo de darme el dinero.

Sólo tenía unos centavos en el bolsillo, ¿bastarían para alimentarnos a todos, a Corazón-Hermoso, los perros y a mí?

Pasé así dos angustiosos días sin atreverme a salir del patio de la posada, ocupándome de Corazón-Hermoso y de los perros que, por su parte, se mostraban muy inquietos y apenados.


Por fin, al tercer día, un hombre me trajo una carta de Vitalis.

En aquella carta mi dueño me decía que le mantenían en prisión para hacerle pasar por el tribunal correccional al siguiente sábado, acusado de resistencia a un agente de la autoridad y vías de hecho sobre la persona del mismo.

'Al dejarme llevar por la cólera –añadía–, he cometido una grave falta que podría costarme cara. Pero es tarde ya para remediarlo. Ven a la audiencia; eso te servirá de lección'.

Añadía luego algunos consejos referentes a mi conducta y terminaba enviándome un beso y recomendándome que acariciara de su parte a Capi, Corazón-Hermoso, Dolce y Zerbino.

Mientras leía aquella carta, Capi, entre mis piernas, mantenía su hocico junto al papel, husmeando, oliendo, y los movimientos de su cola me decían que, con toda seguridad, reconocía por el olfato que la carta había pasado por las manos de su dueño; era la primera vez en tres días que demostraba alegría y animación.

Tras informarme supe que la audiencia del tribunal correccional comenzaba a las diez. El sábado, a las nueve, me adosé a la puerta y entré el primero. Poco a poco la sala fue llenándose y reconocí a varias personas que habían presenciado la escena con el policía.

Yo ignoraba lo que eran los tribunales de justicia, pero, instintivamente, tenía un miedo horrible; me parecía que, aun tratándose de mi dueño y no de mí, yo estaba en peligro; fui a colocarme tras una gran estufa y, apretándome contra la pared, me hice tan pequeño como me fue posible.

Mi dueño no fue el primero en ser juzgado; pasaron antes gente que había robado, que se había peleado, que, todos, decían ser inocentes y que, todos, fueron condenados.

Por fin, Vitalis se sentó entre dos gendarmes, en el banco que habían ocupado todos los que le precedieron.

De lo que dijeron al comienzo, de lo que le preguntaron y de lo que respondió, no sé nada; me hallaba demasiado conmovido como para escuchar o, al menos, comprender. Por otra parte, no pensaba en escuchar, miraba.

Miraba a mi dueño que se mantenía de pie, con sus largos cabellos blancos echados hacia atrás, en la actitud de un hombre avergonzado y lleno de pesadumbre; miré al juez que le interrogaba.

–¿De modo –dijo– que reconoce usted haber propinado algunos golpes al agente que le detenía?

–No algunos golpes, señor presidente, un solo golpe: cuando llegué a la plaza en la que iba a desarrollarse nuestra representación, vi que el agente daba una bofetada al niño que me acompañaba.

–¿No es su hijo?

–No, señor presidente, pero le amo como si lo fuera. Cuando le vi


golpearle, me dejé arrastrar por la cólera. Cogí con fuerza la mano del agente para impedir que siguiera pegándole.

–          ¿Pero usted también pegó al agente?

–En fin, cuando éste me cogió por las solapas olvidé quién era el hombre que me agredía o, mejor dicho, sólo vi a un hombre, no a un agente y me dejé llevar por un movimiento instintivo, involuntario.

–A su edad las personas no se dejan llevar.

–Ciertamente, no debieran dejarse llevar; por desgracia, no siempre se hace lo que se debe; hoy me doy cuenta.

–Escucharemos al agente.

Este contó los hechos tal como habían sucedido; pero insistió mucho más en el modo como se habían burlado de su persona, de su voz, de sus gestos, que en el golpe que había recibido.

Durante la declaración, Vitalis, en vez de escuchar con atención, miraba a todas partes de la sala. Comprendí que me buscaba. Me decidí entonces a dejar mi refugio y, colándome por entre los curiosos, llegué a primera fila.

Me vio y su rostro entristecido se iluminó; me di cuenta de que se sentía feliz al verme y, a mi pesar, los ojos se me llenaron de lágrimas.

–          ¿Es todo cuanto quiere decir en su defensa? –preguntó por fin el presidente.

–Por mí no añadiría nada; pero para el niño al que amo tiernamente y que se quedará solo, para él solicito la indulgencia del tribunal y ruego que se nos tenga separados el menor tiempo posible.

Creí que iban a poner en libertad a mi dueño. Pero no fue así.

Otro magistrado habló durante unos minutos y, luego, el presidente, con voz grave, dijo que el llamado Vitalis, convicto de injurias y vías de hecho a un agente de la fuerza publica, era condenado a dos meses de cárcel y a cien francos de multa.

¡Dos meses de cárcel!

A través de mis lágrimas vi cómo volvía a abrirse la puerta por la que Vitalis había entrado; éste siguió a un gendarme, luego la puerta volvió a cerrarse.

Dos meses de separación.

¿Adonde ir?


 

EN BARCO

Cuando regresé a la posada, con el corazón contristado y los ojos enrojecidos, encontré en la puerta del patio al posadero que me miró largamente.

Iba a pasar para reunirme con los perros, cuando me detuvo.

–Bueno –me dijo–, ¿y tu dueño?

–Ha sido condenado.

–¿A cuánto?

–A dos meses de cárcel.

–¿Y qué multa?

–Cien francos.

–Dos meses y cien francos –repitió tres o cuatro meses. Quise proseguir mi camino; me detuvo de nuevo–. ¿Qué vas a hacer durante estos dos meses?

–No lo sé, señor.

–¡Ah!, no lo sabes. ¿Supongo que tendrás dinero para vivir y alimentar a tus animales?

–No, señor.

–¿Y esperas que yo os aloje?

–          ¡Oh! no, señor; no contaba con nadie.

Nada más cierto; no contaba con nadie.

–Bueno, hijo mío –prosiguió el posadero–, estás en lo cierto; tu dueño me debe ya demasiado dinero y no puedo fiarte durante dos meses sin saber si al fin vais a pagarme; tienes que marcharte de aquí.

–          ¡Marcharme! ¿Pero adonde quiere usted que vaya, señor?

–Eso no es asunto mío; yo no soy tu padre ni tu dueño. ¿Por qué tengo que mantenerte?

Permanecí unos momentos aturdido. ¿Qué decirle? Aquel hombre tenía razón. ¿Por qué tenía que mantenerme? Yo era sólo para él un compromiso y una carga.

–Vamos, hijo mío, toma tus perros y tu mono y márchate; naturalmente dejarás aquí el equipaje de tu dueño. Cuando salga de la cárcel vendrá a buscarlo y entonces arreglaremos las cuentas.

Estas palabras me dieron una idea y creí haber hallado el modo de permanecer en la posada.

–Puesto que está usted seguro de poder arreglar entonces las cuentas, permítame quedarme aquí y añada mis gastos a los de mi dueño.


–¿Tú crees, hijo mío? Tu dueño podrá pagarme algunos días; pero dos meses ya es otra cosa.

–Comeré tan poco como quiera.

–          ¿Y los animales? No, ya ves que tienes que irte. Siempre encontrarás algo para trabajar y ganarte la vida en los pueblos.

–Pero, señor, ¿cómo podrá encontrarme mi dueño cuando salga de la cárcel? Vendrá a buscarme aquí.

–No tienes más que volver ese día; hasta entonces, ve a dar un paseo por los alrededores, por los pueblos costeros. En Bagneres, en Cauterets, en Luz puedes ganar dinero.

–¿Y si mi dueño me escribe?

–Te guardaré las cartas.

–¿Pero y si no le contesto?

–¡Ah!, me estás aburriendo. Te he dicho que te vayas; hay que salir de aquí, ¡y de inmediato! Te doy cinco minutos para marcharte; si cuando vuelva al patio todavía estás aquí, tendrás que vértelas conmigo.

Supe que toda resistencia era inútil. Como decía el posadero, 'tenía que salir de allí".

Entré en la cuadra y, tras haber desatado a Corazón-Hermoso y los perros, tras haber cerrado mi bolsa y poner en mi hombro la correa de mi arpa, salí de la posada.

El posadero estaba en la puerta para vigilarme.

–Si llega una carta –me gritó–, te la enviaré.

Tenía prisa por salir de la ciudad, pues mis perros no llevaban bozal. ¿Qué contestaría si me encontraba con un agente de policía? ¿Que no tenía dinero para comprar bozales? Era verdad, pues, a fin de cuentas, sólo llevaba once sueldos en el bolsillo y eso no bastaba para semejante compra. ¿No iba también a detenerme? Si mi dueño estaba en la cárcel y yo también, ¿qué sería de mis perros y de Corazón-Hermoso? Me había convertido en el director de la compañía, el cabeza de familia, yo, el niño sin familia, y me sentía responsable.

Mientras andaba con rapidez, los perros levantaban la cabeza hacia mí y me miraban de un modo que no precisaba palabras para ser comprendido: tenían hambre.

Corazón-Hermoso, al que llevaba agarrado a mi bolsa, me tiraba de vez en cuando de la oreja para obligarme a que volviera hacia él la cabeza: cuando yo lo hacía así se frotaba el vientre con un gesto no menos expresivo que la mirada de los perros.

También yo habría, como ellos, hablado de mi hambre, pues tampoco había comido, pero ¿de qué hubiera servido?

Mis once sueldos no podían darnos almuerzo y cena, teníamos que contentarnos con una sola comida que, a mitad del día, nos serviría por dos.

La posada en donde nos habíamos alojado y de la que nos acaba–


ban de expulsar, se encontraba en el faubourg Saint-Michel, en la calle de Montpellier, y naturalmente yo había seguido esta calle.

En mi prisa por huir de una ciudad en la que podía encontrar agentes de policía, no había tenido tiempo de preguntarme adonde llevaban las calles; sólo quería que me alejaran de Toulouse, el resto me importaba poco. No sentía predilección por un pueblo u otro; en todas partes me pedirían dinero para comer y alojarnos. La cuestión del alojamiento era aún la de menor importancia; estábamos en la estación cálida y podíamos acostarnos al aire libre, al abrigo de un matorral o de un muro.

Pero ¿y comer?

Creo que caminamos casi dos horas sin que me atreviera a detenerme y, sin embargo, los perros me miraban con ojos cada vez más suplicantes, mientras Corazón-Hermoso me tiraba de la oreja y se frotaba el vientre cada vez con más fuerza.

Por fin me creí lo bastante lejos de Toulouse como para no tener nada que temer o, al menos, para decir que les pondría el bozal a mis perros, al día siguiente, si me pedían que lo hiciera, y entré en la primera panadería que encontré.

Pedí que me sirvieran una libra y media de pan.

–Compre un pan de dos libras –me dijo la panadera–; con la familia que lleva, no será demasiado; ¡hay que alimentar a esos pobres animales!

Sin duda, un pan de dos libras no sería demasiado para mi grupo, pues sin contar a Corazón-Hermoso, que no comía mucho, aquello significaba sólo media libra de pan para cada uno de nosotros, pero era demasiado para mi bolsa.

El pan costaba por aquel entonces cinco sueldos la libra y, si compraba dos libras, me costarían diez sueldos, de modo que me quedaría un solo sueldo de los once que tenía.

Ahora bien, no me parecía prudente dejarme arrastrar a tan gran prodigalidad, antes de haberme asegurado el futuro. Comprando sólo una libra y media de pan, que me costaría siete sueldos y tres céntimos, me quedarían tres sueldos y dos céntimos para el día siguiente, es decir, lo bastante para no morir de hambre y aguardar la ocasión de ganar algún dinero.

Mi cálculo estuvo pronto hecho y dije a la panadera, con un aire que intenté hacer seguro, que me bastaba una libra y media de pan, rogándole que no cortara más que eso.

–Bueno, bueno –respondió.

Y me cortó, de un hermoso pan de seis libras que, ciertamente, nos hubiéramos comido entero, la cantidad que yo pedía y la puso en una balanza a la que dio un golpecito.

–Pasa un poco –dijo–, váyase por los dos céntimos.

He hizo caer mis ocho sueldos en su cajón.


Yo había visto que algunos rechazan los céntimos que les devolvían diciendo que no les servirían de nada; por mi parte, yo no habría rechazado los que se me debían; sin embargo, no me atreví a reclamarlos y salí sin decir nada, apretando con fuerza mi pan entre los brazos.

Los perros, alegres, saltaban a mi alrededor y Corazón-Hermoso me tiraba de los pelos lanzando breves grititos.

No fuimos muy lejos.

En el primer árbol que encontramos, al borde del camino, apoyé mi arpa contra el tronco y me tendí en la hierba; los perros se sentaron frente a mí, Capi en el centro, Dolce a un lado, Zerbino a otro; por lo que respecta a Corazón-Hermoso, que no estaba cansado, permaneció de pie, listo tal vez a robar los pedazos que le apetecieran.

El reparto de la hogaza fue un asunto delicado; hice cinco partes tan iguales como me fue posible y, para no malgastarlas, las distribuí en pequeñas rebanadas; cada uno recibía su pedazo cuando llegaba su turno, como si estuviéramos todos comiendo de la misma marmita.

Corazón-Hermoso, que necesitaba menos alimento que nosotros, se sintió mejor servido y no tenía ya hambre cuando nosotros seguíamos todavía famélicos. Tomé, de su parte, tres pedazos que puse en mi bolsa para dárselos más tarde a los perros; luego, como todavía quedaban cuatro, nos tocó uno a cada uno, fue a un tiempo nuestra repetición y nuestro postre.

A pesar de que aquel festín no se parecía en nada a los que provocan discursos, me pareció llegado el momento de dirigir algunas palabras a mis compañeros. Naturalmente, me consideraba su jefe, pero no me creía tan por encima de ellos como para verme dispensado de participarles las graves circunstancias en las que nos hallábamos.

Capi había, sin duda, adivinado mi intención, pues mantenía sus grandes ojos, inteligentes y afectuosos, fijos en los míos.

–Sí, Capi, amigo mío –le dije–, sí, amigos Dolce, Zerbino y Corazón-Hermoso, sí, queridos compañeros, tengo que daros una mala noticia: nuestro dueño permanecerá dos meses lejos de nosotros.

– ¡Ouah! –gritó Capi.

–Eso es triste para él y también para nosotros. El era quien nos hacía vivir, y en su ausencia vamos a encontrarnos en una situación terrible. No tenemos dinero.

Al oír estas palabras, me conocía perfectamente, Capi se levantó sobre sus patas traseras y se puso a caminar en círculo, como hacía cuando pedía 'la voluntad al respetable público'.

–Quieres que demos algunas representaciones –continué–, seguramente es un buen consejo, pero ¿lograremos una buena colecta? Todo depende de eso. Os prevengo que, si no lo conseguimos, sólo tenemos tres sueldos por toda fortuna. Será necesario, pues, apretarse el cinturón. Siendo así las cosas, me atrevo a esperar que comprenderéis la gravedad de las circunstancias y que, en vez de gastarme alguna juga–


rreta pondréis vuestra inteligencia al servicio del grupo. Os pido obediencia, sobriedad y valor. Apretemos nuestras filas y contad conmigo como yo cuento con vosotros.

No puedo asegurar que mis compañeros comprendieran todas las bellezas de mi improvisado discurso, pero captaron ciertamente sus ideas generales. Sabían, por la ausencia de nuestro dueño, que algo grave sucedía y esperaban de mí una explicación. Si no comprendieron todo lo que les dije se sintieron, al menos, contentos por mi modo de proceder con ellos y me probaron, con su atención, que se consideraban satisfechos.

Cuando digo su atención, hablo sólo de los perros, pues por lo que respecta a Corazón-Hermoso, le era imposible mantener el espíritu interesado mucho tiempo en el mismo tema. Durante la primera parte de mi discurso, me había escuchado dando pruebas del más vivo interés; pero, tras una veintena de palabras, se había lanzado al árbol que nos cubría con su follaje, y ahora se divertía balanceándose y saltando de rama en rama. Si Capi me hubiera hecho semejante injuria, ciertamente me hubiese herido, pero nada de lo que Corazón-Hermoso hiciera podía asombrarme; era un atolondrado, un cabeza-hueca; y, al fin y al cabo, era natural que sintiera deseos de divertirse un poco.

Confieso que de buena gana hubiera hecho como él y me hubiese columpiado con gusto, pero la importancia y la dignidad de mis funciones ya no me permitían semejantes distracciones.

Tras algunos instantes de reposo, di la orden de partida: era preciso que ganáramos nuestra cama o, al menos, nuestro almuerzo del día siguiente si, como parecía probable, nos acostábamos, por economía, al aire libre.

Al cabo de una hora de marcha, aproximadamente, llegamos a la vista de un pueblo que me pareció adecuado para la realización de mi propósito.

De lejos parecía bastante mísero y la colecta sólo podría ser, en consecuencia, muy mezquina, pero no había motivo para desanimarme; yo no era exigente en lo que respecta al montante de la colecta y me dije que, cuanto más pequeño fuera el pueblo, menos oportunidades habría de encontrar agentes de policía.

Arreglé, pues, a mis cómicos y, en el mejor orden posible, entramos en el pueblo; por desgracia nos faltaba el pífano de Vitalis y también su prestancia que, como la de un tambor-mayor, atraía todas las miradas. Yo no tenía, como él, la ventaja de una gran estatura y una cabeza expresiva; por el contrario, mi talla era muy pequeña, muy reducida, y mi rostro debía mostrar más inquietud que seguridad.

Mientras caminábamos, yo miraba a izquierda y derecha para ver el efecto que producíamos; era mediocre, la gente levantaba la cabeza, volvía a bajarla y nadie nos seguía.

Llegados a una plazoleta en cuyo centro había una fuente sombrea–


da por plátanos, tomé mi arpa y comencé a tocar un vals. La música era alegre, mis dedos ligeros, pero mi corazón estaba triste y me parecía llevar sobre los hombros un pesado fardo.

Dije a Zerbino y a Dolce que bailaran el vals; me obedecieron en seguida y comenzaron a dar vueltas siguiendo el compás.

Pero nadie se molestó en venir a vernos y, sin embargo, en el umbral de las puertas se veían algunas mujeres que hacían calceta o charlaban.

Continué tocando; Zerbino y Dolce continuaron bailando.

Tal vez alguien se decidiera a acercarse; si lo hacía una persona, lo haría otra; luego diez y luego otras veinte.

Pero por más que yo tocara, por más que danzaran Zerbino y Dolce, la gente permanecía en su casa; ni siquiera nos miraba.

Era desesperante.

Sin embargo, no desesperé y toqué con mayor fuerza, arriesgándome a romper las cuerdas de mi arpa.

De pronto, un niño pequeño, tan pequeño que, según creo, estaba dando sus primeros pasos, dejó el umbral de su casa y se dirigió hacia nosotros.

Sin duda su madre le seguiría y luego, tras la madre, llegaría una amiga, tendríamos público y, en consecuencia, recaudación.

Toqué menos fuerte para no asustar al niño y atraerlo.

Con las manos levantadas y un andar bamboleante, avanzaba despacio.

Ya venía, ya se acercaba; unos pasos más y estaría a nuestro lado.

La madre levantó los ojos, sin duda sorprendida e inquieta de no sentirlo junto a ella.

Le vio en seguida. Pero entonces, en vez de correr a buscarle como yo había esperado, se limitó a llamarle y el niño, dócil, regresó a su lado.

Tal vez a aquella gente no le gustara la danza. Era posible al fin y al cabo.

Ordené a Dolce y Zerbino que se tendieran y comencé a cantar mi canzonetta; y jamás había puesto en ello, ciertamente, un mayor interés:

 

Fenesta vascia e patrono crudele

Quanta sospire m 'aje fatto jettare.

 

Comenzaba la segunda estrofa cuando vi que se acercaba a nosotros un hombre vestido de levita y con un sombrero de fieltro.

¡Al fin!

Canté con más entusiasmo.

– ¡Hola! –gritó–. ¿Qué haces aquí, buena pieza?

– Ya lo ve, señor, estoy cantando.


–¿Tienes permiso para cantar en la plaza de nuestra comuna?

–No, señor.

–Vete entonces si no quieres que te abra un proceso.

–Pero, señor...

–Llámame señor guarda jurado y comienza a mover las piernas, mendigo.

¡Un guarda jurado! Sabía por el ejemplo de mi dueño lo que costaba rebelarse contra los agentes y los guardas jurados.

No me hice repetir la orden; di la vuelta a mis talones y moví las piernas como me había ordenado, desandando el camino por donde había venido.

¡Mendigo! Aquello no era justo. Yo no había mendigado, había cantado, y aquél era mi modo de trabajar.

En cinco minutos salí de aquella comuna tan poco hospitalaria y tan bien guardada.

Mis perros me siguieron con las orejas gachas y la expresión triste, comprendieron ciertamente que acababa de acontecemos una mala aventura.

Capi me adelantaba de vez en cuando, se daba la vuelta y me miraba curiosamente con sus inteligentes ojos. Otro en su lugar me hubiera interrogado, pero Capi era un perro bien educado, demasiado disciplinado como para permitirse una pregunta indiscreta, se limitaba a demostrar su curiosidad y yo veía temblar sus quijadas, agitadas por los esfuerzos que hacía para retener sus ladridos.

Cuando estuvimos bastante alejados como para no temer la brutal llegada del guarda jurado, hice una señal con la mano e, inmediatamente, los tres perros formaron un círculo a mi alrededor; Capi, en medio, permanecía inmóvil con sus ojos en los míos.

Había llegado el momento de darles la explicación que esperaban.

–Nos han expulsado –dije– porque no tenemos permiso para tocar.

–¿Y qué hacemos? –preguntó Capi con un gesto de su cabeza.

–Vamos a acostarnos al aire libre, no importa dónde y sin cenar.

Al oír la palabra cenar, hubo un gruñido general.

Yo enseñé mis tres sueldos.

–Ya sabéis que es todo lo que nos queda; si gastamos esta noche nuestros tres sueldos, mañana no tendremos nada para comer; de modo que, como hoy ya hemos comido, pienso que es más prudente pensar en mañana.

Y volví a meterme los sueldos en el bolsillo.

Capi y Dolce bajaron con resignación los ojos, pero Zerbino, que no siempre tenía buen carácter y que era muy goloso, continuó gruñendo.

Tras haberle mirado severamente sin conseguir que se callara, me dirigí a Capi:

–Explícale a Zerbino –le dije– lo que parece no querer compren–


der; hay que prescindir hoy de una segunda comida si queremos hacer una mañana.

Inmediatamente, Capi dio un golpe con la plata a su camarada y pareció entablarse una discusión.

La palabra 'discusión' no debe parecer impropia porque se aplique a los animales. Cierto es que los animales tienen, en efecto, un lenguaje particular a cada especie. Si habéis vivido en una casa con cornisas o ventanas en las que las golondrinas suspenden sus nidos, estaréis convencidos, ciertamente, de que esos pájaros no silban sólo una breve melodía cuando, al alba, pían vivazmente: mantienen auténticos discursos, tratan asuntos serios o intercambian palabras tiernas. Y las hormigas de la misma tribu cuando se encuentran en el mismo sendero y frotan sus antenas, ¿qué queréis que estén haciendo si no admitís que se comunican lo que les interesa? Y por lo que se refiere a los perros, no sólo saben hablar, sino que saben también leer: miradles con el hocico al aire o con la cabeza baja husmeando el suelo, oliendo piedras y matorrales; de pronto se detienen ante una mata de hierba o un muro, permanecen unos momentos allí; nada vemos en aquel muro mientras el perro lee en él toda clase de cosas, escritas en misteriosos caracteres que nosotros ignoramos.

No escuché lo que Capi dijo a Zerbino, pues si los perros entienden el lenguaje de los hombres, los hombres no comprenden el lenguaje de los perros; sólo vi que Zerbino se negaba a entrar en razón y que insistía en que gastáramos de inmediato nuestros tres sueldos; fue preciso que Capi se enfadara y sólo cuando le hubo mostrado sus colmillos, Zerbino, que no era muy valiente, se resignó al silencio.

La cuestión de la cena quedaba cerrada, ya sólo quedaba la de dormir.

El tiempo era hermoso, la jornada cálida y dormir al aire libre en esa estación no era cosa grave; sólo era preciso instalarse para escapar a los lobos si es que los había en la región y, lo que me parecía mucho más grave, a los guardas jurados, pues los hombres eran para nosotros más temibles que las bestias.

Por lo tanto, no teníamos más que seguir caminando por el blanco camino hasta encontrar una yacija.

Eso hicimos.

El camino se alargó, los kilómetros sucedieron a los kilómetros, y los últimos fulgores rosados del sol habían ya desaparecido del cielo cuando no habíamos hallado todavía la yacija.

Bien o mal, teníamos que decidirnos.

Cuando me decidí a que nos detuviéramos para pasar la noche, estábamos en un bosque cortado, de vez en cuando, por algunos claros en los que se levantaban bloques de granito. El lugar era muy triste, muy desierto, pero no teníamos nada mejor para elegir, y pensé que por entre esos bloques de granito podríamos hallar abrigo contra el


fresco de la noche. Digo podríamos, hablando de Corazón-Hermoso y de mí pues los perros no me preocupaban; no temía que cogieran una fiebre por dormir al aire libre. Pero, en lo que a mí respecta, debía ser cuidadoso, pues era consciente de mi responsabilidad. ¿Qué sería de mi compañía si yo caía enfermo? ¿Qué sería de mí si tenía que cuidar a Corazón-Hermoso?

Dejando el camino, nos introdujimos entre las rocas, y pronto divisé un enorme bloque de granito colocado de través, de modo que formaba una especie de cavidad en su base y un techo en la cima. En esa cavidad los vientos habían amontonado un espeso lecho de agujas de pino secas. No podíamos esperar nada mejor: un colchón para tendernos, un techo para abrigarnos; sólo nos faltaba un pedazo de pan para comer; pero debíamos intentar no pensar en ello; además, ya lo dice el refrán. 'Quien duerme, come'.

Antes de dormir, expliqué a Capi que contaba con él para protegerme y el buen animal, en vez de venir a acostarse con nosotros sobre las agujas de pino, permaneció en el exterior de nuestro refugio, haciendo de centinela. Yo podía estar tranquilo, sabía que nadie se acercaría a nosotros sin que me previniera.

Sin embargo, aunque tranquilo ya a este respecto, no me dormí en cuanto me tendí sobre las agujas de pino, con Corazón-Hermoso envuelto, a mi lado, en mi chaqueta, con Zerbino y Dolce acostados a mis pies, pues mi inquietud era mayor que mi fatiga.

La jornada, aquella primera jornada de viaje, había sido mala, ¿cómo sería la del día siguiente?

Tenía hambre, tenía sed y sólo me quedaban tres sueldos. Por más que los manoseara maquinalmente en mi bolsillo, no aumentaban: uno, dos, tres, siempre me detenía en este número.

¿Cómo alimentar a mi compañía, cómo alimentarme a mí mismo si, al día siguiente y los sucesivos, no podíamos dar alguna representación? ¿Dónde querían que encontrara yo bozales y un permiso para cantar? ¿Teníamos, pues, que morir de hambre en un rincón del bosque, bajo unos matorrales?

Dándole vueltas a tan tristes pensamientos, miraba las estrellas que brillaban en el cielo atenebrado. No soplaba ni la menor brisa. Absoluto silencio, ni el rumor de las hojas, ni el grito de un pájaro, ni el rodar de un carruaje en el camino; tan lejos como alcanzaba mi vista podía extenderse en las azulosas profundidades, el vacío: ¡qué solos, qué abandonados estábamos!

Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas y luego, de pronto, rompí a llorar: ¡pobre mamá Barberin!, ¡pobre Vitalis!

Me había tendido boca abajo y lloraba con el rostro entre mis manos sin poder detenerme cuando sentí un tibio aliento pasar por mis cabellos; me di rápidamente la vuelta y una gran lengua, caliente y sua


ve, se pegó a mi cara. Era Capi que, oyéndome llorar, venía a consolarme como había acudido en mi auxilio la primera noche de viaje.

Eché mis dos brazos a su cuello y le di un beso en el hocico húmedo; soltó entonces dos o tres gemidos ahogados y me pareció que lloraba conmigo.

Cuando desperté, la mañana estaba ya avanzada y Capi, sentado frente a mí, me miraba; los pájaros cantaban en el follaje; a lo lejos, muy a lo lejos, una campana tocaba el Ángelus; el sol, alto en el cielo, lanzaba sus rayos cálidos y reconfortantes, tanto para el cuerpo como para el corazón.

Nuestro arreglo matinal terminó pronto y nos pusimos en camino, dirigiéndonos hacia donde sonaba el repiqueteo de la campana, allí había un pueblo allí, sin duda, habría un panadero; cuando uno se acuesta sin cenar, el hambre habla muy temprano.

Había tomado una decisión: gastaría mis tres sueldos y luego ya veríamos.

Al llegar a la aldea, no necesité preguntar dónde estaba la panadería; nuestro olfato nos guié sin errores a ella; tuve casi tan buen olfato como mis perros para descubrir a lo lejos el aroma del pan tierno.

Tres sueldos de pan, cuando cuesta cinco sueldos la libra, no nos proporcionaron más que un pedacito para cada uno, y nuestro desayuno concluyó muy pronto.

Había llegado el momento de ver, es decir, de determinar el medio de lograr una colecta para la jornada. Para ello comencé a recorrer el pueblo buscando el lugar más favorable para la representación y examinando también la fisonomía de la gente para intensar saber si se portarían como amigos o como enemigos.          

No pensaba dar inmediatamente la representación, pues la hora no era adecuada, sino estudiar el pueblo, elegir el mejor emplazamiento y regresar al lugar, para intentar suerte, mediada la jornada.

Aquella idea me absorbía cuando, de pronto, escuché gritos a mi espalda; me volví con rapidez y vi llegar a Zerbino perseguido por una vieja. No tuve que esperar mucho tiempo para comprender lo que provocaba aquella persecución y aquellos gritos: aprovechando una distracción mía, Zerbino me había abandonado y había entrado en una casa en la que había robado un pedazo de carne que llevaba en la boca.

– ¡Al ladrón! –gritaba la vieja–, ¡detenedle, detenedles a todos!

Al oír aquellos gritos, sintiéndome culpable o, al menos, responsable de la falta de mi perro, eché también a correr. ¿Qué iba a responder yo si la vieja me exigía el precio del pedazo de carne robado? ¿Cómo pagarlo? ¿No iban a encarcelarnos si nos detenían?

Al verme huir, Capi y Dolce no se quedaron atrás y yo les sentí tras mis talones mientras Corazón-Hermoso, al que llevaba sobre mi hombro, me agarraba por el cuello para no caerse.

No había que temer que nos cogieran alcanzándonos, pero podían


detenernos al pasar y ésa, precisamente, me pareció que era la intención de dos o tres personas que nos cerraban el paso. Afortunadamente, una callejuela transversal desembocaba en la calle por la que corríamos. Me introduje en ella seguido por los perros y, corriendo siempre con todas nuestras fuerzas, pronto estuvimos en pleno campo. Sin embargo sólo me detuve cuando comenzó a faltarme el aliento, es decir, tras haber recorrido, por lo menos, dos kilómetros. Me giré entonces, atreviéndome mirar hacia atrás; nadie nos perseguía; Capi y Dolce seguían tras mis talones, Zerbino estaba lejos, pues sin duda se había detenido para comerse el pedazo de carne.

Le llamé, pero Zerbino, que sabía que merecía un severo correctivo, se detuvo, y luego en vez de venir hacia mí, huyó.

Zerbino había robado el pedazo de carne impulsado por el hambre. Pero yo no podía aceptar esta razón como una excusa. Era un robo. El culpable debía ser castigado o la disciplina de mi compañía se habría perdido: en el siguiente pueblo, Dolce imitaría a su compañero y el propio Capi acabaría por sucumbir a la tentación.

Debía, pues, administrar una corrección pública a Zerbino. Pero para eso era preciso que quisiera presentarse ante mí y no era cosa fácil decidirle a ello.

Recurría Capi.

–Ve a buscar a Zerbino.

Y marchó en seguida a cumplir la misión que yo le confiaba. Me pareció, sin embargo, que aceptaba el papel con menos celo del que le era habitual y, en la mirada que me echó antes de partir, creí que actuaría de mejor grado como abogado de Zerbino que como mi gendarme.

Sólo me quedaba aguardar el regreso de Capi y de su prisionero, lo que podía exigir mucho tiempo, pues, muy probablemente, Zerbino no se dejaría traer en seguida. Pero aquella espera no era muy desagradable para mí. Estaba lo bastante lejos del pueblo como para no temer que me persiguieran. Y por otro lado, me sentía bastante fatigado por mi carrera como para desear unos momentos de descanso. Además, ¿para qué darme prisa si no sabía adonde ir y no tenía nada que hacer?

Precisamente, el lugar en donde me había detenido parecía hecho a propósito para la espera y el descanso. En mi loca carrera, sin saber adonde iba, había llegado a orillas del canal del Midi y, tras haber recorrido polvorientas campiñas desde mi salida de Toulouse, me hallaba ahora en un país verde y fresco: agua, árboles, hierba, una fuentecilla que corría a través de las grietas de una roca tapizada de plantas que caían en cascadas floridas a lo largo del curso del riachuelo; era algo delicioso y me sentía allí a las mil maravillas para esperar el regreso de los perros.

Transcurrió una hora sin que ni el uno ni el otro regresaran, y co–


menzaba a inquietarme cuando Capi reapareció solo, con la cabeza gacha.

–¿Dónde está Zerbino?

Capi se tendió en actitud temerosa; entonces, mirándole, advertí que una de sus orejas estaba ensangrentada.

No necesité explicación alguna para comprender lo que había ocurrido: Zerbino se había rebelado contra la gendarmería, había resistido a Capi que, tal vez obedeciendo a regañadientes una orden que consideraba demasiado severa, se había dejado ganar.

¿Tenía que reñirle y castigarle también? No tuve valor para ello, no quería entristecer a los demás, bastante afligido estaba ya con mi propia pesadumbre.

Fracasada la expedición de Capi, sólo podía hacer una cosa: aguardar a que Zerbino quisiera volver; le conocía; tras un primer movimiento de rebeldía, se resignaría a sufrir el castigo y yo podría verle aparecer arrepentido.

Me tendí bajo un árbol, manteniendo sujeto a Corazón-Hermoso, pues temía que sintiera deseos de unirse a Zerbino, y con Dolce y Capi acostados a mis pies.

El tiempo transcurrió, Zerbino no apareció, insensiblemente el sueño me dominó y me dormí.

Cuando desperté el sol se hallaba sobre mi cabeza y las horas habían transcurrido. Pero yo no necesitaba el sol para advertir que era tarde. Mi estómago gritaba que hacía tiempo ya que había comido mi pedazo de pan. Por su lado, ambos perros y Corazón-Hermoso me mostraban también que tenían hambre. Capi y Dolce, con sus caras lastimosas, Corazón-Hermoso con sus muecas.

Y Zerbino seguía sin aparecer.

Le llamé, le silbé, pero todo fue inútil, no apareció; tras haber comido bien, digería tranquilamente acurrucado bajo un matorral.

Mi situación se hacía crítica: si me iba, podía perderse y no volver a encontrarnos; si me quedaba, no tendría ocasión de ganar algunos sueldos y comer.

Y, precisamente, la necesidad de comer se hacía cada vez más imperiosa. Los ojos de los perros buscaban desesperadamente los míos y Corazón-Hermoso se frotaba el vientre lanzando grititos encolerizados.

Puesto que el tiempo transcurría y Zerbino no regresaba, mandé de nuevo a Capi para que buscara a su camarada, pero regresó solo al cabo de media hora y me hizo comprender que no le había encontrado.

¿Qué hacer?

Pese a que Zerbino fuese culpable y nos hubiera puesto a todos, por su causa, en una situación terrible, no podía pensar en abandonarle. ¿Qué diría mi dueño si no le devolvía sus tres perros? Y luego, pese a todo, yo quería a aquel bribón de Zerbino.

Decidí, pues, esperar, hasta el ocaso, pero era imposible permane–


cer así, inactivos, escuchando los hambrientos gritos de nuestro estómago, gritos tanto más dolorosos cuanto eran los únicos que se hacían oír, sin distracción y sin tregua.

Era preciso inventar algo que nos ocupara a los cuatro y nos distrajera.

Si podíamos olvidar que teníamos hambre, seguramente durante las horas de olvido, tendríamos menos hambre.

¿En qué ocuparnos?

Cuando estaba pensando en ello, recordé que Vitalis me había explicado que, en la guerra, cuando un regimiento estaba cansado por una larga marcha, se hacía sonar la música de modo que, al escuchar las alegres o dinámicas melodías, los soldados olvidaran su fatiga.

Si tocaba una melodía alegre, tal vez olvidáramos nuestra hambre; en cualquier caso, ocupado yo en tocar y los perros en bailar con Corazón-Hermoso, el tiempo pasaría más rápidamente.

Tomé el arpa, que estaba apoyada en un árbol, y volviéndome de espaldas al canal, tras haber colocado a mis cómicos, comencé a tocar una melodía de baile y luego un vals.

Al comienzo mis actores no parecían muy dispuestos a bailar, era evidente que un pedazo de pan les habría convenido más, pero se animaron poco a poco, la música producía su efecto, todos olvidamos el pedazo de pan que no teníamos y ya sólo pensamos en tocar, yo, o en bailar, los animales.

De pronto, escuché una voz clara, una voz de niño, gritando: ' ¡Bravo!'. Aquella voz procedía de mi espalda. Me di la vuelta con rapidez.

Un barco se había detenido en el canal, con la proa dirigida a la orilla en que nos hallábamos; los dos caballos que lo arrastraban habían hecho un alto en la orilla opuesta.

Era un barco singular, jamás había visto yo otro igual; era mucho más corto que las barcazas que sirven por lo común para navegar por los canales y, sobre el puente, poco elevado, se había construido una especie de galería acristalada; delante de la galería se veía una veranda sombreada por plantas trepadoras cuyo follaje, agarrándose aquí y allá a las grietas del techo, caía en ciertos lugares como verdes cascadas; bajo aquella veranda vi a dos personas, una dama joven todavía, de noble y melancólico aspecto, que estaba de pie, y un muchacho aproximadamente de mi edad que me pareció acostado.

Sin duda, había sido el niño quien había gritado 'bravo'.

Repuesto de mi sorpresa, pues la aparición no tenía nada que pudiera asustarme, me saqué el sombrero para dar las gracias a quien me había aplaudido.

– ¿Toca usted por placer? –me preguntó la dama, hablando con ligero acento extranjero.

–Es para que mis comediantes trabajasen y también... para distraerme–. El niño hizo una señal y la dama se inclinó hacia él.


–          ¿Quiere tocar de nuevo? –me pidió la dama, levantando de nuevo la cabeza.

¡Que si quería tocar! Tocar para un público que tan oportunamente llegaba. No me hice rogar.

¿Quieren ustedes una danza o una comedia? –dije.

¡Oh!, una comedia –gritó el niño.

Pero la dama le interrumpió diciendo que prefería una danza.

–La danza es muy corta –gritó el niño.

–Tras la danza, si el respetable público lo desea, podemos representar algunos números 'como los que se presentan en los circos de París'.

Era una frase de mi dueño e intenté pronunciarla con su misma nobleza. Pensándolo bien, me había aliviado mucho que rechazaran la comedia, pues me hubiera visto en grandes dificultades para organizar la representación, primero porque Zerbino me hacía falta, y luego porque no disponía de los trajes y los accesorios necesarios.

Volví, pues, a coger mi arpa y comencé a tocar un vals; inmediatamente Capi rodeó a Dolce con sus patas y comenzaron a girar siguiendo el compás. Luego, Corazón-Hermoso bailó un fragmento solo. Y sucesivamente pasamos revista a todo nuestro repertorio. No sentíamos la fatiga. Por lo que respecta a mis comediantes, seguramente habían comprendido que sus trabajos serían pagados con una cena y no escatimaban esfuerzos como tampoco los escatimaba yo.

De pronto, en medio de uno de mis ejercicios, vi a Zerbino saliendo de un matorral y, cuando sus compañeros pasaron junto a él, se introdujo desvergonzadamente en sus filas y tomó su papel.

Mientras tocaba y vigilaba a mis comediantes, echaba de vez en cuando una mirada al muchachito y, cosa rara, pese a que pareciera gozar mucho con nuestros ejercicios, no se movía: permanecía acostado, tendido, en una completa inmovilidad, moviendo sólo sus manos para aplaudirnos.

¿Estaba paralítico? Parecía que estuviera atado a una tabla.

Insensiblemente, el viento había empujado al barco contra la ribera en la que me hallaba y ahora podía contemplar al muchacho como si estuviera en el barco, junto a él incluso: era rubio, su rostro estaba pálido, tan pálido que podían verse las azuladas venas de su frente bajo la piel transparente; su expresión era dulce y triste, y tenía algo de enfermizo.

–¿Cuánto hace pagar usted por las localidades de su teatro? –me preguntó la dama.

–Se paga de acuerdo con el placer que se ha sentido.

–Entonces, mamá, habrá que pagar muy caro –dijo el niño.

Luego añadió unas palabras en una lengua que no comprendí.

–Arthur querría ver a sus actores de más cerca –me dijo la dama.

Hice una señal a Capi que, tomando impulso, saltó al barco.

–          ¿Y los otros? –gritó Arthur.


Zerbino y Dolce siguieron a su compañero.

–– ¡Y el mono!

Corazón-Hermoso hubiera podido saltar fácilmente, pero yo no me sentía nunca seguro de él; una vez a bordo, podía librarse a algunas jugarretas que tal vez no hubieran complacido a la dama.

–¿Es fiero? –preguntó.

–No, señora; pero no siempre me obedece y temo que no se porte convenientemente.

– ¡Bueno! Embarque con él.

Al decir estas palabras, hizo una señal a un hombre que se mantenía atrás, junto al gobernador, inmediatamente el hombre pasando a proa, echó una tabla a la orilla.

Era un puente. Eso me permitió embarcar sin arriesgarme a dar el peligroso salto, y entré en el barco con gravedad, con mi arpa al hombro y Corazón-Hermoso en la mano.

–          ¡El mono, el mono! –gritó Arthur.

Me acerqué al niño y, mientras él acariciaba y agasajaba a Corazón-Hermoso, pude examinarle a placer.

Cosa extraña, verdaderamente, como me había parecido, estaba atado a una tabla.

–¿Tiene usted padre, no es cierto, hijo mío? –me preguntó la dama.

–Sí, pero por el momento estoy solo.

–¿Por mucho tiempo?

–Por dos meses.

–¡Dos meses! ¡Oh, pobre pequeño! ¿Cómo está tanto tiempo solo a su edad?

–¡No tengo otra solución, señora!

–Sin duda su dueño le obliga a entregarle una suma de dinero al cabo de ese tiempo.

–No, señora; no me obliga a nada. Mientras consiga algo para vivir durante esos dos meses, basta.

–Y ha conseguido vivir hasta ahora.

Dudé antes de responderle: jamás había conocido a una dama que me inspirara tal sentimiento de respeto. Sin embargo, me hablaba con tanta bondad, su voz era tan dulce, su mirada tan afable, tan alentadora, que decidí contarle la verdad. Además, ¿por qué callar?

Le conté, pues, cómo me había visto obligado a separarme de Vitalis, condenado a prisión por haberme defendido, y cómo, desde que había salido de Toulouse, no había podido ganar ni un céntimo.

Mientras yo hablaba, Arthur jugaba con los perros pero, sin embargo, escuchaba y entendía lo que yo decía.

–          ¡Qué hambre deben tener! –gritó.

Al oír estas palabras, que conocían bien, los perros comenzaron a ladrar y Corazón-Hermoso se frotó el vientre con frenesí.


–          ¡Oh, mamá! –dijo Arthur.

La dama comprendió la petición; dirigió unas palabras en lengua extranjera a una mujer que asomó la cabeza por una puerta entreabierta y, casi de inmediato, aquella mujer trajo una mesita bien servida.

–Siéntese, hijo mío –me dijo la dama.

No me hice rogar, dejé el arpa y me senté rápidamente ante la mesa; los perros se colocaron en seguida a mi alrededor y Corazón-Hermoso se acomodó en mis rodillas.

–          ¿Comen pan sus perros? –me preguntó Arthur.

¿Que si comían pan! Les di a cada uno un pedazo que ellos devoraron.

–¿Y el mono? –dijo Arthur.

Pero Corazón-Hermoso no necesitaba que se preocuparan por él, pues mientras yo servía a los perros, se había apoderado de una corteza de pâté con la que se estaba atragantando bajo la mesa.

Tomé, a mi vez, un pedazo de pâté, y si no me atragantaba como Corazón-Hermoso, por lo menos lo devoraba con la misma avidez.

–          ¡Pobre niño! –dijo la dama llenando mi vaso.

Arthur, por su parte, no decía nada, pero nos miraba con los ojos muy abiertos, admirando seguramente nuestro apetito, pues tan voraz era uno como los otros, incluso Zerbino que, sin embargo, hubiera debido saciarse con la carne robada.

–          ¿Dónde hubieran cenado esta noche si no llegan a encontrarnos? –preguntó la dama.

–Me parece que no hubiéramos cenado.

–¿Y dónde cenarán mañana?

–Tal vez mañana tengamos, como hoy, la suerte de un buen encuentro.

Sin continuar hablando conmigo, Arthur se volvió hacia su madre y se inició entre ellos una larga conversación en la lengua extranjera que yo había oído ya: él parecía solicitar algo que ella no estaba dispuesta a conceder o, al menos, contra la que tenía algunas objeciones.

De pronto, volvió hacia mí su cabeza, pues su cuerpo no se movía.

–          ¿Quiere quedarse usted con nosotros? –dijo.

Le miré sin responder, tan de improviso me cogió la pregunta.

–Mi hijo le pregunta si quiere usted quedarse con nosotros.

–          ¡En el barco!

–Sí, en el barco: mi hijo está enfermo, los médicos han ordenado que se le mantenga atado en una tabla como usted puede ver. Le paseo en este barco para que no se aburra. Usted se quedará con nosotros. Sus perros y su mono darán representaciones y Arthur será su público. Y usted, hijo mío, si quiere, tocará el arpa. De este modo nos hará un favor y nosotros, por nuestra parte, tal vez podamos serle útiles. No tendrá que buscar constantemente un público, lo que no debe ser siempre fácil para un niño de su edad.


¡En barco! Jamás había estado en un barco y ese había sido mi gran deseo. Iba a vivir en un barco, en el agua, qué felicidad.

Aquél fue el primer pensamiento que pasó por mi espíritu deslumbrándolo. ¡Qué sueño!

Algunos segundos de reflexión me permitieron advertir lo afortunada que para mí era aquella proposición y cuan generosa era la que me la dirigía.

Tomé la mano de la dama y la besé.

Ella pareció sensible a aquella muestra de agradecimiento y, afectuosa, cariñosamente casi, me pasó varias veces la mano por la frente.

– ¡Pobre pequeño! –dijo.

Puesto que me pedían que tocara el arpa, me pareció que no debía retrasar el cumplimiento del deseo que me expresaban: la diligencia era, hasta cierto punto, un modo de probar mi buena voluntad y mi agradecimiento.

Tomé mi instrumento y fui a colocarme en la delantera del barco, luego comencé a tocar.

Al mismo tiempo la dama se llevó a los labios un pequeño silbato de plata del que brotó un agudo silbido.

Me detuve en seguida, preguntándome por qué silbaba de aquel modo: ¿tal vez quería decirme que lo hacía mal o quizá quería que me callara?

Arthur, que se fijaba en todo lo que sucedía a su alrededor, adivinó mi inquietud.

–Mamá ha silbado para que los caballos se pongan de nuevo en marcha –dijo.

En efecto, el barco, que se había alejado de la orilla, comenzaba a deslizarse por las tranquilas aguas del canal arrastrado por los caballos; el agua chapoteaba contra el casco y, a cada lado, los árboles huían hacia atrás, iluminados por los oblicuos rayos del sol poniente.

–¿Quiere usted tocar? –preguntó Arthur.

Y llamando a su madre con una señal de su cabeza, le tomó la mano y la conservó entre las suyas mientras yo tocaba los distintos fragmentos que mi dueño me había enseñado.


 

MI PRIMER AMIGO

La madre de Arthur era inglesa, se llamaba señora Milligan; era viuda y Arthur era su único hijo –al menos el único vivo–, pues, anteriormente, había tenido un hijo mayor que había desaparecido en misteriosas condiciones.

A la edad de seis meses, aquel niño se había perdido o había sido robado sin que jamás hubiera sido posible hallarle. Bien es cierto que, cuando aquello había sucedido, la señora Milligan no había podido llevar a cabo las gestiones necesarias. Su marido se hallaba moribundo y ella misma estaba gravemente enferma, sin conocimiento y sin saber nada de cuanto ocurría a su alrededor. Cuando volvió a la vida, su marido había muerto y su hijo había desaparecido. La búsqueda fue dirigida por el señor James Milligan, su cuñado. Pero había en ello algo extraño, pues el señor James Milligan tenía intereses opuestos a los de su cuñada. En efecto, si su hermano moría sin hijos, él se convertía en su heredero. Su búsqueda no tuvo éxito: ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Bélgica, ni en Alemania, ni en Italia fue posible descubrir rastros del niño desaparecido.

Sin embargo, el señor James Milligan no heredó a su hermano, pues siete meses después de la muerte de su marido, la señora Milligan dio a luz un niño, éste era el pequeño Arthur.

Pero los médicos decían que aquel niño enclenque y enfermizo no podría vivir; moriría de un instante al otro, y ese día el señor James Milligan se convertiría, por fin, en el heredero de la fortuna de su hermano mayor, pues las leyes de la herencia no son idénticas en todos los países y en Inglaterra permiten, en algunas circunstancias, que herede un hermano a costas de una madre.

Las esperanzas del señor James Milligan se veían, por lo tanto, retrasadas por el nacimiento de su sobrino, pero no destruidas; sólo tenía que esperar.

Esperó.

Pero las predicciones de los médicos no se realizaron: Arthur siguió enfermizo, pero no murió como había sido decidido; los cuidados de su madre le hicieron vivir; este es un milagro que, gracias a Dios, se repite con bastante frecuencia.

Veinte veces se le creyó perdido, veinte veces se salvó; sucesivamente, a veces incluso al mismo tiempo, había padecido todas las enfermedades que pueden abatirse sobre los niños.  


En los últimos tiempos se le había declarado una enfermedad terrible que se llama coxalgia y se sitúa en la cadera. Se le habían prescrito aguas sulfurosas y la señora Milligan se había dirigido a los Pirineos. Pero tras haber tomado inútilmente las aguas, se le aconsejó otro tratamiento consistente en mantener al enfermo tendido, sin poner los pies en el suelo.

Fue entonces cuando la señora Milligan hizo construir en Burdeos el barco en el que yo me había embarcado.

Ella no podía pensar siquiera en dejar a su hijo encerrado en una casa, habría muerto de aburrimiento o de carencia de aire libre: puesto que Arthur no podía andar, la casa en la que habitara tenía que andar por él.

Habían transformado en barco en casa flotante, con habitación, cocina, salón y veranda. En el salón o en la veranda, según el tiempo que hiciera, Arthur permanecía de la mañana a la noche, junto a su madre, y los paisajes desfilaban ante él, sin que ello le costara más esfuerzo que abrir los ojos.

Habían salido de Burdeos hacía un mes y, tras remontar el Garona, habían entrado en el canal del Midi; por este canal debían dirigirse a las lagunas y canales que bordean el Mediterráneo, remontar luego el Ródano y el Saona, pasar de este río al Loira y llegar a Briare, tomar allí el canal de su nombre, llegar al Sena y seguir el curso del río hasta Rouen, donde embarcarían en un gran navío para dirigirse a Inglaterra.

Naturalmente, no supe el mismo día de mi llegada todos esos detalles acerca de la señora Milligan y Arthur; los fui conociendo paulatinamente, poco a poco, y si los he agrupado aquí es sólo velando por la comprensión de mi relato.

El día de mi llegada trabé tan sólo conocimiento con la habitación que debía ocupar en el barco, que se llamaba El Cisne. Pese a ser muy pequeña, dos metros de largo por, aproximadamente, uno de ancho, aquella habitación era la más encantadora cabina, la más sorprendente que pueda soñar una imaginación infantil.

El mobiliario que la guarnecía consistía en una sola cómoda, pero aquella cómoda parecía la inagotable botella de los físicos, que tantas cosas contiene. La tabla superior, en vez de ser fija, era móvil y, cuando se la levantaba, se veía debajo una cama completa, con su colchón, su almohada y mantas. Naturalmente no era muy ancha, sin embargo, bastaba para que pudiera dormirse cómodamente en ella. Bajo la cama había un cajón provisto de todos los útiles necesarios para el arreglo personal. Y bajo este cajón había otro, dividido en varios compartimentos, en los que podían colocarse los vestidos y la ropa interior. Ni mesa, ni sillas, al menos en la forma habitual, pero adosada al tabique, junto a la cabecera de la cama, había una plancha que, al bajar, formaba una mesa, y junto a los pies otra que se convertía en una silla.


Un pequeño ojo de buey, practicado en la borda y que podía cerrarse con un cristal redondo, iluminaba y aireaba aquella habitación.

Jamás había visto yo nada tan hermoso ni tan limpio; todo se hallaba revestido de madera de abeto barnizada y, en el suelo, había un encerado a cuadros negros y blancos.

Pero no sólo era agradable a los ojos.

Cuando, tras desnudarme, me acosté en la cama, experimenté una sensación de bienestar nueva para mí; era la primera vez que unas sábanas acariciaban mi piel en vez de arañarla; en casa de mamá Barberin dormía en sábanas de tela de cáñamo, rígidas y rugosas; con Vitalis dormíamos, frecuentemente, sin sábanas sobre la paja o el heno y cuando, en los albergues, nos las proporcionaban, casi siempre hubiera sido mejor una buena cama de paja; ¡qué finas eran aquellas en las que me envolvía ahora!; ¡qué suaves eran y qué bien olían! y qué diferencia entre el muelle colchón y las agujas de pino sobre las que había dormido la víspera. El silencio de la noche no era ya inquietante, las sombras no estaban ya pobladas y las estrellas que veía por el ojo de buey sólo pronunciaban palabras de aliento y esperanza.

Por muy cómodo que me sintiera en aquel colchón, me levanté al alba, pues estaba inquieto por saber cómo habían pasado la noche mis comediantes.

Les encontré a todos en el lugar donde les había instalado la noche anterior y durmiendo como si aquel barco fuese su habitación desde hacía muchos meses. Cuando me aproximé, los perros despertaron y vinieron alegremente a solicitar su caricia matinal. Sólo Corazón-Hermoso, aunque con los ojos entreabiertos, no se movió sino que comenzó a roncar como un trombón.

No se precisaba un excesivo esfuerzo para comprender lo que aquello significaba: el señor Corazón-Hermoso, que era la susceptibilidad personificada, se enfadaba con suma facilidad y, una vez enfadado, ponía mala cara durante mucho tiempo.

En las presentes circunstancias, estaba apesadumbrado porque yo no le había llevado a mi habitación, y me testimoniaba su descontento simulando aquel sueño.

Yo no podía explicarle las razones que me habían obligado, a mi pesar, a dejarle sobre el puente y, como que creía estar –al menos en apariencia– en deuda con él, le tomé en mis brazos para testimoniarle mi sentimiento con algunas caricias.        

Al comienzo siguió poniendo mala cara, pero pronto, con su humor cambiante, pensó en otra cosa y, con su pantomima, me explicó que si yo le acompañaba a pasear por tierra, tal vez me perdonase.

El marinero al que había visto el día anterior ocupándose del gobernalle, estaba ya levantado y limpiaba el puente; accedió de buen grado a poner la plancha y pude así descender, con mi compañía, a la pradera.


Jugando con los perros y Corazón-Hermoso, corriendo, saltando fosos, trepando a los árboles, el tiempo pasó pronto; cuando regresamos, los caballos habían sido enganchados al barco y estaban atados a un álamo que crecía junto al camino que servía para el arrastre; sólo aguardaban un latigazo para ponerse en marcha.

Embarqué de prisa; algunos minutos después la amarra que sujetaba el barco a la orilla fue largada, el marinero tomó el gobernalle, el hombre encargado de halar montó en su caballo, la polea por la que pasaba el remolque rechinó; nos pusimos en marcha.

¡Qué placentero es viajar en barco! Los caballos trotaban por el camino de arrastre y, sin que notáramos movimiento alguno, nos deslizábamos ligeros sobre el agua; las dos riberas boscosas huían hacia atrás y no oíamos más ruido que el de los remolinos contra el casco, cuyo chapoteo se mezclaba con el tintineo de los cascabeles que los caballos llevaban al cuello.

Avanzábamos y, asomado a la borda, yo miraba los álamos que, con las raíces en la hierba fresca, se levantaban orgullosamente, agitando al aire tranquilo de la mañana sus conmovidos follajes; su larga hilera siguiendo la orilla formaba una espesa cortina verde que detenía los oblicuos rayos del sol y sólo permitía que llegara a nosotros una suave claridad tamizada por las ramas.

A veces el agua parecía negra, como si recubriera insondables abismos; otras, por el contrario, se extendía en capas transparentes que dejaban ver lustrosos guijarros y aterciopeladas hierbas.

Permanecía absorto en mi contemplación, cuando escuché que pronunciaban, tras de mí, mi nombre.

Me di la vuelta con rapidez: era Arthur al que estaban sacando al puente; su madre estaba junto a él.

–          ¿Ha dormido usted bien? –me preguntó Arthur–, ¿mejor que en pleno campo?

Me acerqué y respondí buscando las más educadas palabras y dirigiéndome tanto a la madre como al hijo.

–          ¿Y los perros? –dijo.

Les llamé al igual que a Corazón-Hermoso; llegaron saludando y Corazón-Hermoso haciendo muecas, como cuando presentía que íbamos a dar una representación.

Pero aquella mañana no hubo representación.

La señora Milligan había instalado a su hijo al abrigo de los rayos del sol y se había colocado a su lado.

–          ¿Quiere llevarse usted al mono y los perros? –me dijo–; tenemos que trabajar.

Hice lo que me pedía y me fui con mi compañía a la parte delantera.

¿Qué trabajo podía llevar a cabo aquel pobre enfermo?


Vi que su madre le tomaba una lección cuyo texto seguía ella en un libro abierto.

Tendido en su tabla, Arthur la recitaba sin hacer un movimiento.

O, mejor dicho, intentaba recitarla, pues balbuceaba terriblemente y no decía tres palabras seguidas; y, además, se equivocaba con frecuencia.

Su madre le reñía con dulzura, pero al mismo tiempo con firmeza.

–No sabe usted su fábula –dijo.

Me pareció extraño escucharla tratando de usted a su hijo, por aquel entonces yo no sabía que los ingleses no usan el tuteo.

–¡Oh, mamá! –dijo el niño con voz desolada.

–Comete más faltas hoy de las que cometía ayer.

–He intentado aprenderla.

–Pero no la ha aprendido.

–No pude.

–¿Porqué?

–No lo sé... porque no pude... Estoy enfermo.

–No está usted enfermo de la cabeza; jamás consentiré en que no aprenda usted nada y que, con el pretexto de la enfermedad, crezca en la ignorancia.

La señora Milligan me pareció muy severa y, sin embargo, hablaba sin cólera y con voz dulce.

–¿Por qué me disgusta usted y no aprende sus lecciones?

–No puedo, mamá, se lo aseguro, no puedo.

Y Arthur rompió a llorar.

Pero la señora Milligan no se dejó convencer por sus lágrimas, aunque pareció conmovida e incluso disgustada como había dicho.

–Me hubiera gustado permitirle jugar, esta mañana, con Remi y los perros –continuó–, pero sólo jugará usted cuando pueda repetir su fábula sin faltas.

Tras estas palabras, entregó el libro a Arthur y dio algunos pasos, como si quisiera entrar en el interior del barco dejando a su hijo tendido en su tabla.

Lloraba con grandes sollozos y, desde mi lugar, escuchaba su voz entrecortada.

¿Cómo podía la señora Milligan ser severa con aquel pobre niño al que parecía amar tan tiernamente? Si no podía aprender sus lecciones, no era culpa suya, era, sin duda, culpa de la enfermedad.

Iba, pues, a marcharse sin decirle una palabra de consuelo.

Pero no se marchó; en vez de entrar en el barco, regresó junto a su hijo.

–¿Quiere usted que intentemos aprenderla los dos? –dijo.

–¡Oh, sí, mamá! Hagámoslo juntos.

Entonces ella se sentó a su lado y, tomando de nuevo el libro, co–


menzó a leer suavemente la fábula que se llamaba: El lobo y el corderillo; Arthur repetía, tras ella, las palabras y las frases.

Cuando hubo leído la fábula dos o tres veces, la dama devolvió el libro a Arthur y, diciéndole que ahora la estudiara solo, entró en el barco.

Arthur se puso en seguida a leer la fábula y, del lugar en donde yo estaba, vi que sus labios se movían.

Era evidente que trabajaba y se aplicaba.

Pero esta aplicación no duró mucho; pronto levantó los ojos de su libro y sus labios se movieron más despacio, luego se detuvieron por completo.

Ya no leía ni estudiaba.

Sus ojos, que se paseaban de un lado a otro, encontraron los míos.

Con la mano le hice un gesto para indicarle que regresara a su lección.

Me sonrió con dulzura, como para agradecerme mi aviso, y sus ojos se fijaron de nuevo en el libro.

Pero pronto volvieron a levantarse para ir a una y otra orilla del canal.

Como no me estaba mirando, me levanté para llamar su atención y le señalé su libro.

Recomenzó a leer con aire confuso.

Desgraciadamente, dos minutos más tarde, un martín pescador, rápido como una flecha, atravesó el canal a proa del barco, dejando tras de sí un rayo azulado.

Arthur levantó la cabeza para seguirle.

Luego, cuando se desvaneció la visión, me miró.

Entonces, dirigiéndome la palabra, dijo:

–No puedo y, sin embargo, quisiera hacerlo.

Me aproximé.

–Y, sin embargo, esta fábula no es tan difícil –le dije.

–          ¡Oh, sí!, al contrario, es muy difícil.

–Me ha parecido muy fácil; y me parece que la he aprendido mientras su madre la leía.

Me sonrió con aire de duda.

–¿Quiere usted que se la recite?

–No vale la pena, es imposible.

–No, no es imposible; ¿quiere que lo intente?, tome el libro.

Tomó de nuevo el libro y yo comencé a recitar; sólo tuvo que corregirme tres o cuatro veces.

–¡Cómo, se la sabe usted! –gritó.

–No muy bien, pero creo que ahora podría recitarla sin faltas.

–¿Cómo lo ha hecho usted para aprenderla?

–He escuchado a su mamá cuando la leía, pero la he escuchado con atención, sin mirar lo que sucedía a nuestro alrededor.


Se ruborizó y apartó los ojos; luego, tras un corto momento de vergüenza, dijo:

–Ya comprendo de qué modo ha escuchado usted e intentaré hacerlo igual; pero ¿cómo ha conseguido recordar todas esas palabras que se mezclan en mi memoria?

¿Que cómo lo había hecho?, no lo sabía con exactitud, pues no había pensado en ello; sin embargo, intenté explicarle lo que me pedía averiguándolo yo mismo.

–¿De qué trata esta fábula? –dije–. De un cordero. Comienzo, pues, a pensar en corderos. Pienso luego en lo que hacen: 'Unos corderos estaban seguros en su redil'. Veo los corderos tendidos y durmiendo en su redil, puesto que están seguros, y cuando los he visto ya no los olvido.

–Bueno –dijo–, también yo los veo: 'Unos corderos estaban seguros en su redil'. Los hay blancos y negros; veo ovejas y corderillos. Veo incluso el redil, está hecho con una valla.

–Entonces, ¿no los olvidará ya?

–¡Oh, no!

–Por lo general, ¿quién guarda los corderos?

–Unos perros.

–Cuando no están guardando las ovejas, porque ya están seguras, ¿qué hacen los perros?

–No tienen nada que hacer.

–Entonces pueden dormir; digamos, pues: ‘Los perros dormían’.

–Eso es... es muy fácil.

–          ¿Verdad que es muy fácil? Ahora, pensemos en otra cosa. ¿Quién guarda, con los perros, las ovejas?

–Un pastor.

–Si las ovejas están seguras, el pastor no tiene nada que hacer, ¿en qué puede emplear su tiempo?

–En tocarla flauta.

–¿Lo ve usted?

–Sí.

–¿Dónde está?

–A la sombra de un gran olmo.

–¿Está solo?

–No, está con algunos pastores vecinos.

–Entonces, si ve usted las ovejas, el redil, los perros y el pastor, ¿podría repetir ahora, sin faltas, el comienzo de la fábula?

–Creo que sí.

–Inténtelo.

Al oírme hablar así y explicarle qué fácil podría ser aprender una lección que, al comienzo, parecía difícil, Arthur me miró con emoción y con temor, como si no estuviera convencido de la verdad de lo que le decía; sin embargo, tras algunos segundos de duda, se decidió.


–'Unos corderos estaban seguros en su redil, los perros dormían y el pastor, a la sombra de un gran olmo, tocaba la flauta con otros pastores vecinos'.

Entonces, palmoteando, gritó:

–Pero si la sé, no he hecho ninguna falta.

–¿Quiere usted aprender así el resto de la fábula?

–Sí, estoy seguro de que con usted la aprenderé. ¡Ah, qué contenta estará mamá!

Y se puso a estudiar el resto de la fábula, del mismo modo que había aprendido la primera parte.

En menos de un cuarto de hora la supo perfectamente y estaba repitiéndola sin faltas cuando su madre apareció detrás de nosotros.

Al comienzo se enfadó al vernos reunidos, pues creyó que estábamos juntos para jugar, pero Arthur no le dejó decir dos palabras:

–La sé –gritó–, y él me la ha enseñado.

La señora Milligan me miró sorprendida y, seguramente, iba a preguntarme algo cuando Arthur comenzó, sin que ella se lo pidiese, a repetir El Lobo y el corderillo. Lo hizo con aire triunfal y alegre, sin balbuceos ni faltas.

Mientras, yo miraba a la señora Milligan; vi que su hermoso rostro se iluminaba con una sonrisa y me pareció que, luego, sus ojos se humedecían; pero como en aquel instante se inclinó hacia su hijo para besarle con ternura, rodeándole con ambos brazos, no sé si lloraba.

–Las palabras –decía Arthur– son estúpidas, no significan nada; pero las cosas se ven y Remi me ha hecho ver al pastor con su flauta; cuando levantaba los ojos del libro ya no pensaba en lo que me rodeaba, veía la flauta del pastor y escuchaba la melodía que estaba tocando. ¿Quiere usted que se la cante, mamá?

Y cantó en inglés una canción melancólica.

Aquella vez la señora Milligan lloraba y cuando se levantó, vi sus lágrimas en las mejillas de su hijo. Entonces se acercó a mí y, tomándome la mano, me la oprimió tan dulcemente que me sentí conmovido.

–Es usted un buen muchacho –me dijo.

Si he contado tan extensamente este pequeño incidente, es para que comprendáis el cambio que, a partir de aquel día, sufrió mi posición: la víspera me habían acogido porque era un domador de animales y podía divertir, con mis perros y mi mono, a un niño enfermo; pero aquella lección me separó de los perros y del mono, me convertí en un compañero, casi un amigo.

Debo decir también, en seguida, algo que sólo supe más tarde, que la señora Milligan estaba desolada al ver que su hijo no aprendía o no podía aprender nada. Pese a que estuviera enfermo, quería que trabajara y precisamente porque la enfermedad debía ser larga, quería in–


troducir, desde el comienzo, en su espíritu, los hábitos que le permitieran recuperar el tiempo perdido, el día en que llegara la curación.

Hasta entonces no lo había conseguido: si Arthur no era reacio al trabajo, lo era absolutamente a la atención y a la aplicación; tomaba sin resistencia el libro que le ponían entre las manos e incluso abría de buen grado las manos, para cogerlo, pero no abría su espíritu y, mecánicamente, como una máquina, repetía mejor o peor, más bien peor que mejor, las palabras que por fuerza le hacían entrar en la cabeza.

Eso producía una gran pesadumbre en su madre, que se desesperaba.

Y por ello sintió tan gran satisfacción cuando le escuchó recitar una fábula aprendida conmigo en media hora, mientras ella misma no había podido, en varios días, metérsela en la memoria.

Cuando pienso ahora en los días pasados en aquel barco, junto a la señora Milligan y Arthur, me parece que fueron los mejores de mi infancia.

Arthur sentía por mí una ardiente amistad y, por mi lado, yo me permitía, sin reflexionar y bajo la influencia de la simpatía, mirarle como a un hermano: no había discusiones entre nosotros; ni la menor señal en él, de la superioridad que su posición le daba y, en mí, ni la más mínima confusión; ni siquiera tenía conciencia de que algo pudiera confundirme.

Eso se debía, sin duda, a mi edad y a mi ignorancia de las cosas de la vida; pero, con toda seguridad, se debía más todavía a la delicadeza y a la bondad de la señora Milligan que me hablaba a menudo como si fuera su hijo.

Y, además, aquel viaje en barco era para mí una maravilla; ni un instante de aburrimiento o de fatiga; nuestras horas estaban llenas de la mañana a la noche.

Desde que construyeron los ferrocarriles ya no se visita, ni siquiera se conoce, el canal del Midi y, sin embargo, es una de las curiosidades de Francia.

De Villefranche de Lauraguais fuimos a Avignonnet, y de Avignonnet a las piedras de Naurouse, donde se levanta el monumento erigido a la gloria de Riquet, el constructor del canal, en el mismo lugar en donde se encuentra la línea trazada entre los ríos que van a desembocar en el océano y los que descienden hacia el Mediterráneo.

Atravesamos luego Castelnaudary, la ciudad de los molinos, Carcassone, la ciudad medieval, y por la esclusa de Fouserannes, tan curiosa con sus ocho pequeñas esclusas sucesivas, habíamos bajado hacia Beziers.

Cuando el paisaje era interesante, no recorríamos más que algunas leguas en una jornada, cuando, por el contrario, era monótono, íbamos más de prisa.

Era la propia ruta la que decidía nuestro ritmo y nuestra partida.


Ninguna de las preocupaciones comunes a los viajeros nos molestaba; no teníamos que hacer largas etapas para llegar a una posada en la que encontrar comida y cama.

A la hora en punto, nuestra comida era servida en la veranda; y, mientras comíamos, seguíamos el móvil espectáculo de ambas orillas.

Cuando el sol se ponía, nos deteníamos donde nos sorprendieran las sombras; y allí permanecíamos hasta que la luz reapareciera.

Siempre en casa, en nuestra casa, nos conocíamos las ociosas horas de la noche, tan largas y tristes, a menudo, para los viajeros.

Por el contrario, aquellas horas eran con frecuencia muy cortas, y el momento de acostarnos nos sorprendía, casi siempre, cuando nosotros ni siquiera pensábamos en dormir.

Detenido el barco, si hacía fresco nos encerrábamos en el salón y tras haber encendido un pequeño fuego para eliminar la humedad y la niebla, que eran males para el enfermo, traían las lámparas; se instalaba a Arthur ante la mesa; yo me sentaba junto a él y la señora Milligan nos enseñaba libros de imágenes o de vistas fotográficas. Del mismo modo que el barco en donde nos hallábamos había sido construido para tan especial navegación, también las vistas y los libros se habían elegido para aquel viaje. Cuando nuestros ojos comenzaban a cansarse, ella abría uno de aquellos libros y nos leía los párrafos que podían interesarnos y que nosotros podíamos comprender; o, cerrando libros y álbumes, nos contaba las leyendas, los hechos históricos que se relacionaban con las regiones que acabábamos de atravesar. Hablaba con los ojos fijos en los de su hijo, y era conmovedor ver el trabajo que se tomaba para expresar sus ideas empleando sólo las palabras que fueran fácilmente comprensibles.

En cuanto a mí, cuando la noche era hermosa, tenía también un papel activo; tomaba entonces mi arpa y, bajando a tierra, iba a una cierta distancia, me colocaba tras un árbol que me ocultaba en su sombra y, allí, cantaba todas las canciones, tocaba todas las melodías que sabía; a Arthur le gustaba escuchar así la música en la tranquilidad de la noche, sin ver a quien la tocaba; a menudo me gritaba: ‘¡Otra vez!’, y yo repetía la melodía que acababa de tocar.

Era una vida dulce y feliz para un niño que, al dejar la choza de mamá Barberin, había recorrido los caminos reales con el signor Vitalis.

Qué diferencia entre el plato de patatas con sal de mi pobre nodriza y las buenas tartas de fruta, las gelatinas, las cremas, los pasteles de la cocinera de la señora Milligan.

Qué contraste entre las largas caminatas por el barro, bajo la lluvia, o con un sol de hierro en pos de mi dueño, y aquel paseo en barco.

Pero, para ser justo conmigo mismo, debo decir que yo era más sensible aún a la felicidad moral que hallaba en aquella nueva vida que a los placeres materiales que me proporcionaba.

Sí, los pasteles de la señora Milligan eran muy buenos; sí, era muy


agradable no tener ya hambre, calor o frío; pero cuánto más agradables y buenos para mi corazón eran los sentimientos que experimentaba.

Yo había visto romperse o deshacerse por dos veces los vínculos que me ataban a aquellos a quienes amaba: la primera cuando había sido arrancado a mamá Barberin; la segunda, cuando fui separado de Vitalis; así pues, yo me había encontrado, por dos veces, sólo en el mundo, sin apoyo, sin ayuda, sin otro amigo que mis animales.

Y he aquí que, en mi soledad y mi tristeza, había encontrado a alguien que me testimoniaba ternura y a quien podía amar: una mujer, una bella dama, dulce, afable y tierna, un niño de mi edad que me trataba como si yo fuera su hermano.

Cuántas veces al mirar a Arthur tendido sobre su tabla, pálido y doliente, yo envidiaba su felicidad, ¡yo, que estaba lleno de salud y de fuerza!

No era el bienestar que le rodeaba lo que yo envidiaba, no eran sus libros, sus lujosos juguetes, no era su barco, era el amor que su madre le testimoniaba.

Qué feliz debía ser al ser amado así, al ser besado diez, veinte veces por día, y al poder besar con todo su corazón a aquella hermosa dama, su madre, cuya mano apenas me atrevía yo a estrechar cuando me la tendía.

Y, entonces, me decía tristemente que jamás tendría una madre que me besara y a la que yo pudiera besar: tal vez un día pudiera ver, de nuevo, a mamá Barberin, y ello sería una gran alegría, pero ya no podría llamarla como antaño: 'mamá', puesto que no era mi madre.

Solo, siempre estaría solo.

Este pensamiento me hacía gustar, con mayor intensidad, el gozo que experimentaba al sentirme tratado con ternura por la señora Milligan y Arthur.

No debía mostrarme demasiado exigente en lo referente a mi parte de felicidad en este mundo, y puesto que no tendría nunca madre, ni hermanos, ni familia, debía sentirme feliz de tener amigos.

Debía sentirme feliz y, en realidad, lo era plenamente.

Sin embargo, por dulce que me parecieran mis nuevas costumbres, pronto me fue preciso interrumpirlas para regresar a las antiguas.


 

NIÑO ENCONTRADO

El tiempo transcurrió de prisa durante este viaje y se acercaba el momento en que mi dueño saldría de la cárcel.

A medida que nos alejábamos de Toulouse, este pensamiento me había atormentado cada vez más.

Era encantador viajar así, en barco, sin problemas ni preocupaciones; pero sería preciso regresar y hacer a pie el camino que habíamos recorrido sobre el agua.

Aquello iba a ser menos encantador: ni buena cama, ni cremas, ni pasteles, ni veladas alrededor de la mesa.

Y cosa que me trastornaba más aún, tendría que separarme de Arthur y de la señora Milligan; tendría que renunciar a su afecto, perderles como había perdido ya a mamá Barberin. ¿Acaso no podría amar nunca, ni podría ser amado más que para verme separado brutalmente de aquellos junto a quienes quisiera pasar mi vida?

Puedo afirmar que esta preocupación fue la única nube de unos días radiantes.

Por fin, un día me decidí a participárselo a la señora Milligan, preguntándole cuánto tiempo creía que iba a necesitar yo para regresar a Toulouse, pues quería encontrarme ante la puerta de la cárcel cuando mi dueño la franqueara.

Al oírme hablar de partida, Arthur lanzó grandes gritos:

–No quiero que Remi se marche –gritó.

Respondí que mi persona no era libre, que pertenecía a mi dueño, a quien mis padres me habían alquilado, y que debería reemprender mi servicio a su lado el día en que necesitara de mí.

Hablé de mis padres, sin decir que no eran realmente mi padre y mi madre, pues me hubiera sido necesario confesar que yo era, tan sólo, un niño encontrado; y ésta era una vergüenza a la que no quería resignarme, pues había sufrido mucho, desde que tuve conciencia de mis sensaciones, al ver el desprecio con que en nuestro pueblo se miraba siempre a los niños de los hospicios: ¡niño encontrado!; eso me parecía lo más normal del mundo. Mi dueño sabía que yo era un niño encontrado, pero era mi dueño, y yo habría muerto con la boca cerrada antes de confesar, a la señora Milligan y a Arthur, que me habían elevado a su nivel, que yo era un niño encontrado; ¿acaso no me hubieran entonces rechazado y alejado con disgusto de su lado?


–Mamá, hay que retener a Remi –continuó Arthur que, excepto en el trabajo, era el dueño de su madre y hacía de ella lo que quería.

–Me sentiría muy feliz de que Remi se quedara –respondió la señora Milligan–, usted se ha hecho su amigo y yo siento mucho afecto por él; pero para tenerle con nosotros son necesarias dos condiciones que ni usted ni yo podemos decidir. La primera es que Remi quiera quedarse...

–¡Ah! Remi querrá quedarse –interrumpió Arthur–, ¿no es cierto, Remi, que no quiere usted volver a Toulouse?

–La segunda –continuó la señora Milligan sin aguardar ni respuesta–, es que su dueño consienta en renunciar a los derechos que tiene sobre él.

–Remi, primero Remi –interrumpió Arthur prosiguiendo con su idea.

Ciertamente, Vitalis había sido un buen dueño para mí, y yo le agradecía tanto sus cuidados como sus lecciones, pero no había comparación posible entre la existencia que yo había llevado a su lado y la que me ofrecía la señora Milligan; y no había tampoco comparación posible entre el afecto que yo sentía por Vitalis y el que me inspiraban Arthur y la señora Milligan. Cuando pensaba en eso, me decía que no estaba bien preferir esos extranjeros, a quienes conocía desde hacía tan poco tiempo a mi dueño; pero, en fin, así era; amaba tiernamente a la señora Milligan y a Arthur.

–Antes de responder –continuó la señora Milligan–, Remi deberá pensar que no es sólo una vida de placer y paseo lo que le propongo, sino también una vida de trabajo; habrá que estudiar, permanecer inclinado sobre los libros, seguir a Arthur en sus estudios; debe comparar todo esto con la libertad de los caminos.

–No hay comparación posible –dije–, se lo aseguro, señora, sé lo que vale su proposición.

–          ¡Lo ve usted, mamá! –gritó Arthur–. Remi quiere.

Y comenzó a palmotear. Era evidente que yo acababa de sacarle de la inquietud, pues cuando su madre había hablado de trabajo y de libros pude ver cómo su rostro expresaba su ansiedad. ¡Y si yo me negaba!, el temor, para él, que sentía horror por los libros, debió ser muy vivo. Pero, afortunadamente, yo no sentía el mismo temor y los libros en vez de asustarme, me atraían. Cierto es que hacía muy poco tiempo que los tenía entre las manos y los que habían pasado por ellas me había proporcionado más placer que pesadumbre. Por lo tanto, el ofrecimiento de la señora Milligan me hacía muy feliz, y era completamente sincero al darle las gracias por su generosidad. Por lo tanto, no dejaría El Cisne. No debería renunciar a tan dulce existencia, no tendría que separarme de Arthur y de su madre.

–Ahora –prosiguió la señora Milligan– sólo nos queda obtener el consentimiento de su dueño; le escribiré que venga a Cette, para en–


contrarse con nosotros, pues no podemos volver a Toulouse: le enviaré dinero para los gastos de viaje y, tras explicarle las razones que nos impiden tomar el ferrocarril, espero que acudirá a mi cita. Si acepta mis proposiciones, ya sólo quedará ponerse de acuerdo con los padres de Remi; pues también ellos deben ser consultados.

Hasta entonces toda la entrevista había marchado para mía las mil maravillas, como si un hada buena me hubiera tocado con su varita; pero las últimas palabras me devolvieron duramente de la ensoñación en que me hallaba a la triste realidad.

¡Consultar a mis padres!

Con toda seguridad ellos dirían lo que yo deseaba que permaneciera oculto. Se descubriría la verdad. ¡Niño encontrado!

Entonces ni Arthur ni la señora Milligan querrían nada de mí; entonces la amistad que me testimoniaban se vería aniquilada; incluso mi recuerdo les sería penoso; Arthur habría jugado con un niño encontrado, le habría convertido en su compañero, su amigo, casi su hermano.

Quedé aterrado.

La señora Milligan me miró con sorpresa y quiso hacerme hablar, pero no me atreví a responder a sus preguntas; creyendo entonces, sin duda, que el pensamiento de la próxima llegada de mi dueño me turbaba, no insistió.

Por fortuna, eso ocurría por la noche, poco antes de la hora de acostarnos; y pronto pude escapar a las curiosas miradas de Arthur e ir a encerrarme en mi cabina con mis temores y mis reflexiones.

Aquélla fue mi primera mala noche a bordo de El Cisne, pero fue terriblemente mala, larga y enfebrecida.

¿Qué hacer? ¿Qué decir?

No encontraba nada.

Y         tras haber dado cien veces la vuelta a las mismas ideas, tras haber adoptado las más contradictorias resoluciones, decidí por fin no hacer ni decir nada. Dejaría que las cosas siguieran su curso y me resignaría, si no podía evitarlo, a lo que sucediera.

Tal vez Vitalis no quisiera renunciar a mí, entonces, la verdad no tendría por qué ser conocida.

Y         era tal mi terror a esta verdad, que yo creía tan horrible, que terminé por desear que Vitalis no aceptara la proposición de la señora Milligan.

Sería sin duda preciso alejarme de Arthur y de su madre, renunciar para siempre a verles de nuevo; pero, por lo menos, no conservarían de mí un mal recuerdo.

Tres días después de haber escrito a mi dueño, la señora Milligan recibió la respuesta. En algunas líneas Vitalis decía que tenía el honor de aceptar la cita de la señora Milligan y que llegaría a Cette el sábado siguiente en el tren de las dos.


Pedí a la señora Milligan permiso para ir a la estación y, tomando conmigo a los perros y a Corazón-Hermoso, aguardamos la llegada de nuestro dueño.

Los perros se hallaban inquietos, como si sospecharan algo, Corazón-Hermoso estaba indiferente y yo terriblemente conmovido. Iba a decidirse mi vida. ¡Ah!, si me hubiera atrevido, hubiese pedido a Vitalis que no les dijera que yo era un niño encontrado.

Pero no me atrevía y me parecía que aquellas dos palabras: 'niño encontrado', jamás podrían salir de mi garganta.

Me había colocado en un rincón del andén de la estación, manteniendo atados a mis tres perros y llevando a Corazón-Hermoso bajo mi chaqueta, y aguardaba sin ver casi lo que ocurría a mi alrededor.

Fueron los perros quienes me avisaron de que el tren había llegado y habían olfateado a nuestro dueño. De pronto, me sentí arrastrado y, como no estaba atento, los perros se me escaparon. Corrían ladrando alegremente y les vi, casi en seguida, saltando alrededor de Vitalis que, con su vestido habitual, acababa de aparecer. Más rápido aunque menos ágil que sus camaradas, Capi se había lanzado a los brazos de su dueño mientras Zerbino y Dolce se agarraban a sus piernas.

Me adelanté a mi vez y Vitalis, poniendo a Capi en el suelo, me estrechó entre sus brazos: me besó por primera vez mientras repetía varias veces:

–Buon di, povero caro!

Mi dueño jamás había sido duro conmigo, pero tampoco había sido tierno, y yo no estaba acostumbrado a aquellas efusiones; eso me enterneció y las lágrimas acudieron a mis ojos, pues me hallaba en una situación en la que el corazón se conmueve pronto.

Le miré y advertí que había envejecido en la cárcel; su cuerpo se había inclinado; su rostro había palidecido y sus labios habían perdido el color.

–          ¡Bueno! ¿Me encuentras cambiado, no es cierto, hijo mío? –me dijo–; la cárcel es una mala residencia y el aburrimiento una mala enfermedad; pero todo irá mejor ahora.

Luego, cambiando de tema, me preguntó:

–          ¿Y dónde conociste a esa dama que me ha escrito?

Le conté entonces cómo había encontrado El Cisne y cómo, desde aquel momento, había vivido junto a la señora Milligan y su hijo, lo que habíamos visto y lo que habíamos hecho.

Mi relato fue tanto más largo cuanto que yo tenía miedo de llegar al final y abordar el tema que me asustaba; pues, ahora, jamás podría decir a mi dueño que deseaba abandonarle para permanecer con la señora Milligan y Arthur.

Pero no tuve que confesárselo, pues llegamos al hotel en donde se alojaba la señora Milligan, antes de que mi relato hubiera terminado.


Por otra parte, Vitalis no me dijo nada de la carta de la señora Milligan y no me habló de las proposiciones que ella debía haberle hecho.

–¿Y esa dama me espera? –dijo cuando entramos en el hotel.

–Sí, le conduciré a sus apartamentos.

–Es inútil, dime el número y quédate aquí esperándome con los perros y Corazón-Hermoso.

Cuando mi dueño hablaba yo no acostumbraba replicarle o a discutir, quise, sin embargo, arriesgarme a hacerle una observación, para pedirle que me dejara acompañarle junto a la señora Milligan, lo que me parecía tan natural como justo; pero me cerró la boca con un gesto y obedecí, quedándome en la puerta del hotel, en un banco, con los perros a mi alrededor. También ellos habían querido seguirle, pero no habían podido negarse a obedecer la orden de no entrar, como no pude negarme yo mismo; Vitalis sabía mandar.

¿Por qué no quiso que asistiera a su entrevista con la señora Milligan? Eso era lo que me preguntaba yo, dando mil vueltas a la cuestión. No había hallado todavía la respuesta cuando le vi regresar.

–Ve a despedirte de la dama –me dijo–, te espero aquí; nos iremos dentro de diez minutos.

Quedé anonadado.

–          ¡Bueno! –dijo tras algunos minutos de espera–, ¿no me has comprendido?; pareces estúpido. ¡Date prisa!

Vitalis no acostumbraba hablarme con dureza y jamás me había tratado así desde que yo estaba con él.

Me levanté maquinalmente para obedecer sin comprenderle.

Pero tras haber dado algunos pasos para subir a los apartamentos de la señora Milligan, pregunté:

–          ¿Ha dicho usted pues...?

–Le he dicho que me eras útil y que yo te era útil; en consecuencia, no estoy dispuesto a ceder los derechos que tengo sobre ti; ve y vuelve pronto.

Aquello me devolvió algo de valor, pues me hallaba tan absolutamente poseído por mi pensamiento fijo de niño encontrado que imaginé que, si era preciso partir al cabo de diez minutos era porque mi dueño había dicho todo lo que sabía de mi nacimiento.

Al entrar en el apartamento de la señora Milligan, encontré a Arthur llorando a lágrima viva y a su madre inclinada sobre él para consolarle.

–¿Verdad, Remi, que no va a marcharse usted? –gritó Arthur.

La señora Milligan respondió por mí, explicándole que yo debía obedecer.

–Le he pedido a su dueño que le permitiera quedarse con nosotros –me dijo con una voz que llevó lágrimas a mis ojos–; pero no quiere permitirlo y nada ha podido convencerle.

–          ¡Es un hombre malo! –grito Arthur.


–No, no es un mal hombre –prosiguió la señora Milligan–, usted le es útil y, además, creo que siente por usted un verdadero afecto. Además, sus palabras son las de un hombre honesto y las de alguien superior a su condición. Para explicarme su negativa, me ha dicho: 'Amo a este niño y él me ama: el rudo aprendizaje de la vida que está haciendo a mi lado le será más útil que el estado de disfrazada servidumbre en el que le harían ustedes vivir aun sin desearlo. Usted le daría instrucción, educación, es cierto; formaría usted su espíritu, pero no su carácter. No puede ser su hijo; será el mío; siempre será mejor que convertirse en el juguete de su hijo enfermo, por dulce y amable que el niño parezca. También yo le instruiré'.

–          ¡Pero no es el padre de Remi! –exclamó Arthur.

–No es su padre, es cierto, pero es su dueño; y Remi le pertenece porque sus padres se lo alquilaron. Por el momento es preciso que Remi obedezca.

–No quiero que Remi se vaya.

–Pero, sin embargo, tiene que seguir a su dueño; espero que no por mucho tiempo. Escribiremos a sus padres y me entenderé con ellos.

            –¡Oh, no! –grité.

            –¿Cómo, no?

            –¡Oh, no, por favor!

            –Pero no hay otro modo hijo mío.           

            –Se lo ruego, no.

Ciertamente, si la señora Milligan no hubiera hablado de mis padres, yo hubiera necesitado mucho más que los diez minutos concedidos por mi dueño para despedirme.

–Es en Chavanos, ¿no es cierto? –continuó la señora Milligan.

Sin responderle, me acerqué a Arthur y, tomándole en mis brazos, le besé varias veces, poniendo en aquellos besos toda la fraterna amistad que sentía por él. Luego, liberándome de su débil abrazo y volviéndome hacia la señora Milligan, me arrodillé ante ella y le besé la mano.

–          ¡Pobre niño! –dijo inclinándose sobre mí.

Y         me besó en la frente.

Entonces, me levanté rápidamente y corrí hacia la puerta.

            –¡Arthur, siempre le querré! –dije con voz entrecortada por los sollozos–, y a usted, señora, no la olvidaré nunca.

            –¡Remi, Remi! –gritó Arthur.

Pero no oí nada más; había salido y cerrado la puerta.

Un minuto después me hallaba junto a mi dueño.

–          ¡En marcha! –me dijo.

Y         salimos de Cette por el camino de Frontignan.

Así fue como dejé a mi primer amigo y me lancé a aventuras que hubiera podido ahorrarme si, víctima de un prejuicio odioso, no me hubiese enloquecido un temor estúpido.


 

NIEVE Y LOBOS

Fue preciso caminar de nuevo, pisándole los talones a mi dueño y, con la correa del arpa magullándome el hombro, andar por los caminos bajo el sol y la lluvia, con polvo o barro.

Tuve que hacer de bestia en las plazas públicas y reír o llorar para divertir al distinguido público.

La transición fue ruda, pues uno se acostumbra rápidamente a la felicidad.

Sufrí ascos, problemas y cansancios que jamás había conocido antes de haber vivido durante dos meses la feliz vida de los afortunados de este mundo.

Más de una vez, durante nuestras largas caminatas, me quedé atrás para pensar con libertad en Arthur, en la señora Milligan y en El Cisne, y para vivir con el recuerdo un regreso al pasado.

¡Ah, qué hermosos tiempos! Y cuando, por la noche, acostado en la sala de una posada pueblerina, pensaba en mi cabina de El Cisne, ¡qué rugosas me parecían las sábanas de mi cama!

Nunca volvería a jugar con Arthur, nunca volvería a escuchar la acariciadora voz de la señora Milligan.

Afortunadamente, en mi pesadumbre, que era viva y persistente, yo tenía un consuelo: mi dueño era mucho más dulce –incluso mucho más tierno, si la palabra pudiera aplicarse a Vitalis– de lo que nunca había sido.

En este aspecto, su carácter había sufrido un gran cambio o, al menos, lo habían sufrido sus modales para conmigo, y eso me animaba, eso me impedía llorar cuando el recuerdo de Arthur me oprimía el pecho. Sabía que no estaba solo en el mundo y que en mi dueño yo tenía algo más que un dueño.

Incluso a menudo, si me hubiese atrevido, le habría besado, tanto necesitaba exteriorizar los sentimientos de afecto que me llenaban; pero no me atrevía, porque Vitalis no era un hombre con el que se pudiera tener familiaridades.

Al comienzo, durante los primeros tiempos, fue el temor lo que me mantuvo a distancia; ahora era algo vago que se parecía a un sentimiento de respeto.

Al salir de mi pueblo, Vitalis no era para mí más que un hombre como los demás, pues por aquel entonces yo era incapaz de distinguir;


pero los días vividos junto a la señora Vitalis me habían abierto los ojos y la inteligencia; y, cosa rara, me parecía, cuando miraba con atención a mi dueño, encontraba en él, en su porte, en su aspecto, en sus modales, puntos de semejanza con el porte, el aspecto, los modales de la señora Milligan.

Me decía entonces que aquello era imposible, porque mi dueño era sólo un amaestrador de animales, mientras que la señora Milligan era una dama.

Pero lo que la reflexión decía no acallaba lo que me repetían mis ojos; cuando Vitalis quería, era un caballero como la señora Milligan era una dama; la única diferencia estribaba en que la señora Milligan era siempre una dama, mientras que mi dueño sólo era caballero en ciertas circunstancias; pero entonces lo era de modo tan absoluto que se hubiera impuesto tanto a los más osados como a los más insolentes.

Pero como yo no era osado ni insolente, sufría aquella influencia y no me atreví a abandonarme a mis expansiones ni siquiera cuando él mismo las provocaba con algunas palabras amables.

Tras haber salido de Cette, permanecimos varios días sin hablar de la señora Milligan y de mi estancia en El Cisne, pero poco a poco el tema fue presentándose en nuestras conversaciones, siendo mi dueño quien lo sacaba siempre a relucir, y no transcurrió demasiado tiempo sin que el nombre de la señora Milligan fuera pronunciado.

–¿Querías mucho a aquella dama? –me dijo Vitalis–; sí, lo comprendo; fue buena contigo, muy buena; tienes que pensar en ella con agradecimiento.

Luego, a menudo, añadía:

– ¡Fue preciso!

Al principio no comprendí bien; pero poco a poco acabé por decirme que había sido preciso rechazar la proposición de la señora Milligan de conservarme a su lado.

Sin duda eso era lo que mi dueño pensaba cuando decía: 'Fue preciso'; y me pareció que en aquellas palabras se ocultaba cierta pesadumbre; él habría querido dejarme junto a Arthur, pero había sido imposible.

Y, en mi corazón, yo le agradecía esa pesadumbre, aunque no pudiese adivinar en absoluto por qué no había sido posible aceptar las proposiciones de la señora Milligan, las explicaciones que ella me había dado no me parecieron muy comprensibles.

–Tal vez ahora las aceptara.

Y aquello despertaba en mí grandes esperanzas.

–¿Por qué no podíamos encontrarnos con El Cisne?

Tenía que remontar el Ródano y nosotros, por nuestra parte, marchábamos a orillas de aquel río.

De modo que, mientras andaba, mis ojos se dirigían más veces al


agua que a las colinas y las fértiles llanuras que la flanquean por ambos lados.

Cuando llegábamos a una ciudad, Arles, Tarascón, Avignon, Monté-limart, Valence, Tournon, Vienne, mi primera visita era a los muelles y los puentes: buscaba El Cisne, y cuando a lo lejos percibía un barco oculto a medias por las confusas brumas, aguardaba a que creciera para ver si era El Cisne.

Pero no lo era.

A veces me atrevía incluso a preguntar a los marineros, describiéndoles el barco que buscaba; no lo habían visto pasar.

Ahora que mi dueño estaba decidido a cederme a la señora Milligan, o al menos así lo creía yo, ya no temía que se hablara de mi nacimiento o que escribieran a mamá Barberin; el asunto lo llevarían mi dueño y la señora Milligan; en mi sueño infantil yo veía las cosas así: la señora Milligan deseaba tenerme a su lado, mi dueño aceptaba renunciara sus derechos sobre mí, todo estaba claro.

Permanecimos varias semanas en Lyon y pasé todo mi tiempo libre en los muelles del Ródano y el Saona; conozco los puentes de Ainay, de Tilsitt, de la Guillotiére o del Hôtel-Dieu, tanto como un lionés de nacimiento.

Pero por más que busqué, no encontré El Cisne.

Tuvimos que salir de Lyon y dirigirnos a Dijon; entonces comenzó a abandonarme la esperanza de volver a ver a la señora Milligan y a Arthur; en Lyon había estudiado todos los mapas de Francia que se hallaban en los estantes de los libreros y sabía que el canal del Centro, que El Cisne iba a tomar para llegar al Loira, se separa del Saona en Châlon.

Llegamos a Châlon y nos marchamos sin haber visto El Cisne; debía, pues, renunciar a mi sueño.

Y como para acrecentar mi desesperación, que era ya bastante grande, el tiempo se hizo horrible; la estación se hallaba ya avanzada, el invierno se acercaba, y las caminatas bajo la lluvia y sobre el barro se hacían cada vez más penosas. Cuando por la noche llegábamos a una mala posada o a un granero, agotados por el cansancio, mojados hasta los huesos, mugrientos de pies a cabeza, no me acostaba con alegres pensamientos.

Cuando, tras dejar Dijon, atravesamos las colinas de la Côte-d'Or, se apoderó de nosotros un frío húmedo que nos helaba los huesos y Corazón-Hermoso se volvió más triste y malhumorado que yo.

Mi dueño quería llegar lo antes posible a París, pues sólo en París tendríamos la oportunidad de dar algunas representaciones durante el invierno; pero, bien porque el estado de la bolsa no permitía tomar el ferrocarril, bien por cualquier otra razón, debíamos hacer a pie el camino que separa Dijon de París.

Cuando el tiempo nos lo permitía, dábamos cortas representaciones


en las ciudades y los pueblos que cruzábamos, luego, tras haber recogido una magra colecta, volvíamos a ponernos en camino.

Hasta Châtillon, las cosas fueron más o menos bien, aunque sufriéramos siempre a causa del frío y la humedad; pero tras dejar esta ciudad, la lluvia cesó y el viento comenzó a soplar del norte.

Al comienzo no nos quejamos, aunque no es agradable tener de cara el viento del norte; en definitiva, era preferible aquel beso, por áspero que fuese, que la humedad en la que nos pudríamos desde hacía varias semanas.

Pero el viento no siguió siendo seco; el cielo se cubrió de grandes nubes negras, el sol desapareció y todo anunciaba que pronto tendríamos nieve.

Pudimos, sin embargo, llegar a un gran pueblo sin que la nieve nos alcanzara; pero la intención de mi dueño era llegar a Troyes lo más rápidamente posible, porque Troyes es una ciudad en la que podríamos dar algunas representaciones, si el mal tiempo nos obligaba a permanecer allí.

–Acuéstate pronto –me dijo cuando estuvimos en la posada–; mañana partiremos de madrugada, temo que nos alcance la nieve.

Pero él no se acostó en seguida, permaneció junto al hogar de la cocina para calentar a Corazón-Hermoso que había tenido mucho frío durante el día y no había cesado de gemir, pese a que hubiéramos tomado la precaución de envolverle en mantas.

A la mañana siguiente me levanté muy pronto como me había ordenado; no había amanecido todavía, el cielo era oscuro y bajo, sin una sola estrella; parecía que una gran tapadera sombría se aproximara a la tierra dispuesta a aplastarla. Cuando la puerta se abría, un viento áspero se introducía en la chimenea avivando los tizones que, la víspera, habían quedado cubiertos de ceniza.

–En su lugar –dijo el posadero dirigiéndose a mi dueño–, yo no saldría; va a nevar.

–Tengo prisa –respondió Vitalis–, y espero llegar a Troyes antes que la nieve.

–Treinta kilómetros no se hacen en una hora.

Sin embargo, partimos.

Vitalis metía a Corazón-Hermoso apretado bajo su chaqueta para comunicarte algo de su propio calor; y los perros, contentos con aquel tiempo seco, corrían delante de nosotros; mi dueño me había comprado en Dijon una piel de cordero que tenía la lana por dentro, me la puse y el viento que nos azotaba el rostro me la pegó al cuerpo.

No era agradable abrir la boca: uno y otro caminábamos en silencio, apresurando el paso, tanto para darnos prisa como para calentarnos.

Aunque había llegado ya la hora en la que debía levantarse el día, el cielo no se aclaraba.

Por fin, hacia oriente, una franja blancuzca abrió las tinieblas, pero


el sol no apareció: ya no era de noche, pero hubiera sido una gran exageración decir que era de día.

Sin embargo, en la campiña, los objetos se habían hecho distinguibles; la lívida claridad que rozaba la tierra, brotando de levante como de una inmensa claraboya, nos mostraba árboles desnudos de sus hojas, y en algunos lugares se veían matorrales cuyas hojas secas, adheridas todavía, dejaban oír, a impulsos del viento que los sacudía y retorcía, un rumor seco.

Nadie en el camino, nadie en los campos, ni el menor ruido de coches, ni un latigazo; los únicos seres vivientes eran los pájaros, que se oían pero no se veían, pues se mantenían abrigados bajo las hojas; sólo algunas urracas saltaban en el camino, con la cola levantada, el pico al aire, emprendiendo el vuelo cuando nos acercábamos para posarse en la copa de un árbol, de donde nos perseguían con sus graznidos que parecían insultos o advertencias de mal augurio.

De pronto, hacia el norte, en el cielo, apareció un punto pálido; creció con rapidez acercándose a nosotros y escuchamos un extraño murmullo de gritos, discordantes; eran ocas o cisnes silvestres que emigraban del norte al Midi; pasaron por encima de nuestras cabezas y estaban ya lejos cuando se veían revolotear todavía algunos plumones cuya blancura destacaba contra el cielo negro.

La región en donde nos encontrábamos era de una tristeza lúgubre que el silencio aumentaba aún más; tan lejos como alcanzaba la vista en aquel sombrío día, se veían sólo campos desnudos, áridas colinas y bosques desecados.

El viento seguía soplando del norte con una ligera tendencia, sin embargo, a virar al oeste; desde ese lado del horizonte se acercaban unas nubes cobrizas, pesadas y bajas, que parecían gravitar sobre la copa de los árboles.

Pronto pasaron ante nuestros ojos algunos copos de nieve, grandes como mariposas; subían, bajaban, se arremolinaban sin llegar al suelo.

No habíamos hecho todavía mucho camino y me pareció imposible llegar a Troyes, antes que la nieve; pero, por lo demás, eso me inquietaba poco e, incluso, me decía que la nieve al caer detendría el viento del norte y apaciguaría el frío.

Pero yo no sabía lo que era una tempestad de nieve.

No tardé en aprenderlo, y de modo que jamás olvidé la lección.

Las nubes que venían del nordeste se habían aproximado y una especie de claridad iluminaba el cielo en aquella dirección; sus flancos se habían entreabierto, era la nieve.

Ya no fueron mariposas que revoloteaban ante nosotros, fue un diluvio de nieve que nos envolvió.

–Estaba escrito que no llegaríamos a Troyes –dijo Vitalis–; hay que ponernos a cubierto en la primera casa que encontremos.

Aquellas palabras no podían serme más agradables; pero ¿dónde


encontrar una casa hospitalaria? Antes de que la nieve nos envolviera con su blanca oscuridad, yo había examinado la región hasta donde podía alcanzar mi vista y no había visto casa alguna ni nada que anunciara la proximidad de un pueblo. Al contrario, estábamos a punto de entrar en un bosque cuyas sombrías profundidades se confundían con el infinito, tanto al frente como a ambos lados, en las colinas que nos rodeaban.

No había, pues, que contar demasiado con la existencia de esa casa; pero tal vez la nieve no siguiera cayendo.

Siguió cayendo y en mayor cantidad.

En pocos instantes había cubierto el camino y todo lo que en él se hallaba: montones de piedras, hierbas de las hondonadas, matorrales de los fosos, porque, empujada por el viento que no había amainado, corría a ras de suelo para amontonarse contra lo que le cortaba el paso.

Lo molesto para nosotros era contarnos entre el número de esos obstáculos; cuando nos golpeaba, resbalaba sobre las superficies curvas, pero cuando hallaba una rendija se colaba como si fuera polvo y no tardaba en fundirse.

Yo la sentía bajar por mi cuello en forma de agua helada y mi dueño, que había levantado su piel de cordero para dejar respirar a Corazón-Hermoso, no debía hallarse mejor protegido.

Avanzábamos lentamente, a duras penas, cegados, mojados, helados y aunque hacía ya tiempo que nos encontrábamos en pleno bosque, aquello no nos protegía en modo alguno, pues el camino se hallaba expuesto al viento.

Por fortuna, aquel viento que soplaba tormentosamente, amainó poco a poco, pero entonces aumentó la nieve y en vez de caer como polvo, lo hizo en grandes copos compactos.

En pocos minutos el camino se vio cubierto por una espesa capa de nieve sobre la que andábamos sin ruido.

De vez en cuando veía a mi dueño mirar a su izquierda, como si buscara alguna cosa, pero sólo se veía un gran claro en el que se había llevado a cabo una tala la primavera anterior y en donde los jóvenes vástagos de flexibles tallos se curvaban bajo el peso de la nieve.

¿Qué esperaba encontrar allí?

Por mi parte, miraba hacia adelante, al camino, tan lejos como podía, intentando averiguar si el bosque terminaría pronto y veríamos por fin una casa.

Pero querer atravesar aquel diluvio blanco era una locura; a pocos metros, los objetos desaparecían y sólo se veían caer los copos, cada vez más densos, que nos envolvían en las mallas de una inmensa red.

La situación no era alegre, pues jamás he visto caer la nieve, incluso cuando me hallo tras los cristales de una habitación bien caldeada, sin experimentar una sensación de indefinible tristeza y, ahora, me decía que la habitación caldeada debía hallarse muy lejos todavía.


Sin embargo, era preciso caminar sin desanimarse, porque nuestros pies se hundían cada vez más y el peso que se acumulaba en nuestros sombreros era cada vez mayor.

De pronto, vi a Vitalis extender su mano hacia la izquierda, como para llamar mi atención. Miré y me pareció percibir, confusamente, en el claro, una cabaña de ramas.

No pedí explicaciones, comprendiendo que mi dueño no me había señalado la cabaña para que admirase el efecto que producía en el paisaje; teníamos que hallar el camino que conducía a ella.

Era difícil, pues la nieve era ya lo bastante espesa como para borrar cualquier rastro de camino o sendero; sin embargo, a un extremo del claro, en el lugar en donde recomenzaba el bosque de grandes árboles, me pareció que la cuneta del camino que seguíamos desaparecía: sin duda allí desembocaba el sendero que conducía a la cabaña.

El razonamiento era exacto; y no tardamos en llegar.

Estaba hecha de haces de leña, encima de los cuales se habían dispuesto unas ramas para formar el techo; y aquel techo era lo bastante denso como para que la nieve no lo hubiera atravesado en absoluto.

Era un refugio tan bueno como una casa.

Con más prisa o más ágiles que nosotros, los perros habían entrado primero en la cabaña y se revolcaban por el suelo seco, en el polvo, lanzando ladridos de júbilo.

Nuestra satisfacción no era menor que la suya, pero nosotros la manifestamos de modo distinto a revolearnos en el polvo; lo que, sin embargo, no hubiera sido una mala idea para secarnos.

–Sospechaba –dijo Vitalis–, que en este claro reciente debía haber, en alguna parte, una cabaña de leñador; ahora la nieve puede caer tanto como quiera.

– ¡Sí, que caiga! –respondí desafiante.

Y fui a la puerta o, más exactamente, a la abertura de la cabaña, pues no tenía ni puerta ni ventana, para sacudir mi chaqueta y mi sombrero y, de este modo, no mojar el interior de nuestro albergue.

La estancia era muy simple, tanto en su construcción como en su mobiliario, que consistía en un banco hecho de tierra y en algunas grandes piedras que servían para sentarse. Pero lo más precioso para nosotros en las circunstancias en que nos hallábamos eran cinco o seis ladrillos puestos de canto en un rincón y formando un hogar.

¡Fuego!, podíamos encender fuego.

Cierto es que un hogar no basta para encender fuego, se necesita también madera que echar al hogar.

Pero en una casa como la nuestra, la madera no era difícil de encontrar, sólo teníamos que tomarla de las paredes y del techo, es decir, coger algunas ramas de los haces, procurando sólo tomarlas de distintos lugares para no comprometer la solidez de nuestra casa.


Pronto estuvo hecho, y una llama clara no tardó en brillar, crepitando alegremente en nuestro hogar.

Ciertamente, no ardía sin humo y éste, al carecer de chimenea, llenaba la cabaña; pero sólo nos importaba la llama, queríamos calor.

Mientras tendido en el suelo yo soplaba sobre el fuego, los perros se habían sentado alrededor del hogar y, gravemente, sobre sus cuartos traseros, con el cuello estirado, ofrecían su mojado y helado vientre al calor de la llama.

Pronto Corazón-Hermoso apartó la chaqueta de su dueño y, sacando prudentemente al exterior punta de su nariz, miró dónde se encontraba; tranquilizado por su examen, saltó rápidamente a tierra y, tomando el mejor lugar delante del fuego, presentó a la llama sus dos manitas temblorosas.

Nuestro dueño era hombre prevenido y experimentado: por la mañana, antes de que yo me hubiese levantado, había adquirido las provisiones para el camino: una hogaza de pan y un pequeño pedazo de queso; no era el momento de mostrarse exigente o difícil; así que, cuando vimos aparecer la hogaza, hubo entre nosotros un vivo movimiento de satisfacción.

Por desgracia las porciones no fueron muy grandes, y en lo que a mí respecta mi esperanza se vio desagradablemente engañada; en vez de la hogaza entera, mi dueño sólo nos dio la mitad.

–No conozco el camino –dijo respondiendo a la pregunta de mis ojos–, y no sé si de aquí a Troyes hallaremos una posada donde comer. Además, tampoco conozco este bosque. Sé sólo que esta región es muy boscosa y que las inmensas florestas se siguen casi sin separación: los bosques de Chaource, de Ramilly, de Othe, de Aumont. Tal vez nos hallemos a varias leguas de un lugar habitado. Tal vez permanezcamos también mucho tiempo bloqueados en esta cabaña. Hay que guardar provisiones para la cena.

Esas eran razones que yo podía comprender, pero no impresionaron a los perros que, viendo que la hogaza de pan era devuelta a la bolsa cuando apenas si habían comido, tendieron la pata a su dueño, arañaron sus rodillas y se entregaron a una expresiva pantomima para hacerle abrir la bolsa a la que dirigían sus ojos suplicantes.

Los ruegos y las caricias fueron inútiles, la bolsa no se abrió.

Sin embargo, por frugal que hubiera sido, aquella comida nos había reconfortado; estábamos al abrigo, el fuego nos llenaba de un suave calor; podíamos esperar que cesara de nevar.

Permanecer en aquella cabaña no era algo que pudiese asustarme, tanto menos cuanto yo no admitía que fuéramos a permanecer en ella, bloqueados, mucho tiempo, como había dicho Vitalis para justificar su ahorro; la nieve no caería siempre.

Ciertamente, nada anunciaba que fuera a dejar pronto de caer.

Por la abertura de nuestra cabaña veíamos caer, rápidos y compac–


tos, los copos, y como ya no soplaba el viento, caían rectos, unos sobre otros, sin interrupción.

No se veía el cielo y la claridad, en vez de provenir de arriba, subía de abajo, de la deslumbrante capa que cubría la tierra.

Los perros habían decidido ya qué hacer en aquella forzada pausa e, instalándose los tres ante el fuego, uno tendido sobre el flanco, otro encogido como una bola, Capi con la nariz en las cenizas, dormían.

Estuve tentado de hacer como ellos; me había levantado muy pronto y me sería más agradable viajar por el país de los sueños en El Cisne, tal vez que mirar la nieve.

No sé cuánto tiempo dormí; cuando desperté había dejado de navegar, miré al exterior; la capa que se había acumulado ante nuestra cabaña había aumentado considerablemente; si nos poníamos de nuevo en camino, me llegaría hasta más arriba de las rodillas.

¿Qué hora era?

No podía preguntárselo a mi dueño, pues en los últimos meses, las mediocres colectas no habían permitido recuperar el dinero que la cárcel y el proceso le habían costado, de modo que en Dijon, para comprar mi piel de cordero y otros objetos, tuvo que vender su reloj, el gran reloj de plata en el que yo había visto a Capi leer la hora, cuando Vitalis me había admitido en su compañía.

El día tendría que decirme lo que yo no podía preguntar ya a nuestro buen y gran reloj.

Pero, en el exterior, nada podía responderme; abajo, en el suelo, una línea deslumbradora; arriba y en el aire, una sombría niebla; en el cielo, una claridad confusa con ligeras pinceladas, aquí y allá, de un amarillo sucio.

Nada de todo ello indicaba qué hora era.

Tampoco los oídos me dijeron más que los ojos; se había hecho un absoluto silencio que no era turbado por el grito de un pájaro, ni por un latigazo, ni por el ruido de un coche; jamás una noche había sido más silenciosa que aquel día.

Reinaba a nuestro alrededor una completa inmovilidad; la nieve había detenido cualquier movimiento, lo había petrificado todo; sólo de vez en cuando, tras un mínimo ruido ahogado, apenas perceptible, se veía una rama de abeto balanceándose pesadamente; inclinándose poco a poco hacia el suelo, bajo el peso que soportaba, cuando la inclinación fue excesiva, la nieve se había deslizado hasta el suelo; entonces, la rama se había levantado de nuevo con brusquedad y su follaje, de un verde negruzco, rompía el sudario blanco que envolvía a los árboles de la cima a la base, de modo que, cuando se miraba de lejos, se creía ver un agujero negro abriéndose, de vez en cuando, en aquel sudario.

Mientras permanecía en el umbral de la puerta, maravillado por el espectáculo, escuché a mi dueño que me preguntaba:

– ¿Tienes ganas de ponerte de nuevo en marcha?


–No lo sé; no tengo ganas de nada; haré lo que usted quiera que hagamos.

–Pues bien, creo que debemos permanecer aquí; por lo menos tenemos refugio y fuego.

Pensé que no teníamos mucho pan, pero me guardé para mí la reflexión.

–Creo que pronto volverá a nevar –prosiguió Vitalis–, no debemos exponernos a ponernos en camino sin saber a qué distancia estamos de alguna casa; la noche no será agradable en medio de tanta nieve; es mejor pasarla aquí; por lo menos tendremos los pies secos.

Dejando al margen la cuestión de la comida, nada de aquella decisión podía desagradarme; y, además, si nos poníamos en marcha en seguida no era seguro, ni mucho menos, que pudiéramos encontrar una posada para cenar antes de que llegara la noche; era, en cambio, demasiado evidente que hallaríamos en el camino una capa de nieve que, no habiendo sido todavía pisoteada, haría muy penosa la marcha.

Tendríamos que apretarnos el cinturón en nuestra cabaña, eso era todo.

Eso fue lo que sucedió cuando, para cenar, Vitalis repartió entre nosotros seis lo que quedaba de la hogaza.

¡Ay!, quedaba muy poco y ese poco fue pronto devorado, pese a que lo comimos a pedacitos muy pequeños, para prolongar la cena.

Cuando nuestro pobre condumio, mísero y corto, hubo terminado, creí que que los perros recomenzarían su actitud anterior, pues era evidente que tenían todavía mucha hambre. Pero no fue así y advertí, una vez más, qué despierta era su inteligencia.

Cuando nuestro dueño se hubo metido la navaja en el bolsillo de su pantalón, lo que indicaba que el festín había terminado. Capi se levantó y tras haber hecho una señal con la cabeza a sus dos compañeros, fue a olfatear la bolsa en la que llevábamos habitualmente la comida. Al mismo tiempo, depositó suavemente la pata sobre la bolsa para palparla. Este doble examen le convenció de que no había nada para comer. Regresó entonces a su lugar ante el fuego y, tras hacer una nueva señal de cabeza a Dolce y a Zerbino, se tendió cuan largo era con un suspiro de resignación.

–No queda nada; es inútil pedir.

Lo expresó tan claramente como si hubiera hablado.

Sus camaradas, comprendiendo aquel lenguaje, se tendieron como él ante el fuego, suspirando del mismo modo, pero el suspiro de Zerbino no fue resignado, pues, a su gran apetito, Zerbino unía la gula y aquel sacrificio era, para él, más penoso que para los demás.

Hacía tiempo, ya que había comenzado a nevar de nuevo y la nieve seguía cayendo con la misma persistencia: hora tras hora podía verse crecer el tapiz que formaba sobre el suelo, cubriendo los jóvenes vásta–


gos, de los que sólo la parte superior del tallo emergía todavía de la marea blanca que pronto los engulliría.

Pero cuando nuestra cena terminó sólo se veía ya confusamente lo que ocurría en el exterior de la cabaña, pues en aquella sombría jornada la oscuridad llegó pronto.

La noche no detuvo la caída de la nieve que continuó descendiendo, del negro cielo a la tierra luminosa, en grandes copos.

Puesto que debíamos dormir allí, lo mejor sería acostarnos lo antes posible; hice, pues, como los perros y, tras haberme arropado en mi piel de oveja que, expuesta a la llama, se había secado durante el día, me tendí junto al fuego, con la cabeza en una piedra plana que me sirvió de almohada.

–Duerme –me dijo Vitalis–, te despertaré cuando quiera dormir a mi vez, puesto que, si bien no debemos temer nada de las bestias o de los hombres en esta cabaña, uno de nosotros debe velar para mantener el fuego; tenemos que tomar precauciones contra el frío que, si deja de nevar, puede ser muy intenso.

No me hice repetir la invitación y me dormí.

Cuando mi dueño me despertó, la noche debía estar ya avanzada; al menos eso creí yo; no nevaba y nuestro fuego seguía ardiendo.

–Ahora te toca a ti –me dijo Vitalis–, sólo tienes que echar de vez en cuando leña en el hogar; ya ves que he cogido una buena provisión.

En efecto, un montón de haces estaba situado al alcance de la mano. Mi dueño, que tenía el sueño mucho más ligero que yo, no había querido que le despertara cuando cogiera pedazos de leña de nuestra pared cada vez que la necesitara, y me había preparado aquel montón del que yo podría coger la leña sin hacer ruido.

Era indudablemente una prudente precaución, pero, por desgracia, no tuvo las consecuencias que Vitalis esperaba.

Viéndome despierto y listo para tomar mi turno, se tendió a su vez ante el fuego, con Corazón-Hermoso junto a él, envuelto en una manta y pronto su respiración, más fuerte y regular, me advirtió que acababa de dormirse.

Me levanté entonces suavemente, de puntillas, y fui hasta la puerta para ver qué ocurría en el exterior.

La nieve lo había cubierto todo, hierbas, matorrales, vástagos, árboles; tan lejos como alcanzaba la vista todo era una capa, desigual, pero uniformemente blanca; el cielo estaba sembrado de titilantes estrellas, pero por fuerte que fuera su claridad, la luz pálida que iluminaba el paisaje surgía de la nieve. El frío se había reavivado y, fuera, debía estar helando, pues el aire que penetraba en nuestra cabaña era glacial. En el lúgubre silencio de la noche se escuchaban a veces crujidos que indicaban que la superficie nevada estaba helándose.

Ciertamente, habíamos sido muy afortunados encontrando la caba–


ña; ¿qué hubiera sido de nosotros en pleno bosque, bajo la nieve y el frío?

A pesar del poco ruido que yo había hecho al caminar, desperté a los perros y Zerbino se levantó para venir conmigo hasta la puerta. Como no miraba con mis mismos ojos los esplendores de aquella noche, se aburrió pronto y quiso salir.

Con la mano le ordené que entrara; ¡qué idea salir con ese frío!; ¿no estaría mejor permaneciendo junto al fuego que saliendo a vagabundear? Obedeció, pero quedó con el hocico vuelto hacia la puerta, como un perro obstinado que no abandona su idea.

Seguí mirando la nieve durante algunos instantes, pues, pese a que el espectáculo me llenaba el corazón de una indefinible tristeza, experimentaba una especie de placer al contemplarlo: me producía deseos de llorar y, aunque me hubiera sido fácil no seguir viéndolo, puesto que bastaba con cerrar los ojos o volver a mi lugar, no me moví.

Por fin me acerqué al fuego y, tras haber echado en él cuatro o cinco pedazos de madera cruzados unos sobre otros, creí que podía sentarme sin peligro en la piedra que me había servido de almohada.

Mi dueño dormía tranquilamente; los perros y Corazón-Hermoso dormían también y en el avivado hogar se levantaban hermosas llamas que subían en torbellinos hasta el techo, arrojando chisporroteos que turbaban el profundo silencio.

Durante bastante tiempo me divertí mirando las chispas, pero poco a poco el cansancio se apoderó de mí y me adormecí sin darme cuenta.

Si hubiera tenido que encargarme de la leña, me hubiera levantado y al andar alrededor de la cabaña, me hubiese mantenido despierto; pero al permanecer sentado, sin tener que hacer otro movimiento que extender la mano para arrojar las ramas al fuego, me abandoné a la somnolencia que se apoderaba de mí y creyendo estar seguro de mantenerme despierto, volví a dormirme.

De pronto, un furioso ladrido me despertó sobresaltándome.

Era de noche; sin duda había dormido mucho tiempo y el fuego se había apagado o, al menos, no brillaban ya en él las llamas que iluminaban la cabaña.

Los ladridos continuaban: era la voz de Capi; pero, cosa rara, ni Zerbino ni Dolce respondían a su camarada.

–Bueno, ¿qué pasa? –gritó Vitalis despertando también–, ¿qué sucede?

–No lo sé.

–Te has dormido y el fuego se ha apagado.

Capi se había abalanzado hacia la puerta, aunque sin salir y desde allí ladraba.

Yo me hacía también la pregunta que mi dueño me había dirigido: ¿qué sucede?

Dos o tres aullidos quejumbrosos, en los que reconocí la voz de Dol–


ce, respondieron a los ladridos de Capi. Los aullidos procedían de la parte posterior de nuestra cabaña y se oían a poca distancia.

Fui a salir; mi dueño me detuvo poniéndome la mano en el hombro.

–Pon primero leña en el fuego –me ordenó.

Mientras obedecía, tomó del hogar un tizón sobre el que sopló para avivar su extremo carbonizado.

Luego, en vez de arrojar nuevamente el tizón al fuego cuando estuvo al rojo lo conservó en la mano.

–Vamos a ver –dijo–, y anda tras de mí; ¡adelante, Capi!

Cuando íbamos a salir, un formidable aullido rompió el silencio y Capi, aterrorizado, se arrojó entre nuestras piernas.

–Lobos; ¿dónde están Zerbino y Dolce?

Yo no podía responder a eso. Sin duda ambos perros habían salido mientras dormía; Zerbino para realizar el capricho que había manifestado y que yo había impedido, Dolce siguiendo a su compañero.

¿Se los habrían llevado los lobos? Me pareció que el acento de mi dueño, al preguntar dónde estaban, revelaba ese temor.

–Toma un tizón –me dijo–, y vamos a socorrerles.

En el pueblo, yo había oído contar terribles historias acerca de los lobos; sin embargo, no dudé; me armé de un tizón y seguí a mi dueño.

Pero cuando estuvimos en el claro, no divisamos ni perros ni lobos.

Sólo vimos, en la nieve, las profundas huellas de ambos canes.

Seguimos aquellas huellas, daban la vuelta a la cabaña; luego, a cierta distancia se veía un espacio cuya nieve había sido removida como si los animales se hubieran revolcado en ella.

–Busca, busca, Capi –decía mi dueño y, al mismo tiempo, silbaba para llamar a Zerbino y Dolce.

Pero ningún ladrido le respondía, ningún ruido turbaba el lúgubre silencio del bosque y Capi, en vez de buscar como se le ordenaba, permanecía entre nuestras piernas, dando signos manifiestos de inquietud y de espanto, él que por lo general era tan obediente como valeroso.

La reverberación de la nieve no daba claridad suficiente para ver en la oscuridad y seguir las huellas; a corta distancia, los ojos deslumbrados se perdían en las confusas sombras.

Vitalis silbó de nuevo y llamó con voz fuerte a Zerbino y Dolce.

Escuchamos; el silencio continuó; mi corazón estaba oprimido.

–¡Pobre Zerbino, pobre Dolce!

Vitalis precisó mis temores.

–Los lobos se los han llevado –dijo–; ¿por qué los has dejado salir?

¡Ah, sí!, ¡por qué!; no podía contestar a esa pregunta.

–Hay que buscarles –dije.

Me adelanté; pero Vitalis me detuvo.

–¿Y dónde quieres buscarlos? –dijo.

–No lo sé, por todas partes.


– ¿Cómo orientarnos en la oscuridad y con esta nieve?

En efecto, la nieve nos llegaba a media pierna y nuestros dos tizones no podían iluminar las tinieblas.

–Si no han respondido a mi llamada, es que están... muy lejos –dijo–; y además, no debemos exponernos a que los lobos nos ataquen; no tenemos nada para defendernos.

Era terrible abandonar así a los dos pobres perros, aquellos dos compañeros, aquellos dos amigos, particularmente para mí, que me sentía responsable de su falta; si no me hubiera dormido, no habrían salido.

Mi dueño se había dirigido a la cabaña y yo le había seguido, mirando tras de mí a cada paso y deteniéndome para escuchar; pero no vi más que la nieve, no escuché más que los crujidos de la nieve.

En la cabaña nos esperaba una nueva sorpresa; en nuestra ausencia se habían encendido las ramas que yo había amontonado sobre el fuego; llameaban ahora, llevando su fulgor a los más sombríos rincones.

No vi a Corazón-Hermoso.

Su manta se hallaba junto al fuego, pero vacía; el mono no estaba debajo.

Le llamé; Vitalis le llamó también; no apareció.

Vitalis me dijo que, al despertar, le había notado junto a él, por lo tanto había desaparecido después de que nosotros saliéramos.

Tomamos un puñado de ramas encendidas y volvimos a salir, inclinados, con las ramas rozando la nieve, buscando las huellas de Corazón-Hermoso.

No le encontramos; cierto es que el paso de los perros y nuestras pisadas habían mezclado los rastros, pero, sin embargo, no lo bastante para que no pudieran reconocerse los pies del mono.

Entramos de nuevo en la cabaña para ver si se había acurrucado en algún haz de leña.

Nuestra búsqueda fue muy larga; revisamos diez veces los mismos lugares, los mismos rincones; subí en los hombros de Vitalis para explorar las ramas que formaban nuestro techo; todo fue inútil.

De vez en cuando nos deteníamos para llamarle; nada, siempre nada.

Vitalis parecía exasperado mientras yo me hallaba sinceramente desolado.

Cuando pregunté a mi dueño si creía que los lobos podían habérselo llevado también, me dijo:

–No, los lobos no se hubieran atrevido a entrar en la cabaña; creo que habrán saltado sobre Zerbino y Dolce que estaban fuera, pero no han penetrado aquí; probablemente Corazón-Hermoso, asustado, se habrá ocultado en algún sitio mientras estábamos fuera; y eso es lo que me hace estar inquieto por él, ya que con este tiempo abominable va a coger frío y el frío sería para él mortal.

 


–Entonces sigamos buscando.

Emprendimos de nuevo nuestra búsqueda, pero no tuvimos más éxito que la primera vez.

–Hay que esperar a que se haga de día –dijo Vitalis.

–¿Y cuándo amanecerá?

–Dentro de dos o tres horas, creo.

Se sentó ante el fuego con la cabeza entre las manos.

No me atreví a molestarle. Permanecí inmóvil junto a él, moviéndome sólo para arrojar ramas al fuego; de vez en cuando se levantaba para ir hasta la puerta, miraba al cielo y se asomaba para escuchar; luego, volvía a su lugar.

Me parece que yo hubiera preferido que me riñera a verle así, abatido y melancólico.

Las tres horas que había dicho transcurrieron con exasperante lentitud; parecía que la noche no iba a terminar nunca.

Sin embargo, las estrellas palidecieron y el cielo se blanqueó; era el alba, pronto sería de día.

Pero con el naciente día el frío aumentó el aire que penetraba por la puerta era helado.

Si encontrábamos a Corazón-Hermoso, ¿estaría vivo todavía?

¿Qué razonables esperanzas de encontrarle podíamos albergar?

¿Quién podía saber si el día no iba a traer de nuevo nieve?

No la trajo; el cielo en vez de cubrirse como la víspera, se llenó de un fulgor rosado que presagiaba el buen tiempo.

En cuanto la fría claridad de la mañana devolvió a los árboles y matorrales sus formas verdaderas, salimos. Vitalis se había armado de un fuerte bastón y yo había tomado también uno.

Capi no parecía ya dominado por el terror que le había paralizado durante la noche; con los ojos fijos en los de su dueño, sólo esperaba una señal para lanzarse hacia adelante.

Mientras buscábamos en tierra las huellas de Corazón-Hermoso, Capi levantó la cabeza y se puso a ladrar alegremente; aquello significaba que debíamos buscar en el aire y no en la tierra.

En efecto, vimos que la nieve que cubría nuestra cabaña había sido hollada hasta una gran rama colocada en el techo.

Seguimos con los ojos a aquella rama que pertenecía a una encina, y en la copa del árbol acurrucada en la horquilla que formaban dos ramas, divisamos una pequeña forma de color oscuro.

Era Corazón-Hermoso; asustado por los aullidos de los perros y los lobos, se había lanzado al techo de nuestra cabaña, mientras estábamos fuera, y de allí había trepado a lo alto de la encina en donde sintiéndose seguro, había permanecido acurrucado, sin responder a nuestras llamadas.

La pobre bestezuela, tan friolera, debía de estar helada.


Mi dueño la llamó dulcemente, pero no se movió más que si estuviera muerta.

Durante varios minutos, Vitalis repitió sus llamadas: Corazón-Hermoso no dio señales de vida.

Yo tenía que remediar mi negligencia nocturna.

–Si quiere –dije– voy a buscarlo.

–Te romperás la cabeza.

–No hay peligro.

Aquello no era cierto; muy al contrario, había peligro y, sobre todo, era difícil; el árbol era grueso y, además, estaba cubierto de nieve en las partes de su tronco y sus ramas expuestas al viento.

Yo había aprendido muy pronto a trepar a los árboles y adquirí en este arte una notable habilidad. A lo largo del tronco crecían algunas pequeñas ramas; me sirvieron de traviesas y, pese a que la nieve me cegara, pues mis manos la hacían caer en mis ojos, pronto llegué a la primera bifurcación de ramas. Una vez allí, la ascensión fue fácil; sólo tuve que procurar no resbalar en la nieve.

Mientras subía, hablé suavemente a Corazón-Hermoso que no se movía, pero que me miraba con sus ojos brillantes.

Iba a alcanzarle ya y alargaba la mano para tomarle, cuando dio un salto y se lanzó hacia otra rama.

Le seguí también, pero los hombres, lamentablemente, al igual que los chiquillos, son mucho más torpes que los monos moviéndose en los árboles.

Es, pues, probable que jamás hubiese podido alcanzar a Corazón-Hermoso si la nieve no hubiera cubierto las ramas; pero como la nieve le humedecía manos y pies, se cansó pronto. Entonces, descendiendo de rama en rama, subió de un salto a los hombros de su dueño y se ocultó bajo su chaqueta.

Haber encontrado a Corazón-Hermoso era mucho, pero no lo era todo; ahora teníamos que buscar a los perros.

En pocos pasos llegamos al lugar en donde nos habíamos detenido la noche anterior.

Ahora, de día, nos fue fácil adivinar lo que había ocurrido: la nieve guardaba impresa en sus oquedades la historia de la muerte de los perros.

Al salir de la cabaña, uno detrás del otro, habían caminado a lo largo de los haces de leña y, durante una veintena de metros, pudimos seguir perfectamente sus huellas, luego éstas desaparecían, se veían entonces otros rastros; por un lado los que indicaban cómo, en grandes saltos, los lobos habían llevado, tras haberles atacado; ya no había huellas de perros salvo un rastro rojizo que, a veces, ensangrentaba la nieve.

Ya no teníamos motivos para proseguir nuestras pesquisas; los dos pobres perros habían sido degollados y arrastrados para ser devorados cómodamente en algún breñal espinoso.


Además, teníamos que ocuparnos urgentemente de Corazón-Hermoso.

Regresamos a la cabaña y mientras Vitalis le calentaba al fuego pies y manos, como se hace con los niños pequeños, yo caldeaba su manta y, luego, le envolvimos en ella.

Pero no era sólo una manta lo que necesitábamos, sino una buena cama cálida y una bebida caliente, y no teníamos ninguna de las dos cosas; podíamos estar satisfechos de tener fuego.

Mi dueño y yo nos mantuvimos también, junto al hogar, sin decir nada, y permanecimos allí, inmóviles, mirando arder el fuego.

– ¡Pobre Zerbino, pobre Dolce, pobres amigos!

Ambos, cada uno por su parte, murmurábamos estas palabras o, al menos, las llevábamos en el corazón.

Habían sido nuestros camaradas, nuestros compañeros en la buena y la mala fortuna y, para mí, en mis días de angustia y soledad, unos amigos, casi mis hijos.

No podía absolverme; si hubiera permanecido alerta como debía, si no me hubiera dormido, no habrían salido y los lobos no se hubieran atrevido a atacarnos en nuestra cabaña, se habrían mantenido a distancia, asustados por nuestro fuego.

Deseaba que Vitalis me riñera.

Pero no decía nada, ni siquiera me miraba; permaneció con la cabeza inclinada sobre el hogar, pensando sin duda en lo que, sin los perros, iba a ser de nosotros.


 

EL SEÑOR CORAZÓN-HERMOSO

Los pronósticos del amanecer se habían cumplido; el sol brillaba en un cielo sin nubes y sus pálidos rayos se reflejaban en la nieve inmaculada; el bosque, triste y lívido la víspera, resplandecía ahora con un brillo que deslumbraba los ojos.

De vez en cuando, Vitalis pasaba su mano bajo la manta para tocar a Corazón-Hermoso; pero éste no entraba en calor y, cuando me inclinaba hacia él, le oía temblar.

Pronto fue evidente que no podríamos recalentar así su sangre helada en las venas.

–Hay que llegar a un pueblo –dijo Vitalis, levantándose– o Corazón-Hermoso morirá aquí. Vámonos.

Calentada la manta, envolvimos en ella a Corazón-Hermoso y mi dueño lo colocó bajo su chaqueta, contra su pecho.

Estábamos listos.

–Esta posada –dijo Vitalis– nos ha hecho pagar muy cara la hospitalidad que nos ha vendido.

Y, al decirlo, su voz tembló.

Salió primero y yo le seguí los pasos.

Fue preciso llamar a Capi, que se había quedado en el umbral de la cabaña, con el hocico vuelto hacia el lugar en donde sus camaradas habían sido sorprendidos.

Diez minutos después de haber llegado al camino real, nos cruzamos con un vehículo cuyo carretero nos dijo que antes de una hora encontraríamos un pueblo.

Eso puso alas en nuestros pies y, sin embargo, caminar era tan difícil como penoso con aquella nieve en la que yo me hundía hasta medio pecho.

De vez en cuando preguntaba a Vitalis cómo se encontraba Corazón-Hermoso y él me respondía que le sentía aún temblando sobre su pecho.

Por fin, al final de una pendiente, divisamos los techos de un gran pueblo; un esfuerzo más y habríamos llegado.

No teníamos la costumbre de albergarnos en las mejores posadas que, por su rica apariencia, prometían buena cama y buena mesa; al contrario, por lo general nos deteníamos a la entrada de los pueblos o en los arrabales, eligiendo alguna pobre casa de la que no nos echarían y en la que no vaciarían nuestra bolsa.


Pero aquella vez no fuera sí; en lugar de detenerse a la entrada del pueblo, Vitalis continuó hasta una posada frente a la que se balanceaba una hermosa enseña dorada; por la puerta de la cocina, abierta de par en par, se veía una mesa cargada de comida y, en unos grandes fogones, varias cacerolas de cobre rojizo cantaban alegremente, lanzando al techo pequeñas nubes de vapor; desde la calle se respiraba el aroma de la sustanciosa sopa que cosquilleó agradablemente nuestros hambrientos estómagos.

Mi dueño, adoptando sus aires 'de caballero', entró en la cocina y, con el sombrero en la cabeza, el cuello echado hacia atrás, pidió al posadero una buena habitación con hogar.

Al principio, el posadero, que era un personaje de gran prestancia, no se dignó mirarnos, pero los aires de mi dueño le impresionaron, y una criada recibió la orden de acompañarnos.

–Rápido, acuéstate –me dijo Vitalis mientras la sirvienta encendía el fuego.

Aquello me dejó atónito por unos momentos: ¿por qué acostarme?, prefería sentarme a la mesa que meterme en la cama.

– ¡Vamos, de prisa! –repitió Vitalis.

Obedecí.

Había en la cama un edredón que Vitalis subió hasta mi barbilla.

–Intenta calentarte, cuanto más calor tengas, mejor será.

Me parecía que Corazón-Hermoso necesitaba el calor mucho más que yo, pues yo no tenía frío alguno.

Mientras permanecía inmóvil bajo el edredón, intentando tener calor, Vitalis daba una y mil vueltas ante el fuego al pobre Corazón-Hermoso, con gran asombro de la criada, como si quisiera asarle.

–¿Tienes calor? –me preguntó unos instantes después.

–Me estoy ahogando.

–Eso es bueno.

Y viniendo rápidamente hacia mí, puso a Corazón-Hermoso en mi cama, recomendándome que lo mantuviera bien apretado contra mi pecho.

La pobre bestezuela, que por lo general se mostraba muy reacia cuando se le imponía algo que le desagradaba, parecía resignarse a todo.

Se mantenía pegada a mí, sin hacer un solo movimiento; ya no tenía frío, su cuerpo ardía.

Mi dueño había bajado a la cocina; pronto regresó trayendo una taza de vino caliente y azucarado.

Quiso que Corazón-Hermoso bebiera algunas cucharadas, pero éste no pudo despegar sus dientes.

Con sus ojos brillantes nos miraba tristemente, como rogándonos que no le atormentáramos.


Al mismo tiempo, sacando de la cama uno de sus brazos, lo tendía hacia nosotros.

Me pregunté qué significaría aquel gesto que repetía una y otra vez; Vitalis me lo explicó.

Antes de que yo me incorporara a la compañía, Corazón-Hermoso había sufrido una pulmonía y le habían sangrado en el brazo; en aquellos momentos, sintiéndose de nuevo enfermo, nos tendía el brazo para que le volviéramos a sangrar y le curásemos como se había curado la primera vez.

Era conmovedor.

Pero Vitalis, además de conmovido, se sentía inquieto.

Era evidente que el pobre Corazón-Hermoso estaba enfermo y debía estarlo mucho, incluso para rechazar el vino azucarado que tanto le gustaba.

–Bébete el vino –dijo Vitalis– y quédate en la cama, yo voy a buscar un médico.

Debo confesar que también a mí me gustaba el vino azucarado y, además, tenía mucha hambre; por lo tanto, no me hice repetir la orden y, tras haber vaciado la taza, me acosté de nuevo bajo el edredón en donde, gracias al calor del vino, estuve a punto de ahogarme.

Nuestro dueño no estuvo fuera mucho tiempo; pronto regresó acompañado por un caballero que llevaba anteojos dorados; era el médico.

Temiendo que el poderoso personaje no quisiera molestarse por un mono, Vitalis no le había dicho qué enfermo le necesitaba; de modo que, al verme en la cama, rojo como una peonía a punto de abrirse, el médico vino hacia mí y, poniéndome la mano en la frente, dijo:

–Congestión.

Y agitó la cabeza con un aire que no auguraba nada bueno.

Era tiempo ya de desengañarle o, de lo contrario, tal vez llegara a sangrarme.

–Yo no estoy enfermo –dije.

–¿Cómo que no estás enfermo? Este niño delira.

Sin responder, levanté un poco las mantas y le mostré a Corazón-Hermoso que había pasado su bracito por mi cuello, diciendo:

–El enfermo es él.

El médico dio dos pasos atrás, volviéndose hacia Vitalis y gritó:

–¡Un mono! ¡Me ha sacado usted de casa, con semejante tiempo, por un mono!

Nuestro dueño era un hombre habilidoso que no perdía con facilidad la cabeza. Cortésmente y con sus mejores modales, detuvo al médico. Luego, le explicó la situación: cómo nos habíamos visto sorprendidos por la nieve y cómo, por miedo a los lobos, Corazón-Hermoso se había refugiado en lo alto de una encina en donde había pasado mucho frío.


–Sin duda el enfermo es sólo un mono, ¡pero qué mono tan inteligente! Y, además, es un compañero, un amigo para todos nosotros. ¿Cómo podía confiar tan notable comediante a los cuidados de un simple veterinario? Todo el mundo sabe que los veterinarios de pueblo son unos borricos. Mientras que todo el mundo sabe también que los médicos, a distintos grados, son todos hombres de ciencia, tanto que podemos estar seguros de hallar, en el más humilde villorrio, el saber y la generosidad, si llamamos a la puerta de un médico. En fin, pese a que, según los naturalistas, el mono no es más que un animal, se asemeja tanto al hombre que sus enfermedades son las nuestras. ¿No sería interesante, para la ciencia y el arte, estudiar en qué se parecen y en qué se diferencian estas enfermedades?

Los italianos son hábiles aduladores; el médico abandonó pronto la puerta para acercarse a la cama.

Mientras nuestro dueño hablaba, Corazón-Hermoso, que sin duda había adivinado que aquel personaje de gafas era un médico, había sacado diez veces su bracito ofreciéndolo a la sangría.

–Ve usted como este mono es inteligente, sabe que es usted médico y le tiende el brazo para que le tome el pulso.

Eso acabó de decidir al médico.

–En realidad, este caso puede ser curioso.

Era, ¡ay!, muy triste e inquietante para nosotros; el pobre Corazón-Hermoso estaba amenazado de pulmonía.

Aquel bracito, que tan a menudo había tendido, fue tomado por el médico y la lanceta se hundió en su vena, sin que él lanzara el menor gemido.

Sabía que aquello iba a curarle.

Luego, tras la sangría, vinieron los sinapismos, los cataplasmas, las pociones, las tisanas.

Naturalmente, yo no me quedé en la cama; me convertí en enfermera bajo la dirección de Vitalis.

Al pobrecillo Corazón-Hermoso le gustaban mis cuidados y me los agradecía con una sonrisa dulce; su mirada se había hecho verdaderamente humana.

El, que antaño era tan vivo, tan petulante, tan desobediente, siempre dispuesto a hacernos alguna jugarreta, era ahora de una tranquilidad y docilidad ejemplares.

Parecía necesitar que les testimoniasen amistad, solicitando incluso la de Capi que tantas veces había sido su víctima.

Como un niño mimado, quería tenernos a su alrededor y cuando uno de nosotros salía, se enfadaba.

Su enfermedad seguía el curso de todas las pulmonías, es decir que pronto se le había declarado una tos que le fatigaba mucho a causa de las sacudidas que imprimía a su pobre cuerpecito.

Yo tenía cinco sueldos por toda fortuna y los empleé comprando


azúcar cande para Corazón-Hermoso; pero agravé su mal en vez de aliviarlo.

Con la atención que ponía en todas las cosas, no tardó en comprobar que yo le daba un pedacito de azúcar cada vez que tosía.

Se apresuró, entonces, a aprovechar su descubrimiento y se puso a toser continuamente para recibir con frecuencia la medicina que tanto le gustaba; de modo que el remedio, en vez de curarle, le puso más enfermo.

Cuando me di cuenta de su estratagema, suprimí naturalmente, el azúcar cande, pero no se desanimó: me imploraba con sus ojos suplicantes; luego, cuando comprobó que sus súplicas eran inútiles, se sentaba en la cama y, curvado, con una mano en el vientre, tosía con todas sus fuerzas, su rostro se congestionaba, las venas de su frente se dilataban, las lágrimas brotaban de sus ojos y terminaba por ahogarse, ya no fingidamente sino de verdad.

Mi dueño jamás me habló de sus asuntos, sólo incidentalmente había descubierto yo que tuvo que vender su reloj para comprarme la piel de cordero, pero en las difíciles circunstancias que atravesábamos creyó su deber apartarse de aquella regla.

Una mañana, después de comer, mientras yo me quedaba junto a Corazón-Hermoso al que jamás dejábamos solo, me dijo que el posadero había exigido el pago de lo que debíamos de modo que, tras haberle pagado, sólo le quedaban cincuenta sueldos.

Sólo veía un medio de salir del embrollo, dar una representación aquella misma tarde.

Una representación sin Zerbino, sin Dolce, sin Corazón-Hermoso, ¡parecía imposible!

Pero no estábamos en condiciones de detenernos, desanimados, ante una imposibilidad; era preciso, costara lo que costase, cuidar a Corazón-Hermoso y salvarle; el médico, las medicinas, el fuego, la habitación, nos obligaban a conseguir inmediatamente una recaudación de, por lo menos, cuarenta francos para pagar al posadero que nos daría de nuevo crédito.

Cuarenta francos en aquel pueblo, con aquel frío y con nuestros recursos, ¡qué hazaña!

Mientras cuidaba a nuestro enfermo, Vitalis halló una sala de espectáculos cerca del mercado, pues una representación al aire libre era imposible a causa del frío que hacía; compuso y colocó los carteles; arregló la escena con algunas tablas y, valientemente, gastó sus cincuenta sueldos comprando algunas velas que cortó por la mitad para doblar la iluminación.

Por la ventana de la habitación, yo le veía ir y volver sobre la nieve, pasar y repasar ante nuestra posada y, no sin angustia, me preguntaba cuál sería el programa de aquella representación.

Pronto lo supe, pues el pregonero del pueblo, cubierto con un que–


pis rojo, se detuvo ante la posada y, tras un magnífico redoble de tambor, dio lectura al programa.

Fácilmente podrá imaginarse de qué se trataba cuando se sepa que Vitalis había prodigado las más extravagantes promesas; se hablaba de 'un artista célebre en el mundo entero' –era Capi– y de 'un joven cantor verdaderamente prodigioso' –el prodigio era yo.

Pero la parte más interesante de aquella charlatanería era la que decía que no se fijaba el precio de la localidad y que se confiaba en la generosidad de los espectadores que sólo pagarían tras haber visto, oído y aplaudido.

Aquello me pareció muy atrevido; ¿nos aplaudirían? Realmente Capi merecía ser célebre. Pero yo no tenía la menor convicción de ser un prodigio.

Al escuchar el tambor, Capi había ladrado alegremente y Corazón-Hermoso se había levantado a medias aunque, en aquel momento, se encontraba muy mal; ambos, según creo, habían adivinado que se trataba de nuestra representación.

Aquella idea, que había acudido a mi espíritu, pronto me fue confirmada por la pantomima de Corazón-Hermoso: quiso levantarse y tuve que retenerle por la fuerza; entonces me pidió su uniforme de general inglés, la guerrera y los pantalones con galones dorados, su bicornio emplumado.

Unía sus manos, se ponía de rodillas para suplicar mejor.

Cuando vio que no podía obtener nada de mí por medio de ruegos, probó la cólera y, por fin, las lágrimas.

Ciertamente nos sería muy penoso convencerle de que debía renunciar a su idea de representar aquella noche, su papel y pensé que, en aquellas circunstancias, lo mejor sería salir sin que lo advirtiera.

Cuando Vitalis, que ignoraba lo que había ocurrido en su ausencia, regresó, sus primeras palabras fueron para decirme que preparara el arpa y todos los accesorios necesarios para nuestra representación.

Al oír estas palabras que tan bien conocía, Corazón-Hermoso inició de nuevo sus súplicas, dirigiéndolas esta vez a su dueño; si hubiera podido hablar no hubiese podido expresar mejor sus deseos, por medio del lenguaje articulado, que haciéndolo con los distintos sonidos que emitía, con las contracciones de su rostro y la mímica de todo su cuerpo; auténticas lágrimas mojaban sus mejillas y llenaba las manos de Vitalis de auténticos besos.

–¿Quieres actuar? –dijo éste.

–Sí, sí –gritó toda la persona de Corazón-Hermoso.

–Pero si estás enfermo, pobre Corazón-Hermoso.

– ¡No enfermo ya! –gritó no menos expresivamente.

Era en verdad conmovedor ver el ardor que aquel pobre enfermito ponía en sus súplicas, y las caras y poses que tomaba para decidirnos;


pero concederle lo que pedía hubiera sido condenarle a una muerte cierta.

Llegó la hora de ir al teatro; puse en el fuego de la chimenea gruesos troncos para que duraran mucho tiempo; envolví bien en su manta al pobrecillo Corazón-Hermoso, que derramaba ardientes lágrimas y me besaba tanto como podía, luego partimos.

Mientras andábamos sobre la nieve, mi dueño me explicó lo que esperaba de mí.

No podíamos representar una de nuestras obras ordinarias, ya que nos faltaban nuestros principales actores; Capi y yo tendríamos que poner todo nuestro entusiasmo y talento. Se trataba de conseguir una recaudación de cuarenta francos.

¡Cuarenta francos! Ahí estaba lo terrible.

Vitalis lo había preparado todo, sólo faltaba encender las velas; pero éste era un lujo que no podíamos permitirnos hasta que la sala estuviera casi llena, pues era preciso que nuestra iluminación durara toda la representación.

Mientras tomábamos posesión de nuestro teatro, el pregonero recorría por última vez las calles del pueblo y escuchamos los redobles de su tambor acercándose o alejándose, según las calles por las que pasaba.

Tras haber terminado de arreglar a Capi y de arreglarme yo mismo, fui a colocarme tras un pilar para ver la llegada del público.

Pronto los redobles de tambor se acercaron y escuché en la calle un vago rumor.

Era producido por la voz de una veintena de chiquillos que seguían al pregonero marcando el paso.

Sin dejar de tocar, el pregonero fue a colocarse entre dos lámparas, encendidas a la entrada de nuestro teatro, y el público sólo tuvo ya que ocupar su lugar aguardando a que comenzara el espectáculo.

¡Ah!, cuánto tardaba en venir y, sin embargo, en la puerta, el pregonero continuaba con alegre energía sus rampataplam; creo que toda la chiquillería del pueblo se había ya instalado; pero los chiquillos no iban a proporcionarnos una recaudación de cuarenta francos; necesitábamos gente importante, con la bolsa bien repleta y la mano presta a abrirse. Mi dueño decidió, por fin, que debíamos empezar aunque la sala no estuviera llena ni mucho menos; pero no podíamos esperar más, pues nos veíamos acuciados por la terrible cuestión de las velas.

Yo fui el primero que apareció en escena y, acompañándome con mi arpa, canté dos cancioncillas. Para ser sincero, debo decir que recibí muy escasos aplausos.

Jamás he tenido un excesivo orgullo de comediante, pero en aquella ocasión la frialdad del público me dejó desolado. Ciertamente si yo no les gustaba, no abrirían su bolsa. Yo no cantaba por la gloria, cantaba por el pobre Corazón-Hermoso. ¡Ah!, cómo me hubiera gustado emocionar a aquel público, entusiasmarlo, hacerle perder la cabeza;


pero por lo que estaba viendo, me parecía que yo interesaba muy poco en aquel teatro lleno de sombras extrañas y que el público no me consideraba un prodigio.

Capi tuvo más suerte; le aplaudieron varias veces con entusiasmo.

La representación continuó; gracias a Capi concluyó entre bravos y no sólo le aplaudieron con las manos sino también con los pies.

Había llegado el momento decisivo. Mientras que, en el escenario, acompañado por Vitalis, yo bailaba un paso español, Capi, con la escudilla en la boca, recorrió las hileras del público.

¿Conseguiría los cuarenta francos?, ésta era la pregunta que oprimía mi corazón mientras sonreía al público con la más agradable de mis expresiones.

Estaba casi sin aliento y seguía bailando, pues sólo debía detenerme cuando Capi hubiera vuelto; éste no se apresuraba y, cuando no echaban nada, daba con la pata golpecitos en los bolsillos que no querían abrirse.

Le vi, por fin, aparecer e iba a detenerme cuando Vitalis me indicó por signos que prosiguiera.

Continué y, acercándome a Capi, vi que la escudilla no estaba llena, faltaba mucho.

En aquel momento Vitalis, que también había estimado la recaudación, se levantó.

–Creo poder decir, sin vanagloria, que hemos llevado a cabo nuestro programa; sin embargo, puesto que nuestras velas arden aún, voy a cantar algo, si el respetable público lo desea; luego Capi hará una nueva ronda y las personas que no hayan encontrado la abertura en su bolsillo, en la primera, serán tal vez entonces rápidas y hábiles; se lo advierto para que se preparen de antemano.

Pese a que Vitalis había sido mi profesor, no le había oído cantar realmente nunca o, al menos, tal como cantó aquella noche.

Eligió dos melodías conocidas de todo el mundo, pero que entonces yo no había escuchado todavía, la romanza de Joseph: 'salido apenas de la infancia', y la de Ricardo Corazón de León: ' ¡Oh, Ricardo, oh rey mío!'.

En aquella época no me hallaba yo en estado de juzgar si se cantaba bien o mal, con arte o sin él, pero puedo decir el sentimiento que su modo de cantar provocó en mí; me deshice en lágrimas, oculto en un rincón del escenario.

Por entre la neblina que velaba mis ojos, vi que una joven dama que estaba en la primera fila aplaudía con todas sus fuerzas. Me había fijado ya en ella, pues no era una campesina como las que componían el público; era una verdadera dama, joven, hermosa y que, por su abrigo de pieles, yo había considerado la más rica del pueblo; estaba sentada junto a un niño que, por su parte, había también aplaudido mucho a Capi; era sin duda su hijo, pues se parecía mucho.


Tras la primera romanza, Capi había recomenzado su cuestación y vi con sorpresa que la hermosa dama no echaba nada en la escudilla.

Cuando mi dueño terminó de cantar Ricardo, me hizo una señal con la mano y me acerqué a ella.

–Quisiera hablar con su dueño –me dijo.

Me asombró un poco que aquella hermosa dama quisiera hablar con mi dueño. A mi entender habría hecho mejor echando su óbolo en la escudilla; sin embargo, fui a transmitir el deseo así expresado a Vitalis y, mientras, Capi regresó a nuestro lado.

La segunda cuestación había sido aún menos productiva que la primera.

–¿Qué quiere esa dama? –preguntó Vitalis.

–Hablar con usted.

–No tengo nada que decirle.

–No ha dado nada a Capi; tal vez quiera ahora dar algo.

–Entonces, es Capi quien debe ir, no yo.

Sin embargo, se decidió tomando con él a Capi.

Le seguí.

Mientras, un criado que llevaba una linterna y una manta se había colocado junto a la dama y el niño.

Vitalis se aproximó y saludó con frialdad.

–Perdone que le haya molestado –dijo la dama–, pero quería felicitarle.

Vitalis se inclinó sin decir una palabra.

–Yo soy músico también –continuó la dama– y soy sensible a un talento tan grande como el suyo.

¿Un gran talento mi dueño, Vitalis, el cantante callejero, el adiestrador de animales?; quedé estupefacto.

–No hay talento en un anciano como yo –dijo Vitalis.

–No crea que me mueve una curiosidad malsana –dijo la dama.

–Estoy dispuesto a satisfacer tal curiosidad; le ha sorprendido a usted que un domador de perros cantara con cierta corrección, ¿no es cierto?

–Me ha maravillado.

–Y, sin embargo, es bien sencillo: no siempre fui lo que soy ahora; antaño, en mi juventud, hace mucho tiempo, fui... sí, fui el criado de un gran cantor y, por imitación, como un loro, me puse a repetir algunas melodías que mi dueño estudiaba delante de mí; eso es todo.

La dama no contestó, miró largamente a Vitalis, que se mantenía frente a ella en actitud cohibida.

–Adiós, señor –dijo dando énfasis a la palabra señor, que pronunció con extraña entonación–; adiós y déjeme, una vez más, agradecerle la emoción que acabo de experimentar.

Luego, inclinándose hacia Capi, echó en la escudilla una moneda de oro.


Creí que Vitalis iba a acompañar a aquella dama, pero no fue así, y cuando se hubo alejado algunos pasos, le escuché murmurar a media voz tres o cuatro blasfemias italianas.

–          ¡Ha dado un luis a Capi! –dije.

Creí que iba a soltarme un sopapo; sin embargo, se detuvo con la mano levantada.

–          ¡Un luis! –dijo como si saliera de un sueño–. ¡Ah, sí, es verdad, pobre Corazón-Hermoso, le había olvidado; vayamos a su lado!

Lo recogimos pronto todo y no tardamos en regresar a la posada.

Subí el primero la escalera y entré corriendo en la habitación; el fuego no se había apagado, pero no llameaba ya.

Encendí rápidamente una vela y busqué a Corazón-Hermoso, sorprendido de no oírle.

Acostado sobre las mantas, tan largo como era, había vestido su uniforme de general y parecía dormir.

Me incliné hacia él para tomarle suavemente la mano sin despertarle.

Su mano estaba fría.

Vitalis entró, entonces, en la habitación.

Me dirigí a él.

–¡Corazón-Hermoso está frío! Vitalis se inclinó junto a mí.

–          ¡Ay! –dijo–, ha muerto. Debía suceder. Ya lo ves, Remi, soy culpable por haberte arrebatado a la señora Milligan. Y he sido castigado. Primero Zerbino y Dolce. Hoy Corazón-Hermoso. Y eso no ha terminado todavía.


 

ENTRADA EN PARÍS

Nos hallábamos todavía muy lejos de París.

Fue preciso ponernos en camino por senderos cubiertos de nieve y andar de la mañana a la noche, contra el viento del norte que nos azotaba el rostro.

¡Qué tristes fueron aquellas largas etapas! Vitalis marchaba en cabeza, yo iba tras él y Capi caminaba pegado a mis talones.

Avanzábamos así, en fila, sin dirigirnos una sola palabra durante horas, con el rostro azulado por el cierzo, los pies mojados, el estómago vacío; y la gente con la que nos cruzábamos se detenía para vernos desfilar.

Evidentemente, extrañas ideas les cruzaban por la cabeza: ¿Adonde iba aquel gran anciano con el niño y el perro?

El silencio me era extremadamente doloroso; sentía necesidad de hablar, de aturdirme; pero Vitalis sólo me respondía con algunos breves monosílabos, cuando yo le dirigía la palabra, y aun eso lo hacía sin volverse.

Afortunadamente, Capi era más expansivo y a menudo, mientras andaba, sentía una lengua húmeda y cálida ponerse en mi mano; era Capi que me lamía para decirme:

–Sabes, estoy aquí, yo, Capi, yo, tu amigo.

Y entonces le acariciaba suavemente sin detenerme.

Parecía tan feliz por mis pruebas de afecto como yo lo era por las suyas; nos comprendíamos, nos amábamos.

Para mí, él era un apoyo, y, estoy seguro, yo lo era también para él: el corazón de un perro no es menos sensible que el de un niño.

Aquellas caricias consolaban tanto a Capi que conseguían, a veces, creo, hacerle olvidar la muerte de sus camaradas; la fuerza de la costumbre se imponía y, de pronto, se detenía en la carretera esperando a la compañía, como cuando era el jefe y debía pasar frecuentemente revista.

Pero aquello sólo duraba algunos segundos; la memoria regresaba y, recordando bruscamente por qué la compañía no venía, nos adelantaba con rapidez y miraba a Vitalis, tomándole como testigo de que no había cometido falta alguna; si Dolce y Zerbino no venían era porque ya no podían venir. Lo hacía con ojos tan expresivos, tan llenos de inteligencia, que nos oprimía el corazón.


Todo aquello no podía alegrar nuestro camino y, sin embargo, necesitábamos mucho distraernos un poco.

Toda la campiña estaba cubierta por el blanco sudario de la nieve; no había sol en el cielo, era un día descolorido y pálido; ni movimiento en los campos, ni campesinos trabajando; ni el relincho de los caballos, ni el mugido de los bueyes; sólo el graznido de las cornejas que, en las más altas ramas de los árboles desnudos, gritaban su hambre sin hallar en tierra un lugar para posarse y buscar algunos gusanos; en los pueblos ni una casa abierta, sólo silencio y soledad; el frío es duro, y la gente permanecía junto al hogar o trabajaba en los establos y los graneros cerrados.

Y nosotros, en el camino resbaladizo o desigual, marchábamos siempre adelante, sin detenernos y sin más reposo que el sueño de la noche en una cuadra o una cabaña de pastor; con un pedazo de pan, ¡muy pequeño, ay!, por toda cena; cuando teníamos la suerte de ser enviados al establo nos sentíamos felices, el calor de los corderos nos protegía contra el frío; y, además, era la época en que las ovejas amamantaban a sus corderillos y los pastores me permitían, a veces, mamar de una oveja con exceso de leche; no decíamos nunca que estábamos muriéndonos de hambre, pero Vitalis con su habitual habilidad, sabía insinuar que 'al pequeño le gusta mucho la leche de oveja, porque, en su infancia, acostumbraba bebería, de modo que eso le recordaba su país'. Ese cuento no tenía siempre éxito. Pero cuando era bien acogido yo pasaba una buena noche. Ciertamente, sí, la leche de oveja me gustaba mucho y cuando la había bebido me sentía, a la mañana siguiente, más dispuesto y más fuerte.

Los kilómetros sucedieron a los kilómetros, las etapas a las etapas, nos acercábamos a París y, aunque los hitos plantados a lo largo del camino no me lo hubieran advertido, lo hubiera descubierto, pues la circulación se había hecho más activa y el color de la nieve que cubría el camino era mucho más sucio que en las llanuras de la Champagne.

Sorprendentemente, al menos para mí, la campiña no me pareció más hermosa, ni los pueblos distintos a los que habíamos atravesado algunos días antes. Tantas veces había oído hablar de las maravillas de París que, ingenuamente, había creído que aquellas maravillas se anunciaban, a lo lejos, por medio de algo extraordinario. No sabía bien qué estaba esperando y no me atrevía a preguntarlo, pero aguardaba prodigios: árboles de oro, calles bordeadas de palacios de mármol y, en esas calles, habitantes vestidos de seda; todo me hubiera parecido muy natural.

Por entregado que estuviese a la búsqueda de árboles de oro, advertí, sin embargo, que la gente que encontrábamos ya no nos miraba; sin duda tenían demasiada prisa o estaban acostumbrados a espectáculos mucho más dolorosos que el que nosotros podíamos ofrecer.

Eso no era muy tranquilizador.


¿Qué íbamos a hacer en París en el estado de miseria en el que nos hallábamos?

Esta pregunta ocupaba mi espíritu durante las largas caminatas y me la planteaba con ansiedad.

Me hubiera gustado interrogar a Vitalis, pero no me atrevía, pues se mostraba sombrío y breve en sus comunicaciones.

Cierto día se dignó por fin venir a mi lado y, por el modo como me miró, adiviné que iba a saber lo que tantas veces había deseado conocer.

Era por la mañana, habíamos dormido en una granja, a poca distancia de un gran pueblo que, según decían las placas azules del camino, se llamaba Boissy-Saint-Leger. Habíamos salido al alba y, tras haber seguido el muro de un parque y cruzado en toda su longitud aquel pueblo de Boissy-Saint-Leger, habíamos divisado, desde lo alto de una cuesta una gran nube de vapores negros que, frente a nosotros, sobrevolaba una inmensa ciudad de la que sólo se distinguían algunos altos monumentos.

Abrí los ojos intentando orientarme en aquella confusión de techos, campanarios, torres que se perdían en las brumas y los humos, cuando Vitalis, reduciendo su paso, se colocó a mi lado.

–Bueno, nuestra vida va a cambiar –me dijo como si prosiguiera una conversación que estuviésemos manteniendo desde hacía ya mucho tiempo–, dentro de cuatro horas estaremos en París.

–        ¡Ah! ¿Aquello es París?

–        Naturalmente.

En el mismo instante en que Vitalis me decía que París era lo que teníamos ante los ojos, un rayo de sol se desprendió del cielo y percibí, rápido como un relámpago, un reflejo dorado.

En verdad no me había equivocado; iba a ver árboles de oro.

Vitalis continuó:

–En París vamos a separarnos.

Al instante se hizo la oscuridad y no vi ya árboles de oro.

Volví mis ojos a Vitalis; también él me miró y la palidez de mi rostro, el temblor de mis labios le dijeron lo que me estaba ocurriendo.

–Creo que estás inquieto y apenado –dijo.

–¡Separarnos! –exclamé tras haber pasado el primer momento de estupor.

–¡Pobre pequeño!

Estas palabras y, sobre todo, el tono en que fueron pronunciadas, llenaron mis ojos de lágrimas; hacía tanto tiempo que yo no había escuchado una palabra de simpatía.

–¡Ah, usted es bueno! –grité.

–Tu sí que eres bueno, un buen muchacho y un corazoncito valiente. ¿Sabes?, en algunos momentos de la vida nos sentimos dispuestos a reconocer esas cosas y a enternecemos. Cuando todo va bien, seguimos nuestro camino sin pensar demasiado en quienes nos acompañan,


pero cuando todo va mal, cuando nos sentimos en el mal camino, sobre todo cuando somos viejos, es decir, sin fe en el día de mañana, necesitamos apoyarnos en los que nos rodean y somos felices al encontrarlos a nuestro alrededor. Te parece asombroso que me apoye en ti, ¿no es cierto? y, sin embargo, así es. El mero hecho de que, al escucharme, se te humedezcan los ojos, me consuela. También yo, pequeño Remi, me siento apenado.

Sólo más tarde, cuando amé a alguien, sentí y experimenté lo acertado de aquellas palabras.

–Lo malo es –continuó Vitalis– que siempre es preciso separarse cuando, por el contrario, se quisiera permanecer unidos.

–Pero –dije yo tímidamente– ¿no querrá abandonarme en París?

–Ciertamente que no; créeme, no quiero abandonarte. ¿Qué harías solo en París, hijo mío? Además, no tengo derecho a abandonarte, no lo olvides. El día en que no quise entregarte a los cuidados de aquella buena dama que deseaba encargarse de ti y educarte como a su hijo, adquirí la obligación de educarte yo mismo del mejor modo posible. Por desgracia, las circunstancias me son adversas. En estos momentos no puedo hacer nada por ti y es por ello que pienso en separarnos, no para siempre, sino sólo por algunos meses, para que podamos vivir cada uno por nuestro lado durante los últimos meses de la mala estación. Dentro de algunas horas llegaremos a París. ¿Qué quieres tú que hagamos con una compañía reducida sólo a Capi?

Al escuchar su nombre, el perro vino a plantarse ante nosotros y, llevando su pata a la oreja para hacer un saludo militar, la puso luego sobre su corazón como si quisiera decirnos que podíamos contar con su abnegación.

En la situación en que nos hallábamos, aquello no calmó nuestra emoción.

Vitalis se detuvo un momento para pasarle la mano por la cabeza.

–También tú –dijo– eres un perro valiente; pero, por desgracia, en el mundo no se vive de bondad; debemos tenerla para con aquellos que nos rodean, pero también necesitamos otra cosa que no tenemos en absoluto. ¿Qué quieres que hagamos sólo con Capi?, comprendes, ¿no es cierto?, que no podemos dar ahora representaciones.

–Es verdad.

–Los chiquillos se burlarían de nosotros, nos arrojarían pieles de manzana y no lograríamos ni veinte sueldos diarios de recaudación; ¿quieres que vivamos los tres con veinte sueldos, que en los días de lluvia, nieve o frío, se reducirían a nada?

–Pero ¿y mi arpa?

–Si tuviera dos niños como tú, tal vez funcionaría, pero un anciano como yo con un niño de tu edad, es un mal asunto. No soy todavía lo bastante viejo. Si estuviera más desmejorado, o si fuera ciego... Pero, por desgracia, soy lo que soy, es decir, que no estoy en situación de


inspirar compasión y, en París, para conmover a la gente apresurada que va a sus negocios, hay que estar en un estado lamentable. Y, además, no debe avergonzar pedir caridad públicamente, y eso yo no lo haría jamás. He pensado y decidido, pues, que te pondré, hasta que termine el invierno, en manos de un padrone que te unirá a otros niños para que toques el arpa.

Cuando yo había hablado del arpa, no pensé en semejante conclusión.

Vitalis no me dejó interrumpirle. –En cuanto a mí –dijo prosiguiendo–, daré lecciones de arpa, de piva, de violín a los niños italianos que trabajan por las calles. Soy conocido en París, a donde he venido varias veces y de donde procedía cuando llegué a tu pueblo; sólo tengo que anunciar mi deseo de dar lecciones para encontrar más de las que pueda desear. Viviremos, pero cada uno por su lado. Además, al mismo tiempo que doy lecciones, me encargaré de adiestrar dos perros que reemplacen a Zerbino y Dolce. Me daré prisa en educarles y, cuando llegue la primavera, podremos ponernos ambos de nuevo en camino, mi pequeño Remi, para no separarnos nunca más, pues la fortuna no siempre vuelve la espalda a quienes tienen el valor de luchar. Es valor, precisamente, lo que te pido en este momento, y también resignación. Más tarde las cosas irán mejor; será sólo un momento. En primavera reemprenderemos nuestra libre existencia. Te llevaré a Alemania e Inglaterra. Te estás haciendo mayor y tu espíritu se abre. Te enseñaré muchas cosas y te convertiré en un hombre. Me comprometí a ello ante la señora Milligan. Y lo cumpliré. A causa de estos viajes he comenzado ya a enseñarte el inglés, el francés y el italiano; para un niño de tu edad, eso es algo ya; y sin contar con que te has hecho fuerte y vigoroso. Verás, mi pequeño Remi, verás, no todo se ha perdido.

Aquel plan era, tal vez, el que mejor convenía a nuestra presente situación. Y cuando lo pienso ahora, reconozco que mi dueño había hecho lo posible para salir de nuestra molesta situación. Pero los pensamientos de la reflexión son distintos a los del primer momento.

Entonces, yo veía sólo dos cosas:

Nuestra separación.

Y         el padrone.

En nuestras correrías por pueblos y ciudades yo había visto a varios de esos padrones que conducen, a bastonazos, niños sacados de cualquier parte.

No se parecían en nada a Vitalis, duros, injustos, exigentes, borrachos, con la injuria y la grosería siempre en los labios, con la mano siempre levantada.

Podía caer en manos de uno de aquellos terribles patrones.

Y         además, aun cuando la suerte me pusiera en manos de uno bueno, sería un nuevo cambio.


Tras de mi nodriza, Vitalis.

Tras de Vitalis, otro.

¿Sería siempre así?

¿Jamás podría encontrar a nadie para amarle ya por siempre?

Poco a poco, había llegado a sentir por Vitalis el cariño que se siente por un padre.

Jamás tendría padre.

Jamás tendría familia.

Siempre estaría solo en el mundo.

Siempre vagando por la vasta tierra y sin poder establecerme en parte alguna.

Tenía muchas cosas que decir y las palabras subían de mi corazón a mis labios, pero las rechacé.

Mi dueño me había pedido valor y resignación, quise obedecerle para no aumentar su pesadumbre.

Además, ya no estaba a mi lado y, como si tuviera miedo de escuchar lo que creía que yo iba a responderle, se había adelantado de nuevo algunos pasos.

Le seguí y no tardamos en llegar a un río que cruzamos por un puente fangoso como jamás había visto yo otro igual; la nieve, negra como carbón molido, cubría la calzada con una capa movediza en la que nos hundíamos hasta el tobillo.

Al final de aquel puente se hallaba un pueblo de estrechas callejas, luego, después del pueblo, la campiña comenzaba de nuevo, pero no los campos llenos de casas de mísero aspecto.

Por el camino los carruajes se sucedían y cruzaban, ahora, sin cesar. Me acerqué a Vitalis y caminé a su derecha mientras Capi se mantenía con el hocico en nuestros talones.

Pronto desapareció la campiña y nos encontramos en una calle de la que no se divisaba el final; a uno y otro lado, hasta la lejanía, casas y más casas, pero pobres, sucias y menos hermosas que las de Burdeos, Toulouse o Lyon.

La nieve había sido amontonada, de vez en cuando, y sobre aquellos montones negros y duros se habían arrojado cenizas, legumbres podridas, toda clase de basura, el aire estaba lleno de fétidos hedores; a cada momento pasaban pesados carricoches que los niños esquivaban con mucha habilidad y sin, aparentemente, prestarles atención.

– ¿Dónde estamos? –le pregunté a Vitalis.

–En París, hijo mío.

–¡París!

¿Dónde estaban mis casas de mármol?

¿Dónde mis viandantes vestidos con trajes de seda?

Qué fea y miserable era la realidad.

Aquello era el París que tanto deseaba ver.

Allí iba a pasar el invierno, separado de Vitalis... y de Capi.


 

UN "PADRONE" DE LA CALLE LOURCINE

Pese a que cuanto nos rodeaba me pareció horrendo, abrí los ojos olvidando casi la gravedad de mi situación, para mirar a mi alrededor.

Cuanto más nos introducíamos en París, menos respondía lo que veía a mis ensoñaciones infantiles y mis esperanzas imaginativas: los arroyos helados exhalaban un hedor cada vez más infecto; el barro, mezclado a la nieve y el hielo, era cada vez más negro y, allí donde era líquido, saltaba en espesas placas bajo las ruedas de los coches e iba a pegarse contra las fachadas y los cristales de las casas ocupadas por pobres y sucias tiendas.

Decididamente, París no podía compararse a Burdeos.

Tras haber andado durante mucho tiempo por una calle ancha y menos mísera que las que acabábamos de cruzar, y en la que las tiendas se hacían, a medida que avanzábamos, más grandes y hermosas, Vitalis giró a la derecha y pronto nos hallamos en un barrio muy mísero; entre las casas altas y negras corría el arroyo que no se había helado y, sin preocuparse de sus hediondas aguas, la multitud andaba por los grasientos adoquines. En las numerosas tabernas, hombres y mujeres bebían de pie ante los mostradores de estaño y lanzaban grandes gritos.

En la esquina de una casa leí el nombre de la calle Lourcine.

Vitalis, que parecía saber adonde iba, apartaba suavemente los grupos que le impedían el paso y yo le seguía de cerca.

–Cuida de no perderte –me había dicho.

Pero su recomendación era inútil, le seguía los pasos y, para más seguridad, había agarrado uno de los faldones de su levita.

Tras haber cruzado un gran patio, llegamos a una especie de pozo oscuro y verdoso en donde, con toda seguridad, nunca había penetrado el sol. Aquello era aún más feo y terrorífico que cuanto había visto hasta entonces.

–¿Está Garofoli en casa? –preguntó Vitalis a un hombre que colocaba trapos en una pared, iluminándose con una linterna.

–No lo sé, suba y véalo usted mismo; ya sabe dónde, arriba, al final de la escalera, la puerta de enfrente.

–Garofoli es el padrone del que te he hablado –me dijo, subiendo la escalera cuyos escalones, cubiertos de una costra de barro, eran, resbaladizos como si hubieran sido tallados en arcilla húmeda–; aquí vive.


La calle, la casa, la escalera no eran muy adecuadas para levantarme la moral. ¿Cómo sería su dueño?

La escalera tenía cuatro pisos; Vitalis, sin llamar, empujó la puerta que se hallaba frente al descansillo y nos encontramos en una amplia sala, una especie de granero. En el centro había un gran espacio vacío y, alrededor, una docena de camas. Las paredes y el techo eran de un color indefinible; antaño habían sido blancos, pero el humo, el polvo, las suciedades de toda clase habían ennegrecido el yeso que, en algunos lugares, estaba agujereado y trabajado; junto a una cabeza dibujada al carboncillo habían esculpido unas flores y unos pájaros.

–          ¡Garofoli! –dijo Vitalis entrando–: ¿está usted por ahí? No veo a nadie; conteste, por favor; soy Vitalis.

En efecto, la habitación parecía desierta a la luz de un quinqué colgado de la pared, pero una voz débil y doliente, la voz de un niño, respondió a la de mi dueño:

–El signor Garofoli ha salido; volverá dentro de dos horas.

Simultáneamente quien nos había contestado, se mostró; era un niño de unos diez años; avanzó hacia nosotros arrastrándose y me impresionó mucho su extraño aspecto que puedo todavía recordar a la perfección; casi no tenía cuerpo, por decirlo de algún modo, y su cabeza, grande y desproporcionada, parecía puesta directamente sobre las piernas, como en aquellos dibujos cómicos que se pusieron de moda hace algunos años; aquella cabeza tenía una expresión de profunda dolor y de dulzura, con los ojos llenos de resignación y un aspecto general de desesperación. Así formado, no podía ser hermoso, sin embargo, atraía la mirada y la retenía por la simpatía y el indefinible encanto que se desprendía de sus grandes ojos húmedos y tiernos como los de un perro, y por sus expresivos labios.

–          ¿Estás seguro de que volverá dentro de dos horas? –preguntó Vitalis.

–Seguro, signor; es la hora de la cena y nadie sino él la sirve.

–Bueno, si regresa antes le dices que Vitalis volverá dentro de dos horas.

–Dentro de dos horas, sí, signor.

Me disponía a seguir a mi dueño cuando éste me detuvo.

–Quédate y descansa.

Y al ver mi gesto de espanto, añadió:

–Te aseguro que volveré.

Yo hubiese preferido, pese a mi fatiga, seguir a Vitalis, pero cuando él daba una orden yo estaba acostumbrado a obedecer; de modo que me quedé.

Cuando no se oyó ya el ruido de los pesados pasos de mi dueño en la escalera, el niño, que había escuchado con el oído atento a la puerta, se volvió hacia mí:

–¿Eres del país? –me dijo en italiano.


Al vivir con Vitalis yo había aprendido bastante italiano como para comprender aproximadamente lo que se decía en aquella lengua, pero no la hablaba aún con facilidad.

–No –contesté en francés.

–          ¡Ah! –exclamó tristemente fijando en mí sus grandes ojos–; qué le vamos a hacer, me hubiera gustado que fuera usted de mi pueblo.

–¿De qué pueblo?

–De Lucca; tal vez hubiera podido darme usted algunas noticias.

–Soy francés.

–¡Mucho mejor!

–¿Prefiere los franceses a los italianos?

–No, no lo digo por mí; lo digo por usted; porque si fuera usted italiano estaría aquí, seguramente, para entrar al servicio del signor Garofoli; y no puede decirse 'mucho mejor' a quienes entran al servicio del signor padrone.

Aquellas palabras no resultaban tranquilizadoras.

–          ¿Es malo?

El niño no respondió a mi pregunta, pero la mirada que me dirigió fue de terrible elocuencia. Luego, como si no quisiera continuar nuestra conversación sobre aquel tema, me volvió la espalda y se acercó a una gran chimenea que ocupaba un extremo de la sala.

Un buen fuego de maderos procedentes de derribos ardía en aquella chimenea y, sobre el fuego, hervía una gran marmita de fundición.

Me acerqué, entonces, a la chimenea para calentarme y advertí que aquella marmita tenía algo particular que al principio no había visto. La tapadera, coronada por un estrecho tubo del que escapaba el vapor, se había fijado a la marmita por medio de un gozne, por un lado, y de un candado por el otro.

Comprendí que no debía hacer preguntas indiscretas sobre Garofoli, pero ¿y la marmita?

–          ¿Por qué está cerrada con un candado?

–Para que yo no pueda coger una taza de caldo. Yo me encargo de hacer la sopa, pero el dueño no tiene confianza en mí.

No pude evitar una sonrisa.

–Se ríe usted –continuó tristemente–, porque piensa que soy un glotón. En mi lugar tal vez también usted lo sería. En verdad no soy glotón, sino que estoy hambriento, y el olor de la sopa que escapa por este tubo hace que mi hambre sea más cruel todavía.

–          ¿De modo que el signor Garofoli le deja morir de hambre?

–Si entra usted a su servicio comprenderá que de hambre no se muere, sólo se sufre. Sobre todo yo, porque es un castigo.

–          ¡Un castigo morir de hambre!

–Sí, además voy a contárselo; si Garofoli se convierte en su dueño, le será de utilidad. El signor Garofoli es mi tío y me tomó a su lado por caridad. Debe usted saber que mi madre es viuda y, como puede


suponer, no es rica. Cuando Garofoli vino al pueblo el año pasado para recoger algunos niños, le propuso llevarme con él. A mi madre le costó dejarme partir; pero, sabe usted, cuando es necesario...; y era necesario porque había seis niños en casa y yo era el mayor. Garofoli hubiera preferido llevarse a mi hermano Leonardo, el que viene detrás de mí, porque Leonardo es hermoso y yo soy feo. Y para ganar dinero no es bueno ser feo; los que somos feos sólo recibimos golpes y palabrotas. Pero mi madre no quiso cederle a Leonardo: 'El mayor es Mattia –dijo– y Mattia debe partir, ya que es preciso que se vaya uno; el buen Dios le ha designado y no me atrevo a cambiar las reglas del buen Dios'. Me marché, pues, con mi tío Garofoli; ya imaginará que me fue muy duro salir de mi casa, dejar llorando a mi madre, a mi hermana Cristina que me quería mucho porque era la pequeña y la llevaba siempre en brazos; y también a mis hermanos, a mis compañeros y mi pueblo.

Yo sabía qué duras eran esas separaciones, y no había olvidado el peso que oprimió mi corazón, hasta casi ahogarme, cuando divisé por última vez la cofia blanca de mamá Barberin.

El pequeño Mattia prosiguió su relato:

–Yo estaba solo con Garofoli –continuó– cuando dejé mi casa, pero al cabo de una semana éramos ya una docena, y nos pusimos en camino hacia Francia. ¡Ah!, qué largo fue, para mí y para mis camaradas, que también estaban tristes, aquel camino. Por fin llegamos a París; ya sólo éramos once porque uno de nosotros se había quedado en el hospital de Dijon. En París hicieron, entre nosotros, una selección; los que eran fuertes y fueron colocados en casa de deshollinadores o fumistas; los que no eran bastante sólidos para ejercer un oficio, fueron a cantar o a tocar la zanfonía por las calles. Naturalmente, yo no era lo bastante fuerte como para trabajar y, al parecer, era demasiado feo como para tener buenas ganancias tocando la zanfonía. Entonces Garofoli me entregó dos ratoncillos blancos que yo debía mostrar bajo los soportales, en los pasajes, y tasó mi jornada en treinta sueldos. 'Recibirás tantos bastonazos como sueldos te falten cada noche', me dijo. Treinta sueldos cuestan mucho de obtener; pero los bastonazos cuestan de recibir, sobre todo cuando es Garofoli quien los administra. De modo que hacía cuanto podía para llegar a esa cifra; pero, a pesar de mis esfuerzos, no lo conseguía a menudo. Mis camaradas tenían, casi siempre, al regresar, su dinero; yo no lo tenía casi nunca. Eso aumentaba la cólera de Garofoli. '¿Pero qué hace ese imbécil de Mattia?', decía. Había otro niño que, como yo, enseñaba ratoncitos blancos y a quien le había asignado cuarenta sueldos que traía cada noche. Varias veces salí con él para ver cómo lo hacía y por qué razón era más diestro que yo. Entonces comprendí por qué él conseguía con facilidad sus cuarenta francos y a mí me costaba tanto conseguir mis treinta. Cuando un caballero o una dama nos daban algo, la dama decía siempre: 'Dáselo a éste, que es simpático, aquél es demasiado feo'. El feo


era yo. No volví a salir con mi compañero porque, por triste que sea recibir bastonazos en casa, más triste es recibir insultos en la calle, ante todo el mundo. Usted no puede comprenderlo, a usted jamás le han dicho que era feo; pero yo... En fin, Garofoli al ver que los golpes no conseguían nada, empleó otro medio. 'Por cada sueldo que te falte, te quitaré una patata de la cena –me dijo–. Puesto que tu piel es dura para los golpes, tal vez tu estómago sea blando para el hambre'. ¿Le hacen a usted algo las amenazas?

–Caramba, depende.

–A mí no, a mí nunca; además, yo no podía hacer más de lo que estaba haciendo; y no podía decir a quienes tendía la mano: 'Si no me dan un sueldo, esta noche no tendré patatas'. La gente que da limosna a los niños no se decide por semejantes razones.

–¿Por qué razones se deciden?, se da para complacer a alguien.

–¡Ah, bueno! Es usted joven todavía; se da para complacerse a sí mismo y no a los demás, se le da algo a un niño porque es simpático; y ésa es la mejor razón; se le da por el niño que se ha perdido o por el niño que se desea; se le da porque uno está caliente mientras él tiembla de frío en una puerta cochera. ¡Oh!, conozco bien esas razones; he tenido tiempo de estudiarlas; mire, hoy hace frío, ¿no es cierto?

–Mucho frío.

–Pues bien, vaya a colocarse bajo una puerta cochera y tienda la mano a un señor que se acerca rápidamente, arrebujado en su paleto, ya me dirá usted lo que obtiene; tiéndala, por el contrario, a un señor que ande despacio, abrigado en un grueso abrigo o unas pieles, y tal vez consiga una moneda. Tras un mes o seis semanas a este régimen, yo no había engordado; había palidecido hasta el punto que, a menudo, escuchaba a mi alrededor: 'Este niño va a morirse de hambre'. Entonces, el sufrimiento hizo lo que la belleza no había querido hacer: me volvió interesante y la gente del barrio se compadeció de mí y, si bien no conseguía mucho más dinero, siempre lograba un pedazo de pan o una sopa. Fueron buenos tiempos; no recibía bastonazos y si, por la noche, me privaban de patatas, no me importaba mucho cuando tenía algo para cenar. Pero, cierto día, Garofoli me vio en una frutería, comiéndome un plato de sopa y comprendió por qué soportaba, sin quejarme, la privación de patatas. Decidió entonces que no volvería a salir y que permanecería aquí para preparar la sopa y limpiar la sala. Pero como, preparando la sopa, yo podría comer, inventó esta marmita: todas las mañanas, antes de salir, pone la carne y las legumbres en la marmita, cierra con el candado la tapadera y ya sólo tengo que hacer hervir la sopa; huelo el aroma del caldo, y eso es todo; comprenderá que, por ese tubo tan estrecho, no puedo coger nada. Desde que estoy en la cocina he ido palideciendo; el aroma del caldo no alimenta, sólo aumenta el hambre. Estoy muy pálido, ¿no? Como no salgo nunca, nadie me lo dice y aquí no hay espejo.


No tenía yo entonces demasiada experiencia, pero sabía que no debe asustarse a los que están enfermos diciéndoles que están enfermos.

–No veo que esté usted más pálido que los demás –respondí.

–Ya sé que me lo dice para tranquilizarme, pero preferiría estar muy pálido porque eso significaría que estoy muy enfermo y yo quisiera estar muy enfermo.

Le miré estupefacto.

–No lo entiende usted –me dijo– y, sin embargo, es muy sencillo. Cuando estás muy enfermo te cuidan o te dejan morir. Si me dejan morir, todo habrá terminado, ya no tendré hambre, ya no me pegarán; y, además, dicen que los que mueren van al cielo; entonces, desde el cielo, veré a mamá, abajo, en el pueblo, y tal vez hablando con Dios podré impedir que mi hermana Cristina sea desgraciada; rezaré mucho. Si, por el contrario, me cuidan, me enviarán al hospital y si voy al hospital estaré muy contento.

Yo sentía, instintivamente, terror del hospital y a menudo, cuando estaba en camino y, agotado por el cansancio me había sentido mal, con sólo pensar en el hospital me sentía de nuevo dispuesto a la marcha; las palabras de Mattia me sorprendieron mucho.

–Si supiera usted qué bien se está en el hospital –dijo prosiguiendo–; estuve ya en uno, en Sainte-Eugenie; hay un médico, uno alto y rubio, que siempre lleva azúcar cande en el bolsillo, azúcar del triturado porque cuesta menos, pero es muy bueno; y, además, las monjas hablan con dulzura: 'Haz eso, pequeño; saca la lengua, pobrecito mío'. A mí me gusta que me hablen con dulzura, me dan ganas de llorar; y cuando tengo ganas de llorar me siento muy feliz. ¿Es tonto, no? Pero mamá me hablaba siempre con dulzura. Las monjas hablan como mamá, si no con las mismas palabras, al menos con la misma entonación. Y además, cuando empiezas a sentirte mejor, te dan caldo y vino. Cuando comencé a sentirme sin fuerzas, porque no comía, estuve contento; me dije: 'Me pondré enfermo y Garofoli me enviará al hospital'. Sí, sí... ¡enfermo!; enfermo sólo para sufrir yo, pero no lo bastante para que Garofoli se moleste; siguió teniéndome con él. Es sorprendente lo resistente que es la vida de los desgraciados. Por fortuna, Garofoli no ha perdido la costumbre de castigarnos, tanto a mí como a mis compañeros, hasta el punto de que, hace ocho días, me dio un bastonazo en la cabeza. Espero que esta vez todo vaya por buen camino; tengo la cabeza hinchada; ¿ve este gran chichón blanco?, ayer decía que tal vez fuese un tumor, por el modo como hablaba creo que es grave; lo cierto es que me duele mucho; siento pinchazos bajo los cabellos más fuertes que el dolor de muelas y la cabeza parece pesarme cien libras; sufro deslumbramientos y me siento aturdido; por la noche, mientras duermo, no puedo evitar los gemidos y los gritos. Por lo tanto, creo que dentro de dos o tres días se decidirá a enviarme al hospital; comprenda, un chico que grita por la noche molesta a los demás y


a Garofoli no le gusta que le molesten. ¡Qué suerte tuve con aquel bastonazo! Veamos, dígamelo con franqueza, ¿estoy muy pálido?

Al decir estás palabras, se colocó frente a mí y me miró fijamente a los ojos. Yo no tenía ya las mismas razones para callar pero, sin embargo, no me atreví a contestar sinceramente y decir qué aterrorizadora sensación me producían sus grandes ojos ardientes, sus hundidas mejillas y sus labios descoloridos.

–Creo que está usted lo bastante enfermo como para entrar en el hospital.

–          ¡Por fin!

Y, con su pierna que cojeaba, intentó hacer una reverencia. Pero inmediatamente después, dirigiéndose a la mesa comenzó a limpiarla.

–          ¡Basta de charla! –dijo–. Garofoli volverá y nada estará listo; puesto que a usted le parece que he recibido ya los golpes suficientes para entrar en el hospital, no vale ya la pena que siga recibiéndolos; sería trabajo perdido; y los que recibo ahora me parecen más dolorosos que los que recibía hace algunos meses. Los que dicen que uno se acostumbra a todo no saben de qué hablan.

Mientras decía esto se movía renqueando alrededor de la mesa, poniendo en su lugar los platos y los cubiertos. Conté veinte platos, Garofoli tenía pues, bajo su dirección, veinte niños; como sólo veía doce camas deducí que algunos de ellos debían acostarse juntos. ¡Y qué camas!, sin sábanas y con unas mantas lamentables, que debían haber sido compradas en un establo cuando no servían ya ni para calentar a los caballos.

–¿Y en todas partes es como aquí? –dije yo asustado.

–¿Qué quiere decir en todas partes?

–En todas partes donde hay gente que tiene niños.

–No lo sé, sólo conozco ésta; pero, usted intente ir a otra parte.

–¿Dónde?

–No lo sé; en cualquier parte estará mejor que aquí.

En cualquier parte; no era muy concreto; y en todo caso, ¿cómo cambiar la decisión de Vitalis?

Mientras reflexionaba sin poder, claro, encontrar nada, la puerta se abrió y entró un niño; llevaba un violín bajo el brazo y en la mano libre un gran pedazo de madera procedente de una demolición. Aquel pedazo, semejante a los que yo había visto echar a la chimenea, me hizo comprender cómo se aprovisionaba Garofoli y cuánto le costaba.

–Dame tu pedazo de madera –dijo Mattia adelantándose hacia el recién llegado.

Pero éste, en vez de darle el pedazo de madera a su camarada, se lo puso a la espalda.

–¡Ah, no! –dijo.

–Dámelo, la sopa saldrá mejor.

–Si crees que lo he traído para la sopa...; sólo he conseguido trein–


ta y seis sueldos y cuento con él para que Garofoli no me haga pagar muy caro los cuatro sueldos que faltan.

–No hay madera que valga; vas a pagarlos; a cada uno lo suyo.

Mattia lo dijo malévolamente, como si le satisficiera el castigo que aguardaba a su compañero. Me sorprendió aquella muestra de dureza en un rostro tan dulce; sólo más tarde comprendí que viviendo entre los malvados se puede llegar a ser malvado.

Era la hora del regreso para los alumnos de Garofoli; tras el niño con el pedazo de madera llegó otro, y tras este diez más. Todos, al entrar, iban a colgar su instrumento de un clavo sobre la cabecera de su cama; éste un violín, aquél un arpa, el de más allá una flauta o una piva; los que no eran músicos sino adiestradores de animales metían en una jaula sus marmotas o sus conejillos de Indias.

Unos pesados pasos resonaron en la escalera, adiviné que era Garofoli; vi entrar a un hombrecito de rostro enfebrecido y andar titubeante; no llevaba un traje italiano sino que vestía un paleto gris.

Su primera mirada fue para mí, una mirada que me heló el corazón.

–          ¿Quién es este muchacho? –dijo.

Mattia le respondió rápida y educadamente dándole las explicaciones que Vitalis le había encomendado.

–        ¡Ah, Vitalis está en París! –dijo–, ¿qué quiere?

–        No lo sé –contestó Mattia.

–No hablo contigo sino con ese muchacho.

–El padrone vendrá pronto –le dije sin atreverme a responder francamente a su pregunta–, él mismo le explicará lo que desea.

–Este pequeño sabe lo que valen las palabras; ¿no eres italiano?

–No, soy francés.

Dos niños se habían acercado a Garofoli en cuanto éste había entrado y ambos se mantenían junto a él aguardando que terminara de hablar. ¿Qué querían? Pronto tuve la respuesta a la pregunta que me formulaba con curiosidad.

Uno tomó su sombrero y fue a colocarlo delicadamente sobre una cama, el otro le acercó una silla; por la gravedad y el respeto con que llevaban a cabo esos sencillos actos de la vida, parecían dos monaguillos moviéndose diligente y religiosamente alrededor del oficiante; de ello deducí que Garofoli era muy temido, pues con toda seguridad no era la ternura la que les hacía actuar y apresurarse así.

Cuando Garofoli estuvo sentado, otro niño le acercó prestamente una pipa llena de tabaco mientras un cuarto niño le acercaba una cerilla encendida.

–          ¡Huele a azufre, animal! –gritó cuando le acercó a su pipa; y la arrojó a la chimenea.

El culpable se apresuró a reparar su falta encendiendo otra cerilla y dejándola arder algún tiempo antes de ofrecérsela a su dueño. Pero éste no la aceptó.


–Tú no, imbécil –dijo, rechazándole con dureza, luego volviéndose hacia otro niño con una sonrisa en los labios que, ciertamente, debía ser un favor insigne, dijo:

–Riccardo, una cerilla, precioso.

Y el precioso se apresuró a obedecer.

–Ahora –dijo Garofoli cuando se hubo instalado y su pipa comenzó a arder–, veamos las cuentas, angelitos míos; ¡Mattia, el libro!

Ciertamente debía ser un gran favor que Garofoli se dignara hablar, pues sus alumnos espiaban con tanta atención sus deseos o sus intenciones que las adivinaban antes de que las expresara.

Apenas hubo pedido su libro de cuentas cuando Mattia ponía ante él un pequeño registro mugriento.

Garofoli hizo una señal y el niño que le había ofrecido la cerilla, que olía a azufre, se acercó.

–Me debes un sueldo de ayer y me prometiste que hoy me lo devolverías, ¿cuánto traes?

El niño dudó mucho tiempo antes de responder; su rostro estaba enrojecido.

–Me falta un sueldo.

–¡Ah!, todavía te falta el sueldo y me lo dices tan tranquilo.

–No es el de ayer, es de hoy.

–¿Son entonces dos sueldos?, jamás vi una cosa igual.

–No es culpa mía.

–Basta de tonterías, ya conoces las reglas: quítate la chaqueta, dos latigazos de ayer y dos latigazos de hoy; además, por tu audacia, no comerás patatas; Riccardo, precioso, te has ganado la diversión por tu amabilidad; toma los azotes,

Riccardo era el niño que había acercado la cerilla en buen estado con tanto apresuramiento; descolgó de la pared un látigo de corta empuñadura terminado en dos correas de cuero con grandes nudos. Mientras, el niño a quien faltaba un sueldo se quitaba la chaqueta y dejaba caer su camisa para quedar desnudo de cintura para arriba.

–Espera un poco –dijo Garofoli con una malvada sonrisa–, tal vez no estará solo y siempre es un placer tener compañía; además, así, Riccardo no tendrá que comenzar varias veces.

De pie ante su dueño, los niños se mantenían inmóviles; al oír aquella broma cruel, comenzaron a reír juntos con una risa forzada.

–El que ha reído más fuerte –dijo Garofoli– es, con toda seguridad, aquel a quien le falta más. ¿Quién ha reído con más fuerza?

Todos señalaron al que había llegado primero, trayendo un pedazo de madera.

–Vamos, tú, ¿cuánto te falta? –preguntó Garofoli.

–No es culpa mía.

–A partir de ahora, el que responda: 'no es culpa mía', recibirá un azote más de los que merezca; ¿cuánto te falta?


–He traído un pedazo de madera, ese tan grande.

–Eso ya es algo; pero vete a la panadería y pídele pan a cambio de tu pedazo de madera, ¿te lo dará? Cuánto te falta, veamos, habla de una vez.

–He recogido treinta y seis sueldos.

–Te faltan cuatro sueldos, miserable bribón, ¡cuatro sueldos y te atreves a presentarte ante mí! Riccardo, eres un pilluelo con suerte, precioso, vas a divertirte bien; ¡quítate la chaqueta!

–Pero ¿y el pedazo de madera?

–Te lo doy para cenar.

Aquella estúpida broma hizo reír a todos los niños que no habían sido condenados.

Durante el interrogatorio había entrado una decena de niños; todos, cuando les llegó el turno, presentaron sus cuentas, tres más, que no habían alcanzado la cifra, se unieron a los que debían ser azotados.

–Hay por lo tanto diez bandidos que me desvalijan y me roban –exclamó Garofoli con voz doliente–; eso me ocurre por ser demasiado generoso; ¿cómo queréis que compre buena carne y buenas patatas para que comáis si no queréis trabajar? Preferís jugar; tenéis que llorarles a los papanatas y preferís reír ante vosotros; de modo que, a vuestro entender, es mejor llorar de verdad, con las espaldas desnudas, que fingir que se llora tendiendo la mano. ¡Fuera chaquetas!

Riccardo sujetaba el látigo con la mano y los cinco condenados se habían alineado junto a él.

–Sabes, Riccardo –dijo Garofoli–, que no te miro porque esos castigos me duelen; pero te oigo y sabré, por el ruido, la fuerza de los golpes; hazlo con toda tu energía, precioso, trabajas para ganarte el pan.

Y se volvió de cara al fuego, como si no pudiera ver la ejecución. En cuanto a mí, olvidado en un rincón, temblaba de miedo y de indignación. Aquél era el hombre que iba a ser mi dueño; si no le traía los treinta o cuarenta sueldos diarios que iba a exigirme, me obligaría a presentar la espalda a Riccardo. ¡Ah!, ahora comprendía por qué Mattia podía hablar de la muerte con tanta tranquilidad y esperanza.

El primer restallido del látigo golpeando la piel hizo subir las lágrimas a mis ojos. Como creí que me habían olvidado, no intenté ocultarlas, pero estaba equivocado. Garofoli me miraba disimuladamente; pronto tuve pruebas de ello.

–He aquí un niño de buen corazón –dijo señalándome con el dedo–; no es como vosotros, bandidos, que os burláis de las desgracias de vuestros compañeros y de mis pesadumbres; lástima que no sea de los nuestros, os serviría de ejemplo.

Aquellas palabras me hicieron temblar de la cabeza a los pies: ¡De los suyos!

Al segundo latigazo el condenado lanzó un lamentable gemido, al tercero un grito desgarrador.


Garofoli levantó la mano, Riccardo permaneció con el látigo levantado.

Creí que quería perdonar; pero no se trataba de perdón.      

–Sabes cómo me duelen los gritos –dijo con dulzura Garofoli, dirigiéndose a su víctima–, sabes que si el látigo te desgarra la piel, tus gritos me desgarran el corazón; de lo advierto, por cada grito recibirás un nuevo latigazo; y será por tu culpa; procura no hacerme enfermar de pesadumbre; si sintieras por mí algo de ternura, algo de agradecimiento, te callarías. ¡Vamos, Riccardo!

Este levantó el brazo y los azotes cruzaron la espalda del desgraciado.

–          ¡Mamá, mamá! –gritó éste.

Por fortuna no vi nada más, la puerta de la escalera se abrió y entró Vitalis.

Una ojeada le bastó para comprender lo que le habían anunciado ya los gritos que había escuchado al subir la escalera, corrió hacia Riccardo y le arrancó el látigo de la mano; luego volviéndose rápidamente hacia Garofoli se plantó ante él con los brazos cruzados. Todo había ocurrido con tanta rapidez que Garofoli permaneció unos momentos estupefacto, pero recuperándose pronto y sonriendo de nuevo con dulzura, dijo:

–Ciertamente es terrible; estos muchachos no tienen corazón.

–          ¡Es una vergüenza! –gritó Vitalis.

–Eso es precisamente lo que estaba diciendo –interrumpió Garofoli.

–¡Basta de cuentos! –continuó mi dueño con energía–, sabe perfectamente que no hablo del niño sino de usted; sí, es una vergüenza, una cobardía martirizar así a niños que no pueden defenderse.

–¿Y a usted qué le importa, viejo loco? –dijo Garofoli cambiando de tono.

–Le importa a la policía.

–          ¡La policía! –exclamó Garofoli levantándose–, ¿usted me está amenazando con la policía, usted?

–Sí, yo –respondió mi dueño sin dejarse intimidar por el furor del padrone.

–Escúcheme, Vitalis –dijo éste calmándose y adoptando un tono burlón–, no hay que ser malo y amenazarme con hablar porque, por mi parte, yo podría también hablar. Y, en ese caso, ¿quién se sentiría descontento? Naturalmente no diré nada a la policía, sus asuntos no me conciernen. Pero hay gente que se interesaría por ellos y si yo fuera a contarles lo que sé, si pronunciara sólo un nombre, sólo un nombre, ¿quién se vería obligado a ocultar su vergüenza?

Mi dueño permaneció unos momentos sin contestar. ¿Su vergüenza? Yo estaba estupefacto. Antes de poder recuperarme de la sorpresa que me habían producido aquellas extrañas palabras, me tomó de la mano.


–Sígueme.

Y         me arrastró hacia la puerta.

–¡Bueno! –dijo Garofoli riendo–, sin rencores, amigo; ¿quería usted decirme algo?

–No tengo nada más que decir.

Y         sin una sola palabra, sin volverse una sola vez, bajó las escaleras llevándome siempre de la mano. ¡Con qué alivio le seguía! Escapaba de Garofoli; si me hubiera atrevido, hubiese besado a Vitalis.


 

LAS CANTERAS DE GENTILLY

Mientras estuvimos en la calle, que estaba llena de gente, Vitalis caminó sin decir nada, pero pronto nos encontramos en una calleja desierta; se sentó entonces en un mojón y se pasó varias veces la mano por la frente, lo que era en él un signo de confusión.

–Tal vez sea bueno escuchar la generosidad –dijo como si hablara consigo mismo–, pero ahora nos encontramos en París, sin un sueldo en el bolsillo, sin un pedazo de pan en el estómago. ¿Tienes hambre?

–No he comido nada desde el mendrugo que me ha dado usted esta mañana.

–Bueno, hijo mío, corres el riesgo de acostarte esta noche sin cenar; ¡y si al menos supiéramos dónde acostarnos!

–¿Pensaba entonces dormir en casa de Garofoli?

–Pensaba que tú dormirías allí y como, por tu trabajo durante el invierno, me hubiese dado una veintena de francos, eso me sacaría momentáneamente del problema. Pero al ver cómo trata a los niños no he podido dominarme. Tú no tenías ganas de quedarte allí, ¿no es cierto?

–¡Oh, qué bueno es usted!

–Tal vez el corazón del joven no haya muerto todavía en el pecho del viejo vagabundo. Por desgracia, el vagabundo había calculado bien, y el joven lo ha estropeado todo. ¿Adonde vamos a ir ahora?

Era ya tarde y el frío, que había remitido durante el día, volvía a ser áspero y glacial; el viento soplaba del norte, la noche sería dura.

Vitalis permaneció largo tiempo sentado en el mojón, mientras Capi y yo, que permanecíamos inmóviles frente a él, esperábamos que tomara una decisión. Por fin, se levantó.

–¿Adonde vamos?

–A Gentilly, intentaremos encontrar una cantera en la que he dormido ya otras veces. ¿Estás cansado?

–En casa de Garofoli he podido descansar.

–Lo malo es que yo no he descansado y no puedo más. En fin, hay que hacerlo. ¡Adelante, hijos míos!

Estas eran las palabras que nos dirigía a los perros y a mí cuando estaba contento; pero aquella noche las dijo con tristeza.

Caminamos, pues, por las calles de París; la noche era oscura y el gas, cuyas llamas vacilaban en las linternas a impulsos del viento, iluminaban defectuosamente la calzada; resbalábamos a cada paso sobre


el arroyo helado y en una capa de hielo que cubría las aceras; Vitalis me llevaba de la mano y Capi seguía nuestro pasos. Sólo de vez en cuando se retrasaba para buscar, en un montón de basuras, un hueso o alguna mondadura, pues el hambre torturaba también su estómago; pero la basura se había convertido en un bloque de hielo y su busca era vana; nos alcanzaba de nuevo con las orejas gachas.

Tras las grandes calles, las callejas; tras las callejas, de nuevo grandes calles; siempre caminando, los raros viandantes que encontrábamos parecían mirarnos con sorpresa; ¿era nuestro vestido o nuestro caminar cansino lo que llamaba su atención? Los agentes de policía que se cruzaban en nuestro camino se daban la vuelta a nuestro paso y se detenían para mirarnos.

Sin embargo, sin decir una sola palabra, Vitalis avanzaba inclinado; pese al frío, su mano quemaba la mía; me pareció que temblaba. A veces, cuando se detenía para apoyarse unos instantes en mi hombro, yo sentía que un estremecimiento convulsivo agitaba su cuerpo.

Por lo general, yo no me atrevía a formularle muchas preguntas, pero aquella vez falté a mi regla; además, sentía cierta necesidad de decirle que le quería o, al menos que quería hacer algo por él.

–Está usted enfermo –dije en una de sus detenciones.

–Eso temo; en cualquier caso, estoy cansado; esos días de marcha han sido demasiado largos para mi edad y el frío de esta noche es demasiado rudo para mi vieja sangre; hubiera necesitado una buena cama, una cena en una habitación cerrada y ante un buen fuego. Pero no es más que un sueño. ¡Adelante, hijos míos!

¡Adelante!, habíamos salido de la ciudad o, al menos, de las casas y andábamos unas veces entre una doble hilera de muros, otras en plena campiña; andábamos siempre. Ya no había viandantes, ya no había policías, ya no había linternas o faroles de gas; sólo, de vez en cuando, una ventana iluminada sobre nuestras cabezas, el cielo era de un azul sombrío con muy pocas estrellas. El viento que cada vez soplaba con mayor dureza nos pegaba los vestidos al cuerpo; por fortuna, nos daba en la espalda, pero como las mangas de mi chaqueta tenían descosidos, penetraba por el agujero y resbalaba a lo largo de mis brazos, cosa que no me calentaba en absoluto.

Aunque fuera ya oscuro y los caminos se cruzaran continuamente, Vitalis andaba como un hombre que sabe adonde va y conoce perfectamente su camino; de modo que yo le seguía sin temor a perdernos, sin otra inquietud que la de saber si íbamos a llegar, por fin a la cantera.

Pero, de pronto, se detuvo.

–¿Ves un grupo de árboles? –me dijo.

–No veo nada.

–¿No ves un bulto negro?

Miré por todos lados antes de contestar; debíamos estar en medio de una llanura, pues mis ojos se perdían en las profundidades sombrías


sin que nada los detuviera, ni árboles, ni casa; a nuestro alrededor el vacío; sólo se escuchaba el silbido del viento soplando a ras de suelo, por entre invisibles matorrales.

–          ¡Ay, si yo tuviera tus ojos! –dijo Vitalis–, pero veo turbio; mira hacia allí.

Y tendió la mano derecha ante sí; luego, como yo no respondía, pues no me atrevía a decirle que no veía nada, se puso de nuevo en marcha.

Transcurrieron en silencio algunos minutos, luego se detuvo de nuevo y me preguntó otra vez si no veía un grupo de árboles. Yo no tenía ya la seguridad de hacía unos instantes y un vago temor hizo temblar mi voz cuando le respondí que no veía nada.

–Es el miedo que te nubla los ojos –dijo Vitalis.

–Le aseguro que no veo ningún árbol.

–¿Ni una gran rueda?

–No se ve nada.

–Nos hemos equivocado.

No podía decirle nada, ni sabía dónde estábamos, ni sabía adonde íbamos.

–Andemos todavía cinco minutos y, si no vemos los árboles, retrocederemos; me habré equivocado de camino.

Comprendiendo entonces que podíamos habernos perdido, me sentí desfallecer. Vitalis me tiró del brazo.

–¿Qué pasa?

–No puedo seguir caminando.

–¿Y crees que yo puedo llevarte a cuestas? Sigo de pie porque me mantiene el pensamiento de que, si nos sentamos, no volveremos a levantarnos y moriremos de frío. ¡Vamos!

Le seguí.

–¿No tiene el camino unas roderas muy profundas?

–No hay roderas.

–Tenemos que volver atrás.

El viento que soplaba a nuestras espaldas nos azotó con tanta fuerza el rostro que me sofocó, me pareció recibir una quemadura.

Al venir no avanzábamos muy de prisa pero, al regresar, caminábamos todavía con más lentitud.

–Cuando veas unas roderas, avísame –dijo Vitalis ; el buen camino debe estar a la izquierda y en la esquina verás un matorral de plantas espinosas.

Durante un cuarto de hora caminamos así, luchando contra el viento; en el triste silencio de la noche, el ruido de nuestros pasos resonaba sobre la tierra endurecida; a duras penas podía poner un pie delante del otro, pero ahora era yo quien arrastraba a Vitalis. ¡Con qué ansiedad inspeccionaba el lado izquierdo del camino!

Una pequeña estrella roja brilló de pronto en la oscuridad.  


–Una luz –dije tendiendo la mano.

–¿Dónde?

Vitalis miró, pero, a pesar de que la luz brillaba a corta distancia, no vio nada. Aquello me hizo comprender que su vista se había debilitado, pues, habitualmente, era por la noche aguda y penetrante.

Qué importa la luz –dijo–, será una lámpara que arde sobre la mesa de un trabajador o junto a la cama de un moribundo, no podemos llamar a esa puerta. En el campo, durante la noche, podríamos solicitar hospitalidad, pero en los alrededores de París no dan hospitalidad a nadie. No hay casa para nosotros. ¡Vamos!

Anduvimos todavía algunos minutos, luego me pareció distinguir un camino que se cruzaba con el nuestro y, en la esquina, un bulto negro que podía ser la mata de espinos. Solté la mano de Vitalis para ir más de prisa. El camino estaba lleno de profundas roderas.

–Aquí está el espino; y hay roderas.

–Dame la mano, estamos salvados, la cantera está a cinco minutos de aquí: mira bien, tienes que ver el grupo de árboles.

Me pareció ver una masa oscura y le dije que reconocía los árboles.

La esperanza nos devolvió la energía, mis piernas me parecieron menos pesadas y la tierra fue menos dura bajo mis pies.

Sin embargo, los cinco minutos anunciados por Vitalis me parecieron eternos.

–Hace más de cinco minutos que andamos –dijo deteniéndose.

–Es lo que me parece.

–        ¿Adonde se dirigen las roderas?

–        Continúan en línea recta.

–La entrada de la cantera debe estar a la derecha, habremos pasado por delante sin verla; la noche es tan espesa que todo es muy difícil; sin embargo, hubiéramos debido comprender por las roderas que íbamos demasiado lejos.

–Le aseguro que las roderas no han girado a la izquierda.

–En fin, retrocedamos de todos modos.

Una vez más dimos marcha atrás.

–¿Ves el grupo de árboles?

–Sí, allí, a la izquierda.

–¿Y las roderas?

–Ya no hay.

–¿Pero estoy ciego? –dijo Vitalis, pasándose la mano por los ojos.

–Caminemos hacia los árboles y dame la mano.

–Hay un muro.

–Es un montón de piedras.

–No, le aseguro que es un muro.

 Lo que yo decía era fácil de comprobar, estábamos a pocos pasos del muro. Vitalis recorrió esos pasos y, como no podía fiarse de sus


ojos, aplicó ambas manos contra el obstáculo al que yo llamaba un muro y que él, por su parte, llamaba un montón de piedras.

–Sí, es una pared; las piedras han sido colocadas regularmente y huelo el mortero; ¿pero dónde está la entrada? Busca las roderas.

Me incliné hacia el suelo y seguí la pared hasta el extremo, sin encontrar la menor rodera; luego, regresando junto a Vitalis, continué mi búsqueda por el lado opuesto. El resultado fue el mismo: por todas partes el muro; ninguna abertura en la pared, ni un rastro en la tierra del camino que pudiera indicar la existencia de una entrada.

–Sólo encuentro nieve.

La situación era terrible; sin duda mi dueño se había perdido y la cantera que buscaba no se encontraba allí.

Cuando le dije que no veía roderas sino sólo nieve, permaneció unos momentos sin contestar, luego, aplicando de nuevo las manos contra la muralla, la recorrió de un extremo a otro. Capi, que no comprendía nada de toda aquella maniobra, ladraba con impaciencia.

Caminé tras Vitalis.

–¿Hay que buscar más lejos?

–No, han cerrado la cantera.

–¿Cerrada?

–Han tapiado la abertura y es imposible entrar.

–¿Entonces?

–¿Qué hacemos, no es cierto? No lo sé; morir aquí.

–¡Oh, señor!

–Sí, tú no quieres morir, eres joven, la vida te atrae; ¡muy bien, caminemos! ¿Puedes caminar?

–Pero ¿y usted?

–Cuando no pueda más, caeré como un caballo viejo.

–¿Adonde vamos?

–Regresaremos a París, cuando encontremos a un policía haremos que nos conduzca al puesto de guardia; me hubiera gustado evitar una cosa así, pero no quiero dejar que mueras de frío; vamos, mi pequeño Remi, vamos, hijo mío, valor.

Y nos pusimos en marcha en sentido inverso, por el camino que habíamos recorrido ya. ¿Qué hora era? No tenía ni la más remota idea. Habíamos caminado, poco a poco, mucho, mucho tiempo. Medianoche, tal vez la una de la madrugada. El cielo era todavía del mismo azul oscuro, sin luna, con pocas estrellas que parecían más pequeñas que de ordinario. El viento, en vez de amainar, había incrementado su fuerza; levantaba torbellinos de nieve en polvo que nos azotaba el rostro. Las casas frente a las que pasábamos estaban cerradas y sin luz; me parece que si la gente que dormía en ellas, tan caliente en sus sábanas, hubieran sabido el frío que teníamos, nos habrían abierto su puerta.

Caminando de prisa habríamos podido reaccionar contra el frío,


pero Vitalis caminaba, resoplando, con muchos esfuerzos; su respiración era penosa y jadeante, como si hubiera corrido. Cuando le preguntaba, no me respondía y, con la mano, lentamente, me indicaba que no podía hablar.

Habíamos regresado del campo a la ciudad, es decir, que caminábamos por entre muros en lo alto de los cuales los reverberos se agitaban con ruido de chatarra.

Vitalis se detuvo; comprendí que ya no podía más.

–¿Quiere usted que llame a una de estas puertas? –le dije.

–No, no nos abrirían; son hortelanos y no se levantan por la noche. Sigamos caminando.

Pero tenía más voluntad que fuerza. Tras dar unos pasos se detuvo de nuevo.

–Tengo que descansar un poco –dijo–, no puedo más.

Había una puerta que daba a un palenque y sobre ese palenque se levantaba un gran montón de estiércol, como los que hay con frecuencia en las casas de los hortelanos; el viento, al soplar sobre el montón, había secado la primera capa de paja y había echado gran cantidad a la calle, hasta el punto de que alcanzaba un cierto espesor, al pie mismo del palenque.

–Voy a sentarme allí –dijo Vitalis.

–Usted decía que si nos sentábamos, el frío nos dominaría y no volveríamos a levantarnos.

Sin responderme, me indicó con una seña que amontonara la paja contra la puerta y se dejó caer, más que sentarse, sobre la improvisada litera; sus dientes castañeaban y todo su cuerpo temblaba.

–Trae más paja –me dijo–, el montón de estiércol nos pone al abrigo del viento.

Al abrigo del viento era cierto, pero no al abrigo del frío. Cuando hube amontonado toda la paja que pude recoger, fui a sentarme junto a Vitalis.

–Apriétate contra mí –dijo– y pon a Capi sobre ti, te dará algo de su calor.

Vitalis era un hombre experimentado, sabía que el frío, en las condiciones en que nosotros nos hallábamos, podía ser mortal. Realmente, para que se expusiera a aquel peligro debía estar, sin duda, aniquilado.

Realmente lo estaba. Desde hacía quince días se acostaba tras haber hecho mucho más de lo que sus fuerzas le permitían y aquella última fatiga, tras todas las demás, le llegaba cuando se encontraba demasiado débil para resistir, agotado por una larga serie de esfuerzos, de privaciones y por la edad.

¿Se dio cuenta de su estado? Jamás lo supe. Pero cuando, tras haber amontonado la paja sobre mí, me apreté contra él, sentí que se incli–


naba sobre mi rostro y me besaba. Era la segunda vez que lo hacía y, ¡ay!, sería la última.

El frío, cuando es leve, impide dormir a la gente que se acuesta temblando, pero cuando es fuerte entumece y atonta a quienes lo soportan al aire libre. Aquél fue nuestro caso.

Apenas si me había acurrucado contra Vitalis cuando quedé amodorrado y mis ojos se cerraron. Hice esfuerzos para abrirlos y, como no lo logré, me pellizqué con fuerza el brazo; pero mi piel estaba insensibilizada y apenas si, pese a mi buena voluntad, pude hacerme algún daño. Sin embargo, el gesto me devolvió, hasta cierto punto, la conciencia de la vida. Vitalis, con la espalda apoyada en la puerta, jadeaba penosamente, con rápidas y cortas inspiraciones. Entre mis piernas, apoyado contra mi pecho, Capi dormía ya. El viento seguía soplando por encima de nuestras cabezas y nos cubría de briznas de paja que caían sobre nosotros ramo hojas secas que se hubieran desprendido de un árbol. Nadie en la calle; a lo lejos y a nuestro lado, un silencio de muerte.

Aquel silencio me dio miedo; ¿por qué?, no me di cuenta; pero era un miedo vago, mezclado a una tristeza que me llenó de lágrimas los ojos. Me pareció que iba a morir allí.

Y el pensamiento de la muerte me devolvió a Chavanon. Pobre mamá Barberin, morir sin volver a verla, sin volver a ver nuestra casa, mi jardín. Y, no sé por qué extravagancia de mi imaginación, me encontré en mi jardincillo: el sol brillaba, alegre y cálido; los junquillos abrían sus flores doradas, los mirlos cantaban en los matorrales y, sobre la cerca de espinos, mamá Barberin tendía la ropa que acababa de lavar en el arroyuelo que cantaba entre los guijarros.

De pronto mi espíritu dejó Chavanon para dirigirse a El Cisne: Arthur dormía en su lecho; la señora Milligan estaba despierta y, al escuchar el viento que soplaba en el exterior, se preguntaba dónde estaría yo con el frío que estaba haciendo.

Luego, mis ojos volvieron a cerrarse, mi corazón se adormeció y me pareció que me desvanecía.


 

LISA

Cuando desperté, estaba en una cama; las llamas de un gran fuego iluminaban el lugar en el que estaba acostado.

No reconocí aquella habitación.

No conocía tampoco los rostros que me rodeaban: un hombre con chaqueta gris y zuecos amarillos; tres o cuatro niños y una chiquilla de cinco o seis años que fijaba en mí sus ojos asombrados; eran unos ojos extraños, hablaban.

Me incorporé.

Se apresuraron a venir hacia mí.

– ¿Vitalis? –pregunté.

–Pregunta por su padre –dijo una joven que parecía la hermana mayor.

–No es mi padre, es mi dueño; ¿dónde está? ¿Dónde está Capi?

Si Vitalis hubiera sido mi padre, ellos hubiesen, sin duda, tomado algunas precauciones para hablarme de él; pero como sólo era mi dueño, pensaron que bastaba con decirme simplemente la verdad, y lo hicieron así:

La puerta en cuyo quicio nos habíamos acurrucado, era la de un hortelano. A las dos de la madrugada, el hortelano había abierto aquella puerta para ir al mercado y nos había encontrado bajo nuestro cobertor de paja. Habían comenzado por decirnos que nos levantáramos para dejar pasar el carricoche y, puesto que sólo Capi respondía, ladrando para defendernos, nos habían cogido de los brazos y sacudido. No habíamos reaccionado. Pensaron entonces que algo grave había ocurrido. Trajeron una linterna y, al examinarnos, vieron que Vitalis había muerto, muerto de frío, y que yo no estaba mucho mejor que él. Sin embargo, gracias a Capi, acostado sobre mi pecho, yo había conservado algo de calor en el corazón, había resistido y todavía respiraba. Entonces me habían llevado a la casa del hortelano y me habían acostado en la cama de uno de los niños, al que habían obligado a levantarse. Había permanecido allí, casi muerto, seis horas; luego, la circulación se había restablecido, la respiración se había hecho más fuerte y yo acaba de despertar.

Por atontado, por paralizado que me hallara de cuerpo y espíritu, estaba, sin embargo, lo bastante despierto como para comprender en todo su significado las palabras que acaba de oír. ¡Vitalis muerto!


El hombre de la chaqueta gris, es decir, el hortelano, era quien me lo había contado y, mientras, la chiquilla de la mirada asombrada no me quitaba los ojos de encima. Cuando su padre dijo que Vitalis había muerto, sin duda comprendió, sintió con rápida intuición el golpe que aquella noticia suponía para mí y, abandonando su rincón, se dirigió a su padre, le puso una mano en el brazo y me señaló con la otra dejando oír un sonido extraño que no pertenecía a la palabra humana, algo parecido a un suspiro dulce y compasivo.

Por otra parte, el gesto era tan elocuente que no precisaba apoyarse en la palabra; sentí en el gesto y la mirada que lo acompañaba una simpatía instintiva y, por primera vez desde mi separación de Arthur, experimenté una indefinible sensación de confianza y ternura, como cuando mamá Barberin me miraba antes de darme un beso. Vitalis había muerto, estaba abandonado y, sin embargo, me pareció que no estaba solo, como si alguien estuviera aún a mi lado.

–Sí, ya lo sé, pequeña Lisa –dijo el padre inclinándose hacia su hija–, eso le entristece, pero hay que decir la verdad; si no la decimos nosotros se la dirá la policía.

Y continuó explicando cómo habían ido a avisar a la policía y cómo se habían llevado a Vitalis mientras me instalaban en la habitación de Alexis, el hijo mayor.

– ¿Y Capi? –dije cuando terminó de hablar.

–¡Capi!

–Sí, el perro.

–No sé, desapareció.

–Se fue tras la camilla –dijo uno de los niños.

–¿Tú lo viste, Benjamín?

–Eso creo; andaba detrás de los portadores, con la cabeza gacha, y, de vez en cuando, saltaba sobre la camilla; luego, cuando le empujaban para que bajara, lanzaba un grito quejumbroso, como un aullido.

¡Pobre Capi! El que tantas veces había seguido, como un buen actor, el entierro de Zerbino, poniendo cara llorosa, lanzando suspiros que hacían desternillarse de risa a los niños más sombríos...

El hortelano y sus hijos me dejaron solo y, sin saber a ciencia cierta lo que hacía y, sobre todo, lo que iba a hacer, me levanté.

Mi arpa había sido colocada a los pies de la cama en la que me habían acostado, me pasé la correa por el hombro y entré en la habitación en la que había entrado el hortelano y sus hijos. Tenía que marcharme, ¿adonde iría?... No era muy consciente de ello pero sabía que debía partir... y partiría.

En la cama, al despertar, no me había sentido muy mal, sólo algo dolorido y con la cabeza bastante caliente; pero cuando estuve sobre mis piernas, me pareció que iba a caer y me vi obligado a sujetarme a una silla. Sin embargo, tras unos instantes de reposo, empujé la puerta y me hallé en presencia del hortelano y sus hijos.


Estaban sentados ante una mesa, junto al fuego que llameaba en una gran chimenea, y comiendo una sopa de col.

El olor de la sopa me hizo estremecer recordándome brutalmente que la víspera no había cenado; tuve una especie de desfallecimiento y vacilé. Mi malestar pudo leerse en mi rostro.

–¿Te encuentras mal, hijo? –preguntó el hortelano con voz compadecida.

Respondí que, en efecto, no me sentía muy bien y que, si me lo permitían, me quedaría un momento junto al fuego.

Pero yo no necesitaba calor sino alimentos; el fuego no me repuso y el olorcillo de la sopa, el ruido de las cucharas en los platos, los chasquidos de lengua de quienes comían, aumentaron mi debilidad.

Si me hubiera atrevido, habría solicitado un plato de sopa, pero Vitalis no me había enseñado a tender la mano y la naturaleza no me había hecho mendigo; me habría muerto de inanición antes que decir tengo hambre. ¿Por qué?, no lo sé bien, tal vez porque jamás quise pedir lo que no podía devolver.

La chiquilla de mirada extraña, la que no hablaba y a quien su padre había llamado Lisa, estaba frente a mí y, en vez de comer, me miraba sin bajar o desviar los ojos. De pronto se levantó de la mesa y tomando su plato lleno de sopa, me lo puso en las rodillas.

Débilmente, pues no tenía voz para hablar, hice con la mano un gesto de agradecimiento, pero su padre no me dio tiempo.

–Acéptalo, hijo –dijo–, lo que Lisa da, bien dado está; y si te apetece, después de éste habrá otro.

¡Si me apetecía! El plato de sopa fue devorado en pocos segundos. Cuando dejé mi cuchara, Lisa, que había permanecido frente a mí, mirándome fijamente, lanzó un gritito que, esta vez, no era un suspiro sino una exclamación de contento. Luego, tomando el plato, lo tendió a su padre para que lo llenara de nuevo y, cuando estuvo lleno, me lo trajo con una dulce sonrisa, tan alentadora que, pese a mi hambre, permanecí unos momentos sin pensar en coger el plato.

Como la primera vez, la sopa no tardó en desaparecer; ya no era una sonrisa lo que plegaba los labios de los niños, sino una auténtica risa que ensanchaba su boca y sus labios.

– ¡Bueno, hijo mío! –dijo el hortelano–; eres una verdadera lima.

Sentí que me ruborizaba de la cabeza a los pies; pero tras unos instantes creí que mejor era confesar la verdad que dejarme acusar de glotón; y respondí que la víspera no había cenado.

–¿Y comido?

–No, no comí tampoco.

–Y tu dueño.

–Igual que yo.

–Entonces, tanto ha muerto de hambre como de frío.

La sopa me había devuelto las fuerzas; me levanté para marcharme.


–¿Adonde quieres ir? –dijo el padre.

–Me voy.

–Pero ¿adonde?

–No lo sé.

–¿Tienes amigos en París?

–No.

–¿Alguien de tu pueblo?

–Nadie.

–¿Dónde vives?

–No teníamos casa; llegamos ayer.

–¿Y qué quieres hacer?

–Tocar el arpa, cantar mis canciones y ganarme la vida.

–¿Dónde?

–En París.

–Mejor harías volviendo a tu pueblo, a casa de tus padres; ¿dónde viven tus parientes?

–No tengo parientes.

–¿Dijiste que el viejo de la barba blanca no era tu padre?

–No tengo padre.

–¿Y tu madre?

–No tengo madre.

–¿Tendrás un tío, una tía, primos, primas, en fin, alguien?

–No, nadie.

–¿De dónde vienes?

–Mi dueño me había comprado al marido de mi nodriza. Usted ha sido bueno conmigo, se lo agradezco de todo corazón y, si lo desea, volveré el domingo a tocar el arpa para que ustedes bailen si les divierte bailar.

Mientras hablaba, me dirigí a la puerta; pero apenas había dado algunos pasos cuando Lisa, que me seguía, me tomó de la mano y me señaló, sonriendo, el arpa.

No había equivocación posible.

–¿Quiere usted que toque?

Asintió con la cabeza palmoteando alegremente.

–Bueno, está bien; toca alguna cosa –dijo el padre.

Tomé mi arpa y, pese a que mi corazón no estaba para danzas ni alegría, comencé a tocar un vals, el mejor, aquel que mis dedos dominaban; ¡ay! cuánto me hubiera gustado tocar como Vitalis y complacer a aquella chiquilla que conmovía mi corazón con su mirada.

Al comienzo, me escuchó mirándome con fijeza, luego comenzó a marcar el compás con los pies; muy pronto, como si la música le arrastrara, se puso a girar por la cocina mientras sus hermanos y su hermana mayor permanecían tranquilamente sentados; no bailaba el vals, no efectuaba los pasos habituales, pero giraba graciosamente con el rostro iluminado.


Sentado junto a la chimenea, su padre no le quitaba los ojos de encima, parecía muy conmovido y daba palmadas también. Cuando el vals terminó y me detuve, la chiquilla vino a colocarse frente a mí con mucha donosura y me hizo una hermosa reverencia. Luego, inmediatamente, golpeando mi arpa con el dedo, indicó que quería continuar.

Habría tocado para ella todo el día; pero su padre dijo que ya era bastante, pues no quería que se cansara de tanto girar.

Entonces, en vez de tocar un vals u otra melodía de baile, canté la canción napolitana que Vitalis me había enseñado:

 

Fenesta vascia e patrono crudele

Quanta sospire m 'aje fatto jettare.

M'arde stocore conmm 'a na cannela

Bella quanno te sentó anno menarre.

 

Aquella canción era para mí lo que el 'Los caballeros de mi patria', de Roberto el Diablo para Norrit y el 'Seguidme', de Guillermo Tell para Duprez, es decir, mi fragmento por excelencia, aquel con el que yo solía producir un mayor efecto; la melodía es suave y melancólica, tiene algo tierno que conmueve el corazón.

A los primeros compases, Lisa vino a colocarse frente a mí, sus ojos fijos en los míos, moviendo los labios como si repitiera mentalmente mis palabras, luego, cuando el tono de la canción se hizo más triste, retrocedió poco a poco algunos pasos, de modo que en la última estrofa se echó a llorar sobre las rodillas de su padre.

–Basta –dijo éste.

–¡Es tonta! –exclamó uno de sus hermanos, el que se llamaba Benjamín–. Baila y luego en seguida llora.

–¡No más tonta que tú! Ella comprende –dijo la hermana mayor inclinándose hacia ella para besarla.

Mientras Lisa se arrojaba a las rodillas de su padre, yo me había puesto el arpa sobre el hombro y me dirigí hacia la puerta.

–¿Adonde vas? –me dijo.

–Me marcho.

–¿De modo que tu oficio es el de músico?

–No tengo otro.

–¿Y no te dan miedo los caminos?

–No tengo casa.

–Sin embargo, la noche que acabas de pasar ha debido hacerte reflexionar.

–Ciertamente, preferiría una buena cama y un rincón junto al hogar.

–¿Quieres, a cambio de trabajo, naturalmente, la buena cama y el rincón frente al fuego? Si quieres quedarte, trabajarás y vivirás con nosotros. Realmente, comprenderás que no estoy proponiéndote la fortuna ni la ociosidad. Si aceptas tendrás que esforzarte, tendrás mucho


que hacer, tendrás que levantarte de madrugada, cavar duro todo el día, mojar con sudor el pan que comas. Pero tendrás el pan asegurado, ya no te verás expuesto a dormir al aire libre como la pasada noche y, tal vez, a morir abandonado junto a un mojón o en el fondo de un foso; por la noche tendrás la cama lista y al comer tu sopa sentirás la satisfacción de haberla ganado, lo que la hace más sabrosa, te lo aseguro. Y luego, por fin, si eres buen muchacho, y algo me dice que lo eres, hallarás en nosotros una familia.

Lisa se había vuelto hacia mí y me miraba sonriendo a través de sus lágrimas.

Sorprendido por aquella proposición, permanecí unos momentos indeciso, sin darme perfecta cuenta de lo que estaba oyendo.

Entonces Lisa, dejando a su padre, vino hacia mí y, tomándome de la mano, me condujo ante un grabado coloreado que estaba fijado a la pared; aquel grabado representaba un pequeño San Juan vestido con una piel de cordero.

Con una señal indicó a su padre y a sus hermanos que miraran el grabado y, al mismo tiempo, dirigiendo su mano hacia mí, alisó mi piel de cordero y señaló mis cabellos que, como los de San Juan, estaban divididos en dos partes sobre la frente y caían rizándose sobre mis hombros.

Comprendí que, a su entender, yo me parecía a San Juan y, sin saber a ciencia cierta por qué, aquello me complació y, al mismo tiempo, me conmovió dulcemente.

–Es verdad –dijo el padre–, se parece a San Juan.

Lisa palmoteo riendo.

–Bueno –dijo el padre volviendo a su proposición–, ¿te interesa, muchacho.

¡Una familia!

¡Iba, pues, a tener una familia! ¡Ay! Cuántas veces se había desvanecido este sueño tan acariciado por mí: mamá Barberin, la señora Milligan, Vitalis, todos, uno tras otro, me habían dejado solo.

Ya no volvería a estar solo.

Mi posición era horrible, acababa de ver morir a un hombre con el que vivía desde hacía varios años y que había sido casi un padre para mí, y había perdido también a mi compañero, mi camarada, mi amigo, mi buen y querido Capi, a quien tanto amaba y que, por su parte, tan gran amistad me profesaba; y, sin embargo, cuando el hortelano me propuso quedarme en su casa, una sensación de confianza nació en mi corazón.

Así pues, no todo había terminado para mí; la vida podía comenzar de nuevo.

Y más que la seguridad del pan de que me hablaban, me conmovía aquel hogar que veía tan unido, aquella vida familiar que me prometían.


Los muchachos serian mis hermanos.

La hermosa y pequeña Lisa sería mi hermana.

En mis sueños infantiles había imaginado más de una vez que encontraba de nuevo a mis padres, pero jamás había pensado en hermanos y hermanas.

Y ahora se me habían ofrecido.

Ciertamente no eran mis hermanos por naturaleza, pero podrían llegar a serlo por amistad; para ello sólo era preciso amarles (a lo que me hallaba dispuesto) y lograr que me amaran, lo que no debía de ser difícil, pues todos parecían llenos de bondad.

Prestamente me quité del hombro la correa del arpa.

–Eso sí que es una respuesta –dijo el padre riendo–, y una buena respuesta; se nota que te agrada. Cuelga tu instrumento de aquel clavo, muchacho, y el día que no te sientas a gusto con nosotros, lo tomas y te marchas; así podrás hacer como las golondrinas y los ruiseñores, podrás elegir la época de ponerte en camino.

La casa a cuya puerta nos habíamos acurrucado dependía de la Glacière; y el hortelano que la ocupaba se llamaba Acquin. Cuando me abrieron las puertas de aquella casa, la familia se componía de cinco personas: el padre, a quien llamaban papá Pierre; dos muchachos, Alexis y Benjamín, y dos chicas, Etiennette, la mayor, y Lisa, la más joven de los hijos.

Lisa era muda, pero no de nacimiento; es decir, que el mutismo no era, en su caso, una consecuencia de la sordera. Durante dos años había hablado, luego, de pronto, un poco antes de llegar a su cuarto año, había perdido el uso de la palabra. Aquel accidente, ocurrido a consecuencia de unas convulsiones que no había afectado por fortuna, su inteligencia, que por el contrario se había desarrollado con extraordinaria precocidad; no sólo lo comprendía todo sino que también lo decía, lo expresaba todo. En las familias pobres e incluso en otras muchas familias, sucede a menudo que la deficiencia de un niño es causa de abandono o de repulsión. Pero con Lisa no había ocurrido lo mismo, por su gentileza y vivacidad, su dulce carácter y su bondad expansiva, había escapado a la fatalidad. Sus hermanos la soportaban sin hacerle pagar su desgracia; su padre sólo veía por sus ojos; su hermana mayor Etiennette la adoraba.

Antaño, el derecho de mayorazgo era una ventaja en las familias nobles; hoy, en las familias de obreros, supone a veces heredar una pesada responsabilidad. La señora Acquin había muerto tras el nacimiento de Lisa y, desde aquel día, Etiennette, que sólo tenía dos años más que su hermano, se había convertido en la madre de la familia. En vez de ir a la escuela, había tenido que quedarse en casa, preparar la comida, coser los botones o remendar los vestidos de su padre y de sus hermanos, y llevar a Lisa en brazos; se habían olvidado de que era una hija, una hermana, y se habían acostumbrado a no ver en ella


más que una sirvienta, y una sirvienta por la que no se molestaban en absoluto, pues sabían que no dejaría la casa y no se enfadaría nunca.

Llevando a Lisa en sus brazos, llevando a Benjamín de la mano, trabajando todo el día, levantándose de madrugada para hacer la sopa del padre antes de que se marchara al mercado, acostándose tarde para ordenarlo todo después de cenar, lavando la ropa de los niños, regando durante el verano, cuando le quedaba un momento libre, saltando por la noche de su cama para tender los zarzos cuando comenzaba, de pronto, a helar, Etiennette no había tenido tiempo de ser una niña, de jugar, de reír, a catorce años su rostro era triste y melancólico como el de una solterona de treinta y cinco años, con un rayo de dulzura y resignación, sin embargo.

No hacía cinco minutos que había colgado yo mi arpa en el clavo que me habían designado, y mientras estaba contando cómo nos había sorprendido el frío en una cantera, cuando escuché que arañaban la puerta que daba al jardín y, al mismo tiempo, resonó un ladrido quejumbroso.

– ¡Es Capi! –dije, levantándome con rapidez.

Pero Lisa se me adelantó; corrió hacia la puerta y la abrió.

El pobre Capi se lanzó de un salto sobre mí y, cuando le tomé entre mis brazos, comenzó a lamerme el rostro lanzando grititos de alegría; todo su cuerpo temblaba.

–¿Y Capi?–dije.

Mi pregunta fue comprendida.

–Muy bien, Capi se quedará contigo.

Como si hubiera comprendido, el perro saltó a tierra y, poniéndose la pata derecha sobre el corazón, saludó. Aquello hizo reír mucho a los niños, sobre todo a Lisa, y para divertirles intenté que Capi representara una de las piezas de su repertorio, pero él no quiso obedecerme y saltando sobre mis rodillas comenzó a lamerme de nuevo; luego, bajando, se puso a tirar de la manga de mi chaqueta.

–Quiere que salga.

–Para llevarte junto a tu dueño.

Los hombres de la policía que se habían llevado a Vitalis habían dicho que necesitarían interrogarme y que vendría durante el día, cuando me hubiera calentado y estuviera despierto. Esperarlos me pareció muy largo e incierto. Me sentía ansioso por tener noticias de Vitalis. Tal vez no estaba muerto como habían creído. Yo no había muerto; él, como yo, podía regresar a la vida.

Al ver mi inquietud y adivinando la causa, el padre me llevó al despacho del comisario en donde me hicieron muchas preguntas a las que sólo respondí cuando me hubieron asegurado que Vitalis había muerto. Lo que yo sabía era muy sencillo, lo conté. Pero el comisario quiso saber más, y me interrogó ampliamente acerca de Vitalis y de mí mismo.


En cuanto a mí, le contesté que ya no tenía padres y que Vitalis me había alquilado por una suma de dinero que había adelantado al marido de mi nodriza.

–¿Y ahora? –me dijo el comisario.

Al oír estas palabras, el padre intervino.

–Nos encargaremos de él si quiere usted confiárnoslo.

El comisario no sólo quiso confiarme al hortelano, sino que, además, le felicitó por su buena acción.

Entonces fue preciso responder a las preguntas sobre Vitalis, y aquello me era bastante difícil, ya que no sabía nada o casi nada.

Había, sin embargo, un punto misterioso del que pude hablar: se trataba de lo que había ocurrido durante nuestra última representación, cuando Vitalis había cantado de un modo que provocó la admiración y el afecto de la dama; estaban también las amenazas de Garofoli, pero me pregunté si no era mejor guardar silencio a este respecto.

Lo que mi dueño había ocultado cuidadosamente durante su vida, ¿debía ser revelado tras su muerte?

No es fácil, para un niño, ocultar algo a un comisario de policía que conoce su oficio, pues esa gente tiene un modo de interrogar que os descubre muy pronto cuando intentáis escapar.

Eso fue lo que sucedió.

En menos de cinco minutos el comisario me había hecho decir lo que yo quería ocultar y él quería saber.

–Tenemos que llevarle a casa de ese Garofoli –dijo a un agente–; una vez en la calle Lourcine, él reconocerá la casa; sube usted con él e interroga a Garofoli.

Los tres nos pusimos en camino: el agente, el padre y yo.

Como el comisario había dicho, me fue fácil reconocer la casa y Subimos al cuarto piso. No vi a Mattia que, sin duda, había ya entrado en el hospital. Al ver a un agente de policía y reconociéndome, Garofoli palideció; ciertamente tenía miedo.

Pero se tranquilizó pronto cuando supo, por boca del agente, lo que nos llevaba a su casa.

–¡Ah! El pobre viejo ha muerto –dijo.

–¿Le conocía?

–Perfectamente.

–Muy bien, dígame lo que sabe.

–Es muy sencillo. Su nombre no era Vitalis; se llamaba Carlo Bazani, y si hubiera usted vivido hace treinta y cinco o cuarenta años, en Italia, este simple nombre habría bastado para decirle quién era el hombre por el que ahora pregunta. Carlo Balzani era, en aquella época, el más famoso cantante de Italia y fueron famosos sus éxitos en nuestros principales escenarios; cantó en todas partes, en Nápoles, en Roma, en Milán, en Venecia, en Florencia, en Londres, en París. Pero un día perdió la voz; entonces, al no poder ser el rey de los artista,


no quiso que su gloria se viera empequeñecida comprometiéndola en teatros indignos de su reputación. Abandonó el nombre de Carlo Balzani y se convirtió en Vitalis, ocultándose de quienes le habían conocido en los buenos tiempos. Tenía, sin embargo, que vivir; intentó varios oficios sin éxito, tanto fue así que, de fracaso en fracaso, se convirtió en adiestrador de perros sabios. Pero en su miseria conservó el orgullo, y habría muerto de vergüenza si el público hubiera llegado a saber que el brillante Carlo Balzani se había convertido en el pobre Vitalis. Yo supe por azar este secreto.

Esta era, pues, la explicación del misterio que tanto me había intrigado.

¡Pobre Carlo Balzani, querido Vitalis!


 

HORTELANO

Mi dueño debía ser enterrado a la mañana siguiente, y el padre me había prometido llevarme al entierro.

Pero a la mañana siguiente no pude levantarme, pues pasé toda la noche con una fiebre muy alta que comenzó con un estremecimiento seguido de una oleada de calor; me pareció tener fuego en el pecho y estar enfermo como Corazón-Hermoso, tras su noche pasada sobre el árbol, en la nieve.

En realidad, yo tenía una violenta inflamación, es decir, una pulmonía provocada por el enfriamiento sufrido durante la noche en que mi pobre dueño y yo habíamos caído agotados ante aquella puerta.

Fue aquella pulmonía la que me permitió apreciar la bondad de la familia Acquin y, sobre todo, las cualidades y la abnegación de Etiennette.

Aunque los pobres estén, generalmente, poco dispuestos a llamar al médico, los síntomas de mi enfermedad fueron tan violentos y terribles que hicieron conmigo una excepción a aquella regla, que se debe tanto a la naturaleza como a la costumbre. Llamado el médico, no precisó de un examen muy largo y de un relato detallado para ver cuál era mi enfermedad; declaró en seguida que debían trasladarme al hospicio.

Era, en efecto, lo más sencillo, lo más fácil. Sin embargo, aquella opinión no fue aceptada por el padre.

–Ya que ha llegado a nuestra puerta –dijo– y no a la del hospicio, nosotros debemos encargarnos de él.

El médico combatió con toda clase de razones aquella conclusión fatalista, pero sin lograr doblegarla. Debían encargarse de mí, y se encargarían de mí.

Y Etiennette añadió a todas sus ocupaciones la de enfermera, cuidándome con dulzura, metódicamente, como lo hubiera hecho una hermanita de San Vicente de Paul, sin una impaciencia, sin un olvido. Cuando los trabajos de la casa le obligaban a abandonarme, Lisa la reemplazaba, y muchas veces, en mi fiebre, la vi a los pies de mi cama, clavando en mí sus grandes ojos inquietos. Con el espíritu turbado por el delirio, creí que era mi ángel de la guarda, y le hablé como se hablaría a un ángel, confesándole mis esperanzas y mis deseos. Desde aquel momento me acostumbré a considerarla, aun a pesar mío, como un ser ideal, rodeado de una especie de aureola, al que me sorprendía mucho


ver compartiendo nuestra vida cuando esperaba, por el contrario, verle emprender el vuelo con sus grandes alas blancas.

Mi enfermedad fue larga y dolorosa, con varias recaídas que tal vez hubieran desanimado a sus parientes, pero que no agotaron ni la paciencia ni la abnegación de Etiennette. Durante varias noches fue necesario velarme, pues mi pecho estaba tan cargado que podía creerse que iba a ahogarme, y fueron Alexis y Benjamín quienes, alternativamente, se turnaron junto a mi cama. Por fin llegó la convalecencia; pero, al igual que la enfermedad, fue larga y caprichosa, y me fue necesario esperar a que la primavera comenzara a reverdecer los prados de la Glacière para salir de casa.

Entonces Lisa, que no trabajaba, tomó el lugar de Etiennette y fue ella quien me acompañó a pasear por las orillas del Bievre; a mediodía, cuando el sol estaba en lo alto, salíamos y, dándonos la mano, nos íbamos despacio, seguidos por Capi. La primavera fue dulce y hermosa aquel año o, al menos, me dejó un dulce y hermoso recuerdo, lo que viene a ser la misma cosa.

El barrio que se halla entre la Maison-Blanche y la Glacière es poco conocido por los parisinos; se sabe vagamente que por allí, en alguna parte, hay un vallecito, pero como el río que lo riega es el Bievre, se dice y se cree que aquel valle es uno de los lugares más sucios y tristes de los alrededores de París. Sin embargo, no es así y el lugar es mucho mejor que su reputación. El Bievre, al que se juzga con demasiada frecuencia por lo que es industrialmente en el Saint-Marcel, y no por lo que naturalmente era en Verriéres o en Rungis, corre allí, o al menos corría por aquel entonces, bajo sauces y olmos, y en sus orillas se abrían verdes praderas que subían suavemente hasta pequeñas colinas coronadas de casas y jardines; la hierba es, en primavera, fuerte y fresca, las margaritas esmaltan de estrellas blancas su tapiz esmeralda y, en los sauces de hojas recientes, en los olmos cuyos brotes están recubiertos de resina viscosa, los pájaros, el mirlo, el pinzón, la curuca, revolotean diciendo con sus cantos que aquello es aún la campiña y no ya la ciudad.

Así vi yo aquel vallecito –que después ha cambiado mucho– y la impresión que me dejó sigue tan viva en mi recuerdo como el primer día. Si fuera pintor os dibujaría la cortina de olmos sin olvidar un solo árbol, los grandes sauces con espinosos groselleros que verdeaban en sus copas y cuyas raíces se hundían en los podridos troncos, y las fortificaciones sobre las que patinábamos dejándonos resbalar sobre un solo pie, la Butte-aux-Cailles con su molino de viento, el patio de Sainte-Hélène con su población de lavanderas, las tenerías que ensucian e infectan las aguas del río, la granja Sainte-Anne, en donde los pobres locos que cultivan la tierra pasan por vuestro lado sonriendo con risa idiota, los miembros balanceantes, la boca semiabierta mostrando, con fea mueca, la punta de su lengua.


En nuestros paseos, Lisa, como es lógico, no hablaba pero, sorprendentemente, no necesitábamos palabras, nos mirábamos y nos comprendíamos tan bien con los ojos que yo mismo hablaba cada vez menos.

Poco a poco regresaron mis fuerzas y pude entregarme a los trabajos del huerto; esperaba aquel momento con impaciencia, pues deseaba ardientemente hacer por los demás lo que los demás hacían por mí, trabajar para ellos y devolverles, en la medida de mis fuerzas, lo que me habían dado. Yo no había trabajado nunca, pues por penosas que sean las largas caminatas, no son un trabajo continuado que exige voluntad y aplicación, pero creía poder trabajar bien, al menos valerosamente, siguiendo el ejemplo de quienes me rodeaban.

Era la época en que los alhelíes comienzan a llegar a los mercados parisinos y el padre Acquin cultivaba, en aquel momento, alhelíes. Nuestro huerto estaba lleno de ellos; los había rojos, blancos, violetas, separados por colores, colocados bajo bastidores, de modo que unas hileras eran blancas y otras, junto a las primeras, rojas; era un hermoso espectáculo; por la noche, antes de cerrar los bastidores, el aire se embalsamaba con el perfume de todas aquellas flores.

La tarea que me confiaron, proporcionada a mis fuerzas, débiles todavía, consistió en levantar por las mañanas los paneles de vidrio, cuando la helada había ya pasado, para cerrarlos por la noche, antes de que la helada llegara; durante el día, debía protegerlos echando paja por encima para preservar las plantas de los ardores del sol. Aquello no era muy difícil ni muy penoso, pero sí bastante largo, pues había varios centenares de paneles que debían levantarse o bajarse dos veces por día, vigilando para sombrearlos o descubrirlos de acuerdo con la fuerza del sol. Mientras, Lisa permanecía junto a la noria que servía para extraer el agua necesaria para el riego y cuando la vieja Cocotte, cansada de girar con los ojos tapados por su máscara de cuero, reducía el paso, ella la incitaba restallando un pequeño látigo; uno de los hermanos volcaba los cubos que la noria hacía subir y el otro ayudaba a su padre; cada uno teníamos así nuestra tarea y nadie perdía el tiempo.

En mi pueblo yo había visto trabajar a los campesinos, pero no tenía la más remota idea de la aplicación, el valor y la intensidad con que trabajaban los hortelanos de los alrededores de París que, levantados ya mucho antes del alba, acostándose mucho después de que el sol se ponga, se agotan por completo trabajando, mientras les quedan fuerzas durante toda la larga jornada; había visto, también, cultivar la tierra, pero no tenía la menor idea de todo cuanto puede obligársele a producir mediante el trabajo y sin dejarla descansar; en casa del padre Acquin tuve yo una buena escuela.

No siempre trabajé en los bastidores; las fuerzas regresaron y tuve también la satisfacción de poder sembrar algo en la tierra y la satisfac–


ción, mucho mayor aún, de verlo brotar: era mi obra, mi bien, mi creación y aquello me producía un sentimiento de orgullo; servía, pues, para algo, lo estaba probando y, lo que me parecía mejor aún, lo sentía; aquello, os lo aseguro, valía por muchos sufrimientos.

Pese a las fatigas de aquella nueva vida, me acostumbré pronto a la existencia laboriosa, que tan poco se parecía a mis vagabundeos de bohemio. En vez de correr libremente, como antaño, sin más objetivos que caminar siempre adelante por los caminos reales, ahora era preciso permanecer encerrado entre las cuatro tapias de un jardín y trabajar duramente de la mañana a la noche, con la camisa húmeda sobre los hombros, las regaderas en las manos y los pies desnudos en los senderos lodosos; pero junto a mí todo el mundo trabajaba con la misma fuerza; las regaderas del padre eran más pesadas que las mías y su camisa estaba más mojada de sudor que las nuestras. La igualdad en el trabajo es un gran consuelo. Y, además, encontré allí lo que creí haber perdido para siempre: la vida de familia. Ya no estaba solo, ya no era el niño abandonado; tenía mi cama y mi lugar en la mesa que nos unía a todos. Si durante el día, Alexis o Benjamín me daban un sopapo, en cuanto la mano caía ya no pensaba en ello, como ellos no pensaban más en los que yo les devolvía; y por la noche, alrededor de la sopa, nos sentíamos amigos y hermanos.

A decir verdad no todo era trabajo y fatiga; gozábamos también nuestras horas de reposo y de placer, cortas, claro, pero precisamente por ello mucho más deliciosas.

El domingo, por la tarde, nos reuníamos en una pequeña viña que había junto a la casa; yo tomaba mi arpa del clavo en donde había permanecido colgada durante toda la semana y hacía bailar a los hermanos y las hermanas. Ni los unos ni las otras habían aprendido a bailar, pero Alexis y Benjamín fueron cierta vez a un baile de boda en el Mille Colonnes, y habían vuelto con recuerdos más o menos exactos de la contradanza; esos recuerdos les guiaba. Cuando estaban cansados de bailar, me hacían cantar mi repertorio y mi canción napolitana producía siempre su irresistible efecto en Lisa.

Fenesta vascia e patrono oxídele.

Jamás canté la última estrofa sin ver cómo sus ojos se humedecían.

Entonces, para distraerla, representaba una obra bufa con Capi. También para él aquellos domingos eran días de fiesta; le recordaban el pasado, y cuando había terminado su papel, de buena gana hubiera recomenzado.

Transcurrieron así dos años y como el padre me llevaba a menudo al mercado, al muelle de las Flores, a la Madeleine, al Château-d'Eau, o a las floristerías donde llevábamos nuestras plantas, poco a poco fui conociendo París y comprendiendo que si no era una ciudad de mar–


mol y oro, como había imaginado, no era tampoco una ciudad de fango como mi entrada por Carenton y el barrio Mouffetard me habían hecho creer con excesiva precipitación.

Vi monumentos, entré en algunos, y me paseé por los muelles, por los bulevares, por el jardín del Luxemburg, por el de las Tullerías, por los Campos Elíseos. Vi estatuas. Me admiré ante el movimiento de la multitud. Me formé una cierta idea de lo que es la existencia de una gran capital.

Por fortuna, mi educación no se hizo sólo por los ojos y siguiendo al azar de mis paseos o mis caminatas a través de París. Antes de establecerse como hortelano por cuenta propia, 'padre' había trabajado en los planteles del Jardín des Plantes, y allí había tomado contacto con gente de ciencia cuyo trato había despertado en él la curiosidad y el deseo de aprender. Durante varios años había empleado sus ahorros en comprar libros y sus horas, pocas, de ocio en leer aquellos libros. Pero cuando se casó y llegaron los hijos, las horas de ocio se habían hecho raras; ante todo fue necesario ganar el pan de cada día; los libros habían quedado abandonados, pero no se habían perdido ni vendido; los habían guardado en un armario. El primer invierno que pasé con la familia Acquin fue muy largo y los trabajos del huerto se vieron, si no suspendidos, al menos reducidos durante varios meses. Entonces, para llenar las veladas que pasábamos junto al fuego, los viejos libros fueron sacados del armario y distribuidos entre nosotros. Eran, en su mayoría, obras sobre botánica e historia de las plantas, con algunos relatos de viajes. Alexis y Benjamín no habían heredado el gusto de su padre por el estudio y, regularmente, todas las noches, tras abrir su volumen, se dormían a la tercera o cuarta página.

En cuanto a mí, menos dispuesto al sueño o más curioso leía hasta el momento de acostarnos; las primeras lecciones de Vitalis no se habían perdido; y cuando, al acostarme, me decía esto, pensaba con ternura en él.

Mis deseos de aprender recordaron al padre la época en que ahorraba dos sueldos de su almuerzo para comprar libros, y añadió algunos, traídos de París, a los que estaban en el armario. La elección se hacía al azar o según las promesas del título, pero, al fin y al cabo, eran libros; si, por aquel entonces, introdujeron algún desorden en mi espíritu sin dirección, aquel desorden se borró más tarde y cuanto de bueno había en él permaneció y permanece; ciertamente, toda lección es provechosa.

Lisa no sabía leer, pero al verme hundido en los libros en cuanto tenía una hora libre, sintió la curiosidad de saber qué era lo que tanto me interesaba. Al comienzo quiso quitarme los libros que me impedían jugar con ella; luego, viendo que pese a todo siempre volvía a cogerlos; me pidió que se los leyera. Aquello fue un nuevo vínculo entre nosotros. Replegada en sí misma, con la inteligencia siempre dispuesta, sin estar ocupada en las ingenuidades o frivolidades de la


conversación, podía encontrar en la lectura lo que, efectivamente, encontró: una distracción y un alimento.

Cuántas horas habremos pasado así; ella sentada ante mí, sin quitarme los ojos de encima, yo leyendo. A menudo me detenía al hallar palabras o pasajes que no comprendía y la miraba. Entonces, algunas veces, buscábamos durante largo tiempo; luego, cuando no podíamos hallar el significado, ella me pedía que continuara con un gesto que significaba 'más tarde'. Le enseñé a dibujar, es decir, a lo que yo llamaba dibujar. Fue largo y difícil pero, por fin, lo conseguí casi por completo. Sin duda, yo era un pobre maestro. Pero nos entendíamos y la comprensión y acuerdo entre el maestro y el alumno es, a menudo, mucho mejor que el talento. ¡Qué alegría cuando trazó, por fin, algunas líneas en las que podía reconocerse lo que había querido hacer! El padre Acquin me besó.

–¡Bueno! –dijo riendo–, habría podido hacer una tontería mayor que tomarte con nosotros. Lisa te lo pagará más tarde.

Más tarde, es decir, cuando hablara, pues no habían renunciado a devolverle la palabra; los médicos habían dicho, tan sólo, que por el momento no se podía hacer nada y que era preciso aguardar una crisis.

Más tarde era también la triste expresión que tenía cuando yo le cantaba canciones. Quiso que le enseñara a tocar el arpa y, rápidamente, sus dedos se acostumbraron a imitar los míos. Como es lógico, no había podido enseñarle a cantar y aquello la enfurecía. Muchas veces vi en sus ojos lágrimas que me revelaban su pesadumbre; con su naturaleza dulce y buena, la pesadumbre no duraba demasiado; se enjugaba los ojos y con su sonrisa resignada me decía: más tarde.

Adoptado por el padre Acquin y tratado como un hermano por sus hijos, probablemente hubiera permanecido siempre en la Glacière sin una catástrofe que, de pronto, cambió otra vez mi vida; estaba escrito que yo no podría ser feliz por mucho tiempo y que, cuando creyera más segura mi tranquilidad, sería precisamente el momento en que sería arrojado de nuevo, por acontecimientos independientes de mi voluntad, a mi vida aventurera.


 

LA DISPERSIÓN DE LA FAMILIA

Había días en los que, sintiéndome solo y reflexionando, me decía:

–Eres demasiado feliz, muchacho, eso no puede durar.

No podía adivinar cómo caería sobre mí la desgracia, no podía preverlo, pero estaba casi seguro de que, de un modo u otro, llegaría.

Aquello me entristecía con frecuencia, pero por otro lado tenía la ventaja de que, para evitar la desgracia, me aplicaba en llevar a cabo lo mejor posible cuanto tenía que hacer, imaginando que el infortunio me golpearía por mi culpa.

No fue por mi culpa, pero, si bien me equivocaba en ese punto, adiviné con excesiva precisión lo referente a la desgracia.

He dicho ya que el padre cultivaba alhelíes; es un cultivo bastante fácil que los jardineros de París realizan a las mil maravillas, como atestiguan las grandes y gruesas plantas, cubiertas por completo de flores, que llevan al mercado en los meses de abril y mayo. La única habilidad necesario al hortelano que cultiva alhelíes es la que estriba en saber elegir las plantas de flores dobles, pues la moda rechaza las flores simples. Así que, como las semillas que se plantan dan una proporción aproximadamente igual de plantas simples y plantas dobles, interesa mucho conservar tan sólo las plantas dobles; sin ello se podría estar expuesto a cuidar con grandes gastos un cincuenta por ciento de plantas que sería necesario desechar cuando florecieran, es decir, tras un año de cultivo. Esa selección se denomina desimplaje y se lleva a cabo inspeccionando ciertos caracteres de las hojas y del aspecto de las plantas. Pocos jardineros saben practicar la operación del desimplaje e, incluso, se considera un secreto que se conserva en algunas familias. Cuando los cultivadores de alhelíes necesitan seleccionar las plantas dobles, recurren a uno de sus compañeros que conozca el secreto y éstos 'van a la ciudad', como los médicos o los expertos, a celebrar sus consultas.

El padre era uno de los más hábiles desimpladores de París; así que, en la época que se lleva a cabo esta operación, estaba ocupado todos los días. Para nosotros, y sobre todo para Etiennette, era una mala época, pues no se visita a un compañero sin beber un litro de vino, a veces dos, y, por lo tanto, cuando había visitado a dos o tres jardineros, regresaba a casa con el rostro enrojecido, la voz estropajosa y las manos temblorosas.


Etiennette no se acostaba nunca sin que él hubiera regresado, aun cuando lo hiciera muy, muy tarde.

Entonces, cuando yo estaba despierto, o cuando él me despertaba al llegar, escuchaba desde mi cama su conversación:

–¿Por qué no te has acostado?

–Porque quería saber si necesitabas algo.

–Así que la señorita policía me vigila.

–Si no estuviera despierta, ¿con quién hablarías?

–Quieres comprobar que me porto bien; ¡bueno!, mira, te apuesto lo que quieras que llego a la puerta de la habitación de los niños sin desviarme de esta hilera de baldosas.

Se escuchaba un ruido de pasos inseguros en la cocina, luego se hacía el silencio.

–          ¿Lisa está bien?

–Sí, duerme; no hagas ruido, por favor.

–No hago ruido, me porto bien; no tengo más remedio que portarme bien puesto que, ahora, las hijas vigilan a sus padres. ¿Qué ha dicho cuando ha visto que no volvía a cenar?

–Ha mirado tu sitio.

–¡Ah! Ha mirado mi sitio.

–Sí.

–¿Muchas veces? ¿Lo ha mirado muchas veces?

–Bastante.

–¿Y luego?

–Sus ojos decían que tú no estabas.

–Entonces te ha preguntado por qué no estaba y tú le has dicho que había ido a casa de unos amigos.

–No, no me ha preguntado nada ni le he dicho nada; ella sabía donde estabas.

–Ella lo sabía..., ella sabía que... ¿Se ha dormido bien?

–No; sólo hace un cuarto de hora que duerme; quería esperarte.

–          ¿Y tú qué querías?

–Yo quería que no te viera regresar.

Luego, tras unos momentos de silencio:

–Etiennette, eres una buena hija; escúchame, mañana voy a casa de Louisot; bueno, pues te juro, ¿lo entiendes?, te juro que volveré a cenar; no quiero que vuelvas a esperarme y que Lisa se duerma inquieta.

Pero las promesas, los juramentos no siempre se cumplían y, en cuanto aceptaba un vaso de vino, no podía regresar pronto. En casa, Lisa era todopoderosa, fuera se olvidaba de ella.

–Mira –decía–, se bebe un vaso sin pensar, porque no se puede desairar a los amigos; el segundo se bebe porque se ha bebido el primero; y aunque se haya decidido no beber el tercero, beber de sed. Y luego, el vino se te sube a la cabeza; se sabe que, bebido, se olvidan las


penas; no se piensa en los acreedores; todo parece iluminado por el sol; se deja la propia piel para pasar por otro mundo, por el mundo en donde se desearía vivir. Y se bebe. Eso es todo.

Sin embargo, eso no ocurría con frecuencia. Además, la época del desimplaje no dura mucho y cuando la época había pasado, el padre, sin motivos ya, no volvía a salir. No era hombre que fuera a la taberna solo o por pereza, para perder el tiempo.

Terminada la época de los alhelíes, preparábamos otras plantas, pues la regla dice que un hortelano no debe tener en su huerto un solo lugar libre: en cuanto vende sus plantas, otras deben reemplazarlas.

El arte, para un jardinero que trabaja para la venta, es llevar sus flores al mercado cuando puede obtener por ellas el precio más alto. Y eso ocurre en las grandes fiestas del año: San Pedro, Santa María, San Luis, pues el considerable número de quienes se llaman Pedro, María, Luis o Luisa hace, en consecuencia, considerable el número de tiestos o de ramos que se venden esos días, destinándolos a desear buena fiesta a un pariente o amigo. Todo el mundo sabe que, la víspera de esas fiestas, las calles de París están llenas de flores, no sólo en las tiendas o mercados, sino también en las aceras, en las esquinas, en las escaleras de las casas, en todas partes donde pueda levantarse un puesto.

El padre Acquin, tras la época de los alhelíes, trabajaba con vistas a las grandes fiestas de los meses de julio y agosto, sobre todo de agosto en el que se celebran Santa María y San Luis, y preparábamos por ello miles de grandes margaritas, de fucsias, de adelfas, tantas como podían contener nuestros bastidores e invernaderos; era preciso que todas aquellas plantas florecieran el día previsto, ni antes, pues estarían pasadas el día de la venta, ni después, pues todavía no tendrían flores. Se comprenderá que eso exija un cierto talento, pues no somos dueños del sol ni del tiempo más o menos bueno. El padre Acquin era un maestro en ese arte y sus plantas nunca llegaban demasiado pronto ni demasiado tarde. Pero cuántos cuidados, cuánto trabajo.

A estas alturas de mi relato, estábamos a 5 de agosto, nuestra cosecha se anunciaba excelente y todas nuestras plantas se hallaban a punto: en el jardín, al aire libre, las margaritas mostraban sus corolas prestas a abrirse, y en los invernaderos o bajo los bastidores cuyos cristales habían sido cuidadosamente encalados para tamizar la luz, fucsias y adelfas comenzaban a florecer; formaban grandes matorrales o pirámides guarnecidas de capullos, que los cubrían de arriba abajo, la vista era soberbia y, de vez en cuando, veía cómo el padre se frotaba las manos con satisfacción.

–La cosecha será buena –decía a sus hijos.

Riendo en voz baja calculaba lo que iba a reportarle la venta de todas aquellas flores.

Se había trabajado duro para llegar a aquel resultado, sin tomar una sola hora de descanso, ni siquiera el domingo; sin embargo, como todo


estaba en orden y a punto, se decidió que, para premiarnos, iríamos el domingo 5 de agosto a cenar a Arcueil, a casa de uno de los amigos del padre, jardinero también. Capi vendría con nosotros. Trabajaríamos hasta las tres o las cuatro de la tarde y luego, cuando todo hubiera terminado, cerraríamos la puerta con llave, nos marcharíamos alegremente y llegaríamos a Arcueil hacia las cinco o las seis; luego, después de cenar, regresaríamos en seguida para no acostarnos demasiado tarde y ponernos a trabajar, el lunes por la mañana, frescos y descansados.

Así se había decidido y algunos minutos antes de las cuatro, el padre daba vuelta a la llave en la cerradura de la puerta principal.

¡Todo el mundo en marcha! –dijo alegremente.

¡Adelante, Capi!

Y tomando a Lisa de la mano, comencé a correr con ella acompañado por los alegres ladridos de Capi que saltaba a nuestro alrededor. Tal vez creía que nos marchábamos por mucho tiempo, a recorrer los caminos, y prefería eso a quedarse en casa, donde se aburría, pues no siempre podía ocuparme de él, cosa que le gustaba mucho.

Ibamos endomingados y soberbios en nuestros hermosos trajes de comer macarrones. Algunos se daban vuelta para vernos pasar. No sé exactamente qué aspecto tenía yo, pero Lisa, con su sombrero de paja, su vestido azul y sus botines grises era la chiquilla más deliciosa que pueda imaginarse, la más despierta; era la gracia misma en la vivacidad; sus ojos, su nariz, sus hombros, sus brazos, sus manos, todo en ella revelaba su placer.

El tiempo transcurrió tan rápidamente que casi no lo advertimos; todo lo que sé es que, cuando estábamos terminando la cena, uno de nosotros avisó de que el cielo se estaba cubriendo de negras nubes hacia poniente y, como nuestra mesa se hallaba al aire libre, bajo un gran saúco, nos fue fácil constatar que se aproximaba una tormenta.

–Chicos, hay que darse prisa en volver a la Glacière.

Al oír estas palabras hubo una exclamación general.

–¡Ya!

Lisa no dijo nada, pero hacía gestos de negativa y protesta.

–Si se levanta el viento –dijo el padre–, puede derribar los paneles; ¡en marcha!

No podíamos seguir protestando; todos sabíamos que los paneles encristalados son la fortuna de los jardineros y que si el viento rompe los cristales, significa la ruina para ellos.

–Yo me adelanto – dijo el padre–; Benjamín, y tú también, Alexis, venid conmigo; iremos más de prisa. Remi nos seguirá con Etiennette y Lisa.

Sin añadir una palabra más, se fueron a grandes pasos mientras nosotros les seguíamos más lentamente, adaptando, Ettiennette y yo, nuestra marcha a la de Lisa.

Ya no era cuestión de risas, y ni corríamos ni saltábamos.


El cielo se hacía cada vez más sombrío y la tempestad se acercaba con rapidez, precedida por nubes de polvo que el viento, que se había levantado, arrastraba en grandes torbellinos. Cuando nos alcanzaba uno de esos torbellinos, teníamos que detenernos, volver la espalda al viento y taparnos los ojos con las dos manos, pues nos cegaba; si respirábamos sentíamos en la boca un sabor a guijarros.

El trueno retumbaba en la lejanía y sus ronquidos se acercaban con rapidez mezclándose a estridentes estallidos.

Etiennette y yo habíamos tomado a Lisa de la mano y la arrastrábamos detrás de nosotros, pero apenas si podía seguirnos y nosotros no andábamos tan rápidamente como hubiésemos deseado.

¿Llegaríamos antes que la tempestad?

¿Llegarían el padre, Benjamín y Alexis?

Para ellos la cuestión era mucho más importante; para nosotros se trataba simplemente de no mojarnos, para ellos de poner los bastidores a salvo de la destrucción, es decir, de cerrarlos para que el viento no pudiera tomarlos por debajo y derribarlos mezclándolo todo.

El estruendo del trueno era cada vez más frecuente y las nubes se habían vuelto tan espesas que era casi de noche; cuando el viento las entreabría, se descubrían, en algunos lugares de sus negros torbellinos, cobrizas profundidades.

Cosa extraña, por entre el rugir del trueno escuchamos un formidable ruido que se acercaba y que resultaba inexplicable; parecía que un regimiento de caballería que huyera galopando de la tempestad.

De pronto comenzó a granizar; primero algunas piedras que nos golpearon el rostro, luego, casi en seguida, una auténtica tromba; tuvimos que arrojarnos bajo un soportal.

Y vimos caer entonces la avalancha de granizo más terrible que pueda imaginarse; en unos instantes la calle se cubrió de una capa blanca como en pleno invierno; las piedras eran grandes como huevos de pichón y, al caer, producían un ruido ensordecedor por entre el que se escuchaban, de vez en cuando, estallidos de cristales rotos; con el granizo que caía a la calle desde los tejados, caían también toda clase de cosas, trozos de tejas, cascotes, pedazos de pizarra triturada, sobre todo pedazos de pizarra que formaban montones negros entre la blancura del granizo.

–¡Ay! ¡Los paneles! –gritó Etiennette.

Este era también el pensamiento que me vino a la cabeza.

–Tal vez padre haya llegado a tiempo.

–Aunque hubiera llegado antes que el granizo, no habrán podido cubrir con los zarzos todos los paneles; todo va a perderse.

–Se dice que el granizo sólo cae en algunos lugares.

–Estamos demasiado cerca de casa para que nos hayamos salvado; si cae en el huerto como está cayendo aquí, el pobre padre se arruina–


rá. ¡Dios mío!, tenía tantas esperanzas puestas en la venta, necesitaba tanto este dinero.

Sin saber con exactitud el precio de las cosas, a menudo había oído decir que los paneles encristalados costaban de 1.500 a 1.800 francos la centena y comprendí de inmediato el desastre que significaría, para nosotros, que el granizo hubiera roto nuestros quinientos o seiscientos paneles, sin mencionar los invernaderos y las plantas.

Hubiera querido preguntar a Etiennette, pero apenas si podíamos oírnos por encima del ensordecedor ruido del granizo; y además, a decir verdad, Etiennette no parecía muy dispuesta a charlar; miraba caer el granizo con cara de desolación, parecida a la que debe poner la gente que ve arder su casa.

La terrible granizada no duró mucho, tal vez cinco o seis minutos, y cesó tan bruscamente como había comenzado; la nube se dirigió a París y nosotros pudimos salir del soportal.

En la calle el granizo duro y redondo, rodaba bajo los pies como los guijarros de la playa, y su espesor era tal que nos hundíamos en él hasta los tobillos.

Puesto que Lisa no podía caminar por aquel granizo helado con sus botines de tela, la tomé sobre mis hombros; su rostro, tan alegre cuando veníamos, estaba ahora sombrío, las lágrimas rodaban por sus mejillas.

No tardamos en llegar a la casa, cuya puerta principal estaba abierta; entramos rápidamente en el huerto.

¡Qué espectáculo! Todo estaba roto, destrozado; los paneles, las flores, los pedazos de vidrio, el granizo, formaban una mezcla, un revoltijo informe; de aquel huerto tan hermoso, tan rico por la mañana, sólo quedaban ya aquellos indescriptibles despojos.

¿Dónde estaba el padre?

Al no verle por ninguna parte, le buscamos y de este modo llegamos al gran invernadero del que no quedaba ya un solo cristal intacto; estaba sentado, derrumbado para ser más exacto, en un taburete, entre los despojos que cubrían el suelo, Alexis y Benjamín se mantenían inmóviles a su lado.

–¡Ah, pobres hijos míos! –gritó levantando la cabeza cuando advirtió que nos estábamos aproximando por el ruido de los cristales que aplastábamos a nuestro paso–. ¡ Ah, pobres hijos míos!

Y, tomando a Lisa en sus brazos, se echó a llorar sin añadir una sola palabra.

¿Qué podía decir?

Era un desastre; pero, por grande que fuera a los ojos, lo era mucho más todavía por sus consecuencias.

Pronto supe, por Etiennette y por los muchachos, qué justificada estaba la desesperación del padre. Hacía diez años que el padre había comprado aquel huerto y había construido la casa con sus propias ma–


nos. El hombre que le había vendido la tierra, le había también prestado el dinero necesario para comprar el material necesario a su oficio de jardinero. Debía pagar o devolver aquella suma en quince años, por anualidades. Hasta entonces, el padre había pagado regularmente aquellas anualidades con mucho trabajo y muchas privaciones; lo que era absolutamente indispensable, puesto que su acreedor sólo esperaba una ocasión, es decir, un retraso, para apoderarse del terreno, de la casa, del material, conservando, naturalmente, las diez anualidades que había recibido ya; al parecer aquél era su modo de especular, y sólo al suponer que, en quince años, llegaría un momento en el que el padre no podría pagar, había emprendido aquella operación que, sin peligro para él, estaba por el contrario, llena de riesgos para su deudor.

Por fin, a causa del granizo, había llegado su día.

¿Qué iba a pasar ahora?

No permanecimos mucho tiempo en la incertidumbre y, a la mañana siguiente al día en que el padre debía pagar su anualidad con el producto de la venta de las plantas, vimos entrar en casa a un señor vestido de negro, que no tenía aspecto de ser muy cortés y que nos dio un papel sellado tras escribir algunas palabras en un espacio en blanco.

Era un ujier.

Y, desde aquel día, vino continuamente, tanto que terminó por saber nuestros nombres.

–Buenos días, Remi –decía–; buenos días, Alexis; ¿cómo va eso, señorita Etiennette?

Y nos daba su papel sellado, sonriendo, como si fuéramos amigos.

–Adiós, muchachos.

–¡Váyase al diablo!

El padre no se quedaba ya en casa, iba de un extremo a otro de la ciudad. ¿Qué hacía?, no lo sé, pues pese a que antaño era muy comunicativo, ahora ya no decía ni una palabra.

Iba a casa de hombres de negocios, a los tribunales sin duda.

Al pensarlo, yo me sentía aterrorizado; también Vitalis fue llevado a los tribunales y yo sabía lo que había sucedido.

Para el padre, el resultado se hizo esperar mucho más tiempo y transcurrió una parte del invierno; como que, lógicamente, no pudimos reparar nuestros invernaderos y colocar de nuevo cristales en nuestros paneles, cultivábamos en nuestro huerto legumbres y flores que no exigían demasiados cuidados; nuestra cosecha no sería muy grande, pero siempre sería algo, y además, así trabajábamos.

Una tarde el padre regresó más hundido que de costumbre.

–Hijos míos –dijo–, es el fin.

Quise salir, pues comprendí que iba a suceder algo grave y, como se había dirigido a sus hijos, me pareció que no debía escucharlo.

Pero me detuvo con un gesto.

–¿Acaso no eres de la familia? –dijo–, y aunque no estés en edad


de escuchar lo que debo decir, has sufrido ya lo bastante para comprenderlo: hijos, voy a dejaros.

Todos prorrumpieron en exclamaciones y gritos de dolor. Lisa se arrojó a sus brazos y le besó llorando.

–¡Ay! Ya podéis imaginar que no abandono de buena gana a hijos tan buenos como vosotros, a una chiquilla tan querida como Lisa.

Y la estrechó contra su corazón.

–Pero he sido condenado a pagar y, como no tengo dinero, van a venderlo todo y luego, puesto que eso no será bastante, van a meterme en la cárcel por cinco años; al no poder ganar el dinero pagaré con mi cuerpo, con mi libertad.

Todos rompimos a llorar.

–Sí, es muy triste –dijo–, pero no hay que ir contra la ley, y esa es la ley; al parecer, antaño era todavía más dura, según me ha dicho mi abogado, y cuando un deudor no podía pagar a sus acreedores, esos tenían derecho a destrozar su cuerpo y repartírselo en tantas partes como querían; a mí, simplemente, me encierran en la cárcel; sin duda lo harán dentro de pocos días y estaré en ella durante cinco años. ¿Qué será de vosotros durante todo este tiempo? Eso es lo terrible.

Se hizo un silencio; no sé cómo lo vivieron los otros niños, para mí fue horrendo.

–Ya supondréis que no he dejado de pensar en ello; y para no dejaros solos y abandonados cuando me hayan detenido, he decidido lo siguiente:

Recuperé un poco de esperanza.

–Remi escribirá a mi hermana Catherine Suriot, de Dreuzy, en la Nievre; le explicará nuestra situación y le pedirá que venga; con Catherine, que no pierde con facilidad la cabeza y que entiende de negocios, decidiremos lo que sea mejor.

Era la primera vez que yo escribía una carta, fue un penoso, un cruel principio.

A pesar de que las palabras del padre fueran vagas, contenían sin embargo una esperanza y, en la posición en que nos hallábamos, esperar era ya mucho.

¿Esperar qué?

No lo sabíamos; pero esperábamos; Catherine iba a venir y era una mujer que entendía de negocios; aquello bastaba a niños sencillos e ignorantes como nosotros.

Para quienes entienden de negocios no hay dificultades en el mundo.

Sin embargo, no llegó tan de prisa como habíamos imaginado, y los guardias de comercio, es decir, la gente que detiene a los deudores, llegaron antes que ella.

Precisamente el padre iba a marcharse a casa de uno de sus amigos cuando, al salir a la calle, se los encontró frente a él; yo le acompañaba y, en un segundo, estuvimos rodeados. Pero el padre no quería


huir palideció como si fuera a desmayarse y pidió a los guardias, con voz débil, que le dejaran besar a sus hijos.

–No hay que tomarlo así, amigo –dijo uno de ellos–, la cárcel por deudas no es tan terrible y en ella hay buenos muchachos.

Volvimos a entrar en casa, rodeados por los guardias de comercio.

Fui al huerto a buscar a los chicos.

Cuando regresamos, el padre tenía en sus brazos a Lisa que derramaba ardientes lágrimas.

Entonces, uno de los guardias le habló al oído, pero no escuché lo que dijo.

–Sí –respondió el padre–, tiene usted razón; es preciso.

Y         levantándose bruscamente, puso a Lisa en el suelo, pero ella se aferró a él y no quiso soltarle.

Entonces el padre besó a Etiennette, Alexis y Benjamín.

Yo estaba en un rincón, con los ojos velados por las lágrimas; me llamó:

–¿Y tú, Remi, no quieres darme un beso, ya no eres mi hijo?

Estábamos desesperados.

–Quedaos aquí –dijo el padre con voz autoritaria–, yo os lo mando.

Y         salió rápidamente tras haber puesto la mano de Lisa en la de Etiennette.

Hubiera querido seguirle y me dirigí hacia la puerta, pero Etiennette me detuvo con un gesto.

Permanecimos, anonadados, en nuestra cocina; todos llorábamos y ninguno hallaba una sola palabra que decir.

¿Qué palabra?

Sabíamos perfectamente que la detención se llevaría a cabo un día u otro, pero creímos que Catherine estaría allí y Catherine era nuestra defensa.

Pero Catherine no estuvo.

Llegó, sin embargo, una hora después de que el padre se marchara y nos encontró a todos en la cocina, sin que nos hubiéramos todavía dicho una sola palabra. La que hasta entonces nos había sostenido, se había derrumbado a su vez; Etiennette tan fuerte, tan valerosa para luchar era ahora tan débil como nosotros; ya no nos animaba, había perdido la voluntad, había perdido la dirección y se hallaba sumida en un dolor que sólo dominaba para intentar consolar el de Lisa. El piloto había caído al mar y nosotros, niños, ya sin nadie al timón, sin faro para guiarnos, sin nada que nos condujera a puerto, sin saber ni siquiera si existía un puerto para nosotros, estábamos perdidos en el océano de la vida, agitados al azar del viento, incapaces de un movimiento o una idea, con el terror en el espíritu y la desesperanza en el corazón.

La tía Catherine era una mujer fuerte, una mujer de iniciativa y de voluntad; durante diez años, en cinco ocasiones distintas, había sido


nodriza en París; conocía las dificultades de este mundo y, como ella misma decía, sabía arreglárselas.

Para nosotros fue un consuelo escuchar sus órdenes y obedecerlas, habíamos vuelto a encontrar una dirección y de nuevo nos habíamos puesto en pie.

Para una campesina sin educación y sin fortuna, era una pesada responsabilidad la que le había caído en las manos, una responsabilidad que preocuparía a los más audaces; una familia de huérfanos el mayor de los cuales no llegaba a los dieciséis años mientras la menor era muda. ¿Qué hacer con ellos? ¿Cómo cuidarlos cuando tan difícil era vivir uno mismo?

El padre de uno de los niños a los que había alimentado, era notario; fue a consultarle y con él, con sus consejos y sus cuidados, decidió la suerte que nos esperaba. Luego fue a la cárcel para hablar con el padre y, ocho días después de su llegada a París, sin habernos hablado una sola vez de sus gestiones y sus intenciones, nos comunicó la decisión que había tomado.

Como éramos demasiado jóvenes para seguir trabajando solos, cada uno de los niños iría a casa de un tío o una tía que había aceptado recogerlos: Lisa a casa de la tía Catherine en el Morvan.

Alexis en casa de un tío que era minero en Varses, en las Cevennes.

Benjamín a casa de otro tío que era hortelano en Saint-Quentin.

Y Etiennette a casa de una tía que estaba casada en la Charente, a orillas del mar, en Esnandes.

Escuché aquellas disposiciones, esperando que llegaran a mí. Pero como la tía Catherine había dejado de hablar, me adelanté:

–¿Y yo? –dije.

–Pero si tú no eres de la familia.

–Trabajaré para usted.

–Tú no eres de la familia.

–Pregúntele a Alexis, a Benjamín si no soy muy bueno en el trabajo.

–Sí, y comiendo sopa también, ¿no es cierto?

–Sí, sí, es de la familia –dijeron todos.

Lisa se adelantó y unió las manos ante su tía, con un gesto más expresivo que los más largos discursos.

–Mi pobre pequeña –dijo la tía Catherine–, te comprendo; quieres que venga contigo; pero ¿sabes?, en la vida no puede hacerse siempre lo que se quiere. Tú eres mi sobrina y, cuando lleguemos a casa, si mi hombre dice algo desagradable o pone cara de malos amigos, sólo tendré que decirle: 'Es de la familia, ¿quién se compadecerá de ella si no lo hacemos nosotros?' Y lo que digo de nosotros, vale también para el tío de Saint-Quentin, para el de Varses y para la tía de Esnandes. Sólo aceptarán parientes, no se acogen extraños en la propia casa; el pan escasea ya, incluso para la familia, no hay para todo el mundo.

Yo sabía que no había nada que hacer, nada que añadir. Lo que


decía era muy cierto. ‘Yo no era de la familia’. No podía reclamar nada; pedir era mendigar. Y, sin embargo, ¿les hubiera querido más siendo de su familia? ¿No eran Alexis y Benjamín mis hermanos; no era Etiennette y Lisa mis hermanas? ¿Acaso no les quería bastante?  Y Lisa no me amaba tanto como amaba a Benjamín o a Alexis?

La tía Catherine jamás demoraba la ejecución de sus resoluciones; nos previno que nuestra separación tendría lugar e la mañana siguiente y, tras ello, nos envió a la cama. Apenas hubimos entrado en la habitación cuando todos me rodearon y Lisa se arrojó llorando a mis brazos. Comprendí entonces que, pese a la pena que les producía separarse, pensaba en mí, me compadecían y supe así que era su hermano. Entonces una idea acudió a mi turbado espíritu o, mejor dicho, pues hay que decir tanto el bien como el mal, una inspiración subió de mi corazón a mi espíritu.

–Escuchad –les dije–, ya veo que si vuestros parientes no me quieren, vosotros, por el contrario me consideráis de vuestra familia.

–Sí –dijeron los tres–, serás siempre nuestro hermano.

Lisa, que no podía hablar, ratificó aquellas palabras mirándome tan profundamente que las lágrimas asomaron a mis ojos.

–        ¡Muy bien, sí! Seré de vuestra familia y os lo probaré.

–        ¿Adonde quieres ir? –dijo Benjamín.

Hay una plaza en casa de Pernuit; ¿quieres que mañana por la mañana vaya a pedirla para ti? –dijo Etiennette.

–No quiero una colocación; si me coloco me quedaré en París y no os veré más. Vestiré de nuevo mi piel de oveja, descolgaré el arpa del clavo en donde padre la había colgado e iré de Saint-Quentín a Varses, de Varses a Esnandes, de Esnandes a Dreuzy; os veré a todos uno tras otro, y así para mí seguiréis estando juntos. No he olvidado mis canciones y mis melodías: me ganaré la vida.

Por la satisfacción que se leyó en todos los rostros, vi que mi idea cumplía sus propios deseos y, en mi pesadumbre, me sentí muy feliz. Hablamos largo tiempo de nuestro proyecto, de nuestra separación, de nuestros encuentros, del pasado y del porvenir. Luego Etiennette quiso que nos acostáramos, pero aquella noche nadie durmió bien y yo, tal vez, menos que los otros.

Al día siguiente, al alba, Lisa me llevó al jardín y comprendí que quería decirme algo.

–¿Quieres hablar conmigo?

Hizo un signo afirmativo.

–Estás apenada porque nos separamos; no necesitas decírmelo, lo veo en tus ojos y lo siento en mi corazón.

Ella me indicó que no se trataba de eso.

–Dentro de quince días estaré en Dreuzy.

Sacudió la cabeza.

–          ¿No quieres que vaya a Dreuzy?


Por lo general, para comprenderme, yo procedía por medio de interrogaciones y ella respondía con un signo afirmativo o negativo.

Me dijo que quería verme en Dreuzy; pero, señalando la mano tres direcciones distintas, me hizo comprender que yo debía, antes, visitar a sus hermanos y hermanas.

–¿Quieres que vaya antes a Varses a Esnandes y Saint-Quentin?

Sonrió, feliz por haber sido comprendida.

–¿Por qué?

Entonces, con sus manos, con sus labios y, sobre todo, con sus expresivos ojos, me comunicó la razón de su solicitud. Traduzco aquí lo que me explicó:

–Para que yo pueda tener noticias de Etiennette, de Alexis y de Benjamín, tienes que verlos primero; entonces vendrás a Dreuzy y me dirás lo que has visto, me repetirás lo que te han dicho.

Debían partir a las ocho de la mañana y la tía Catherine había pedido un gran fiacre para llevarles a todos, primero a la prisión para dar un beso a su padre, y luego cada uno llevando su hatillo al ferrocarril que debían tomar.

A las siete, Etiennette me llevó a su vez al jardín.

–Vamos a separarnos –dijo – ; quisiera dejarte un recuerdo, toma eso; es un estuche de costura; encontrarás en él hilo, agujas y también mis tijeras, las que me regaló mi padrino; cuando estés en camino tendrás necesidad de todo eso, pues no estaré yo allí para coserte los botones o remendarte la ropa. Cuando te sirvas de mis tijeras pensarás en nosotros.

Mientras Etiennette me hablaba, Alexis se paseaba a nuestro alrededor; cuando la muchacha entró en casa dejándome, conmovido, en el jardín, se acercó a mí:

–Tengo dos monedas de cien sueldos –dijo–; me gustaría que aceptaras una.

De los cinco, Alexis era el único que tenía apego por el dinero y nosotros nos burlábamos siempre de su avaricia; acumulaba sueldo tras sueldo y sentía verdadero placer poseyendo monedas de diez y de veinte sueldos, nuevas, que contaba una y otra vez en su mano, haciéndolas brillar al sol y escuchando su tintineo.

Su ofrecimiento me conmovió; quise negarme, pero insistió y me puso en la mano una hermosa y brillante moneda; vi, así, que su afecto por mí era mayor que su afecto por su pequeño tesoro.

Tampoco Benjamín me olvidó y quiso también hacerme un regalo; me dio su cuchillo reclamando a cambio un sueldo 'porque los cuchillos cortan la amistad'.

El tiempo transcurría de prisa; un cuarto de hora, cinco minutos y nos separaríamos. ¿Pensaría Lisa en mí?

Cuando se escuchó el ruido del coche, salió de la habitación de Catherine y me indicó que la siguiera al jardín.


–– ¡Lisa! –llamó tía Catherine.

Pero Lisa, sin contestar, prosiguió su camino apresurándose.

En los jardines de los floristas y los hortelanos todo se sacrifica a lo útil y no hay lugar para plantas de adorno o fantasía. Sin embargo, en nuestro jardín, había un gran rosal de Bengala que no había sido arrancado porque se hallaba en un rincón inútil.

Lisa se dirigió al rosal, cortó una rama y luego, volviéndose a mí, dividió en dos aquella rama, que tenía dos pequeños capullos a punto de abrirse y me dio uno.

¡Ay! ¡Qué pobre es el lenguaje de los labios si se compara al de los ojos! ¡Qué frías y vacías son las palabras si se comparan a las miradas!

–¡Lisa, Lisa! –gritó la tía.

Los equipajes estaban ya en el friacre.

Tomé mi arpa y llamé a Capi. Viendo el instrumento y mi antiguo vestido, que no tenía para él nada de terrorífico, saltó de alegría, sin duda comprendiendo que, de nuevo, íbamos a ponernos en camino y que podría saltar, correr libremente, cosa que, para él, era más divertido que permanecer encerrado.

Había llegado la hora de las despedidas. La tía Catherine las abrevió; hizo subir a Etiennette, Alexis y Benjamín, y me dijo que pusiera a Lisa en sus rodillas.

Luego, como yo permanecía alelado, me rechazó suavemente y cerró la puerta.

–En marcha –dijo.

El coche partió.

A través de mis lágrimas, divisé la cabeza de Lisa que, asomándose por la ventanilla abierta, me enviaba un beso con su mano. Luego el coche volvió rápidamente la esquina de la calle y sólo vi ya un remolino de polvo.

Apoyado en mi arpa, con Capi a mis pies, permanecí mucho tiempo mirando maquinalmente el polvo que, poco a poco, volvía a depositarse en la calle.

Un vecino era el encargado de cerrar la casa y guardar las llaves para el propietario; me sacó de mi anonadamiento y me hizo regresar a la realidad.

–¿Quieres quedarte? –me dijo.

–No, me voy.

–¿Adonde vas?

–Adelante, siempre adelante.

Sin duda sintió piedad, pues tendiéndome la mano, me dijo:

–Si quieres quedarte te tendré a mi lado, pero sin pagarte porque no eres lo bastante fuerte; tal vez más tarde.

Le di las gracias.

–Como quieras; lo decía por ti; ¡buen viaje!

Se fue.


El coche se había ido; la casa estaba cerrada. Pasé por mi hombro la bandolera de mi arpa; aquel movimiento, que tantas veces había realizado antaño, despertó la atención de Capi; se levantó fijando en mi rostro sus ojos brillantes.

–¡Vamos, Capi!

Había comprendido; saltó delante de mí ladrando.

Aparté los ojos de aquella casa en la que había vivido dos años, en la que creí vivir siempre, y los dirigí al frente.

El sol estaba alto en el horizonte, el cielo era puro, el tiempo calido; aquello no se parecía a la noche glacial en la que había caído, agotado por la fatiga, al pie de aquella pared.

Aquellos dos años no habían sido más que un paréntesis; tenía que emprender de nuevo el camino.

Pero había sido un paréntesis benefactor.

Me había dado fuerzas.

Y más preciosa aún que la fuerza que sentía en mis miembros, era la amistad que llevaba en el corazón.

Ya no estaba solo en el mundo.

Tenía un fin en la vida: ser útil y complacer a quienes amaba y a quienes me amaban.

Una nueva existencia se abría ante mí.

¡Adelante!


Segunda Parte

 

ADELANTE

¡Adelante!

El mundo se abría ante mí; podía dirigir mis pasos al norte o al sur, al este o al oeste, a mi entera voluntad.

Aunque sólo era un niño, era ya mi dueño.

Hay muchos niños que dicen en voz baja: '¡Ah!, si pudiera hacer lo que me gusta; si fuera libre; si fuera mi propio dueño', y aguardan con impaciencia el feliz día en que poseerán tal libertad... de hacer tonterías.

Yo me decía: '¡Ah!, si tuviera a alguien que me dirigiera, que me aconsejara...'.

Porque entre estos niños y yo había una diferencia... terrible.

Cuando los niños cometen tonterías, siempre hay alguien tras de ellos para tenderles la mano cuando caen o para levantarles cuando están en el suelo; mientras que yo no tenía a nadie; si caía, llegaba hasta el fondo para, una vez allí, levantarme solo si no quedaba destrozado.

Y yo tenía bastante experiencia como para comprender que podía quedar destrozado; y eso, lo confieso, me daba miedo.

Pese a mi juventud, la desgracia me había puesto suficientemente a prueba para ser circunspecto y más prudente de lo que suelen ser los niños de mi edad; era una ventaja que me había costado cara.

Así que, antes de lanzarme a recorrer el camino que se abría ante mí, quise ver a quién, en los últimos años, había sido un padre para mí; si tía Catherine no me había llevado con sus hijos para decirle adiós, yo podía, debía, ir solo a darle un beso.

Sin haber estado nunca en prisión por deudas, había oído hablar de ello lo bastante para estar seguro de encontrarla. Seguiría el camino de la Madeleine, que yo conocía muy bien, y una vez allí preguntaría. Puesto que tía Catherine y los niños habían podido ver a su padre, también me permitirían verle a mí. También yo era, o, mejor, había sido su hijo; él me quería.

No me atreví a cruzar París con Capi a mis talones. ¿Qué respondería a los policías si me interpelaban? De todos los temores que la experiencia me había inspirado, el de la policía era el mayor: no había podido olvidar Toulouse. Sujeté a Capi con una cuerda, lo que pareció herir mucho su amor propio de perro instruido y bien educado; luego, manteniéndole sujeto, ambos nos pusimos en camino hacia Clichy.

Hay en este mundo cosas tristes cuya sola vista despierta lúgubres


reflexiones; para mí nada es más feo ni más triste que una puerta de prisión: hiela el corazón más que la puerta de una tumba; los muertos sobre quienes ha caído la losa ya no sienten; los prisioneros están enterrados en vida.

Me detuve un instante antes de atreverme a entrar en la cárcel de Clichy, como si temiera que me encerraran en ella y la horrenda puerta cerrándose tras de mí, no volviera abrirse.

Imaginaba que salir de una prisión era difícil; pero no sabía que fuese tan difícil entrar. Lo aprendí a mis expensas.

Finalmente, puesto que no me dejé rechazar ni expulsar, acabé llegando junto a quien deseaba ver.

Me hicieron entrar a un locutorio en el que no había ni rejas ni barrotes, como yo creía, y pronto llegó el padre sin ir cargado de grilletes.

–Te esperaba, pequeño Remi –me dijo–; reñí a Catherine por no haberte traído con los niños.

Me sentía, desde la mañana, triste y abrumado; aquellas palabras me animaron.

–La señora Catherine no quiso llevarme con ella.

–No es posible, pobre muchacho; en este mundo no siempre se hace lo que se quiere; estoy seguro de que habrías trabajado para ganarte la vida; pero Suriot, mi cuñado, no podría darte trabajo; es guarda de esclusas en el canal de Nivernais y los guardas de esclusas, ya lo sabes, no contratan obreros de jardinería. Los niños me han dicho que querías volver a emprender tu oficio de cantor. ¿Has olvidado que estuviste a punto de morir de frío y de hambre a nuestra puerta?

–No; no lo he olvidado.

–Y, entonces, no estabas solo, tenías un dueño que te guiaba; es muy grave, hijo mío, lo que quieres hacer a tu edad, solo, por los caminos reales.

–Tengo a Capi.

Como siempre que oía su nombre, Capi respondió con un ladrido que quería decir: '¡Presente!; si tenéis necesidad de mí, aquí estoy'.

–¡Sí!, Capi es un buen perro; pero sólo es un perro. ¿Cómo vas a ganarte la vida?

–Cantando y haciendo que Capi represente comedias.

–Pero Capi no puede actuar solo.

–Le enseñaré algunos ejercicios de habilidad; ¿no es cierto, Capi, que aprenderás lo que yo quiera?

Se puso la pata en el pecho.

–En fin, hijo mío, si eres prudente te colocarás en un empleo; eres ya un buen obrero, eso vale siempre más que andar por los caminos, que sólo es un oficio para perezosos.

–No soy perezoso y usted lo sabe, jamás me ha oído quejarme de tener demasiado trabajo. Con usted yo hubiera trabajado tanto como


hubiese podido y me hubiera quedado siempre con usted; pero no puedo colocarme en casa de otro.

Sin duda dije estas últimas palabras de un modo especial, pues el padre me miró unos momentos sin responder.

Nos contaste –dijo por fin– que Vitalis, cuando no sabía lo que era, te sorprendía muy a menudo por el modo como miraba a la gente y por su aspecto de señor; ¿sabes?, tú también tienes unas maneras y un aspecto que parecen decir que no eres un pobre diablo. ¿No quieres servir en casa de otro? En fin, hijo mío, tal vez tengas razón, y lo que yo decía era sólo por tu bien, no por otra cosa, créeme. Me parecía que debía hablarte como lo he hecho. Pero eres tu propio dueño, puesto que no tienes padre y yo no puedo ya servirte de padre. Un desgraciado como yo no tiene derecho a hablar en voz alta.

Lo que el padre acababa de decir me había turbado mucho, tanto más cuando yo me lo había dicho ya a mí mismo, si no con las mismas palabras, al menos de modo muy semejante.

Sí, era grave marcharme solo por los caminos, lo sentía, lo veía y cuando, como yo, se ha practicado la vida errante, cuando se han pasado noches como aquella en que nuestros perros habían sido devorados por los lobos o como la que pasamos en las canteras de Gentilly; cuando se ha sufrido hambre y frío como yo lo había hecho; cuando te ves expulsado de pueblo en pueblo, sin poder ganar un céntimo, como me había ocurrido cuando Vitalis estaba en la cárcel, se conocen los peligros y las miserias de esta existencia vagabunda en la que no sólo es incierto el futuro sino también el precario presente.

Pero si renunciaba a esta existencia, no me quedaba más que una solución, el mismo padre acababa de indicármela: colocarme en un empleo; y yo no quería colocarme. Ese era tal vez el orgullo mal entendido en mi posición; pero yo había tenido un dueño a quien me habían vendido, y pese a que se había portado bien conmigo, no quería otro; era una idea fija en mí.

Además, y eso era también decisivo para mi resolución, yo no podía renunciar a la existencia de libertad y viajes sin faltar a la promesa hecha a Etiennette, Alexis, Benjamín y Lisa; es decir, sin abandonarles. En realidad, Etiennette, Alexis y Benjamín podían pasar sin mí, se escribirían; ¡pero Lisa!, Lisa no sabía escribir, tía Catherine no sabía tampoco. Lisa quedaría pues incomunicada si yo la abandonaba. ¿Qué pensaría de mí? Sólo una cosa; que ya no la quería, a ella que me había testimoniado tanta amistad, a ella que tan feliz me había hecho. No era posible.

– ¿No quiere que le traiga noticias de sus hijos? –le dije.

–Me han hablado de esto; pero cuando te insto a que abandones la vida de músico callejero no estoy pensando en nosotros; nunca hay que pensar en sí mismo antes de pensar en los demás.

–Precisamente, padre; ya ve que usted mismo me está indicando lo


que debo hacer; si renunciara al compromiso que he aceptado, por  miedo a los peligros de que usted habla, estaría pensando en mí, no pensaría en usted ni en Lisa.

Me miró de nuevo, pero no por mucho tiempo; luego, de pronto tomándome de las manos, dijo:

–Ven, muchacho, deja que te dé un beso por estas palabras; tienes corazón y es muy cierto que el corazón no lo concede la edad.

Estábamos solos en el locutorio, sentados en un banco el uno junto al otro; me arrojé conmovido en sus brazos, orgulloso también al oírle decir que yo tenía corazón.

–Sólo añadiré una cosa –continuó el padre–. Dios te guarde, hijo mío.

Ambos permanecimos silenciosos unos instantes; pero el tiempo había transcurrido y era hora de separarnos.

De pronto, el padre rebuscó en el bolsillo de su chaleco y sacó un gran reloj de plata que llevaba sujeto a un ojal por medio de una tirilla de cuero.

–No se dirá que nos hemos separado sin que te lleves un recuerdo de mí. Este es mi reloj, te lo doy. No tiene gran valor, pues como comprenderás, si lo tuviera yo lo hubiera vendido. No funciona tampoco muy bien y, de vez en cuando, necesita unos golpecitos. Pero, en fin, es todo lo que poseo en la actualidad y por ello te lo doy.

Y, diciéndolo, me lo puso en las manos; luego, como yo intenté rechazar tan hermoso regalo, añadió con tristeza:

–Ya comprenderás que aquí yo no necesito saber la hora; el tiempo es excesivamente largo; me moriría si lo contara. Adiós, mi pequeño Remi; dame otro beso; eres un muchacho valeroso, recuerda que debes serlo siempre.

Creo que me tomó de la mano para acompañarme a la puerta de salida; pero lo que ocurrió entre nosotros y lo que nos dijimos no lo recuerdo; estaba demasiado turbado, demasiado conmovido.

Cuando pienso en aquella separación encuentro en mi memoria el sentimiento de estupidez y aniquilamiento que se apoderó de mí en cuanto estuve en la calle.

Creo que permanecí mucho, mucho tiempo ante la puerta de la prisión sin decidirme a girar a derecha o a izquierda, y tal vez hubiese permanecido allí hasta la noche si mi mano no hubiera hallado, de pronto, por casualidad, un objeto duro y redondo en mi bolsillo.

Maquinalmente y sin saber lo que estaba haciendo, lo palpé: ¡mi reloj!

Pesadumbres, inquietudes, angustias, todo fue olvidado; ya que sólo pensé en el reloj. Tenía un reloj, un reloj mío, en mi bolsillo, ¡un reloj en el que mirar la hora! Y lo saqué para saber qué hora era; mediodía. No tenía, para mí, la menor importancia que fuera mediodía o las diez de la mañana o las dos, pero me sentí muy feliz sabiendo que era


mediodía. ¿Por qué? Me hubiera visto en un compromiso para responder a esta pregunta; pero era así. ¡Ah!, mediodía, mediodía ya. Sabía era mediodía, mi reloj me lo había dicho; ¡qué cosa! Y me pareció que un reloj era una especie de confidente a quien se pedía consejo y con quien se podía charlar.

–¿Qué hora es, amigo reloj?

–Mediodía, querido Remi.

–¡Ah!, mediodía. Entonces debo hacer esto y aquello. ¿No es cierto?

–Claro.

–Has hecho bien recordándomelo, lo hubiera olvidado.

–Para eso estoy yo aquí, para que no lo olvides.

Con Capi y el reloj tenía ya con quien charlar.

¡Mi reloj! Esas eran dos palabras agradables de pronunciar. Había sentido tantos deseos de tener un reloj y siempre había estado tan convencido de que jamás lo tendría. Sin embargo, ahora, en mi bolsillo había uno que hacía tictac. El padre había dicho que no funcionaba muy bien. No tenía importancia. Funcionaba, eso bastaba. Necesitaba algunos golpecitos. Se los daría, y vigorosos, sin ahorrárselos, y si los golpecitos no bastaban lo desmontaría yo mismo. Eso sería muy interesante; vería lo que había dentro y lo que lo hacía funcionar. Tendría que portarse bien o lo trataría con severidad.

Tanto me había dejado llevar por la alegría que no advertí que Capi estaba casi tan contento como yo; me tiró por la pernera del pantalón ladrando de vez en cuando. Por fin, sus ladridos, cada vez más fuertes, me arrancaron de mi ensoñación.

–¿Qué quieres, Capi?

Me miró y, puesto que estaba demasiado turbado para comprenderle, tras algunos segundos de espera, se levantó y puso su pata contra el bolsillo en el que llevaba el reloj.

Quería saber la hora 'para decírsela al distinguido público', como cuando trabajaba con Vitalis.

Se lo enseñé; él lo miró bastante rato como si intentara recordar, luego, moviendo la cola, ladró dos veces; no lo había olvidado. ¡Ah! Cuánto dinero íbamos a ganar con nuestro reloj. Era un truco más con el que no había contado.

Como todo aquello ocurría en la calle, frente a la puerta de la cárcel, había gente que nos miraba con curiosidad e incluso se detenía.

Si me hubiese atrevido hubiera dado una representación inmediatamente, pero el miedo a la policía me lo impidió.

Además, era mediodía, el momento de ponerme en marcha.

–¡Adelante!

Di una última ojeada, un último adiós a la prisión, tras de cuyos muros permanecía encerrado el padre, mientras yo iría libremente por donde quisiera, y partimos.

El objeto que, en mi oficio, me sería más útil era un mapa de Francia;


sabía que en los muelles los vendían y había decidido comprar uno me dirigí, pues, a los muelles.

Al pasar por la plaza del Carrusel mis ojos se dirigieron maquinalmente al reloj del castillo de las Tullerías y tuve la idea de comprobar si mi reloj y el del castillo marcaban, como debían, la misma hora. En el mío eran las doce y media, en el del castillo la una. ¿Cuál de los dos se atrasaba? Quise darle un golpecito a mi reloj, pero lo pensé mejor: nada probaba que fuese el mío el que se equivocaba, mi hermoso y querido reloj; era posible que fuera el del castillo de los reyes el que estuviera majara. Puse de nuevo mi reloj en el bolsillo diciéndome que, para lo que tenía que hacer, mi hora era la buena.

Necesité mucho tiempo para encontrar un mapa, al menos como yo lo quería, es decir, pegado a una tela, plegable y no más caro de veinte sueldos, lo que para mí era una gran suma; por fin encontré uno tan amarillento que el vendedor sólo me pidió setenta y cinco céntimos.

Ahora podía ya salir de París, y decidí hacerlo en seguida.

Podía tomar dos caminos: el de Fontainebleau, por la puerta de Italia, o el de Orleans por Montrouge; tanto me daba el uno como el otro y el azar quiso que tomara el de Fontainebleau.

Cuando subía por la calle Mouffetard, cuyo nombre leído sobre una placa me había traído el recuerdo de Garofoli, Mattia, Riccardo, la marmita cerrada con un candado, el látigo de cuero y, por fin, Vitalis, mi pobre y buen dueño, que había muerto por no querer dejarme al padrone de la calle Lourcine, me pareció, al llegar a la iglesia de Saint-Médard, reconocer en un niño apoyado en la pared de la iglesia al pequeño Mattia: eran, efectivamente, la misma gran cabeza, los mismos ojos húmedos, los mismos labios expresivos, el mismo aspecto dulce y resignado, el mismo aire cómico; pero, cosa rara, si era él no había crecido.

Me acerqué para examinarle mejor; no cabía duda alguna, era él; me reconoció también, pues su pálido rostro se iluminó con una sonrisa.

–¿Es usted –me dijo– el que vino a casa de Garofoli con el viejo de la barba blanca antes de que yo entrara en el hospital? ¡Ah, cómo me dolía la cabeza aquel día!

–¿Sigue siendo Garofoli su dueño?

Miró a su alrededor antes de contestar; luego, bajando la voz, dijo:

–Garofoli está en la cárcel; le detuvieron porque había matado a Orlando de tanto pegarle.

Me complació saber que Garofoli estaba en prisión, y por primera vez me pareció que las cárceles, que tanto horror me inspiraban, podían ser útiles.

–¿Y los niños? –pregunté.

–          ¡Ah! no lo sé, no estaba allí cuando detuvieron a Garofoli. Cuando salí del hospital, Garofoli, al ver que no podía pegarme sin que enfermara, quiso desembarazarse de mí y me alquiló por dos años,


pagados por adelantado, al circo Gassot. ¿Conoce usted el circo Gassot? ¿No?, bueno, no es un gran circo, pero es un circo. Necesitaban un niño como contorsionista y Garofoli me alquiló al padre Gassot. Permanecí con él hasta el lunes pasado; me despidieron porque tengo ahora la cabeza demasiado grande y sensible para entrar en la caja. Vine desde Gisors, donde está el circo, para reunirme con Garofoli, pero no encontré a nadie, la casa estaba cerrada y un vecino me contó lo que acabo de decirle: Garofoli está en prisión. Entonces he venido aquí sin saber qué hacer ni adonde ir.

–¿Por qué no regresó a Gisors?

–Porque el día en que salí de Gisors para venir andando a París, el circo salía hacia Rouen, ¿cómo quiere usted que vaya a Rouen? Está demasiado lejos y no tengo dinero; no he comido desde ayer a mediodía.

Yo no era rico, pero tenía bastante dinero para no dejar morir de hambre a aquel niño; yo hubiese bendecido a quien me hubiera dado un mendrugo de pan cuando erraba por los alrededores de Toulouse, hambriento como lo estaba Mattia en aquel momento.

–          ¡Quédese aquí! –le dije.

Corrí a casa de un panadero cuya tienda estaba en la esquina; pronto regresé con una hogaza de pan y se la ofrecí; se arrojó sobre ella y la devoró.

–Y ahora –le dije–, ¿qué quiere hacer?

–No lo sé.

–Algo tendrá que hacer.

–Iba a intentar vender mi violín cuando le he encontrado a usted; lo hubiera vendido ya si no me diera tanta pena separarme de él; mi violín es mi alegría y mi consuelo; cuando estoy demasiado triste busco un lugar solitario y toco para mí; veo entonces muchas cosas bellas en el cielo, es mucho mejor que en los sueños, las historias tienen continuación.

–¿Por qué no toca, entonces, el violín por la calle?

–Ya lo he tocado, pero no me han dado nada.

Yo sabía lo que significaba tocar sin que nadie se echara las manos al bolsillo.

–          ¿Y usted? –preguntó Mattia–, ¿qué hace ahora?

No sé qué sentimiento de vanagloria infantil se apoderó de mí cuando le dije:

–Soy el jefe de una compañía.

En realidad era cierto, puesto que tenía una compañía compuesta por Capi, pero era una verdad que lindaba la mentira.

–        ¡Oh, si usted quisiera...! –dijo Mattia.

–        ¿Qué?

–Enrolarme con su compañía.

Entonces regresó a mí la sinceridad.


–Toda mi compañía está ahí –le dije señalando a Capi.

–Bueno, ¿qué importa?, seremos dos. ¡Ah!, se lo ruego, no me abandone; ¿qué va ser de mí? sólo podré morirme de hambre.

¡Morir de hambre! Quienes escuchan este grito no lo comprenden del mismo modo ni lo sienten en el mismo lugar. A mí me resonó en el corazón: yo sabía lo que significaba morir de hambre.

–Sé trabajar –continuó Mattia–; en principio toco el violín y, además, me contorsiono, bailo en la cuerda, paso por el aro, canto; ya verá, haré lo que quiera, seré su criado, le obedeceré, no le pido dinero, sólo comida; si lo hago mal podrá usted pegarme, desde luego; lo único que le ruego es que no lo haga en la cabeza porque la tengo demasiado sensible desde que Garofoli me golpeó tanto en ella.

Al escuchar al pobre Mattia diciendo esas cosas, yo sentía ganas de llorar. ¿Cómo decirle que no podía integrarlo en mi compañía? ¡Morir de hambre! Pero ¿no tenía conmigo las mismas posibilidades de morir de hambre?

Se lo expliqué; no quiso escucharme.

–No –dijo–, siendo dos no se muere de hambre, nos apoyaremos mutuamente, nos ayudaremos, el que tenga algo lo dará al que no lo tenga.

Estas palabras terminaron con mis dudas: puesto que yo tenía, debía ayudarle.

–¡De acuerdo, pues! –le dije.

Inmediatamente, tomó mi mano y la besó, y eso me conmovió el corazón tan dulcemente, que las lágrimas subieron a mis ojos.

–Venga conmigo –le dije–,pero no como criado, como compañero. Y poniendo en mi hombro la correa de mi arpa, exclamé:

–          ¡Adelante!

Al cabo de un cuarto de hora, salíamos de París.

Las tibiezas del mes de marzo habían secado el camino y se andaba fácilmente sobre la tierra endurecida.

El aire era suave, el sol de abril brillaba en un cielo azul y sin nubes.

¡Qué diferencia con la nevosa jornada en la que había entrado en ese París por el que había suspirado durante tanto tiempo, como si fuera una tierra de promisión!

En las cunetas del camino la hierba comenzaba a crecer, en algunos lugares estaba ya esmaltada de margaritas y fresas que ofrecían sus corolas al sol.

Cuando caminábamos a lo largo de los jardines, veíamos las ramas de las lilas enrojeciendo el verde tierno del follaje, y si la brisa agitaba el aire en calma, de lo alto de los viejos muros caían sobre nuestras cabezas pétalos de alhelíes amarillos.

En los jardines, en los matorrales del camino, en los grandes árboles, en todas partes se escuchaba el canto alegre de los pájaros, y delante


de nosotros las golondrinas en vuelo rasante perseguían invisibles mosquitos.

Nuestro viaje comenzaba bien, y yo andaba confiado por el camino sonoro; Capi, liberado de su correa, corría alrededor de nosotros, ladrando a los carricoches, ladrando a los montones de guijarros, ladrando por todo y por nada, sólo por el placer de ladrar.

Junto a mí, Mattia caminaba sin decir nada, pensando sin duda, y yo tampoco decía nada para no molestarle y porque quería, también pensar.

¿Adonde iríamos con paso tan decidido?

Había prometido a Lisa visitar a sus hermanos y a Etiennette antes que a ella, pero no me había comprometido con respecto a quién visitar primero: ¿Benjamín, Alexis o Etiennette? Podía comenzar por uno u otro, a mi gusto, es decir, por las Cevennes, la Charente o la Picardía.

Puesto que había salido por el sur de París, era evidente que no sería Benjamín quien recibiría mi primera visita, pero tenía que elegir entre Alexis y Etiennette.

Yo tenía una razón que me había decidido a dirigirme, primero, hacia el sur y no hacia el norte: el deseo de ver a mamá Barberin.

Aunque he pasado tanto tiempo sin hablar de ella no hay que pensar que la hubiera olvidado, como un ingrato.

Tampoco debe pensarse que fuera un ingrato porque no la hubiera escrito desde que nos habíamos separado.

Muchas veces yo había pensado en escribirla para decirle: 'Pienso en ti y te sigo queriendo con todo mi corazón'; pero el miedo a Barberin, un miedo horrible, me lo había impedido. ¿Y si Barberin me encontraba gracias a mi carta, si se apoderaba de nuevo de mí, si me vendía a un nuevo Vitalis, que no sería ya Vitalis? Sin duda tenía derecho a hacerlo. Y pensando eso yo prefería que mamá Barberin me acusara de ingratitud antes que correr el riesgo de caer de nuevo en las garras de Barberin, y que él usara su autoridad para venderme de nuevo o para hacerme trabajar a sus órdenes. Prefería morir –morir de hambre–, antes que afrontar semejante peligro cuya sola idea me acobardaba.

Pero si no me había atrevido a escribir a mamá Barberin, me parecía que, siendo libre de ir a donde quisiera, podía intentar verla. E incluso, desde que había enrolado a Mattia 'en mi compañía', me decía que aquello podía ser bastante fácil. Enviaba a Mattia mientras yo permanecía prudentemente a retaguardia; él entraba en casa de mamá Barberin y la hacía charlar con un pretexto cualquiera; si estaba sola, él le decía la verdad, venía a avisarme y yo entraba en la casa donde había transcurrido mi infancia para arrojarme en los brazos de mi madre nutricia; si, por el contrario, Barberin estaba en el pueblo, Mattia pedía


a mamá Barberin que fuera a un sitio determinado, y allí yo podía dar le un abrazo.

Este era el plan que yo elaboraba mientras caminaba, y ello me mantenía en silencio, pues no estaba de más toda mi atención, toda mi aplicación, para examinar una cuestión de tal importancia.

En efecto, yo no tenía sólo que decidir si podía ir a dar un beso a mamá Barberin sino que, además, debía ver si, en nuestro camino, hallaríamos ciudades o pueblos en los que tuviéramos la suerte de hacer alguna recaudación.

Para ello, lo mejor era consultar mi mapa.

Nos hallábamos, justamente entonces, en pleno campo y podíamos hacer perfectamente un alto en un montón de guijarros sin temor a que nos molestaran.

–Si quiere –le dije a Mattia–, descansaremos un poco.

–¿Quiere usted que hablemos?

–¿Tiene algo que decirme?

–Quisiera rogarle que me tratara de tú.

–De acuerdo, nos trataremos de tú.

–Usted sí, pero yo no.

–Tú al igual que yo, te lo ordeno y si no me obedeces te pegaré.

–Bueno, pégame, pero no en la cabeza.

Rompió a reír con risa franca y suave mostrando todos sus dientes, cuya blancura brillaba en su rostro soleado.

Nos habíamos sentado, y yo, tomando el mapa de mi bolsa, lo había extendido sobre la hierba. Tardé bastante tiempo en orientarme, pero, por fin, conseguí trazar mi itinerario: Corbeil, Fontainebleau, Montargis, Gien, Bourges, Saint-Amand, Montluçon. Por lo tanto, era posible ir a Chevanon, y si teníamos un poco de suerte, era posible también no morir de hambre en el camino.

–¿Qué es esto? –preguntó Mattia, señalando mi mapa.

Le expliqué lo que era un mapa y para qué servía, empleando casi las mismas palabras de Vitalis, cuando me había dado mi primera lección de geografía.

Me escuchó con atención, fijos sus ojos en los míos.

–Pero entonces –dijo–, hay que saber leer.

–Sin duda, ¿no sabes leer?

–No.

–¿Quieres aprender?

–¡Oh, sí! Claro que quiero.

–Bueno, te enseñaré.

–¿Puede encontrarse sobre el mapa el camino de Gisors a París?

–Claro, es muy fácil.

Se lo enseñé.

Pero, al principio, no quiso creer lo que le decía cuando con un solo movimiento de mi dedo fue de Gisors a París.


–He hecho el camino a pie –dijo–, y es mucho más largo que eso.

Le expliqué entonces lo mejor que pude, que no quiere decir que lo hiciera con mucha claridad, como se marcan las distancias en los mapas; me escuchó, pero no pareció convencido de la seguridad de mi ciencia.

Puesto que había abierto mi bolsa, tuve la idea de inspeccionar lo que contenía, sintiéndome muy orgulloso, por otra parte, de enseñar a Mattia las riquezas que fui extendiendo sobre la hierba.

Tenía tres camisas de tela, tres pares de medias, cinco pañuelos, todo en muy buen estado, y un par de zapatos algo usados.

Mattia quedó deslumbrado.

–¿Y tú qué tienes? –le pregunté.

–Tengo mi violín y lo que llevo encima.

–Bueno –le dije–, compartiremos como es debido, puesto que somos compañeros: tu tendrás dos camisas, dos pares de medias y tres pañuelos; pero, como es justo que lo compartamos todo, tú llevarás mi bolso durante una hora y yo durante otra.

Mattia quiso negarse, pero yo me había acostumbrado ya al mando que, debo decirlo, me parecía muy agradable, y le prohibí que replicara.

Había puesto sobre mis camisas la bolsa de costura de Etiennette y también una cajita en la que había la rosa de Lisa; quiso abrir la caja, pero no se lo permití y volví a ponerla en mi bolsa sin abrirla.

–Si quieres complacerme –le dije–, no toques jamás esta caja, es un regalo.

–Bien –dijo–, te prometo que no la tocaré nunca.

Desde que había vestido de nuevo mi piel de oveja y había tomado mi arma, algo me molestaba mucho; era mi pantalón. Me parecía que un artista no debía llevar pantalones largos; para aparecer en público se necesitaban calzones cortos y medias sobre las que se entrecruzaran cintas de colores. Los pantalones estaban bien para un jardinero, ¡pero ahora yo era de nuevo un artista...!

Cuando se tiene una idea y se es dueño de sus actos, no se tarda en realizarla. Abrí la bolsa de Etiennette y tomé sus tijeras.

–Mientras arreglo mi pantalón –le dije a Mattia–, me demostrarás cómo tocas el violín.

–¡Oh! Me parece muy bien.

Tomando su violín comenzó a tocar.

Mientras, hundí decididamente la punta de mis tijeras en mi pantalón, un poco más arriba de las rodillas, y comencé a cortar la tela.

Sin embargo, era un hermoso pantalón de paño gris, como mi chaleco y mi chaqueta, y me puse muy contento cuando el padre me lo dio; pero yo no creía estropearlo cortándolo de este modo, muy al contrario.

Al comienzo, había escuchado a Mattia mientras cortaba mi panta–


lón, pero pronto dejé de hacer funcionar las tijeras y fui todo oídos: Mattia tocaba casi tan bien como Vitalis.

–¿Quién te ha enseñado a tocar el violín? –le dije aplaudiendo.

–Nadie, un poco todo el mundo y, sobre todo, yo solo, trabajando.

– ¿Y quién te ha enseñado música?

–No sé música; toco de oído.

–Yo te enseñaré.

–¿Pero tú lo sabes todo?

–Es necesario, puesto que soy el jefe de la compañía.

No se es artista sin tener algo de amor propio; quise demostrar a Mattia que también yo era músico.

Tomé mi arpa y, de inmediato, para dar un buen golpe, le canté mi famosa canción:

Fenesta vascia e patrona crudele...

 

Entonces, como debe ser entre artistas, Mattia pagó los cumplidos que acababa de dirigirle con sus aplausos; él tenía un gran talento, yo tenía un gran talento, éramos dignos el uno del otro.

Pero no podíamos seguir así, felicitándonos, era preciso que, tras haber tocado música para nosotros, para nuestro placer, la tocáramos para nuestra cena y nuestra cama.

Cerré mi bolsa y Mattia, a su vez, se la puso en el hombro.

Adelante por el camino polvoriento: ahora era preciso detenerse en el primer pueblo que encontráramos en nuestra ruta y dar una representación: ‘Inauguración de la compañía Remi’.

–Enséñame tu canción –dijo Mattia–,la cantaremos juntos y pienso que pronto podré acompañarte con mi violín; quedará muy bien.

Ciertamente quedaría muy bien y el 'honorable público' necesitaría un corazón de piedra para no llenarnos de dinero.

Esta desgracia nos fue ahorrada. Cuando llegamos a un pueblo que se encuentra cerca de Villejuif y nos preparábamos a encontrar un lugar conveniente para nuestra representación, pasamos ante la puerta principal de una granja cuyo patio estaba lleno de gente endomingada que llevaba ramos de flores atados con cintas, los hombres en el ojal de su vestido y las mujeres en el corpiño; no era preciso ser muy listo para adivinar que se trataba de una boda.

Pensé que aquella gente estaría tal vez contenta de tener músicos que les permitieran bailar e, inmediatamente, entré en el patio seguido de Mattia y de Capi; luego, con el sombrero en la mano y un gran saludo (el saludo noble de Vitalis), hice mi proposición a la primera persona que encontré.

Era un muchacho grueso cuyo rostro rojo como un ladrillo surgía de un gran cuello duro que le serraba las orejas; tenía aspecto de ser un joven apacible y bueno.


No me contestó, pero volviéndose de una sola pieza hacia la gente de la boda, pues su paleto de hermoso paño reluciente le apretaba evidentemente en la sisa, se metió dos de sus dedos en la boca y produjo con tal instrumento un silbido tan formidable que Capi se asustó.

–¡Eh, vosotros! –gritó–. ¿Qué pensaríais de una pequeña musiquilla? Nos acaban de llegar artistas.

–¡Sí, sí, música, música! –gritaron las voces de hombres y mujeres. – ¡Preparaos para la contradanza!

Y, pocos minutos después, los grupos de bailarines se habían formado en medio del patio, lo que hizo huir a las asustadas volátiles.

–¿Sabes tocar contradanzas? –le pregunté a Mattia en italiano y voz baja, pues me sentía bastante inquieto.

–Sí.

Me tocó una en su violín. Por azar yo la conocía. Estábamos salvados. Habían sacado un carro de debajo de un chamizo; lo apoyaron en sus varas y nos hicieron subir encima.

Pese a que jamás habíamos tocado juntos, Mattia y yo no salíamos mal parados de nuestra contradanza. Cierto es que tocábamos para oídos que no eran, afortunadamente, ni delicados ni difíciles.

–¿Sabe uno de vosotros tocar la corneta de llaves? –nos preguntó el gordo coloradote.

–Sí, yo –dijo Mattia–; pero no tengo corneta.

–Iré a buscar una, porque el violín es bonito pero más bien soso.

–¿Así que también tocas las corneta de llaves? –pregunté a Mattia de nuevo en italiano.

–Y la trompeta de varas y la flauta, y todo lo que pueda tocarse. Decididamente, Mattia era impagable.

Pronto llegó la corneta de llaves y comenzamos de nuevo a tocar contradanzas, polcas, valses; sobre todo contradanzas.

Seguimos tocando hasta que cayó la noche sin que los bailarines nos dejaran respirar; aquello no era muy importante para mí, pero para Mattia lo era bastante más, puesto que llevaba la parte más penosa y estaba, además, cansado de su viaje y de las privaciones. De vez en cuando le veía palidecer como si fuera a desmayarse, pero, sin embargo, seguía tocando, soplando en la boquilla tanto como podía.

Por fortuna no fui el único que advertí su palidez, la novia se dio cuenta también.

–Basta –dijo–, el pequeño no puede más; ahora echad mano a la bolsa para los músicos.

–Si quiere –dije saltando del carro–, nuestro cajero hará la cuestación.

Arrojé mi sombrero a Capi que lo tomó en la boca. Se aplaudió mucho la gracia con la que sabía saludar cuando le daban algo, pero para nosotros lo mejor fue que le dieron mucho;


como yo le seguía, vi las monedas cayendo en el sombrero; la novia fue la última y depositó una moneda de cinco francos.

¡Qué fortuna! Pero aquello no fue todo. Nos invitaron a comer y nos dejaron dormir en el granero. A la mañana siguiente, cuando abandonamos aquella casa hospitalaria, poseíamos una suma de veintiocho francos.

–Te los debemos a ti, amigo Mattia –le dije a mi compañero–, yosolo no hubiera podido formar una orquesta.

Entonces recordé unas palabras que me había dicho el padre Acquin cuando comencé a dar lecciones a Lisa, afirmando que quien hace el bien siempre es recompensado.

–Ciertamente, habría podido cometer estupideces mayores que la de enrolarte en tu compañía.

Con veintiocho francos en nuestra bolsa, éramos grandes señores, y cuando llegamos a Corbeil, pude, sin excesiva imprudencia, entregarme a algunas adquisiciones que juzgaba indispensables: primero una corneta de llaves que me costó tres francos en casa de un comerciante de chatarra; por esa suma, no podía ser nuevo ni hermoso, pero arreglado y cuidado podría servir; luego compré unas cintas rojas para nuestras medias y, por fin, un macuto de soldado para Mattia, pues era menos cansado llevar siempre sobre los hombros una bolsa ligera, que llevar de vez en cuando una bolsa pesada; nos partiríamos también lo que llevábamos con nosotros y estaríamos más alerta.

Cuando salimos de Corbeil, estábamos realmente en buen estado; teníamos, una vez pagadas todas nuestras compras, treinta francos en la bolsa, pues nuestras representaciones habían sido fructíferas; nuestro repertorio estaba concebido de modo que podíamos permanecer varios días en el mismo pueblo sin repetirnos demasiado; en fin, Mattia y yo nos entendíamos tan bien que permanecíamos ya juntos, como si fuéramos hermanos.

–¿Sabes? –decía a veces riendo–. Un jefe de compañía como tú, que no pega, es algo demasiado hermoso.

–Entonces, ¿estás contento?

–¿Que si estoy contento? Digamos que es la primera vez en mi vida, desde que salí de mi pueblo, que no añoro el hospital.

Aquella próspera situación me inspiró ambiciosas ideas.

Tras haber dejado Corbeil, nos dirigimos a Montargis, de camino a casa de mamá Barberin.

Ir a casa de mamá Barberin para darle un beso era liberarme de mi deuda de agradecimiento, pero muy mezquinamente y a demasiado buen precio!

¿Y si le llevara algo?

Ahora que yo era rico tenía que hacerle un regalo.

Y había uno que la haría feliz por encima de todo, no sólo en la


actualidad, sino también en su vejez; una vaca que reemplazara a la pobre Roussette.

Qué alegría para mamá Barberin si yo podía darle una vaca; y qué alegría para mí también.

Antes de llegar a Chavanon compraría una vaca y Mattia, llevándola del ronzal, la haría entrar en el patio de mamá Barberin. Naturalmente, Barberin no estaría.

–Mamá Barberin –diría Mattia–, le traigo una vaca.

– ¡Una vaca! Se equivoca usted, hijo mío –y suspiraría.

–No, señora; usted es la señora Barberin de Chavanon, ¿no? Pues bien, el príncipe (como en todos los cuentos) me ha dicho que llevara a casa de la señora Barberin esta vaca que le regala.

–¿Qué príncipe?

Entonces aparecería yo, me echaría en brazos de mamá Barberin y, después de darnos muchos besos, haríamos crêpes y buñuelos que nos comeríamos los tres, y no Barberin como aquel martes de carnaval, cuando había regresado para volcar nuestra sartén y echar nuestra mantequilla en su sopa de cebolla.

¡Qué hermoso sueño! Sólo que, para llevarlo a cabo, necesitaba comprar una vaca.

¿Cuánto costaba una vaca? No tenía ni la menor idea; cara, sin duda alguna, muy cara, pero ¿y qué?

Yo no quería una vaca muy grande, una vaca enorme. Primero porque cuanto mayores son las vacas grandes necesitan mucho alimento y yo no quería que mi regalo supusiera una causa de problemas para mamá Barberin.

Lo esencial, por el momento, era conocer el precio de las vacas o, mejor, el precio de una vaca como la que yo quería.

Afortunadamente, eso no era difícil para mí y en nuestra vida por los caminos, en nuestras veladas en los albergues, nos hallábamos en contacto con conductores y mercaderes de ganado; sería, pues, sencillo preguntar el precio de las vacas.

Pero la primera vez que dirigí la pregunta a un boyero, cuyo aspecto de buen hombre me había atraído al comienzo, me respondió riéndose en mis narices.

El boyero se arrellanó luego en su silla dando, de vez en cuando, formidables puñetazos en la mesa; por fin llamó al posadero.

–¿Sabe usted qué me pregunta el pequeño músico? Cuánto cuesta una vaca, no demasiado grande ni demasiado gruesa, es decir, una buena vaca. ¿Tiene que ser una vaca sabia?

Y de nuevo comenzaron las risas; pero yo no me amilané.

–Tiene que dar buena leche y no comer demasiado.

–¿Tiene que dejarse llevar de una correa por los caminos reales, como vuestro perro?


Tras haber agotado todas sus chanzas, y demostrado su ingenio, quiso contestarme seriamente e incluso discutir conmigo.

Precisamente tenía lo que me hacía falta, una vaca mansa, que daba mucha leche, una leche que era como la crema, y que casi no comía; si yo le soltaba quince pistolas, es decir, cincuenta escudos, la vaca era mía.

Tanto me costó, al principio, hacerle hablar cuanto me costó luego, cuando se embaló, hacerle callar.

Por fin pudimos acostarnos y yo soñé en lo que me había enseñado aquella conversación.

Quince pistolas o cincuenta escudos eran ciento cincuenta francos; y me faltaba mucho para tener tan gran cantidad.

¿Era imposible ganarla? Me pareció que no y si seguía acompañándonos la suerte de los primeros días podría, sueldo a sueldo, reunir aquellos ciento cincuenta francos. Pero necesitaría tiempo.

Entonces se apoderó de mi cerebro una nueva idea: si en vez de ir enseguida a Chavanon, fuéramos primero a Varses, aquello nos proporcionaría el tiempo que nos faltaba yendo por el camino directo.

Por lo tanto, teníamos que ir a Varses y ver a mamá Barberin cuando regresáramos; seguramente entonces tendría mis ciento cincuenta francos y podríamos representar mi fantasía: la Vaca del príncipe.

Por la mañana comuniqué mi idea a Mattia, que no tuvo ningún inconveniente.

–Vayamos a Varses –me dijo–, tal vez las minas sean algo interesante, me gustaría ver una.


 

UNA CIUDAD NEGRA

El camino de Montargis a Varses, que se halla en medio de la Cevennes, es largo y sigue la ladera de la montaña que desciende hacia el Mediterráneo: quinientos o seiscientos kilómetros en línea recta; más de mil para nosotros debido a los rodeos que nuestro tipo de vida nos imponía. Teníamos que buscar ciudades o pueblos grandes para dar fructíferas representaciones.

Tardamos casi tres meses en hacer aquellos mil kilómetros, pero cuando llegamos a los alrededores de Varses tuve la alegría, contando mi dinero, de constatar que habíamos empleado bien el tiempo: en mi bolsa de cuero había ciento veintiocho francos de economías; sólo me faltaban veintidós francos para comprar la vaca de mamá Barberin.

Mattia estaba casi tan contento como yo, y no se sentía escasamente orgulloso de la parte que le correspondía en la obtención de aquella suma; en verdad, su parte era considerable y, sin él, sobre todo sin su corneta de llaves, jamás hubiéramos, Capi y yo, podido ganar aquellos ciento veintiocho francos.

De Varses a Chavanon ganaríamos, sin duda, los veintidós francos que nos faltaban.

Varses, la ciudad a donde llegábamos, era hacía un centenar de años una pobre aldea perdida en las montañas y conocida sólo por haber servido a menudo de refugio a los Niños de Dios mandados por Jean Cavalier. Su situación, en medio de las montañas, la había convertido en un punto importante en la guerra de los Encamisados[1]; pero esta situación había labrado su pobreza. Hacia 1750, un anciano gentilhombre que sentía pasión por las excavaciones, descubrió en Varses minas de carbón y, desde entonces, Varses se convirtió en una de las cuencas hulleras que, con Alais, Saint-Gerbais, Besseges, aprovisionan el Midi y tienden a disputar el mercado del Mediterráneo a los carbones ingleses. Cuando había comenzado sus investigaciones, todo el mundo se había reído de él, y cuando llegó a una profundidad de ciento cincuenta metros, sin haber encontrado nada, se habían iniciado activas gestiones para hacerle encerrar como loco, puesto que parecía que su fortuna iba a desaparecer en sus insensatas excavaciones: Varses tenía en su territorio minas de hierro; pero no se habían encontrado, ni jamás encontrarían, minas de carbón. Sin contestar, y para sustraerse a la maledicencia, el anciano gentilhombre se había instalado en su pozo y no salía nunca; comía en él, dormía en él y, así, sólo tenía que soportar las dudas de los obreros que trabajaban con él; a cada golpe de pico, éstos se encogían de hombros, pero estimulados por la fe de su patrón, daban un nuevo golpe de pico y el pozo iba haciéndose más profundo. A doscientos metros, se encontró una capa de hulla; el anciano gentilhombre ya no fue un loco, fue un hombre de genio; de la noche a la mañana la metamorfosis fue completa.

Hoy, Varses es una ciudad de 12.000 habitantes que tiene ante ella un gran porvenir industrial y que, por el momento, es con Alais y Besseges, la esperanza del Midi.

Lo que hace y lo que hará la fortuna de Varses se halla bajo tierra y no en la superficie. En la superficie, en efecto, el aspecto es triste y desolado; causses, garrigues, es decir, esterilidad, no hay más árboles que, de vez en cuando, algunos castaños, moreras y unos pocos olivos raquíticos, no hay tierra fértil sino piedras grises o blancas por todas partes; tan sólo allí donde la tierra, algo más profunda, se deja penetrar por la humedad, brota una vegetación activa que corta agradablemente la desolación de las montañas.

Tal desnudez provoca terribles inundaciones, pues cuando llueve, el agua corre por las laderas despojadas como correría por una calle adoquinada y los arroyos, secos por lo general, bajan entonces como torrentes que hinchan instantáneamente los ríos de los valles y provocan desbordamientos: en algunos minutos puede verse cómo el nivel del agua sube tres, cuatro, cinco metros e incluso más.

Varses se levanta sobre uno de esos ríos, llamado el Divonne, que recibe en el mismo interior de la ciudad dos pequeños torrentes: el arroyo de la Truyère y el de Saint Andeol. No es una hermosa ciudad, ni limpia, ni regular; los vagones, cargados de mineral de hierro o de hulla, que circulan de sol a sol por los raíles, en medio de las calles, esparcen continuamente un polvo rojo y negro que, en los días de lluvia, forma un barro limpio y profundo como el lodo de una ciénaga; cuando brilla el sol y sopla el viento, por el contrario, cegadores torbellinos circulan y se levantan sobre la ciudad. De arriba abajo, las casas son negras, negras del barro y el polvo que sube de la calle hasta sus techos; negras del humo de los hornos y de las calderas que desciende del techo hasta la calle; todo es negro: el sol, el cielo y hasta las aguas del Divonne. Y sin embargo, la gente que circula por las calles es aún más negra que el entorno: los caballos negros, los coches negros, las hojas de los árboles negras; se diría que una nube de hollín se abatió un día sobre la ciudad o que


Una inundación de brea la recubrió hasta lo más alto de sus techos, calles no fueron hechas para los coches ni para los viandantes sino para los ferrocarriles y los vagones de las minas: en todas partes raíles y desvíos; por encima de las cabezas puentes voladizos, correas, árboles de transmisión que giran con ensordecedores resoplidos; las grandes construcciones junto a las que se pasa tiemblan hasta los cimientos y, si se mira por las puertas o las ventanas, se ven masas de mineral fundido que circulan como inmensos bólicos, martillos-pilones que arrojan a su alrededor una lluvia de chispas y, en todas partes, pistones de máquinas de vapor que suben y bajan regularmente. Ni monumentos, ni jardines, ni estatuas en las plazas; todo se parece y ha sido construido siguiendo el mismo modelo: el cubo, las iglesias, el tribunal, las escuelas, son cubos agujereados por mayor o menor número de ventanas, según las necesidades.

Cuando llegamos a los alrededores de Varses, eran las dos o las tres de la tarde y un sol radiante brillaba en el cielo puro; pero a medida que nos acercábamos el día se oscureció; una espesa nube de humo que se arrastraba pesadamente desgarrándose en lo alto de las chimeneas se había interpuesto entre el cielo y la tierra; hacía ya más de una hora que oíamos poderosos ronquidos, un mugido parecido al del mar entrecortado por golpes sordos; los ronquidos eran producidos por los ventiladores, los golpes sordos por los martinetes y los pilones.

Yo sabía que el tío de Alexis trabajaba como minero en Varses, en la mina de la Truyère, pero eso era todo; ¿vivía en el mismo Varses o en los alrededores? No lo sabía.

Al entrar en Varses, pregunté dónde estaba la mina de la Truyère y me enviaron a la orilla izquierda del Divonne, en un vallecillo atravesado por el arroyo que ha dado su nombre a la mina.

Si el aspecto de la ciudad es poco seductor, el aspecto de aquel valle es completamente lúgubre: un circo de desnudas colinas, sin árboles, sin hierba, con largas extensiones de piedras grises cortadas de vez en cuando por pequeñas franjas de tierra roja; a la entrada del vallecillo se levantan los edificios que sirven para la explotación de la mina, almacenes, cuadras, cobertizos, despachos y las chimeneas de la máquina de vapor; luego, a su alrededor, montones de carbón y de piedras.

Cuando nos acercábamos a los edificios, una mujer joven de aire extraviado, con sus cabellos flotando sobre los hombros y llevando de la mano a un niño, se plantó ante nosotros y me detuvo.

–¿Quiere usted indicarme un camino fresco? –dijo.

La miré estupefacto.

–Un camino con árboles, con sombra y junto a un arroyuelo que haga clac, clac, clac en los guijarros, y con pájaros cantando entre el follaje.


Y comenzó a silbar una alegre melodía.

–No, usted no ha encontrado este camino, –continuó al ver que no le respondía y sin advertir, al parecer, mi asombro–; es una lástima. Entonces es que está lejos todavía. ¿Estará a la derecha o a laizquierda? Dímelo, hijo mío. Lo busco y no lo encuentro.

Hablaba con extraordinaria volubilidad gesticulando con una mano mientras con la otra acariciaba dulcemente la cabeza de su hijo.

–Te lo pregunto porque estoy segura de que allí encontraré a Mario. ¿Conociste a Mario? No. Pues bien, es el padre de mi hijo. Y cuando el grisú le quemó en la mina, se fue al camino fresco; ahora sólo se pasea ya por caminos frescos, eso es bueno para las quemaduras. El sabe hallar esos caminos, yo no; por eso hace seis meses que no lo encuentro. Y seis meses son muchos cuando se ama. ¡Seis meses, seis meses!

Se volvió hacia los edificios de la mina y mostrando con salvaje energía las chimeneas de las máquinas que vomitaban torrentes de humo, gritó:

–¡Trabajo bajo tierra es trabajo del diablo! Infierno, devuélveme a mi padre, a mi hermano Jean, devuélveme a Mario. ¡Maldición, maldición!

Luego, dirigiéndose de nuevo a mí, dijo:

–No eres de este pueblo, ¿verdad? Tu piel de oveja, tu sombrero dicen que vienes de lejos; vete al cementerio, cuenta uno, dos, tres, uno, dos, tres, todos muertos en la mina.

Entonces, cogiendo a su hijo y apretándole entre sus brazos, prosiguió:

–¡Jamás tendrás a mi pequeño Pierre, jamás!... El agua es dulce, el agua es fresca. ¿Dónde está el camino? Si no lo sabes eres tan estúpido como los que se ríen en mis narices. Y, en ese caso, ¿por qué me retienes? Mario me espera.

Me dio la espalda y comenzó a caminar a grandes pasos, silbando su alegre melodía.

Comprendí que era una loca que había perdido su marido muerto por una explosión de grisú, el terrible peligro de los mineros; y a la entrada de la mina, en aquel paisaje desolado bajo el cielo negruzco, el encuentro con aquella pobre mujer, loca de dolor, nos entristeció.

Nos indicaron la dirección del tío Gaspard; vivía a poca distancia de la mina, en una callejuela tortuosa y escarpada que descendía de la colina al arroyo.

Cuando pregunté por él, una mujer que estaba apoyada en la puerta, charlando con una de sus vecinas apoyada en otra puerta, me respondió que sólo regresaría a las seis, después del trabajo.

–¿Qué desea usted? –le dijo.

–Quiero ver a Alexis.


Entonces me miró de los pies a la cabeza y miró a Capi.

–¿Es usted Remi? –dijo–. Alexis nos ha hablado de usted; lo estaba esperando. ¿Quién es éste?

Señaló a Mattia.

–Es mi compañero.

Era la tía de Alexis, Creí que iba a invitarnos a entrar y descansar, pues nuestras polvorientas piernas y nuestras caras quemadas por el sol hablaban muy a las claras de nuestra fatiga; pero no lo hizo, repitiéndome simplemente que si volvía a las seis, encontraría a Alexis que ahora estaba en la mina.

No me atrevía a pedir lo que no me ofrecían; le di las gracias por su información y fuimos a la ciudad buscando un panadero, pues teníamos mucha hambre, ya que no habíamos comido desde el alba, y, además, sólo un mendrugo que nos había quedado de la cena de la víspera. Yo estaba también avergonzado por la recepción, pues me di cuenta de que Mattia se preguntaba qué significaba aquello. ¿Por qué habíamos hecho tantas leguas?

Me pareció que Mattia iba a llevarse una mala impresión de mis amigos y que cuando le hablara de Lisa, ya no me escucharía con la misma simpatía. Y yo estaba muy interesado en que sintiera simpatía por Lisa.

El modo como nos habían recibido no me animaba a regresar a la casa; un poco antes de las seis fuimos a la salida de la mina para esperar a Alexis.

La explotación de las minas de la Truyère se lleva a cabo por tres pozos que se llaman pozo Saint-Julien, pozo Saint Alphonsine y pozo Saint-Pancrace: pues habitualmente los hulleros dan nombres de santos a los pozos de extracción, de aireación o de achicamiento, es decir, de agotamiento; el santo se elige por el calendario, según el día en que se había comenzado la perforación y sirve no sólo para bautizar el pozo sino también para recordar las fechas. Aquellos tres pozos no se utilizan para que los obreros suban y bajen al trabajo. La subida y la bajada se hace por una galería que se inicia junto a la lampistería y que termina en el primer nivel de explotación, desde donde comunica de todas las partes de la mina. Con ello se había querido evitar los accidentes que suceden con demasiada frecuencia en los pozos cuando se rompe un cable o una de las jaulas tropieza con un obstáculo y precipita a los hombres en un agujero de dos a trescientos metros de profundidad; también se había querido evitar las bruscas transiciones a las que están expuestos los obreros cuando de una profundidad de doscientos metros donde la temperatura es constante y cálida, pasan bruscamente, al ser izados por la máquina, a una temperatura desigual, cogiendo así pleuresías y pulmonías.

Sabiendo ya que por aquella galería iban a salir los obreros, me


aposté ante la abertura junto a Mattia y Capi, y algunos minutos después de que hubieran dado las seis, comencé a divisar en las profundidades sombrías de la galena, pequeños y vacilantes puntos luminosos que se agrandaban con rapidez. Eran los mineros que, con la lámpara en la mano, volvían a la superficie una vez terminado su trabajo.

Avanzaban lentamente, con andar pesado, como si les dolieran las rodillas, lo que me expliqué más tarde, cuando también yo hube recorrido las escalas y escaleras que llevan al último nivel; su cara era negra como la de los deshollinadores, sus vestidos y sombreros estaban cubiertos por el polvo del carbón y por placas de barro húmedo. Al pasar ante la lampistería, cada uno de ellos entraba y colgaba su lámpara.

Aunque prestaba mucha atención no vi salir a Alexis, y si él no se hubiera arrojado a mis brazos, le hubiera dejado pasar sin reconocerle, tan poco se parecía ahora, negro de los pies a la cabeza, al compañero que antaño corría por los senderos de nuestro huerto, con su limpia camisa arremangada hasta los codos y su cuello entreabierto dejando ver su blanca piel.

–Es Remi –dijo, volviéndose hacia un hombre de unos cuarenta años que caminaba junto a él y que tenía una hermosa y franca expresión como la del padre Acquin; lo que no era sorprendente, puesto que eran hermanos.

Comprendí que era el tío Gaspard.

–Hace ya mucho tiempo que te esperábamos –me dijo bondadosamente .

–El camino de París a Varses es largo.

–Y tus piernas son cortas –contestó riéndose.

Capi, feliz al ver de nuevo a Alexis, le testimoniaba su alegría tirando a plenos dientes de la manga de su chaqueta.

Mientras, yo explicaba al tío Gaspard, que Mattia era mi compañero y mi socio, un buen muchacho a quien había conocido antaño, a quien había encontrado de nuevo y que tocaba como nadie la corneta de llaves.

–Y éste es el señor Capi –dijo el tío Gaspard–; mañana, domingo, cuando habréis descansado, nos daréis una representación; Alexis dice que es un perro más sabio que un maestro de escuela o un comediante.

Tan molesto me había sentido ante la tía Gaspard, cuanto me encontraba a gusto con el tío: decididamente era un digno hermano 'del padre'.

–Charlad, muchachos, tendréis muchas cosas que deciros; por mi parte yo hablaré con este jovencito que tan bien toca la corneta de llaves.

Ni siquiera una semana nos hubiera bastado. Alexis quería saber


cómo había ido el viaje, y yo, por mi lado, tenía prisa por enterarme He cómo le sentaba su nueva vida, tan ocupados estábamos haciéndonos preguntas que ni tan sólo pensábamos en responderlas.

Caminábamos despacio y los obreros que regresaban a sus casas nos adelantaban; iban en una larga fila que ocupaba toda la calle, ennegrecidos por el mismo polvo que cubría el suelo.

Cuando estuvimos a punto de llegar, el tío Gaspard se acercó a nosotros.

–Muchachos –dijo–, cenaréis con nosotros.

Jamás una invitación me había complacido tanto, pues mientras caminaba, me había preguntado si al llegar a la puerta tendríamos que separarnos, puesto que el recibimiento de la tía no auguraba nada bueno.

–Este es Remi –dijo entrando en la casa–, y éste es su amigo.

–Ya les he visto.

–Bueno, mejor, así ya les conoces; se quedan a cenar con nosotros.

Ciertamente me sentía muy feliz de cenar con Alexis, es decir, de pasar la velada junto á él, pero para ser sincero debo decir que me hubiera sentido también feliz por el simple hecho de cenar. Desde nuestra salida de París habíamos comido a la buena de Dios, un mendrugo por aquí, una hogaza por allá, pero pocas veces una auténtica comida, sentados en la silla, con la sopa en el plato. Con lo que ganábamos éramos, es verdad, bastante ricos para pagarnos algunos festines en buenas posadas, pero queríamos economizar para la vaca del príncipe, y Mattia era tan bueno que casi se sentía tan feliz como yo con la idea de comprar nuestra vaca.

Pero la felicidad de un banquete no nos fue concedido aquella noche; me senté ante una mesa, en una silla, pero no nos sirvieron sopa. Las compañías de minas han establecido, en su mayor parte, almacenes de aprovisionamiento donde sus obreros encuentran, a precio de coste, todo cuanto necesitan para llenar las necesidades de la vida. Las ventajas de estos almacenes son evidentes: el minero compra en ellos productos de buena calidad a bajo precio, que paga por medio de una retención en su paga quincenal, por lo que se libra de pedir prestado a pequeños comerciantes al detal que le arruinarían; así no se endeuda. Pero, como todas las cosas buenas, también ésta tiene su lado malo; en Varses, las mujeres de los obreros no acostumbran a trabajar mientras sus maridos están en la mina; arreglan la casa, van a casa de las amigas a beber el café o el chocolate que han comprado en el almacén de aprovisionamiento, pasean, charlan, y cuando llega la noche, es decir, cuando el hombre sale de la mina para ir a comer, no tienen tiempo de preparar la cena; entonces corren al almacén y compran embutidos. Eso no es general, claro, pero sí muy frecuente. Y por esta razón no tuvimos sopa: la tía Gaspard había charlado. Además, en ella era una costumbre, y más tarde pude ver que su cuenta en el almacén


se componía sobre todo de dos productos: por una parte, café y chocolate; por la otra embutidos. El tío era un hombre fácil al que le gustaba, sobre todo, la tranquilidad; comía su embutido y no se quejaba o, aunque hiciera una observación, la hacía muy suavemente.

–No me convierto en un porrón –decía tendiendo su vaso–, porque soy virtuoso; intenta hacernos una sopa para mañana.

–¿Y de dónde saco el tiempo?

–¿Es el tiempo más corto en la superficie que bajo tierra?

–¿Y quién va a arreglaros la ropa?, lo destrozáis todo.

Entonces, mirando sus vestidos sucios de carbón y desgarrados en algunos lugares, dijo:

–Efectivamente, parecemos príncipes.

Nuestra cena no duró mucho tiempo.

–Muchacho –me dijo el tío Gaspard–, tú dormirás con Alexis.

Y luego, dirigiéndose a Mattia:

–Y tú, si quieres venir a la tahona, te prepararemos una buena cama de paja y heno.  

Alexis y yo empleamos la velada y una buena parte de la noche en algo bastante distinto a dormir.

El tío Gaspard era picador, es decir, que por medio de un pico extraía el carbón de la mina; Alexis era su acarreador, es decir, que empujaba, que acarreaba por los raíles, en el interior de la mina, desde el punto de extracción hasta los pozos, un vagón llamado vagoneta en el que se amontonaba el carbón extraído; llegado a ese pozo, la vagoneta se sujetaba a un cable y, elevada por la máquina, era izada hasta lo alto.

Aunque hacía poco tiempo que era minero, Alexis amaba ya, sin embargo, su mina y se sentía orgulloso de ella: era la más bella, la más arreglada del país; ponía en su relato la importancia de un viajero que llega de un lugar desconocido y encuentra oídos atentos dispuestos a escucharle.

Primero se seguía una galería excavada en la roca y, tras haber andado durante diez minutos, se encontraba una escalera empinada y rápida; luego, a los pies de la escalera, una escala de madera, luego otra escalera, y entonces se llegaba al primer nivel, a una profundidad de cincuenta metros. Para llegar al segundo nivel, a noventa metros, y el tercero, a doscientos metros, había el mismo sistema de escalas y escaleras. Alexis trabajaba en este tercer nivel, y para llegar a la profundidad de su cantera, tenía que caminar tres veces más que los que suben a las torres de Nôtre-Dame de París.

Pero si en las torres de Nôtre-Dame la subida y la bajada son fáciles, pues la escalera es regular y está bien iluminada, en la mina no ocurría lo mismo, pues los escalones tallados seguían los accidentes de la roca, a veces eran altos y otras bajos, a veces anchos y otros estrechos. Sin más luz que la de la lámpara que se lleve en la mano y con el suelo


cubierto de un barro resbaladizo continuamente humedecido por el agua que se filtra gota a gota y que, a veces, cae helada sobre el rostro.

Doscientos metros para bajar, son muchos metros, pero no era todo; había que llegar por las galerías a los distintos rellanos y dirigirse al lugar de trabajo; el desarrollo completo de la galería de la Truyère era de treinta y cinco a cuarenta y cinco kilómetros. Como es lógico no debían recorrerse esos cuarenta kilómetros, pero algunas veces, sin embargo, la marcha era fatigosa, pues se caminaba por el agua que, filtrándose por las grietas de las rocas, se reunía en un arroyo en medio del camino y corría así hasta los sumideros en donde las máquinas de achique la arrojaba al exterior.

Cuando las galerías atravesaban roca sólida eran, simplemente, subterráneos; pero cuando cruzaban terrenos movedizos, el techo y los lados estaban entibados con troncos de abetos cortados con hacha porque las muescas de la sierra producen una rápida podredumbre de la madera. Pese a que aquellos troncos de árboles estuvieran puestos de modo que pudieran resistir la presión del terreno, a menudo la, presión era tan fuerte que las maderas se curvaban y las galerías se estrechaban o su techo descendía de modo que sólo reptando se podía pasar por ellas. Sobre aquellos maderos crecían champiñones y cadejos ligeros y algodonosos, cuya nívea blancura contrastaba con el ennegrecimiento del terreno; la fermentación de los árboles producía un fuerte aroma; y sobre los champiñones, sobre las plantas desconocidas, sobre el blanco musgo, se veían moscas, arañas, mariposas que no se parecían a los individuos de la misma especie que se encuentran al aire libre. También había ratas que corrían por todas partes y murciélagos que colgaban cabeza abajo de los maderos.

Aquellas galerías se cruzaban de vez en cuando y, como en París, habían esquinas y plazas; las había que eran amplias y hermosas como bulevares, otras bajas como callejas del barrio Saint-Marcel; pero aquella ciudad subterránea estaba mucho menos iluminada que las ciudades durante la noche, pues no habían fanales ni farolas de gas sino tan sólo las lámparas que los mineros llevaban consigo. Pero si la luz faltaba a veces, el ruido decía continuamente que aquélla no era una ciudad de muertos; en las canteras de extracción se escuchaban las explosiones de la pólvora, cuyo humo y cuyo olor era arrastrado por las corrientes de aire; en las galerías se escuchaba el rodar de los vagones; en los pozos, el roce de las jaulas elevadoras contra las guías y, por encima de todo, el rugido de la máquina de vapor instalado en el segundo nivel.

Pero el espectáculo más curioso se hallaba en las subidas, es decir, en las galerías abiertas en la pendiente del filón; había que ver allí a los picadores trabajando medio desnudos extrayendo carbón, tendidos de lado o agachados. Desde aquellas subidas, la hulla descendía a los niveles y de allí era acarreada hasta los pozos de extracción.


Aquél era el aspecto de la mina en los días de trabajo, pero existían también los días de accidente. Dos semanas después de su llegada de Varses, Alexis había sido testigo de uno de esos accidentes y estuvo a punto de ser también su víctima; una explosión de grisú. El grisú es un gas que se forma naturalmente en las hulleras y que estalla en cuanto se pone en contacto con una llama. Nada hay más terrible que esta explosión que abrasa y destruye cuanto se encuentra a su paso; sólo puede comparársele la explosión de un polvorín; en cuanto la llama de una lámpara o una cerilla entra en contacto con el gas, la inflamación estalla de inmediato en todas las galerías, destruye toda la mina, incluso los pozos de extracción o de aireación cuyos techos arranca; la temperatura se eleva a veces tanto que el carbón de la mina se transforma en coque.

Una explosión de grisú había matado, seis semanas antes, a una decena de mineros; y la viuda de uno de esos mineros se había vuelto loca; comprendí que era la mujer que había encontrado, con su hijo, buscando 'un camino fresco'.

Contra estas explosiones se empleaban todo tipo de precauciones: estaba prohibido fumar y, a menudo, los ingenieros al hacer su ronda ordenaban a los obreros que les echaran el aliento a la cara para descubrir quiénes hubiesen hecho caso omiso de la prohibición. Para prevenir tan terribles accidentes se empleaban también lámparas Davy, que se llaman así por el gran sabio inglés que las ha inventado: las lámparas están rodeadas de una tela metálica, de malla muy fina para que no deje pasar la llama, de modo que si la lámpara es llevada a una atmósfera explosiva, el gas arde en el interior de la lámpara, pero la explosión no se propaga por el exterior.

Todo lo que Alexis me contó excitó mucho mi curiosidad que, al llegar a Varses era ya grande, de bajar a una mina, pero cuando a la mañana siguiente se lo dije al tío Gaspard, me contestó que aquello era imposible porque en la mina sólo pueden entrar los que trabajan en ella.

–Si quieres hacerte minero –añadió riendo–, es muy fácil, y entonces podrás satisfacer tu curiosidad. Además, el oficio no es peor que otro cualquiera, y si te da miedo la lluvia y los truenos, es el que, más te conviene; en cualquier caso siempre es mejor que cantar por los caminos. Te quedarías con Alexis. ¿Qué dices, muchacho? También encontraremos trabajo para Mattia, aunque, claro, no tocando la corneta de llaves.

Yo no había ido a Varses para quedarme, me había impuesto otra, tarea, otro objetivo que empujar una vagoneta por el segundo o tercer nivel de la Truyère.

Tuve, pues, que renunciar a satisfacer mi curiosidad y creía que me marcharía sin saber nada más que lo aprendido en los relatos de Alexis


las respuestas arrancadas, a trancas y barrancas, al tío Gaspard cuando por circunstancias debidas al azar, tuve que aprender por mí mismo todos los horrores, sentir todos los espantos y peligros a que están expuestos los mineros.

 


ACARREADOR

El oficio de minero no es insalubre y, dejando al margen algunas enfermedades causadas por la falta de aire y de luz, que a la larga empobrece la sangre, el minero es tan sano como el campesino que vive en una región sana; tiene, además, la ventaja de hallarse al abrigo de las intemperies de las estaciones, de la lluvia, del frío o el excesivo calor.

Para ellos, el gran peligro reside en los desprendimientos, las explosiones y las inundaciones; y también en los accidentes debidos a su trabajo, a su imprudencia o a su torpeza.

La víspera del día fijado para mi partida, Alexis regresó con la mano contusionada por un gran bloque de carbón que, por torpeza, se la había atrapado; tenía un dedo aplastado a medias y toda la mano dolorida.

El médico de la compañía vino a visitarle y vendarle: su estado no era grave, la mano se curaría, el dedo también; pero necesitaba reposo.

El tío Gaspard tenía un carácter que tomaba la vida tal como venía, sin pesadumbre y sin cólera, sólo una cosa podía sacarle de su habitual bonachonería; un impedimento en su trabajo.

Cuando escuchó que Alexis debía descansar varios días, lanzó grandes gritos: ¿quién empujará su vagoneta durante los días de descanso? Nadie podía reemplazar a Alexis; si se tratara de reemplazarlo definitivamente la cosa sería distinta, pero sólo por algunos días era, entonces, imposible: faltaban hombres o, al menos, niños.

Se puso, sin embargo, en marcha para buscar un acarreador, pero regresó sin haber encontrado ninguno.

Entonces comenzó a lamentarse de nuevo: estaba verdaderamente desolado, pues se veía también condenado al descanso, y sin duda su bolsa no le permitía descansar.

Viendo aquello y comprendiendo las razones de su desolación, sintiendo, por otra parte, que era casi un deber, en semejantes circunstancias, pagar a mi modo la hospitalidad que nos habían ofrecido, le pregunté si el oficio de acarreador era difícil.

–Nada más fácil; sólo hay que empujar un vagón por los raíles.

–¿Y es un vagón pesado?

–No demasiado, Alexis lo empujaba muy bien.

–¡Precisamente! Entonces, si Alexis lo empujaba ahora, también yo podría hacerlo.


–¿Tú, hijo mío?

Comenzó a reír a carcajadas, pero pronto poniéndose serio de nuevo, dijo:

–Claro que podrías si quisieras.

–Lo quiero si es que esto puede servirle de algo.

–Eres un buen muchacho; ya está dicho, mañana bajarás conmigo la mina; ciertamente me harás un favor; pero tal vez te sea también útil si el oficio te gustara siempre sería mejor que correr por los caminos; en la mina no tendrías que temer a los lobos.

¿Qué haría Mattia mientras yo estaba en la mina? No podía dejarle a cargo del tío Gaspard.

Le pregunté si querría marcharse solo, con Capi, a dar unas representaciones por los alrededores, y aceptó en seguida.

–Me sentiré muy contento de ganar solo algún dinero para la vaca –dijo, riendo.

Desde hacía tres meses, desde que estábamos juntos y vivía al aire libre, Mattia no parecía ya el pobre niño enclenque y pesaroso al que yo había encontrado apoyado en la iglesia de Saint-Medard, muerto de hambre, y menos aún al aborto que había visto por primera vez en la buhardilla de Garofoli, cuidando la marmita y tomando, de vez en cuando, entre las manos su dolorida cabeza.

A Mattia ya no le dolía la cabeza; ya no se sentía pesaroso, ni era ya enclenque; el granero de la calle Lourcine le había entristecido, el sol y el aire libre, devolviéndole la salud, le habían dado alegría.

Durante nuestro viaje se había sentido de buen humor y había reído, tomándolo todo por el lado bueno, divirtiéndose con todo, feliz por la menor bagatela, mirando de buena manera lo que era malo. ¿Qué habría sido, sin él, de mí? ¡Cuántas veces me hubiera aniquilado el cansancio y la melancolía!

Aquella diferencia entre nosotros se debía, sin duda, a nuestro carácter y a nuestra naturaleza, pero también a nuestro origen y a nuestra raza.

El era italiano y tenía una indiferencia, una amabilidad, una facilidad para plegarse a las dificultades sin enojarse o rebelarse que no posee la gente de mi país, más dispuesta a la resistencia y a la lucha.

–¿Y cuál es este país? –me diréis–. ¿Acaso tienes un país?

Responderé más tarde a ello; por el momento quiero decir tan sólo que Mattia y yo no nos parecíamos demasiado, gracias a lo cual nos llevábamos muy bien; incluso cuando yo le hacía trabajar para aprender sus notas y para aprender a leer. La lección de música, es cierto, funcionaba siempre fácilmente, pero no ocurría lo mismo con la lectura, y hubieran podido surgir dificultades entre nosotros, pues yo no tenía ni la paciencia ni la indulgencia de quienes están acostumbrados a la enseñanza. Sin embargo, jamás tuvimos dificulta–


des, e incluso cuando fui injusto, lo que ocurrió más de una vez, Mattia no se enfadó nunca.

Se decidió, pues, que mientras a la mañana siguiente yo descendería a la mina, Mattia iría a dar algunas representaciones musicales y dramáticas, para aumentar nuestra fortuna; y Capi, a quien explicamos aquel acuerdo, pareció comprenderlo.

A la mañana siguiente, me dieron los vestidos de trabajo de Alexis.

Tras haber recomendado a Mattia y a Capi, por última vez, que fueran prudentes en su expedición, seguí al tío Gaspard.

–Atención –dijo dándome la lámpara–, pégate a mis talones, y cuando bajes las escaleras, no dejes jamás un escalón sin estar antes seguro en el otro.

Nos hundimos en la galería; él caminaba delante, yo le seguía los pasos.

–Si resbalas en las escaleras –continuó–, no te dejes ir, sujétate, el fondo está lejos y es duro.

Yo no necesitaba aquellas recomendaciones para turbarme, pues no se abandona la luz del sol para penetrar en la noche, la superficie de la tierra para penetrar en sus profundidades, sin cierta emoción. Instintivamente miré hacia atrás, pero habíamos penetrado ya bastante en la galería y el día, al extremo de aquel largo tubo negro, no era más que un globo blanco como la luna en un cielo oscuro y sin estrellas. Me avergoncé de aquel movimiento maquinal que sólo duró un instante, y rápidamente seguí de nuevo sus pasos.

–La escalera –dijo muy pronto.

Estábamos ante un agujero negro, y en sus profundidades insondables para mis ojos, vi balancearse algunas luces, grandes en la entrada, cada vez más pequeñas, hasta no ser más que puntos, a medida que iban alejándose. Eran las lámparas de los mineros que habían entrado antes que nosotros: el rumor de su conversación, como un sordo murmullo, llegaba a nosotros arrastrado por un aire tibio que nos daba en el rostro; aquel aire tenía un olor que yo respiraba por primera vez, era algo semejante a una mezcla de éter y carburante.

Después de la escalera, escalas, después de las escalas de nuevo escaleras.

–Ya estamos en el primer nivel –dijo.

Nos hallábamos en una galería con bóveda de medio punto, con las paredes rectas; aquellas paredes eran de ladrillo. La bóveda era algo más alta que un hombre; sin embargo, en algunos momentos era necesario inclinarse para pasar, porque la bóveda había descendido o el suelo se había levantado.

–Es la presión del terreno –me dijo–. Como la montaña ha sido agujereada por todas partes y hay vacíos, la tierra desciende y cuando pesa demasiado, aplasta las galerías.


En el suelo había raíles de ferrocarril y a un lado corría un pequeño arroyo.

–Este arroyo se reúne con otros que, como él, reciben el agua de las filtraciones; todos van a dar a un sumidero; cada día la máquina arroja el Divonne mil o mil doscientos metros de agua. Si se detuviera, la mina no tardaría en inundarse. Además, en este momento, estamos justamente bajo el Divonne.

Y como hice un movimiento involuntario, rompió a reír a carcajadas.

–A cincuenta metros de profundidad, no hay peligro alguno de que te caiga encima.

–¿Y si hace un agujero?

–¡Ah, bueno, claro, un agujero! Las galerías pasan y vuelven a pasar diez veces por debajo del río; hay minas que deben temer las inundaciones, pero no esta; ya es bastante con el grisú, los desprendimientos y los barrenos.

Cuando llegamos al lugar de nuestro trabajo, el tío Gaspard me enseñó lo que debía hacer, y cuando nuestra vagoneta estuvo llena de carbón, la empujó conmigo para enseñarme a conducirla hasta el pozo y a detenerme en las vías de estacionamiento cuando encontraba otros acarreadores que venían a mi encuentro.

Tenía razón, no era un trabajo difícil, y después de algunas horas, si no era muy diestro, lo hacía al menos bastante bien. Me faltaba la destreza y la costumbre sin las que jamás se tiene éxito en ningún oficio, y me vi obligado a reemplazarlas, a trancas y barrancas, por un mayor esfuerzo, lo que producía menos trabajo útil y más fatiga.

Por fortuna estaba entrenado para el cansancio por la vida que había llevado desde hacía varios años y, sobre todo, por mi viaje de tres meses; por lo tanto, no me quejé y el tío Gaspard declaró que yo era un buen muchacho y que algún día sería un buen minero.

Pero si había sentido grandes deseos de bajar a la mina, no sentía el menor deseo de quedarme en ella; tenía curiosidad, no vocación.

Para vivir la vida subterránea se necesitan cualidades particulares que yo no poseía; hay que amar el silenciosa soledad, el recogimiento. Hay que permanecer muchas horas, largos días con el espíritu replegado en sí mismo, sin cambiar una palabra o gozar de una distracción. Y yo estaba muy mal dotado por este lado, puesto que la vida vagabunda se vive siempre cantando y caminando, encontré tristes y melancólicas las horas que pasaba empujando mi vagón por las sombrías galerías, sin otra luz que la de mi lámpara, sin más ruido que el rodar lejano de las vagonetas, el chapoteo del agua en los arroyos y de vez en cuando, los barrenos que, estallando en aquel silencio de muerte, lo hacían todavía más pesado y lúgubre.

Como entrar y salir en la mina es ya trabajoso, se permanece en ella durante las doce horas de la jornada, sin salir a mediodía para comer en casa; se come en la cantera.


Junto a la cantera del tío Gaspard había un acarreador que, en vez de ser un niño como yo y los demás acarreadores, era, por el contrario, un bonachón anciano de barba blanca; cuando hablo de barba blanca, hay que comprender que lo era el domingo, el día del gran lavado, pues durante la semana comenzaba siendo gris el lunes para llegar a ser completamente negra el sábado. Tenía casi sesenta años. Antaño, en su juventud, había sido maderero, es decir, carpintero encargado de poner y conservar los maderos que forman las galerías; pero un desprendimiento le había aplastado tres dedos y le había obligado a dejar su oficio. La compañía para la que trabajaba comenzó pasándole una pequeña pensión, pues el accidente le había sobrevenido salvando a tres de sus compañeros. Durante algunos años había vivido de aquella pensión, luego la compañía había quebrado y él se había encontrado sin recursos, sin posición y había entrado entonces en la Truyère como acarreador. Le llamaban el Magister, es decir, el maestro de escuela, porque sabía muchas cosas que ni los picadores ni los maestros mineros saben, y porque hablaba con gusto de ellas, orgulloso de su sabiduría.

Durante las comidas, nos conocimos y pronto nos hicimos amigos; yo era un preguntón rabioso, a él le gustaba hablar; nos hicimos inseparables.

En la mina, donde por lo general se habla poco, nos llamaban charlatanes.

Los relatos de Alexis no me habían enseñado todo lo que yo quería saber y las respuestas del tío Gaspard tampoco me habían satisfecho, pues cuando yo le preguntaba:

–¿Qué es la hulla?

Me respondía siempre:

–Es carbón que se encuentra en el interior de la tierra.

Aquella respuesta del tío Gaspard acerca de la hulla y las demás, del mismo estilo, que me había dado, no me bastaban en absoluto, puesto que Vitalis me había enseñado a contentarme con menor facilidad. Cuando hice la misma pregunta al Magister, me respondió de un modo muy distinto:

–La hulla –me dijo– no es más que carbón de madera; en vez de poner en nuestra chimenea árboles de nuestra época que hombres como tú y yo han transformado en carbón, ponemos árboles que crecieron en bosques muy antiguos y que han sido transformados en carbón por las fuerzas de la naturaleza, quiero decir por incendios, volcanes, terremotos naturales.

Y como yo le miraba asombrado, añadió:

–Hoy no tenemos tiempo de hablar, hay que empujar la vagoneta, pero mañana es domingo, ven a verme; en casa te lo explicaré; tengo pedazos de carbón y de roca que he recogido desde hace treinta años y te harán comprender con los ojos lo que oirás con los oídos. Me llaman Magister para reírse, pero ya verás como el Magister sirve para


algo; la vida del hombre no está por completo en sus manos, también está en su cabeza. También yo era, a tu edad, curioso como tú; vivía en la mina y quise conocer lo que veía cada día; hice hablar a los ingenieros cuando quisieron responderme y he leído. Después de mi accidente tuve mucho tiempo, lo empleé en aprender; cuando se tienen ojos para mirar y a estos ojos se les ponen los anteojos que la lectura proporciona, se termina por ver muchas cosas. Ahora no me queda mucho tiempo para leer y no tengo dinero para comprar libros, pero tengo aún ojos y los mantengo abiertos. Ven mañana, me alegrará enseñarte a mirar a tu alrededor. No se sabe lo que puede brotar de una palabra que cae en un oído fértil. Tuve deseos de aprender cuando acompañé por las minas de Besseges a un sabio llamado Brongniart y le oí hablar durante sus investigaciones; y ahora es algo más que nuestros compañeros. Hasta mañana.

A la mañana siguiente dije al tío Gaspard que iba a ver al Magister.

–¡Ah, ah! –dijo riéndose–. Ya tienes con quien hablar; vete, muchacho, si te apetece; al fin y al cabo creerás lo que quieras; pero si aprendes algo con él, no te sientas demasiado orgulloso; si no fuera orgulloso, el Magister sería un buen hombre.

El Magister no vivía, como la mayoría de los mineros, en el interior de la ciudad, sino a corta distancia, en un lugar triste y pobre que se llama las Espetagues, porque hay en los alrededores numerosas grutas que la naturaleza ha excavado en la falda de la montaña. Vivía en casa de una anciana, viuda de un minero muerto en un desprendimiento. Ella le había subarrendado una especie de sótano en el que había puesto su cama en el lugar más seco, que no quiere decir que lo fuera mucho, pues en las patas de madera de la cama crecían champiñones; pero para un minero acostumbrado a vivir con los pies en la humedad y a recibir durante todo el día gotas de agua en el cuerpo, aquél era un detalle sin importancia. Para él lo importante, al tomar aquel albergue, había sido que se hallaba cerca de las cavernas de la montaña, en las que llevaba a cabo sus búsquedas y, sobre todo, que podía disponer a placer su colección de pedazos de hulla, de piedras que conservaban huellas y fósiles.

Cuando entré vino hacia mí y me dijo con voz alegre:

–He encargado una biroulade porque si la juventud tiene orejas y ojos, también tiene gaznate, de modo que el mejor modo de ser amigos es satisfacerlo todo al mismo tiempo.

La biroulade es un festín de castañas asadas que se riega con vino blanco y que es muy apreciado en las Cevennes.

–Tras la biroulade –continuó el Magister–, hablaremos, y mientras hablamos, te enseñaré mi colección.

Dijo mi colección en un tono que justificaba el reproche que le hacían sus camaradas y, con toda seguridad, jamás conservador de museo alguno lo dijo con mayor orgullo. Por lo demás, aquella colección


parecía muy rica, al menos por lo que yo podía juzgar, y ocupaba toda la sala, alineadas en tablas y mesas las pequeñas muestras, en el suelo las grandes. En veinte años había reunido cuanto de curioso había hallado en sus trabajos y, como las minas de la cuenca del Cere y del Divonne son ricas en vegetales fósiles, había allí raros ejemplares que hubieran hecho la felicidad de un geólogo y de un naturalista.

El tenía tanta prisa, al menos, por hablar como la tenía yo por escuchar; por lo tanto, la biroulade terminó muy pronto.

–Puesto que quieres saber –me dijo– qué es la hulla, escucha, voy a explicártelo aproximadamente en pocas palabras, para que puedas mirar mi colección que te lo aclarará mejor que yo, aunque me llaman el Magister, no soy por desgracia un sabio; tiene que haber de todo un poco. La tierra que habitamos no ha sido siempre lo que es ahora; ha pasado por varios estados que fueron modificados por lo que se llama las revoluciones del globo. En algunas épocas, nuestro país estuvo cubierto de plantas que ahora sólo crecen en países cálidos, como los helechos arborescentes. Luego se produjo una revolución y aquella vegetación fue reemplazada por otra muy distinta que, a su vez, fue reemplazada por una nueva; y así sucesivamente, durante miles, tal vez millones de años. Esta acumulación de plantas y de árboles es la que, descomponiéndose y superponiéndosela producido las capas de hulla. No seas incrédulo, voy a enseñarte dentro de poco, en mi colección, algunos pedazos de carbón y, sobre todo, gran cantidad de pedazos de piedra cogidos de las paredes o del techo de la mina, que llevan las huellas de estas plantas, conservadas como se conservan las plantas en las hojas del papel de un herbario. La hulla está, pues, formada, como te decía, por una acumulación de plantas y de árboles; sólo es madera descompuesta y comprimida. Me preguntarás cómo se formó esta acumulación. Eso es más difícil de explicar y creo, incluso, que los sabios no han llegado a explicárselo muy bien, puesto que no están de acuerdo entre ellos. Unos creen que todas estas plantas acarreadas por las aguas formaron en los mares inmensas balsas que fueron a embarrancar en distintos lugares, empujadas por las corrientes. Otros dicen que las vetas de carbón se deben a la acumulación de vegetales que, sucediéndose unos a otros, fueron enterrados en el mismo lugar en donde habían crecido. Y con esta base, los sabios han hecho cálculos que producen vértigo al espíritu: han estimado que una hectárea de madera de bosque, cortada y extendida por tierra, no da más que una capa de madera de apenas ocho milímetros de espesor; transformada en hulla, esta capa de madera tendría sólo dos milímetros de espesor. En la tierra hay capas de hulla que tienen veinte y treinta metros de espesor. ¿Cuánto tiempo ha sido necesario para que se formaran tales capas? Ya sabes que una arboleda no crece en un día; para desarrollarse necesita unos cien años. Para formar una capa de hulla de treinta metros de espesor, se precisan cinco mil arboledas creciendo en el mis–


mo lugar, es decir, quinientos mil años. Esta es ya una cifra asombrosa, ¿no es cierto? Sin embargo, no es exacta, pues los árboles no se suceden con tanta regularidad, tardan más de cien años en crecer y en morir, y cuando una especie reemplaza a otra, se necesitan una serie de transformaciones y de revoluciones para que esta capa de plantas descompuestas esté en condiciones de alimentar una nueva. Ya ves, pues, que estos quinientos mil años no son nada y que, sin duda, se necesitan muchos más. ¿Cuántos? No lo sé, y averiguarlo no corresponde a un hombre como yo. Sólo he pretendido darte una idea de lo que es la hulla para que estés en condiciones de contemplar mi colección. Vamos a verla ahora.

La visita no duró hasta la noche, pues a cada pedazo de piedra, a cada huella de planta, el Magister comenzaba de nuevo sus explicaciones, tanto que, por fin, comencé a comprender aproximadamente lo que, al comienzo, me había sorprendido mucho.


 

LA INUNDACIÓN

A la mañana siguiente, nos encontramos de nuevo en la mina.

–¡Bueno! –dijo el tío Gaspard–. ¿Estuviste contento con el muchacho, Magister?

–Claro, tiene oídos y espero que pronto tenga ojos.

–Mientras, que tenga hoy brazos –dijo el tío Gaspard.

Y me dio una cuña para que le ayudara a soltar un bloque de hulla que había trabajado ya por debajo; pues los picadores se hacen ayudar por los acarreadores.

Cuando regresaba de llevar mi vagoneta al pozo Sainte-Alphonsine por tercera vez, escuché en dirección al pozo un ruido formidable, un espantoso rugido como jamás había escuchado otro igual desde que trabajaba en la mina. ¿Era un desprendimiento, un derrumbamiento general? Escuché; el estruendo proseguía y repercutía en todas partes. ¿Qué significaba aquello? Mi primer sentimiento fue de miedo y pensé en huir alcanzando las escalas; pero se habían burlado ya de mí tan a menudo a causa de mis terrores que la vergüenza me obligó a quedarme. Sería la explosión de un barreno; una vagoneta que había caído en el pozo, simplemente, algo de tierra de los terraplenes que bajaba por las galerías.

De pronto, un grupo de ratas pasó corriendo entre mis piernas como un escuadrón de caballería en plena huida; luego me pareció escuchar un roce extraño contra el suelo y las paredes de la galería, con un chapoteo de agua. El lugar en donde me había detenido era un espacio perfectamente seco y, por lo tanto, el rumor de agua era inexplicable.

Tomé la lámpara y la bajé hasta el suelo para mirar.

Efectivamente, era agua; subía por la galería viniendo del pozo. Aquel ruido formidable, aquel rugido, estaba pues producido por la caída del agua que se precipitaba en la mina.

Abandonando mi vagoneta en los raíles, corrí hacia la cantera.

–Tío Gaspard, hay agua en la mina.

–¡Otra tontería!

–Se ha abierto un agujero bajo el Divonne. ¡Huyamos!

–¡Déjame en paz!

–Escuche.

Mi acento revelaba tal emoción que el tío Gaspard permaneció con


el pico en el aire, escuchando; el ruido continuaba, cada vez más fuerte, más siniestro. No había error posible, era agua precipitándose.

–Corre de prisa –me gritó–, hay agua en la mina.

Mientras gritaba 'hay agua en la mina', el tío Gaspard había tomado su lámpara, pues éste es el primer gesto de un minero, y se dejó caer a la galería.

No había dado yo más de diez pasos cuando divisé al Magister que bajaba también a la galería para averiguar qué era el ruido que se escuchaba.

–¡Hay agua en la mina! –gritó el tío Gaspard.

–El Divonne ha hecho un agujero –dije.

–Estúpido.

–¡Huye! –gritó el Magister.

El nivel de agua había subido rápidamente en la galería; nos llegaba ya a las rodillas, lo que retrasaba nuestra marcha.

El Magister echó a correr con nosotros y los tres gritábamos al pasar por las canteras:

–          ¡Huid! ¡Hay agua en la mina!

El nivel del agua subía con furiosa rapidez; afortunadamente no nos hallábamos muy lejos de las escalas porque, de lo contrario, jamás hubiéramos podido llegar a ellas. El Magister fue el primero en llegar, pero se detuvo y dijo:

–Subid primero, yo soy el más viejo y, además, tengo la conciencia tranquila.

No estábamos en condiciones de hacer cumplidos; el tío Gaspard pasó primero, yo le seguí y el Magister fue detrás, luego, tras él, pero ya a bastante distancia, algunos mineros que se habían unido a nosotros.

Jamás los cuarenta metros que separan el segundo nivel del primero fueron recorridos con mayor rapidez. Pero antes de llegar al último travesaño una ola de agua nos cayó en la cabeza y apagó nuestras lámparas. Era una cascada.

–          ¡Aguantad! –gritó el tío Gaspard.

El, el Magister y yo nos agarramos sólidamente a los travesaños para resistir, pero los que venían detrás fueron arrastrados y, ciertamente, si nos hubieran quedado más de una decena de travesaños para subir habríamos sido, como ellos, precipitados, pues la cascada se había convertido instantáneamente en una avalancha.

Llegados al primer nivel, todavía no estábamos salvados, pues nos quedaban cincuenta metros que recorrer antes de, salir, y el agua estaba también la galería; apagadas nuestras lámparas, no teníamos luz.

–Estamos perdidos –dijo el Magister con voz casi tranquila–, reza tus oraciones, Remi.

Pero en aquel instante aparecieron en la galería siete u ocho lámparas acercándose a nosotros; el agua nos llegaba ya a las rodillas, podíamos tocarla con las manos sin agacharnos. No era un agua tranquila


sino un torrente, un torbellino que lo arrastraba todo a su paso y hacía girar como plumas las planchas de madera.

Los hombres que corrían hacia nosotros y cuyas lámparas habíamos divisado, querían seguir la galería para llegar así a las escalas y las escaleras que se hallaban a corta distancia; pero ante semejante torrente aquello era imposible. ¿Cómo vencerlo, cómo resistir, tan sólo, su impulso y los maderos que arrastraba?

La misma frase que había escapado al Magister salió también de sus bocas:

–          ¡Estamos perdidos! Habían llegado hasta nosotros.

–Por allí, sí –gritó el Magister que parecía el único de nosotros que conservaba algo de razonamiento–. Nuestro único refugio está en la obra vieja.

La obra vieja era una parte de la mina, abandonada hacía mucho tiempo y a donde nadie iba, pero que el Magister había visitado a menudo cuando buscaba alguna curiosidad.

–Volved atrás –gritó–, y dadme una lámpara para que os guié.

Por lo general, cuando él hablaba se reían en sus narices o le daban la espalda encogiéndose de hombros, pero los más fuertes habían perdido su fuerza, de la que tan orgullosos estaban, y a la voz del bondadoso anciano, del que tanto se reían cinco minutos antes, todos obedecieron; instintivamente las lámparas se tendieron hacia él.

Cogió con rapidez una de ellas en una mano y, arrastrándose con la otra, tomó la cabeza de nuestro grupo. Como íbamos en el mismo sentido que la corriente avanzábamos bastante de prisa.

Tras haber seguido la galería durante unos momentos, no sé si algunos minutos o algunos segundos, pues habíamos perdido la noción del tiempo, se detuvo.

–No tendremos tiempo –gritó–, el agua sube demasiado aprisa.

En efecto, nos estaba alcanzando a marchas forzadas; de las rodillas me había pasado a las caderas, de las caderas al pecho.

–Hay que meternos en una subida –dijo el Magister.

–          ¿Y luego?

–La subida no lleva a ninguna parte.

Meterse en una subida era, en efecto, entrar en un callej&oa